Capítulo 15 #2
Condujeron el Mercedes hasta el antiguo astillero naval a unos doce kilómetros de aquí, dependiendo de la ruta.
El coche de Rachael estuvo aparcado hasta medianoche en Mollie’s Underground, un local frecuentado por la comunidad de inteligencia y miembros de alto rango del ejército.
Más parecido a una sociedad secreta que a un bar-asador, está ubicado en el interior de una antigua fundición reconvertida de la guerra de Secesión, con un molino de agua y cañones inutilizados.
Conocido por su comida y sus cócteles, el Underground celebra animadas competiciones de karaoke que incluyen la participación de imitadores, dependiendo de quién dé un concierto en la zona.
Hace no mucho fue Paula Abdul, y antes, Cyndi Lauper; nunca se sabe quién puede salir al escenario y coger el micro.
Benton y yo vamos a comer o a cenar después de las reuniones en el Pentágono.
Cuando es posible, quedamos con Mollie, de apellido Gunner.
Es decir, la esposa de Jake, el general de cuatro estrellas al mando de las Fuerzas Espaciales de Estados Unidos.
Benton y yo trabajamos con él en la Comisión del Juicio Final. Nos hemos hecho amigos los cuatro.
—No me sorprende que Rachael fuera cliente —le comento a Lucy cuando nos alejamos del Mercedes—. Lo frecuenta mucha gente de la CIA. La cuestión es con quién había quedado. O quién podía acompañarla en el coche.
Blaise Fruge y dos agentes uniformados de la policía de Alexandria esperan delante de la carpa, y le pido a Lucy que me deje un momento.
—Estoy ahí mismo. —Le explico que tengo que hablar con la inspectora a solas.
Fruge tiene los ojos ocultos tras unas Ray-Ban similares a las que lleva Marino, y viste pantalones cargo y un polo, con el pelo moreno corto.
Desde la última vez que la vi, se ha musculado en el gimnasio con él como entrenador.
Tiene un aspecto mucho más formidable de como sospecho que se siente en estos momentos.
—¿Qué tal va, jefa? —Me saluda sin sonreír, y los dos agentes que la acompañan se alejan para darnos un poco de intimidad.
—Las cosas están complicadas, como sin duda estás viendo —digo, reflejada en sus gafas de espejo—. Me da la sensación de que has tenido un día tan extraño e impredecible como el mío, y agradezco que te hayas ido adaptando sobre la marcha.
—Ya sabes que estoy aquí para ayudar, si puedo hacer algo —dice—. Da igual que ya no sea una investigación de la policía de Alexandria. Es jodido que la primera vez que me ocupo de algo así me den de lado.
—No es eso lo que ha ocurrido, y no tiene nada que ver contigo.
—Lo que digo es que estoy aquí —contesta—. Si tú y Marino necesitáis algo, basta con que lo pidáis.
—Ya estás haciendo más que de sobra. —Salta a la vista que le complace que se lo diga—. Marino y yo te agradecemos que nos hayas avisado. Gracias.
—Maggie ha pensado que ella y el doctor Reddy podían mangonearme, y creo que se han llevado su merecido.
—Fruge se quita las gafas al bajar las defensas—.
Se ha hecho cargo el Servicio Secreto, y tu secretaria no lo sabía.
Aunque no le habría hecho caso de ninguna manera cuando me ha dicho a bocajarro que os impidiera a ti y a Marino el acceso a la escena del crimen.
—Tiene su parte buena y su parte mala saber que Maggie te lo ha dicho en lugar de limitarse a amenazar con ello —respondo.
—Me lo ha dicho, desde luego —asegura Fruge—. Y cierta gente está al tanto, digámoslo así.
Tiene una amiga. Si conoces a Fruge desde hace tiempo, verás que tiene muchos amigos, y que es bastante fisgona.
Me cuenta que a esa amiga en particular la conoció cuando era niña en Richmond.
Se llama Echo, y ahora es jefa de cocina en la mansión del gobernador.
