Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 19
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Capítulo 19

—¿Crees que ese es el motivo de que se haya quedado en casa hoy? —pregunta Marino—. ¿Para tomar laxantes?

—Es posible que no sea el motivo —respondo—. Pero puede haberle resultado conveniente hacerlo, si estoy en lo cierto.

Es similar a la gente que bebe durante el día porque casualmente teletrabaja, o ha caído una gran nevada, o es festivo.

—Lo haces porque estás a solas en tu entorno seguro. Y buscas excusas para no salir y poder hacerlo —explico—. A menudo trastornos así resurgen en épocas de estrés; tú y yo lo sabemos bien por nuestra época de fumadores.

—Mataría por un pitillo ahora mismo —asegura Marino—. Y en cuanto acabe el turno, voy a ponerme un bourbon doble. Me importa una mierda.

Abro otro cajón. Hay preservativos de distintas clases y varias cajas de tampones. Suponiendo que fueran de Rachael, cabe deducir que era activa sexualmente, y que tenía el periodo. Vuelvo al dormitorio y me pongo guantes limpios. Abro el joyero que he dejado en la cama.

—No nos lo vamos a llevar, claro —explico mientras miro la colección reluciente—. Seguramente hay un millón de dólares solo en relojes.

No funciona ninguno. Es posible que los cronógrafos de cuerda ya estuvieran parados antes del ataque, pero los relojes de cuarzo deberían haber seguido en funcionamiento mientras les durara la pila.

Sospecho que algunos estaban en funcionamiento hasta que se averiaron por la radiación.

El cliché de que un reloj parado revela el momento de la muerte no siempre es una broma.

A veces es cierto, dependiendo de qué haya acabado con la vida de la víctima.

Todos los relojes de cuarzo de Rachael se detuvieron con una diferencia de uno o dos minutos.

El Breitling, el Rolex de oro, el Audemars Piguet y el Breguet se pararon en torno a las 15.

45, justo el intervalo en el que Lucy y Tron detectaron las ráfagas de energía de microondas.

—Rachael lo hubiese tenido crudo tanto si estaba en el dormitorio como en la cocina —le digo a Marino mientras bajamos—. Habría muerto o resultado gravemente herida en cualquiera de los dos sitios, a menos que se hubiera parapetado en la bañera de cobre, quizá.

—¿Cómo se supone que vamos a protegernos de cosas así? —dice—. No sé cómo puede estar a salvo nadie.

No contesto porque no tengo una respuesta satisfactoria; el hecho es que nos enfrentamos a un nuevo problema.

Los garrotes y las lanzas se sustituyeron por ballestas y armas de fuego, y así sucesivamente.

Siempre habrá una nueva tecnología convertida en arma, maneras más eficientes de ejercer la crueldad y sembrar la destrucción.

Nuestro ADN está codificado para descubrirlas; así es como está programado el planeta.

Si le preguntas a Benton, te dirá que temer por nuestras vidas es motivador.

La gente logra más objetivos cuando se enfrenta a fuerzas contrarias.

Las guerras pueden unirnos y el dolor crea poesía.

Habría sido mejor que nos inspiraran la diligencia, la ingeniería exquisita y la empatía, pero no fui yo quien desarrolló el algoritmo.

Marino y yo salimos al oír el estrepitoso bramido de la camioneta negra sin ventanillas del instituto forense, cuyos faros alumbran los bojes descuidados.

La iluminación auxiliar destella mientras policías y agentes de paisano van de aquí para allá por el sendero de acceso en un claroscuro de luz cegadora y profunda negrura.

Tres helicópteros, brillantes como planetas, rondan sobre nuestras cabezas; sospecho que son de las noticias.

Marino abre la puerta trasera de la camioneta en el momento en que Fabian baja la ventanilla; su rostro refleja una mezcla de furia y fascinación.

El pasajero que va delante es una agente de uniforme del Servicio Secreto con ropa táctica; no sonríe ni parece haber venido a pasarlo bien.

—Buenas tardes, señora —me dice sin quitar ojo de lo que ocurre a su alrededor.

—Gracias por franquear el paso de la camioneta. —Estoy a punto de decirle que nos ha salvado la vida, pero decido que no es una expresión adecuada cuando hay un muerto dentro de la casa.

La escolta del Servicio Secreto de Fabian no lleva puesto el cinturón de seguridad, tiene la ventanilla entreabierta y la MP5 en el regazo. Su misión es evitar que adosen un artefacto explosivo entre el primer control y la casa; en general, velar por la seguridad de todos.

—Soy consciente de que esto es algo fuera de lo normal —le digo a Fabian—. No podemos hacer las cosas como siempre, y agradezco tu cooperación.

—¿No quieres que eche una mano con el material? —Mira hacia la puerta principal; para él es un revés tremendo—. Puedo ocuparme de todo y tú puedes volver a casa si quieres.

—Tienes que quedarte fuera. Debemos proceder de un modo muy concreto —le explico mientras la agente del Servicio Secreto escucha sin apartar la mirada del sendero de acceso.

