Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 14
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Capítulo 14

Unos investigadores de la unidad científica han desaparecido por el camino de entrada cargados de material.

Otros están instalando iluminación auxiliar inalámbrica en la entrada y en varios puntos clave.

También están colocando barreras de caballete a franjas naranjas en la carretera más adelante mientras Marino y yo seguimos recibiendo información junto a la furgoneta.

—Los indicios en insectos y plantas, los bichos muertos que has recogido… —me dice Tron—, hay más de lo mismo en la casa, solo que peor. Cuando lleguemos, te lo enseñamos. Pero cuando el responsable de esto se ha presentado en este lugar, su primer objetivo estaba aquí.

Señala las columnas de ladrillo envueltas en enredaderas resecas, los búhos de piedra que miran con los ojos abiertos de par en par.

—Es posible que haya entrado en coche cuando no había nadie por la zona.

—Lucy continúa presentando los hechos—. Ha activado el arma y ha disparado contra los pilares y alrededor de estos.

Seguramente ha abierto fuego desde la ventanilla del vehículo y luego ha seguido adelante.

Con toda probabilidad eran las ráfagas de energía que hemos detectado en torno a las quince cuarenta.

—¿Para qué? ¿Para inutilizar las cámaras de seguridad, si las había? —Marino supervisa el follaje dañado.

—Lo normal es que los dispositivos de vigilancia estén en la entrada —dice Lucy—. El tipo ha desactivado electromagnéticamente cualquier cosa parecida al acceder a la propiedad.

—¿Seguro que era una sola persona? —pregunta Marino.

—Solo se ha detectado un arma —responde Lucy—. Creemos que el tipo se ha presentado aquí solo.

—Pero lo cierto es que no lo sabemos con certeza —señala Tron.

Sospechan que el asesino ha ido hasta la casa, donde no se viera su vehículo desde la calzada. Luego ha lanzado un segundo ataque, esta vez a pie desde el patio detrás de la cocina. Ha estado en la propiedad un total de veinte minutos por lo menos, sin duda no mucho más.

—Bueno, si intentaba freír los dispositivos de vigilancia como las cámaras, eso deja bien a las claras que no sabía gran cosa sobre este lugar —dice Marino, y yo estoy pensando lo mismo—.

Cualquiera familiarizado con Chilton Farms o la jueza sabría que la seguridad le trae sin cuidado.

No tiene cámaras. Ni siquiera hay luces exteriores que funcionen.

—Conducir hasta la casa es de una audacia increíble —señalo—. ¿Cómo sabía el asaltante que no iba a aparecer alguien por detrás? ¿Cómo sabía que no lo verían al ir ni al volver?

—Quizá era alguien de quien no sospecharían si veían su coche en el sendero de acceso —sugiere Marino, y tengo la sensación de que se refiere al encargado.

—O que el autor es cada vez más agresivo y asume mayores riesgos.

—Lucy me mira a los ojos—. Pregúntale a Benton.

Te dirá lo que piensa sobre este cabrón en particular, que irrumpe como un pistolero borracho liándose a tiros y disfruta como un demente.

Se ve en los daños causados en plantas, bichos y demás: es ensañamiento.

—Supongo que cualquiera que dispare armas así debe de llevar algún tipo de protección, algo así como una jaula de Faraday, ¿no? —pregunto—. Si no, no hay manera de evitar que las microondas se transmitan al cuerpo si hay contacto con las mismas mientras se dispara.

—Se pueden comprar prendas y tejidos de protección, no son difíciles de localizar, sobre todo si se adquieren al por mayor —dice Tron—. De momento no hemos detectado esa clase de transacciones, y siempre las estamos buscando.

—Estos malnacidos son cautelosos y rápidos —asegura Lucy—.

Dudo que vayan por ahí con una engorrosa cota de malla o con monos de tejido metalizado de esos que llevan los que trabajaban en cosas como líneas de alta tensión.

Sería difícil ponerse y quitarse rápido ese tipo de ropa, y llamarían la atención.

—¿Qué ocurre si disparas algo así? ¿Se oye o se ve algo? —Marino deja entrever un asomo de pánico.

—No se oyen ni se ven las microondas en sí cuando van por el aire —responde Lucy—. Puede que se oiga el mecanismo del dispositivo si estás muy cerca, dependiendo de la fuente de energía.

—Quizá veas vapor al marchitarse el follaje ante tus ojos —describe Tron—. Y verías sus efectos sobre la fauna, claro.

Es una forma comedida de decirlo: sé perfectamente lo que ocurre.

—Las ráfagas rápidas de energía, en esencia, cuecen las cosas del mismo modo que un microondas —le aclaro a Marino el desagradable detalle.

