Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 18
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Capítulo 18

Lucy tiende una lámina de papel sobre el tajo de carnicero y vacía el caro bolso de Chanel: una cartera de piel de cocodrilo, pintalabios, cepillo, pastillas de menta, desinfectante de manos, una mascarilla de tela negra, un espray desinfectante pequeño.

Mientras lo hace, yo examino la tetera y veo que las tres bolsitas de infusión de hierbas que hay dentro suelen usarse como laxante.

—Nada del otro mundo. —Lucy hurga en el bolso y saca unos cargadores, seguro que para un móvil, un ordenador—. Evidentemente, ya he revisado sus efectos personales. Se ha fotografiado y procesado todo.

Abre la cremallera de otro bolsillo y saca varios paquetes de toallitas húmedas, un fajo de servilletas de papel, una bolsa de maquillaje. También un frasco de suplemento de fibra y unos ositos de gominola sin azúcar que conviene tener en cuenta.

—Doscientos veinte gramos, de sabor a canela, con edulcorante maltitol —le indico a Marino, que lo anota—. También un frasco de ispágula. —Se lo deletreo, y menciono las bolsitas de infusión.

—¿Te dice algo? —pregunta Tron desde el umbral.

—Es posible —respondo—. El maltitol de las golosinas sin azúcar y la ispágula pueden funcionar como laxantes, igual que la infusión de hierbas.

—Si lo sabré yo —comenta Marino—. ¿Recuerdas aquella vez que comí unas tortuguitas de chocolate sin azúcar?

—Yo ni me acerco a esa porquería —señala Lucy.

—Los retorcijones me dejaron doblado —continúa Marino—. Fue como si hubiera tomado desatascador de cañerías.

—Parece que Rachael era de esas que andan siempre preocupadas con el peso —decide Tron.

—Supongo que has revisado la cartera —le digo a Lucy.

—Sí, y puedes mirarla si quieres.

Lo primero que compruebo es cuánto dinero en efectivo llevaba Rachael. Cuento más de ochocientos dólares, la mayor parte en billetes de veinte nuevos que se pegan unos a otros.

—Me pregunto si habría ido a un cajero, quizá hace poco. Seguramente sacó dinero en efectivo en alguna parte —sugiero—. También parece ser que tenía la costumbre de comprar comida para llevar y quizá de comer en el coche.

Indico las servilletas que había en el bolso y menciono las migas en el interior del Mercedes.

—Si va a cajeros, igual también hace cola en establecimientos de comida rápida, ¿no? —aventura Marino—. Y quizá se fijaba en ella quien no debía. Seamos sinceros, ¿alguien con su aspecto? Debían de comérsela con los ojos allá donde fuese.

Miro las tarjetas de crédito y de identificación, y brilla por su ausencia algo que indique que Rachael trabajaba para la CIA.

Si no supiera cómo se ganaba la vida, me sería imposible deducirlo por lo que veo.

La única conclusión que sacaría es que por lo visto tenía dinero.

Era hermosa, ostentosa y se preocupaba por su peso. No hay muchas pistas que seguir.

Sin duda sus comunicaciones siguen en el ciberespacio, aunque no tendré acceso a ellas.

Los tiempos en que igual encontrabas un diario que hojear pasaron a la historia.

O una agenda. Quizá un sobre de fotografías recién reveladas en la tienda.

Nunca se sabe qué puede ser importante. Tal vez notas o cartas que divulguen intenciones asesinas o pensamientos suicidas.

Incluso un horóscopo o el papelito de una galleta de la suerte pueden ser reveladores.

Y darnos una idea de lo que alguien temía o con qué soñaba.

El detalle más nimio puede aclarar el estado de ánimo o las actividades de un sujeto.

Pero no soy capaz de inferir gran cosa a partir de lo que tengo delante.

Sin duda Rachael gestionaba su vida, igual que yo, de manera informática, aunque no veo ningún dispositivo que lo confirme.

—Me da igual qué hayáis cogido, movido o alterado de algún modo, a menos que interfiera con lo que estoy haciendo.

—Se lo digo a mi sobrina tal como se lo diría a cualquier otro colaborador—.

Tenéis vuestros objetivos, pero yo tengo que ver todo aquello que sea importante para los míos. ¿Hay alguna otra cosa que deba saber?

—Llevaba una tableta electrónica en el bolso —responde Lucy—. El ataque con microondas la ha dañado, como cabría esperar.

—¿Y su móvil?

—Tengo fotos de dónde estaba. —Lucy sigue informándome de cuántas cosas se han manipulado—. Está frito, parece que sin remedio. Ya estamos buscando los registros del operador.

—¿Dónde estaba el móvil exactamente cuando habéis llegado? ¿Antes de que hicierais nada? —pregunto.

—En el suelo, lo tocaba con la mano derecha. —Es Tron la que contesta.

—Debo volver a las oficinas —decido—. He hecho todo lo que podía hacer por ahora. ¿Dónde está Fabian?

—En la entrada del sendero de acceso —dice Lucy—. Los perros están registrando la camioneta, sin resultados. Él está junto al camino, mirando los helicópteros de las noticias.