—Lo entiendo. —Fabian se aparta el pelo largo de la cara, y alcanzo a ver la sombra de ojos difuminada y el esmalte de uñas negro—. Es que estoy un poco confuso. Maggie me dice una cosa, luego tú me dices otra. Tengo la sensación de que ya nadie confía en mí y es de lo más frustrante.

—Ya hablaremos de esto en otro momento… —empiezo a decir, pero no ha terminado.

—No me eches a mí la culpa de lo que hace Maggie. Imagina en qué situación me pone. —Fabian vuelve a retirarse el pelo de la cara, un gesto que repite siempre cuando tiene público.

—No vamos a entrar en eso ahora; lo haré encantada más adelante —le informo, pero no me escucha.

—Este trabajo es muy estresante. En especial cuando nadie me aclara qué esperar, en especial ahora, por ejemplo.

¿Qué pasará cuando volvamos con el cadáver y se vayan todos los polis?

—Me lo dice mirando de reojo a la agente a su lado—.

¿Y si aparece una turba violenta mientras voy solo hacia mi coche? Bastante llamativo, por cierto.

—Puedes pasar la noche en la sala de guardia. —Marino, detrás de la camioneta negra, habla con nosotros por la puerta trasera abierta mientras saca la camilla—. Es lo más inteligente. —El aluminio rechina cuando extiende las patas.

—Me preocupa que alguien me destroce el coche, cuanto más lo pienso —se lamenta Fabian—. Es inevitable. Ay, Dios, espero que no lo hayan hecho ya.

—Aparca el puñetero El Camino en la zona de carga y descarga y duerme en la sala de guardia —dice Marino como si ya estuviera decidido—. La tele funciona bien. Y sé que hay comida en el frigorífico porque hoy me he preparado un sándwich allí.

—Bueno, supongo que puedo hacerlo. —Fabian lo mira por el retrovisor.

—Duerme un poco y nos veremos a primera hora. Una vez dentro del edificio, no te molestará nadie. —Marino cierra la trasera de la camioneta de un portazo.

—Siempre que tú y los tuyos nos permitáis llegar allí de una pieza. —Fabian se lo dice a la escolta del Servicio Secreto, flirteando descaradamente, pero ella no parece darse cuenta.

—Iré sentada aquí mismo durante el trayecto al depósito —dice sin mirar a nadie—. E iremos en convoy para minimizar riesgos.

—¿A qué te refieres con un convoy? —Fabian se anima como si hubieran pulsado un interruptor—. ¿Un montón de coches de policía con luces y sirenas?

—Seguramente sirenas no.

—Ay, Dios mío. Será como un desfile. —Fabian no lo puede evitar—. Es mi noche de suerte. Sé que no debería decirlo…

—No, probablemente no deberías. —La agente continúa escudriñando el camino de acceso.

La camilla rebota y traquetea cuando Marino la empuja sobre ruedas hasta la entrada de la casa. Abro las puertas de doble hoja, cuya madera está astillada, para que pase. Es una imagen terrible ver una camilla del depósito de cadáveres atravesando la sala de estar de alguien a quien conoces.

—Ahora mismo pondría de mil amores a Fabian en su sitio —gruñe Marino, esforzándose por manejar como es debido la engorrosa camilla.

Las ruedas giratorias pueden ser problemáticas cuando una se traba, lo que ocurre casi siempre.

Es como empujar un carro de la compra estropeado.

Marino hace fuerza y maldice, avanza a trompicones, acalorado y agobiado por culpa del mono de Tyvek, la mascarilla y las gafas de protección, que no dejan de empañársele.

Tiene cuidado de no chocar con paredes y los antiguos marcos de las puerta mientras despotrica contra Fabian y su falta de atención a los detalles.

Seguro que ni se molesta en comprobar las ruedas o los frenos de una camilla antes de cargarla.

Olvida reponer las pilas de los termómetros de infrarrojos, de las linternas y las lupas. Continuamente falla en algo.

En la cocina, Marino y yo desplegamos láminas de papel en el suelo y envolvemos con cuidado el cadáver, sellando las capas con cinta adhesiva.

Cerramos la cremallera de la pesada bolsa de vinilo negro, la subimos a la camilla y abrocho las dos correas de sujeción.

Levanto las barandillas abatibles, quito los frenos y desandamos el camino por la casa.

Salimos por la puerta principal con el triste cargamento y rodeamos la camioneta hasta llegar a la puerta trasera.

Fabian la abre. Se ha puesto guantes, mascarilla y unas gafas de protección de diseño, con montura negra y cristales tintados de rosa.

Lleva el pelo largo y liso recogido en una coleta; me recuerda a Rachael, solo que su coletero tiene un dibujo de una telaraña.

—Buen trabajo con la camilla —le dice Marino con aspereza—. Igual la próxima vez puedes asegurarte de que todo funcione mínimamente bien.

—No paro de repetir que necesitamos camillas nuevas, que no sean de segunda mano de hospitales, excedentes del gobierno, de la beneficencia o de dondequiera que las saquen.

—Fabian levanta la vista hacia los helicópteros; el ruido sordo de los rotores apenas audible debido al retumbo de los generadores—.

¿Creéis que nos están grabando? Se lo tengo que decir a mi madre.

Si sale en las noticias nacionales, podrá verlo desde Baton Rouge.