Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 15
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Capítulo 15

Es mayor y de aspecto curtido, con el pelo entrecano al rape, y lleva un hexacóptero negro de aspecto táctico. No sé si es el mismo dron que ha pasado volando antes, pero podría serlo.

—¿Todo bien? —Lucy deja de empujar la bicicleta.

—No ha habido suerte con el lanzamiento —dice el agente del Servicio Secreto.

—Vaya, qué pena. —Inspecciona el dispositivo averiado.

—El motor ha empezado a girar a distintas velocidades, y no respondía a las indicaciones del stick derecho.

—Parece que el controlador de vuelo Pixhawk vuelve a dar problemas —decide Lucy, y el agente sigue su camino acunando el dron como si se tratara de un ave herida.

—Deberíamos tener al menos cuatro de estos en el aire —me explica Lucy—. Eso explica que solo esté viendo la retransmisión en directo desde tres.

Como no veo drones volando por ninguna parte en estos momentos, recuerdo que lleva las gafas deportivas con inteligencia artificial, los cristales más claros ahora que hay menos luces en el sendero de acceso.

La información en la pantalla de visualización incluye imágenes de drones que no se ven desde aquí, y reanudamos la marcha.

Me dice que no ha sido posible desplegar los drones hasta que ha escampado.

El Servicio Secreto los está usando para el reconocimiento aéreo de Chilton Farms, Raven Landing y también para mantener vigilados a los alborotadores reunidos en el aparcamiento de una iglesia no muy lejos del hotel Marriott de Old Town, donde hacen noche los miembros del jurado.

—Las cámaras de los drones pueden obtener primeros planos de muchas cosas, como matrículas, por ejemplo. —Rodea con la bici un charco de color verde amarillento debido al polen—. En algunos casos podemos efectuar reconocimientos faciales.

—Cuando habéis estado con el encargado —vuelvo sobre el asunto—, ¿ha mencionado algo importante? ¿Había notado algo fuera de lo normal por aquí últimamente?

—No parecía tener idea de nada —dice Lucy—.

Estaba muy afectado y no dejaba de llorar.

Tron y yo lo hemos metido en una de nuestras furgonetas, hemos hablado con él un instante y le hemos dicho que podía irse a casa.

Es imposible que tenga nada que ver con esto, a menos que esté implicado con los responsables.

Terroristas domésticos, en otras palabras.

—Con lo bien que conoce Holt Willard este lugar, debe de haberse fijado en los daños en la entrada igual que vosotras —respondo—. Aunque no se le permitiera acceder a la propiedad, habrá visto algunas de las cosas raras que nosotros hemos visto también.

—No lo ha mencionado, y nosotras, tampoco.

—¿Qué motivo tenía para haber quedado con Rachael? ¿Y podía probar que, en efecto, habían quedado?

—Se había fundido una bombilla en la despensa —dice Lucy—. Hace falta una escalera para cambiarla.

Había prometido ocuparse. Les ha enseñado a Lucy y Tron los mensajes de texto que había cruzado con Rachael desde esta mañana temprano, cuando ella le ha informado del problema.

Le ha dicho que fuera a la casa a las «5 en punto» y que no estuviera mucho rato porque ella tenía un «montonazo de trabajo».

—No era muy dada a decir «por favor» y «gracias» —añade Lucy—. Ya lo vi en persona cuando nos encontramos con ella en la licorería, como recordarás.

—Holt Willard ha venido a las cinco tal como había prometido, cuando Rachael ya estaba muerta —respondo—. Pero lo que me pregunto es: ¿y antes? ¿Ha estado en la propiedad a lo largo del día? ¿Mientras ella se encontraba aquí trabajando, supuestamente?

—Rachael no quería que estuviera por aquí porque no quería que la molestaran —me explica Lucy—. Necesitaba silencio e intimidad. Eso es lo que dice. Y según él no era la primera vez que hacía eso de decirle que no viniera a la propiedad. Le tenía prohibido acercarse porque estaba teletrabajando.

—O eso decía, pero me pregunto si era la verdadera razón de que quisiera quedarse en casa. —Pienso en Flagler—. ¿Ha mencionado Holt con qué frecuencia ocurría esto desde que Rachael vino a vivir con Annie?

—Era más frecuente al principio, quizá una vez por semana. Últimamente, no tanto.

—A ver si lo adivino: no tanto desde que empezó el juicio de Hooke —contesto—. Si Flagler venía a verla en secreto, dudo que haya podido seguir con sus visitas estas últimas semanas con lo ocupado que está. ¿Por qué se habrá quedado Rachael en casa hoy? ¿Cuál sería el motivo real?

—El encargado nos ha dicho que le preocupaba que hubiera retenciones en carretera por el puente festivo —observa Lucy—. Es lo esencial de los mensajes de texto que nos ha enseñado.

—Es imposible que se quedara para verse con Flagler —repongo—. Debía de saber que estaría ocupado en el tribunal todo el día con el mundo entero siguiéndolo por televisión.

