Capítulo 16
Cuando llegamos a la parte de atrás de la casa, la luna es un semicírculo en el cielo azul cada vez más oscuro. El viento mece los árboles sin hacer ruido mientras pasamos por debajo de la cinta de la escena del crimen que acordona lo que queda del jardín geométrico.
El sendero discurre entre rosales rosas y rojos, lirios, lavandas, hortensias azules y demás vegetación en flor, toda ella en sombra.
La espaldera está desbordada de fragantes glicinas y jazmines cerca de una mesa de piedra manchada y picada.
El canapé de teca de dos asientos ha adquirido el tono gris plateado de la ceniza.
Annie y yo hemos estado ahí sentadas unas cuantas veces desde que regresé a Virginia.
Hemos tenido conversaciones sobre casos mientras contemplábamos su ecléctica colección de cajas nido.
Ella me decía los nombres apropiados de todas las criaturas aladas que se posaban en los comederos o en las budelias.
Ahora no le encuentro nada mágico al lugar.
Noto el corazón pesado y cada vez más duro; la devastación entre donde me encuentro y la puerta de atrás es dolorosa y exasperante.
Me viene a la cabeza con un destello la palabra «monstruo», y a medida que voy viendo más de estos estragos, más me indigno.
Han arrasado con furia asesina el jardín de Annie, y me da pavor imaginar el momento en que lo vea así.
Pero no hay ninguna imagen deprimente que no vaya a quedar registrada.
Vendrán más cuando me ocupe del cadáver de su hermana aquí, en el lugar de los hechos, y luego durante la autopsia.
Inevitablemente, Annie será testigo de todo.
Así funcionan las causas penales, y ahora su vida personal forma parte de una de ellas.
Lucy abre con un chasquido los cierres de su pequeño maletín forense, del que saca unas pinzas de plástico y una regla para usar como escala en las fotografías.
Tomo muestras de follaje marchito. Recojo más insectos y pájaros, aunque no espero que Albert Allemand, en el Smithsonian, descubra nada distinto gracias a estos especímenes adicionales.
Seguro que no tienen nada más que aportar que los que he encontrado a la entrada.
Pero si no recojo muestras de donde ocurrió el ataque fatal, algún abogado me hará pasar un mal rato.
Me acerco a una de mis cajas nido preferidas, hecha de madera reciclada y pintada de colores brillantes, en lo alto de un poste de teca cuadrado.
Me sobreviene una sensación de pavor al aproximarme al diminuto porche delantero rojo con dos sillitas de jardín azules de tamaño pájaro.
Debajo del agujero con su percha hay una alegre puertita roja, que abro con el dedo enguantado.
Lo que hay dentro me entristece, aunque no me sorprende: espero que haya sido rápido.
Siempre pienso lo mismo, ya sean personas o carboneros.
Cuando las microondas bombardeaban el jardín trasero, no había protección alguna en comedores o hábitats de materiales no metálicos como plástico y madera.
Pero al menos algunos vecinos sí han tenido una oportunidad.
Cerca de un macizo de laureles de montaña hay un enclave de pajareras de cobre sobre postes también de cobre de diversas alturas.
Los hoteles, como los llama Annie, están deslustrados como peniques viejos, con tejados puntiagudos y caprichosos adornos.
Los revestimientos de metal deben de haber hecho las veces de jaula de Faraday, desviando la radiación de microondas.
Me pongo de puntillas para mirar por los agujeros y veo destellos en movimiento de algo color índigo que aletea, vivaces ojos oscuros y brillantes picos negros. Mi ánimo mejora considerablemente.
—¿Dónde estabais durante el aguacero? —le pregunto a Lucy.
—En la cocina.
Me sigue con el maletín forense y el móvil preparado.
Inclinada cerca de mí, toma fotografías con una mano mientras voy de aquí para allá, colocando la regla de plástico junto a lo que me dispongo a recoger.
Sin escala, es imposible saber qué tamaño tiene algo o qué distancia hay entre diferentes objetos.
—Por desgracia, ha empezado a llover mientras estábamos dentro de la casa, justo cuando examinaba el cadáver —dice Lucy—. Entonces no habíamos visto los daños que había aquí.
No ha hecho falta que ella reparara en lo que sigue siendo evidente a pesar del chaparrón.
Las flores y las hojas están marchitas y marrones debido a la descarga del arma de microondas que las ha atravesado.
Localizo el punto de origen detrás de un alto seto de boj.
Es ahí donde Lucy cree que estaba apostado el asaltante como un francotirador con rifle, a la espera de que su objetivo estuviera a la vista.
—Tiene que haber pasado aquí al menos unos minutos buscando el lugar idóneo —dice—.
A no ser que conociera el terreno de antemano.
Tanto si estaba familiarizado con la zona como si no, ha tenido que prepararse antes.
Ha tenido que ponerse ropa o material de protección, suponiendo que se haya tomado esa molestia.
Ha tenido que conectar el arma. Ha tenido que esperar a estar seguro de dónde se encontraba la víctima.
