Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 17
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Capítulo 17

De las vigas vistas del techo cuelgan antiguos utensilios de cocina y cestos. La chimenea en una pared de escayola tiene la profundidad de una cueva. En el hogar hay herramientas de hierro fundido y fuelles más propios de un antiguo castillo.

A la derecha de la puerta trasera hay una mesa de madera y cuatro sillas delante de la ventana donde Annie y yo hemos tenido muchas conversaciones.

En cualquier otro entorno, los electrodomésticos de cocina parecerían anticuados: la cocina de gas tiene más de veinte años; el frigorífico no es mucho más nuevo, como tampoco lo son la sartén eléctrica o la tostadora.

Observo el lugar desde la puerta, fijándome en el bolso de mano negro y las gafas de sol de Chanel, las llaves encima de la superficie de trabajo de madera. Me llama la atención que la vasija de la cafetera de goteo está llena de un líquido color canela que puede ser té. Cerca hay una taza.

—Sin electricidad, es difícil saber qué luces estaban encendidas o apagadas en el momento del ataque con microondas —les digo a Lucy y Tron—. Veo que los interruptores de pared junto a la puerta están hacia arriba.

—Parece que aquí estaban encendidas las luces —conviene Tron—. Pero tendremos que hacer más análisis para confirmarlo, igual que en otras partes de la casa.

Ella y Lucy nos dejan solos, y Marino pone un termómetro de mercurio de cristal encima del tajo de carnicero.

Luego coge el dispositivo de infrarrojos, porque me gusta tomar la temperatura con ambos para ir sobre seguro.

Trabajamos deprisa y en silencio, sin necesidad apenas de instrucciones o explicaciones, y él tiende una lámina desechable blanca como si pusiera un mantel de mesa.

—Ya veo a qué te refieres con lo que ocurre cuando se trata de la comunidad de inteligencia. —Dispone la lámina en el suelo al lado del cadáver—. Por lo que sabemos, bien puede haber pasado por aquí la CIA.

—No me sorprendería nada, y ya he llegado a la conclusión de que es justo lo que ha sucedido. Para empezar, Tron está cedida temporalmente a la agencia. Lucy bien puede estarlo también. Y sabemos que han llegado antes que nadie.

—No tenemos ni idea de qué demonios ocurre o quién nos observa. —Marino mira en torno con irritación, incómodo—. Y todo el mundo miente. Incluso Lucy. Aunque eso no es nada nuevo.

—Espiar y mentir son lo mismo, por necesidad.

—Me preocupa que la hayan encontrado ellas. —Vuelve la vista hacia el umbral como si pudieran seguir ahí Lucy y Tron—. ¿Cómo sabemos que no han…?

—Creo que no conviene lanzar teorías.

Le impido verbalizar lo que piensa porque tengo presente que con toda probabilidad hay dispositivos de vigilancia.

Marino se pregunta si lo de Rachael Stanwyck sería un asesinato por encargo.

Quizá la eliminó la CIA, los suyos. Me acerca el termómetro de infrarrojos.

Le apunto a la frente y aprieto el gatillo.

La pantallita digital indica una temperatura de 35,8 ºC.

—No puede ser, Doc. —Mira perplejo los números rojos.

Hago otra lectura, y el resultado es el mismo. Apunto el termómetro al aire y la temperatura ambiente en la cocina es de 25,5 ºC.

—Tiene la cabeza caliente debido a la radiación de alta energía —explico.

—Joder, ¿lleva muerta más de cuatro horas y todavía sigue tan caliente? Debe de haberse achicharrado de lo lindo cuando ha ocurrido. —Marino anota los detalles que le facilito.

—Si el asesino estaba cerca y ha apuntado a la cabeza, la energía se habrá concentrado ahí, provocando daños térmicos que deberían verse bajo el microscopio —respondo—. Es posible que la radiación haya calentado la zona afectada diez grados o más.

—¿No le ha calentado así todo el cuerpo?

—No.

—¿Y eso?

—Imagina un guiso en el microondas. —Me arrodillo junto al cadáver—. Se calienta en unas partes y en otras no, sobre todo si el aparato no tiene un plato giratorio.

—Empiezas a darme mal rollo, Doc.

—En los casos del síndrome de La Habana que conocemos, parece ser que el objetivo es la cabeza. —Le subo la chaqueta del chándal a Rachael hasta la cintura—. Es ahí donde se observan los daños internos más intensos, en el cerebro, los ojos, que se propagan a partir de ahí como ondas de choque.

Apunto el termómetro de infrarrojos hacia la piel expuesta de la cintura de Rachael Stanwyck. El resultado es el que cabía esperar.

—Treinta y dos con dos —le indico a Marino, que lo anota—. Su cuerpo se ha enfriado seis o siete grados, lo que tiene sentido si piensas que Lucy y Tron han detectado ráfagas intermitentes de energía entre las 15.40 y las 16.00. Ahora son las ocho y pico de la tarde.

—Lo que significa que en el momento de morir su cabeza debía de haber alcanzado más de cuarenta y tres grados, ¿no?

—Seguramente, pero hay muchas cosas que ignoramos sobre esta clase de ataques.