—Me sorprende que no les haga señales con los brazos —bromea Marino.

—Ahora se pasea por ahí para cerciorarse de ser visible —responde Tron—. Para el caso, como si los saludara.

—¿Cómo demonios sabes qué está haciendo en estos precisos instantes? —pregunta Marino con aspereza.

Tron señala sus gafas deportivas con inteligencia artificial.

—Sí, mejor que las lleves tú —replica él—. Me pondría de los nervios tener que estar pendiente de algo así. Bastante difícil es lidiar con los mandos a distancia de la tele y el puñetero móvil al mismo tiempo.

—Esto es multitarea de nivel avanzado —responde Tron.

—¿En serio? Y, si con el paso del tiempo, no puedes pensar ni hacer una mierda por ti misma, ¿qué?

—No estaría nada bien —contesta, demostrando que a Marino le resulta imposible sacarla de quicio.

—Supongo que ya habéis registrado la basura —le digo a Lucy.

—No hay nada interesante —repone.

No espero invitación. Sé dónde mirar, y abro los armarios bajo el fregadero para sacar el cubo de basura de plástico.

Dentro hay servilletas de papel arrugadas, bolsitas de té usadas, cáscaras de huevo y otros desperdicios, pero no veo señales de ninguna comida reciente, al menos ninguna sustanciosa, y eso que Annie no tiene triturador de desechos.

Abro el frigorífico y veo batidos de fruta, yogures y quesos ligeros y fiambre. En un cajón de la nevera hay varias botellas de champán. No hay mucho más en el congelador aparte de dos botellas de vodka. No me sorprende que no haya alimentos que requieran un mínimo de preparación.

Annie no sabe cocinar. No aprendió, no lo necesitó, no le interesa y no disfruta con ello.

Lo sé muy bien, después de haber vivido con ella.

Cuando yo cocinaba algo, por sencillo que fuera, cualquiera habría dicho que hacía magia.

Preparar unos espaguetis o una frittata le era tan ajeno como pilotar un avión o componer una sinfonía.

No ha cambiado mucho con el paso de los años. Por lo que he visto, Annie come en la cafetería de los juzgados y en restaurantes que haya por la zona o pasa por algún autoservicio. No veo ningún indicio de que Rachael se las apañara bien en la cocina. Con lo mimada que parecía, me habría extrañado.

—¿Qué más habéis encontrado en la casa? —les pregunto a Lucy y Tron—. Quiero echar un vistazo a su dormitorio, sobre todo al botiquín. ¿O lo habéis vaciado también?

—Teníamos que registrar todas las habitaciones cuando hemos llegado por si había alguien escondido —observa Lucy—. No hemos cogido nada del botiquín.

—Eso no quiere decir que no hayamos mirado —añade Tron—. Para cerciorarnos de que todo es lo que parece, que lo que se supone que hay en los frascos es en efecto eso. Lo típico.

No van a decirme todo lo que han hecho ni por qué. No van a decirme quién ha estado en la casa, ni cuántas veces. Quizá sea mejor que no lo sepa. Salgo de la cocina sola, sin esperar a nadie mientras atravieso el comedor, luego el salón principal, y regreso a la escalera del vestíbulo.

Los desgastados peldaños de piedra caliza y la barandilla negra de hierro forjado me traen recuerdos de hace años.

En la primera planta, las paredes están vacías donde antes colgaban candelabros y cuadros excepcionales.

Paso por delante de una serie de puertas de roble cerradas.

Detrás hay dormitorios llenos de cajas que Annie todavía no ha abierto desde la muerte de sus padres.

Le he dicho que no tiene por qué revisar las cosas ella sola, pero que una vez lo haya hecho podrá seguir adelante.

Pero no quiere librarse de aquello a lo que no puede renunciar, y es cierto eso de que hay que elegir bien a tu enemigo, porque acabas convirtiéndote en él si no te andas con cuidado.

A pesar de su trabajo duro y sus logros, en ciertos aspectos es una Chilton «profesional», igual que lo era su padre.

La puerta que busco está al final del pasillo, y noto el frescor del antiguo pomo de vidrio soplado a través del guante. Al entrar detecto un aroma a perfume. El elegante frasco de Casablanca Lily está encima del tocador, y el exótico perfume floral perdura en los muebles y los tejidos.

Pero Rachael no llevaba ese perfume ni ningún otro cuando murió.

Todo lo que observo encaja con la historia de que hoy quería trabajar desde casa y no se había preocupado tanto por su aspecto como habitualmente.

No parecía tener previsto ver a nadie, y menos aún a Bose Flagler.

Dudo que tuviera intención de ver tampoco al encargado, Holt Willard; no en persona.

Le había dejado la caja de bombillas en la despensa.

Él sabía cómo entrar y conocía la casa. Quizá ella tenía intención de quedarse arriba mientras él se ocupaba de solucionar aquello.

Y aunque a su edad Holt ya no está tan ágil como antes, no parecía que Rachael tuviera intención de ayudarle sujetando la escalera.

Seguramente ni se le pasó por la cabeza; y si se le pasó, no se molestó en hacerlo.