Me estaba atosigando en el estrado en el preciso instante en el que los que han venido con el arma de microondas acechaban Chilton Farms.

—A menos que Bose Flagler sea capaz de estar en dos lugares al mismo tiempo, no estaba aquí —añado bajo los viejos robles que se arquean sobre el sendero de acceso como el techo abovedado de una catedral.

El sol refulge intensamente tras las altas chimeneas; en los buenos tiempos, el follaje no cubría tanto la propiedad. A Lucy le resbala el sudor por la cara mientras empuja la bicicleta. Sigue haciendo cerca de treinta grados, pero se está levantando aire.

—Evidentemente, no habéis llamado a Emergencias ni a la policía —supongo.

—Pues no —dice.

—¿Cómo se ha enterado Fruge?

—La he llamado.

—Y no hay la menor duda de que es el cadáver de Rachael Stanwyck el que está ahí en el suelo, ¿no? —pregunto.

—En absoluto.

—¿Quién ha comprobado que estaba muerta? —Voy a lo que me preocupa.

—Yo misma —dice Lucy—; llevaba guantes y mascarilla. Resultaba evidente que estaba muerta. No tenía pulso. No respiraba, tenía las pupilas fijas y dilatadas.

Mientras explica lo que ha hecho y lo que no, la trato con la misma objetividad que a cualquier colega con experiencia en escenarios de crímenes y en torno a cadáveres.

La diferencia es que mi sobrina sabe más que la mayoría.

Cuando me acompañaba de más joven, sus excursiones incluían pasar el rato en mis oficinas, donde la dejaba durante horas en la biblioteca.

Los tomos médicos y científicos solo la entretenían un rato.

Inevitablemente, Lucy se ponía a mirar cosas que no debía, como tutoriales en vídeo de autopsias y expedientes de casos que todavía estaban por introducir en el sistema informático.

Acompañaba a Marino cuando él todavía era inspector de la policía de Richmond, y disfrutaba de lo lindo.

Veía más cosas que la mayoría de los de su edad.

—He visto el cadáver por la ventana de la cocina —dice Lucy—. Unos minutos después estaba junto a ella, y no llevaba mucho rato muerta. Nos hemos hecho una buena idea gracias a lo que detectaban nuestros analizadores de señales durante ese intervalo entre las 15.40 y las 16.00.

—No creo que sea difícil determinar la hora de la muerte en este caso —respondo—. Lo que va a ser complicado es todo lo demás.

Tomamos otra curva y aparece ante nosotras la casa principal de la plantación, de dos plantas y en forma de caja; un perfecto ejemplo de simetría georgiana con su empinado tejado de tejas de pizarra.

Las chimeneas son desproporcionadamente altas, igual que antaño, y recuerdo mis primeras visitas, cuando la finca de Annie me parecía tan grandiosa.

Ahora está vieja y descuidada, camino de la ruina.

Las hojas de hiedra cubren la fachada de ladrillo cual lustrosas escamas verdes hasta las ventanas de la buhardilla, amenazando con adueñarse algún día del tejado.

Las raíces invasoras han agrietado el ladrillo y la argamasa.

Si alguien las arrancara, creo que se desintegraría la casa.

Como tantas otras cosas, la infestación se ha desmadrado porque Annie no toma medidas.

El único coche aparcado delante es el Mercedes-AMG GT rojo de Rachael; el elegante deportivo está acordonado con cinta de color amarillo intenso anudada a unos conos de tráfico.

Cerca, unos agentes de la científica del Servicio Secreto han montado una carpa.

Están ocupados abriendo maletines rígidos y bolsos de material de los que sacan equipos de protección personal, señalizadores de pruebas e instrumental forense para cuando se les permita acceder a la casa.

Eso no será hasta que el cadáver vaya camino de nuestras oficinas y Marino y yo hayamos acabado de recoger pruebas.

Me detengo junto al deportivo acordonado, salpicado de gotas de lluvia y rociado de hojas y pétalos de flores.

Me agacho para mirar por una ventanilla la tapicería de cuero negro con costuras en forma de diamante en rojo.

No parece que Rachael limpiara a fondo el vehículo con asiduidad.

Veo tierra, restos de plantas, migas de comida en la alfombrilla frente al asiento del conductor.

Más migas en la consola y el asiento del acompañante, como si comprara por rutina comida para llevar y comiera en el coche.

En el ángulo superior izquierdo del parabrisas hay restos de adhesivo, seguro que de un permiso de estacionamiento desenganchado, quizá de la sede de la CIA en Langley.

Yo diría que no solo ha entrado en el coche el Servicio Secreto para revisar los componentes electrónicos y quién sabe qué más. Miro alrededor con la incómoda sensación de que me espían.

—Ya hemos revisado el GPS —me dice Lucy—.

La última vez que alguien introdujo un destino fue este sábado pasado, el 25 de junio.

Cerca de las siete de la tarde, Rachael o alguien quería indicaciones para llegar a una dirección de la ciudad de Washington, con la que tú, Benton y yo estamos más que familiarizados.