Ha preparado la cena esta noche: solomillo Wellington y espárragos para seis.
—Uno de los invitados del gobernador Dare era Elvin Reddy. Con eso te lo digo todo. —Fruge se coloca las gafas encima de la frente—. El resto no hace falta que lo sepas.
—¿El resto de qué?
Ha vuelto Lucy con una caja de plástico negra del tamaño de una caja de aparejos de pesca normal.
—La típica historia de lo gilipollas que son Elvin Reddy y Maggie —responde Fruge, y a mi secretaria la horrorizaría oírla.
—Y que lo digas —comenta Lucy—. Pero, hablando de un asunto más importante, los manifestantes están saliendo en caravana del aparcamiento de la iglesia en este mismo instante.
Dieciocho vehículos de momento, al menos cincuenta personas presuntamente armadas y peligrosas.
Algunos ondean banderas confederadas por las ventanillas.
El movimiento Justicia para April se ha metamorfoseado en algo más grande y peor, explica Lucy. Las autoridades no esperan que esta gente se comporte. Deberían llegar al primer control poco después de anochecer.
—Vaya mierda —dice Fruge—. Ya sabía yo que cuando el juicio de Hooke se trasladó aquí, venía a remolque un puñetero caballo de Troya hasta nuestro jardín trasero.
Me opuse de plano. ¿Por qué no eligieron algún otro sitio como Roanoke, Charlottesville o incluso Richmond?
¿Por qué aquí arriba donde el tráfico ya es una pesadilla?
¿Por qué atraer a gente así tan cerca de Washington?
Porque, en mi opinión, es una tontería. Aunque tampoco es que le importara a nadie mi opinión.
—Lo que te agradecería es que tú y tus agentes ayudéis a proteger el perímetro —le dice Lucy en un tono reservado a amigos y camaradas—. Aquí ya lo tenemos todo listo. Igual podéis hacer de refuerzo de los agentes en la entrada. Eso vendría muy bien. Cuantos más, mejor.
Está expresando de la manera más respetuosa que aprecia a Fruge y sus agentes. Agradece su ayuda, pero tienen que largarse de una vez. Fruge calla y se limita a asentir. Parece encantada de hacer algo de utilidad. Lucy y yo protegemos los móviles con fundas antimicrobios y nos ponemos guantes.
—¿Qué le has enseñado? —pregunto cuando Fruge ya no puede oírnos.
—Lo mismo que estoy a punto de enseñarte a ti, solo que ella no tiene ni idea de lo que significa —responde Lucy—.
Para lo que a ella le interesa, he señalado que creemos que alguien estaba apostado entre la maleza.
Pero no he entrado en lo de las plantas y los bichos muertos.
Ella y los demás polis creen que eso ha sido cosa de la tormenta.
—¿Qué creen que ha pasado aquí? ¿Qué opinión tiene Fruge en particular acerca de lo que le ha ocurrido a Rachael Stanwyck?
—Que había alguien escondido, y quizá le ha hecho abrir la puerta.
Seguramente el asesino era alguien conocido, alguien que la acechaba.
Quizá incluso el marido del que estaba separada.
Y después de los hechos, esa persona ha manipulado la escena del crimen para hacernos creer que ha sido un intento de agresión sexual o de robo, o ambas cosas.
Tengo cuidado de dónde piso al seguir el camino de losas, resbaladizo cuando está mojado, que lleva hasta la parte trasera de la casa, dejando el denso bosque a nuestra izquierda. Lucy y yo nos ponemos las mascarillas.
—Es una historia bastante buena —respondo—. ¿En qué se basa, exactamente?
—Fruge y sus colegas miraban por la ventana de la cocina y han malinterpretado las pruebas. No es de extrañar —dice Lucy—. Ahora vas a ver el porqué. A primera vista, lo que creen parecería ser lo más lógico, porque no están al tanto de lo del arma de microondas. No tienen ni la menor idea.