Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—O quizá ya estaba en el suelo cuando ha empezado a desprenderse de las joyas —explico—. Seguramente no lo sabremos nunca, pero sospecho que aún seguía en pie cuando lo ha hecho, porque no tenía ni idea de que estuvieran disparando contra ella. Solo notaba que algo iba fatal.

Pido una cinta métrica: el collar que llevaba mide cincuenta centímetros. Las quemaduras en el cuello y la parte superior del pecho están a una distancia aproximada de veinticinco centímetros, lo que nos indica la longitud de onda de la corriente.

Le explico a Marino lo que he averiguado en la Comisión del Juicio Final:

—La onda energética alcanza su nivel máximo cada veinticinco centímetros, y es entonces cuando quema.

—Dibujo una microonda en el aire, arriba y abajo, arriba y abajo—.

Hemos visto lesiones similares en víctimas recientes del síndrome de La Habana si llevaban algo como un reloj, una pulsera, una chaqueta con cremallera metálica.

El metal conduce la corriente de carga positiva, que luego intenta dirigirse hacia el suelo de carga negativa. Pero no puede. La corriente no tiene adónde ir porque el anillo y el collar no están conectados a tierra, y se calienta, algo así como las ruedas cuando giran sin moverse del sitio.

—Por eso te quemas —explico, aunque no soy ingeniera eléctrica.

Pero puesto que quien se las ve con las amenazas más novedosas contra la vida humana es gente como yo, he tenido que informarme sobre armas de alta energía.

He tenido que instruirme acerca de venenos, familiarizarme con las armas químicas y biológicas de destrucción masiva.

Las conversaciones que tenemos Benton y yo mientras tomamos unas copas son propias de historias de terror distópico.

—Es mucho más fácil lidiar con armas de fuego —decide Marino—. No me hace gracia no ver con qué te disparan.

—A menos que seas Superman, tampoco vas a ver la bala antes de que te alcance. —Retiro el termómetro de la pequeña incisión en el abdomen de Rachael y lo limpio el vidrio con una esquina de la lámina desechable.

Su temperatura corporal interior es de 33,3 ºC, lo que encaja con que lleve muerta entre cuatro y cinco horas en estas condiciones.

Me quito los guantes y camino por la cocina moviendo la mano derecha como un director de orquesta.

Me acerco al grifo antiguo de cobre con sus llaves torneadas.

Luego a los tiradores de latón de cuello de cisne, la licuadora de acero inoxidable, los quemadores de la cocina.

Examino los cubiertos y demás objetos de metal en los cajones, notando el leve tirón de la atracción magnética sobre el anillo inteligente.

Voy a la despensa con estanterías, cajones y armarios empotrados de roble.

La única luz es una bombilla sin pantalla en el techo, y no sirve de nada tirar del cordón.

Puesto que no hay electricidad, no sabemos si esta luz funcionaba o no en el momento de la agresión.

Pero partiendo de lo que les ha dicho Holt Willard a Lucy y Tron, había que cambiar la bombilla.

Se suponía que él debía hacerlo a las cinco de la tarde, y la escalera de mano está plegada y apoyada en la pared.

En la encimera de piedra hay una caja con cuatro bombillas de cien vatios, como si Rachael se la hubiera dejado a la vista.

Los laterales de la caja de cartón ondulado están tostados debido al calor que desprendieron las bombillas antes de fundirse.

De haber seguido consciente, es posible que se hubiera fijado en que la caja resplandecía en la despensa como si de un relato de Stephen King se tratara.

Quizá intentó pedir ayuda y se encontró con que el móvil no funcionaba.

Es posible que las luces parpadearan antes de apagarse al mismo tiempo que el aire acondicionado dejaba de funcionar.

—Básicamente se ha magnetizado la cocina entera —continúo con mi exposición a Marino de lo que observo.

Le explico que las corrientes eléctricas generan campos magnéticos a su alrededor, y eso es lo que ha ocurrido en la cocina de Annie.

Las microondas son energía eléctrica y magnética que se desplaza de forma unificada por el espacio.

Eso es la energía electromagnética, añado a la vez que vuelvo a cambiar de guantes y tiro los usados a una bolsa para residuos biológicos.

Me centro en las deportivas de cuero de Hermès de Rachael.

En el dibujo de la suela se han quedado atrapados restos de un material púrpura.

Utilizo bolsas de papel y gomas elásticas para cubrirle las manos y los pies.

Es entonces cuando vuelven Lucy y Tron, y las pongo al corriente de nuestras observaciones.

—Todo encaja con un ataque de microondas. —Me acerco al tajo de carnicero, interesada en el bolso de cuero negro y las gafas de sol Chanel—. Suyos, supongo. —Los recuerdo de cuando coincidimos en la licorería; justo al lado están las llaves.

—Sí —dice Lucy—. No hay indicios de que hayan hurgado en el bolso o de que falte dinero o tarjetas de crédito.

—Eso también desmiente el argumento de que el asesino haya entrado en la casa —dice Marino—. Sabemos que la puerta principal estaba cerrada con llave, porque habéis tenido que forzarla. ¿Y esta? —dice señalando la puerta trasera cerca del cadáver.

—Estaba cerrada cuando hemos llegado —dice Tron.

—El mando a distancia es del Mercedes de Rachael —me indica Lucy—. Las otras llaves, no estamos seguros aún. Solo que una es de las puertas delantera y trasera; abre las dos.

—Dios sabe cuándo fue la última vez que cambiaron las cerraduras —señala Marino—. O cuánta gente puede tener llave.

—¿Hay medicamentos o cualquier otra cosa que pueda ser importante en el bolso? —pregunto.

—Te lo puedo enseñar. —Lucy se cambia el equipo de protección personal y entra en la cocina.