—¿Cómo sabía el asesino que Rachael iría a la cocina? —Sigo recogiendo pobres criaturas que meto en cajitas blancas en la bolsa de papel—. A menos que supiera que iba a ocurrir tal cosa, podría haberse quedado aquí esperando durante mucho tiempo.
—Esa es la pieza del puzle que falta —señala Lucy—. Por algún motivo ha decidido que este era el punto adecuado. Se ha apostado detrás del seto a la espera de que ella apareciera en la ventana que hay frente al fregadero. Ha apretado el gatillo, disparando ráfagas rápidas como una metralleta.
Las descargas de las potentes ondas de energía han seguido una línea recta a través de las ramas de los árboles y demás follaje.
La ringlera de destrucción ha ido ensanchándose cuanto más se alejaba del arma que la disparaba, hasta llegar a la ventana de la cocina, donde la hiedra que la rodea está marchita y ocre.
Las microondas han atravesado sin problema las seis hojas de viejo cristal ondulado, y es una pena que no hubiera una malla metálica.
Annie las tiene solo en unas cuantas ventanas.
De haberla tenido en esta, es posible que Rachael hubiera podido ponerse a cubierto antes de debilitarse y morir.
Lucy me muestra la zona hollada detrás del seto donde cree que ha estado agazapado el asesino, y supongo que vestía algo que se confundiera con la espesura, como camuflaje.
Veo las ramas rotas, la maleza aplastada donde ha permanecido a la espera con su rayo anarquista de la muerte.
De aquí a la cocina hay quizá treinta metros. Si el alcance del arma es considerablemente mayor, como ha sugerido Tron, entonces Rachael fue irradiada por un rayo concentrado. Me pregunto si repararía en algo extraño antes de experimentar un dolor punzante y caer al suelo.
—Hemos recogido muestras de vegetación con las que ha debido de rozarse ese cabrón —dice Lucy, y percibo la intensa hostilidad que esconde su aire sereno.
Detesta al autor, sea quien sea. Cuando la gente alcanza cierto nivel de crueldad, Lucy llega a tomárselo como algo personal, igual que le sucede a Marino.
La única diferencia estriba en que mi sobrina es más discreta, lo gestiona con más elegancia.
No enseña las cartas que lleva en el terreno emocional.
Pero intuyo lo que le ocurre, y yo no albergo inclinaciones más caritativas.
—No creo que tengamos mucha suerte con el ADN —dice—. Seguramente no será la bala de plata que permita esclarecer el caso, porque dudo que Rachael y el asesino tuvieran contacto físico. Dudo que ese criminal tocara nada salvo el exterior de la casa.
—Aunque no hubiera llovido, el ADN sería una posibilidad remota —convengo—. A menos que se haya hecho alguna herida y dejado sangre o células epiteliales que no se hayan disuelto.
Hay un caminito de pizarra que lleva hasta la puerta de la cocina. A la derecha, la ventana de seis cristales despide un brillo acogedor por efecto de las luces auxiliares que ha dispuesto Lucy dentro.
—¿Y has hecho todo lo necesario aquí? —pregunto antes de acercarme más—. Porque es posible que el asesino haya mirado por la ventana. Quizá quisiese ver su «obra».
—Hemos buscado huellas dactilares y ADN —dice mientras me cambio los guantes; guardo los sucios en un bolsillo de la falda y me pongo unos nuevos y otra mascarilla.
—Dudo que se haya acercado tanto. Corría el riesgo de que Rachael lo viera en el caso de que siguiera consciente —observa Lucy.
Con cuidado de no rozar las parras espinosas cerca de la ventana, huelo el delicado perfume de las rosas trepadoras rojas al tiempo que miro por el cristal.
Rachael está ovillada sobre el costado izquierdo entre el fregadero y la puerta que da al jardín.
Va vestida con chándal beis, calcetines y deportivas.
Su ropa parece intacta, pero veo unas joyas dispersas por el suelo de mármol rojo y blanco: pendientes, un collar que parece abierto o roto, un anillo. Entiendo a qué se refiere Lucy con que sería fácil interpretar erróneamente la escena.
—¿Está todo igual que cuando habéis llegado? —pregunto.
—No he tocado nada aparte de lo que ya te he dicho. Y hemos hecho fotos y vídeos. —Su voz suena a mi espalda mientras observo por la ventana—. Es desconcertante, ¿verdad?
—Mucho.
—No me extraña que Fruge y los polis crean que parece un allanamiento que se ha torcido.
—Y lo ha sido. Solo que el autor era invisible. —Me retiro de la ventana.
Regreso al sendero y me paro delante de la puerta de la cocina, de madera maciza y pintada de blanco. Tiene un pomo de cristal de la época victoriana que Annie considera «de mercadillo».
—¿Estaba cerrado con llave cuando habéis llegado? —indago.
—Cerrado.
—¿Y la puerta principal?
—También —dice cuando volvemos por el jardín—. Hemos tenido que forzarla.
—Y la alarma, ¿qué?