Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Desactivada —dice—. Las microondas provocaron una subida de tensión que la frio, como todo lo demás.

—¿Recibió la empresa de seguridad algún tipo de aviso de que había un fallo?

—No —responde—. La empresa solo recibe una alerta si se activa la alarma silenciosa.

—Supongo que la gran incógnita es si estaba conectada en el momento del ataque —comento dirigiéndonos a la entrada de la casa.

—Tron ya se ha puesto en contacto con la empresa —dice Lucy—. El sistema estaba desactivado, y no se usaba muy a menudo.

Por lo visto, había habido una serie de falsas alarmas desde que vino a vivir aquí Rachael, lo que hizo acudir a la policía, según le han informado a Tron.

Ese es el problema de una alarma silenciosa.

No te das cuenta de que se ha disparado hasta que llega un coche patrulla, lo que resultaría de lo más incómodo si estás en casa con tu amante secreto.

—Es posible que Rachael temiera más las falsas alarmas, que la sorprendiera la policía, que la alternativa —explica Lucy, y hemos llegado a la carpa que ha levantado la policía.

El material sintético emite leves crujidos cuando accedemos al interior. Tron está introduciendo las piernas en un mono. Marino hurga en una nevera portátil en busca de un botellín de agua.

—¿Doc? —Me ofrece otra; lleva puesto el equipo de protección y está sudando.

—Prefiero esperar.

No quiero tener que recurrir a más vasos de café extragrandes en un futuro inmediato.

Me quito la chaqueta de lino arrugada, la pongo encima de una caja de material forense y dejo el maletín.

Meto en un mono primero una pierna y luego la otra, me lo subo y deslizo los brazos por las mangas, procurando no fantasear con la ducha que me daré en algún momento del día.

Cojo más guantes de una caja y me los guardo en un bolsillo junto con varias mascarillas y un rotulador permanente.

Cierro la cremallera del mono hasta el cuello, me pongo la capucha y unas gafas de seguridad.

Cubiertos los cuatro de blanco de la cabeza a los pies, nuestros trajes emiten una especie de crujido al movernos.

Nos encaminamos hacia la puerta principal de doble hoja que recuerdo del pasado.

Pero en los viejos tiempos había un ama de llaves que la abría, y no estaba astillada por efecto de una palanca. Los generadores del interior hacen mucho ruido; el suelo de mármol italiano está surcado de cables eléctricos; el imponente vestíbulo, estridentemente iluminado.

—Hemos intentado ser lo más delicados posible —dice Lucy cuando miro los daños que han sufrido la madera con siglos de antigüedad, los pomos de cabeza de carnero de latón originales de la casa—. La palanca era la mejor solución.

—Mejor que pegarle un tiro a la cerradura o echar abajo la puerta con un ariete. O abrirla de una patada. —Marino ofrece su opinión de experto.

Nos ponemos cubrezapatos antes de adentrarnos en el resplandor de la iluminación auxiliar.

Reconocería ese aroma almizcleño en cualquier parte, un ramillete de viejos olores: polvo, madera, velas, cera para muebles, una insinuación acre de hollín en las chimeneas de todas las estancias.

El aire está reposado y rancio como si la casa llevara cerrada y vacía desde siempre.

En parte tiene que ver con mi imaginación, activada por profundas emociones.

Los paneles de madera del vestíbulo se tallaron en Francia hace siglos, en Normandía, creo recordar. La madera necesita cera, se lo menciono a Annie cada vez que vengo. Pero no es una prioridad, y no le pide al encargado de mantenimiento que lo haga, ni eso ni muchas otras cosas.

—Entonces ¿para qué tiene a alguien así? —pregunta Tron, y les digo lo que sé por experiencia personal.

—A estas alturas, Holt es como de la familia. Y como dice Annie, a los familiares no los despides porque se hagan mayores y tengan artritis —respondo mientras echamos un vistazo por el vestíbulo—. Creo que le encarga tareas ligeras y recados.

Levanto la vista hacia el soporte de plata deslustrada en el techo de escayola con moldura del que estaba suspendida una lámpara de araña con cristales de Baccarat.

A través de un arco se accede al gran salón, como siempre lo llamaba Annie, y el suelo de roble francés está rayado.

Las tablas se hallan muy separadas en algunos lugares; la alfombra, deshilachada.

Encima de la chimenea de piedra caliza hay un espacio vacío donde antes colgaba un Picasso.

Detrás del sofá hay un paisaje de Constable, y recuerdo dónde se exhibían las esculturas sobre soportes y pedestales.

Las espléndidas comidas en el comedor formal se reproducen en mi cabeza como si se tratase de una película.

La elaborada mesa de madera de árbol frutal sigue aquí, solo que sin brillo; seguramente hace años que no se usa.

Los asientos tapizados de las veinte sillas a juego están desgastados y manchados.

En los estantes de la vajilla falta la elegante porcelana azul y dorada con el blasón de los Chilton.

Las paredes azules están tan vacías como el cielo, los óleos barrocos de escenas religiosas han desaparecido.

Recuerdo comer rosbif al punto y beber un exquisito tinto de Burdeos mientras contemplaba la decapitación de Goliat a manos de David.

—Debía de ser la leche venir aquí en los viejos tiempos, pero ahora no parece que albergue mucha vida. —Marino rara vez se da cuenta de lo irónico de sus comentarios; tenemos la cocina delante.

Al otro lado del umbral veo los viejos armarios de madera, la profunda chimenea de ladrillo con la repisa de mármol gris tallado.

El cadáver de Rachael está unos tres metros a mi derecha, no muy lejos de la puerta trasera que da al exterior.

Tiene los brazos pegados al cuerpo, las piernas encogidas.

—¿Estaba así cuando habéis llegado? —le pregunto a Lucy—. ¿En posición fetal?

—Sí, y como decía, lo hemos documentado todo. Recibirás las fotos. Pero a excepción de unos pocos ajustes menores, lo que veis es lo que hemos encontrado.

—Son esos «pocos ajustes menores» lo que me preocupa —le dice Marino.

—Nada que os afecte.

—No eres quién para decirlo. ¿Cómo demonios sabes qué podemos estar buscando?

—Venga, tranquilo. —Lucy lo acalla, los dos riñendo como en los viejos tiempos.

—Lo de que esté así, en posición fetal, ¿qué te dice? —me pregunta Tron.

—Es lo que suelo ver cuando alguien sufre un grave traumatismo pero aún puede moverse —respondo—. Doblan la espalda y recogen las extremidades mientras agonizan.

—Entonces no estaba muerta al caer al suelo, por así decirlo —observa Tron.

—A menos que te volatilices, te haga pedazos una bomba o alguna otra cosa provoque una eliminación instantánea, la gente no se cae muerta literalmente —repongo—. El organismo tarda unos momentos en quedar inerte, lo que no significa que sigas consciente.

—Apuesto a que no lo estaba. —Marino abre el maletín forense que ha traído.

Me tiende unos cubrezapatos nuevos. Me los pongo, y también una nueva mascarilla y guantes.

Me adentro en la cocina, donde he pasado bastante tiempo desde mi regreso a Virginia.

Fue aquí donde tuve mi reunión secreta con Annie y el gobernador Dare hace un año.

Accedí a volver a Virginia en esta misma habitación.