Capítulo 18 #2
Quizá tuviera previsto ocuparse de algo más que del supuesto «montonazo de trabajo» al quedarse hoy en casa.
Quizá el tráfico insufrible que preveía no fuera el auténtico motivo por el que decidió no ir a la sede de la CIA.
Tal vez era una excusa. Me pregunto si Flagler y ella lo llevaban bien.
Lo más probable es que no lo hubiera visto mucho durante el juicio.
Quizá lo estaba siguiendo por la tele, y lo echaba muchísimo de menos.
O tal vez estuvieran reñidos. Me pregunto qué sentiría mientras supuestamente estaba trabajando todo el día en su dormitorio.
La mesa está delante de la ventana. Si hubiera estado sentada allí cuando el asesino accedió al patio trasero, Rachael lo habría visto. Y él la habría visto a ella.
La ventana del dormitorio queda justo encima de la otra por la que han disparado, y me fijo en que hay insectos muertos en el alféizar pintado de blanco, al otro lado del cristal ondulado.
Aprecio daños en el follaje que no son visibles desde la planta baja.
Es posible que el asesino no supiera que su objetivo acabaría en la cocina, o que no tuviera ni idea de que estaba trabajando en el cuarto de invitados de la planta superior.
No necesitaba saber quién estaba en la casa ni qué podía estar haciendo esa persona por rutina.
No le hacía falta ninguna información especial.
Lo único que tenía que hacer era fijarse en las luces, y apuesto a que las de aquí estaban encendidas.
Pero no así las del dormitorio principal de abajo ni las del gran salón.
Tampoco en los dormitorios cerrados que dan a la parte delantera de la casa.
Es probable que las únicas ventanas iluminadas durante la tormenta de esta tarde fueran las de la cocina y también la de aquí arriba.
Echo una mirada, pero no veo ningún dispositivo electrónico, ni un ordenador ni un punto de acceso wifi ni un rúter.
Si Rachael estaba desbordada de trabajo como decía en el mensaje de texto al encargado, no hay rastro de lo que estuviera haciendo.
No veo documentos impresos, cuadernos ni expedientes, ni siquiera una hoja de papel.
Lo que hubiera aquí, fuera lo que fuese, se lo han llevado.
En los cajones de la mesa no hay nada salvo clips y bolígrafos.
La papelera está vacía. Y cuando la comunidad de inteligencia está involucrada, cualquier cosa es posible.
La cama de columnas con dosel está pulcramente hecha.
Abro las pequeñas cajoneras a cada lado.
Un paquete de pañuelos de papel, un cargador de móvil.
En la butaca rococó tapizada hay una bolsa de tintorería y, dentro, uno de los trajes de diseño de Rachael y varias blusas.
El armario pintado ocupa media pared y su ropa cara está ordenada dentro, con los zapatos alineados en el amplio espacio que queda en el suelo de madera.
En los cajones de la cómoda hay lencería, calcetines, medias y demás prendas que no hace falta colgar o planchar.
Envuelto en unas mallas hay un joyero grande de cuero que dejo encima de la cama para revisarlo después.
Me detengo delante de la puerta del cuarto de baño, donde recuerdo que el suelo era de baldosas de mármol y el lavabo con pedestal de piedra.
Es posible que la bañera antigua de cobre le hubiera salvado la vida a Rachael si hubiera estado dentro durante el ataque.
Hay un tocador de nogal reconvertido en armario. Abro los cajones: están llenos de cosméticos, medicamentos sin receta y también pastillas para adelgazar, quemagrasas y laxantes. Encuentro más paquetes de toallitas húmedas como los que llevaba en el bolso, y tubos de crema para hemorroides.
—¿Qué tienes ahí? —Marino está a mi espalda, con la cara enrojecida y sudorosa; aquí no corre el aire en absoluto—. ¿Algo bueno?
—Es una forma curiosa de decirlo, teniendo en cuenta las circunstancias —contesto.
—Fabian debería llegar en cinco minutos. ¿Qué quieres hacer?
—Que se quede en la camioneta —digo—. Tú y yo sacamos el cadáver; no quiero que él entre en la casa. Es mala idea, por muchas razones.
Vuelvo al dormitorio mientras Marino observa la estancia, en otros tiempos ricamente decorada con obras de arte y tapices. La ropa de cama era de alta densidad de hilos y llevaba monogramas; la habitación olía a los arreglos de flores recién cortadas del jardín.
—Cuando venías los fines de semana, ¿te alojabas aquí? —pregunta.
—Este era el cuarto de Annie por aquel entonces —respondo—. Ahora ocupa el antiguo dormitorio de sus padres, abajo.
—¿Dónde te quedabas tú? —Deja en el suelo el maletín forense y lo abre.
—En uno de los cuartos ahora cerrados, al final del pasillo. Pero daba igual dónde durmieras como invitado: todo era elegante y te hacían sentir especial.
—¿Qué has visto por aquí arriba? Porque, conociéndote, seguro que has descubierto algo. —Me acerca una bolsa para desechos de riesgo biológico y meto los guantes usados.
Le indico que el interruptor junto a la puerta del dormitorio está hacia arriba, lo que no demuestra que las luces estuvieran encendidas cuando se produjo el ataque con microondas, aunque apuesto a que así era.
—Es posible que sea ese el motivo de que el asaltante aguardara en el jardín de atrás: veía las luces encendidas arriba. —Le pongo al tanto de lo que pienso.
Quizá las luces también estaban encendidas en la cocina, con lo sombrío que estaba el día para ser media tarde. Quizá Rachael bajó para prepararse una infusión.
—Da la impresión de que abusaba de los laxantes —explico—. La gente lo hace para perder peso, y cada vez hay que consumir más para lograr el mismo efecto.
—Igual que yo con el bourbon —comenta Marino.
—Pastillas de fibra, golosinas sin azúcar, infusiones de hierbas —enumero—. Consumidas en exceso, tienen un efecto purgante.
—Dorothy recurre a ellas a veces. Yo también, de vez en cuando. Supongo que todo el mundo lo hace, a decir verdad.
—A veces es una cosa —respondo—. Crónicamente, otra. Y algo así no se puede hacer en la oficina ni en otros lugares públicos. Uno no se toma una tetera de infusión de hierbas si tiene planeado jugar al tenis, ir a un bar o encontrarse con su amante.