—Bueno, debe de haberle dolido de la hostia.

—Habrá sentido un intenso dolor en la cabeza, los ojos.

Es posible que haya oído sonidos raros a la vez que empezaba a darle vueltas la habitación.

Dudo que siguiera consciente mucho tiempo, tal vez solo unos segundos, quizá un minuto —respondo—.

Vamos a tomarle la temperatura interna, porque va a ser el dato más fiable para saber cuándo ha muerto.

—Creo que tenemos una idea bastante precisa —señala Marino—. Probablemente en torno a las 15.40 o 15.45 de esta tarde.

—Si no lo hago…

—Lo sé. Putos abogados. —Le da la vuelta al maletín y rebusca en bandejas y compartimentos—. Nos lo echarían en cara eternamente.

Deja un escalpelo y el largo termómetro químico de cristal en la lámina de papel donde estoy arrodillada.

Pongo boca arriba a Rachael, flexible y tibia al tacto.

Le sale de la nariz un hilillo de sangre y tiene los ojos medio abiertos, la mirada perdida.

Rachael Stanwyck, tan hermosa y presumida, no llevaba maquillaje al morir, ni siquiera pintalabios.

Tiene el abundante cabello moreno recogido con un coletero. Huele a cebolla y ajo cuando me acerco. No parece que estuviera esperando compañía, desde luego. Al retirarle por debajo del ombligo los pantalones del chándal de diseño me da la impresión de que tiene el vientre distendido.

—Es un poco raro —comento.

—¿Y si estaba embarazada? —sugiere Marino.

—Eso no vamos a averiguarlo aquí, pero la autopsia nos lo aclarará sin lugar a dudas. —Hago una pequeña incisión con el escalpelo en la parte superior derecha del abdomen y le resbala una gota de sangre por el costado.

Inserto el largo termómetro de cristal en el hígado para obtener una lectura exacta.

Sale más sangre, que mancha la lámina blanca que he metido parcialmente debajo de su cuerpo.

Le doblo los dedos finos, que empiezan a quedarse rígidos.

Le muevo la cabeza de lado a lado y veo que el cuello sigue bastante flexible.

—Está empezando a asentarse el rigor mortis —continúo informando de mis observaciones, y Marino toma notas además de fotografías—. La lividez todavía no ha arraigado.

Cambiándome de guantes, me centro en las joyas dispersas por el suelo de baldosas.

—Un anillo de metal plateado con piedras azules engastadas, seguramente oro blanco y zafiros —explico.

Dejo el anillo en una bolsita para pruebas y luego recojo un par de pendientes. Uno está delante del fregadero; el otro, a unos palmos de allí.

—Un par de pendientes de clip con piedras claras —sigo inventariando para que Marino lo apunte.

Más oro blanco y diamantes, supongo, mientras reparo en la sutil atracción del metal al anillo inteligente que llevo bajo el guante en la mano derecha. Sé lo que eso significa, pero la sensación es escalofriante.

—Necesito una lupa —le digo a Marino, que me la alcanza.

Recojo el collar del suelo delante del fregadero. Al alzarlo a contraluz veo que el cierre está forzado; el sello de joyería es de oro de dieciocho quilates. Siento que la cadena se mueve como algo vivo, atraída hacia mi anillo inteligente chapado en níquel.

—Parece que le hubieran quitado el collar por la fuerza. —Lo meto en otra bolsa de plástico para pruebas, que se etiqueta igual que todas las demás—. Como si se lo hubieran arrancado de un tirón.

—Ahora ves lo fácil que es que la gente deduzca que la agarraron, que forcejeó con alguien que quería robarle o agredirla sexualmente. O quizá las dos cosas —comenta Marino.

Aguarda cerca del maletín forense abierto fijándose en lo que hago, la cara sudorosa enmarcada en blanco, la mascarilla puesta. Las gafas de protección se le empañan una y otra vez.

—Y que luego le echen la culpa a alguien como el encargado o el exmarido —dice Marino—. Los polis suponen que Rachael dejó entrar al autor porque lo conocía. Después las cosas se torcieron, cuando en realidad no había nadie en la casa con ella en el momento de la muerte.

—Se ha quitado todas las joyas porque le quemaban como demonios —respondo—. Y están todas magnetizadas, lo que tiene sentido tras haber sido bombardeadas con energía electromagnética.

Bajo la cremallera de la chaqueta del chándal, y no lleva nada debajo salvo un sujetador deportivo, y una braguita de biquini.

Al retirarle el pelo veo cuatro diminutas quemaduras alrededor del cuello.

Ambos lóbulos tienen marcas rojas similares de los clips, y le cojo las manos con las mías enguantadas para inspeccionarlas minuciosamente por delante y por detrás.

Encuentro otra quemadura minúscula, esta en el dedo anular izquierdo.

Imagino a Rachael delante de la ventana encima del fregadero.

Sospecho que estaba preparándose un té cuando el asaltante ha abierto fuego con el arma desde el jardín trasero.

Las joyas que llevaba han servido de conductores de la energía de microondas.

De pronto, le quemaban, y se las ha arrancado a zarpazos.

La cabeza se le estaba calentando y le dolía antes de desplomarse.