—Vaya forma tan chunga de morir. —Tuerce el gesto.

—No hay muchas buenas —repongo, y les pregunto a Lucy y Tron cuándo han venido con las bicis. Intento averiguar quién ha llegado aquí y a qué hora, porque cada vez me suscita más sospechas el papel de mi sobrina.

—Los primeros en llegar han sido nuestros tres agentes de paisano —responde Lucy—. Los que están en la casa eran los refuerzos que han venido después.

—¿Cuándo ha sido eso? —vuelvo a preguntar.

—Hemos llegado hace poco más de tres horas y media —precisa Lucy—. A las 16.20, para ser exactos. Las horas, ubicaciones y demás están documentadas, claro.

—Para eso son todos los divertidos artilugios que llevamos puestos o cargamos de aquí para allá. —Tron indica las gafas deportivas con sistema de visualización frontal y el anillo inteligente como ejemplos—. No podríamos mentir sobre nuestro paradero; queda todo registrado informáticamente.

—¿A qué hora ha llegado el encargado de la finca? —pregunta Marino—. Supongo que el cadáver lo ha encontrado él.

—Pues no. Lo hemos encontrado Tron y yo, pero no hemos accedido a la propiedad solas, ni una sola vez. Y como decíamos, todo está documentado —explica Lucy—. No hemos hecho nada que pueda volverse en nuestra contra.

Han llegado a Chilton Farms antes de que encontraran el cadáver de Rachael, antes de que se supiera de su fallecimiento.

Ha sido mucho antes de que empezara a llover.

El motivo de que mi sobrina y su compañera investigadora no parezcan haber estado bajo la tormenta es que, efectivamente, no han estado bajo la tormenta.

Para entonces, se encontraban dentro de la casa de la plantación, con el cadáver en la cocina y dondequiera que hayan considerado apropiado registrar.

Mientras me cuentan lo que han estado haciendo, detecto un característico zumbido agudo cada vez más intenso sobre nuestras cabezas.

Levanto la vista hacia el dron que sobrevuela los árboles como un gigantesco insecto robótico de seis patas.

Silueteado en negro contra el sol poniente, lleva cámaras con soporte giratorio entre otras tecnologías, incluidos dispositivos ultrasónicos en miniatura, lo que explica el silencio que reina en Chilton Farms.

—Hay unos pequeños dispositivos repelentes en los drones —explica Lucy—. Y también hemos colocado esos mismos dispositivos en puntos concretos de la propiedad.

Las ondas ultrasónicas transmitidas mantienen alejadas a las pequeñas criaturas de manera incruenta, y la principal preocupación son las rapaces como águilas y halcones.

Lucy no quiere que se lancen en picado y atrapen los drones al vuelo.

Es malo para las aeronaves autónomas y malo para cualquier animal que se acerque demasiado a las hélices en movimiento —podría acabar herida o muerta—.

—Es una pena que esos chismes no funcionen con los mosquitos —comenta Marino en tono sarcástico.

—En realidad, las ondas ultrasónicas pueden hacer que resulten más molestos aún —le dice Tron—. Todo tiene sus desventajas.

—Tenemos drones en diversas ubicaciones monitorizando a los alborotadores y demás posibles amenazas —explica Lucy en el momento en que veo que el dron ejecuta un cambio de sentido y sobrevuela las copas de los árboles en dirección a la puesta de sol—.

Asimismo, hemos estado registrando el bosque entre aquí y el río.

—¿Quién creéis que era el verdadero objetivo? —Marino observa a la policía, la actividad al pie del sendero de acceso.

—Creemos que el objetivo era Rachael —asegura Tron, aunque Marino apenas la escucha.

Se muere de ganas de ayudar a los polis con los preparativos, de darle a la lengua, de ser uno de ellos.

De hecho, detesta que sea Lucy quien le ponga al corriente de todo.

A su modo de ver, es una inversión de papeles intolerable.

Abre la puerta delantera del lado del acompañante de la furgoneta y recoge la bolsa roja de residuos biológicos, que estaba anudada donde la dejó.

—¿Cómo ha reaccionado Fruge a que hayáis aparecido para haceros cargo? —Coge el rollo de papel higiénico.

—Ha seguido nuestras instrucciones —contesta Lucy—. Ha dado parte a vuestras oficinas y a vosotros personalmente. Ha hecho como que escuchaba las chorradas de Maggie. Tu secretaria se cree que tiene a Fruge acobardada, pero no es así. Fruge está haciendo lo que le hemos pedido.

—Me alegro, porque casi la había tachado de mi lista de regalos de Navidad. —Marino va hacia la parte de atrás de la furgoneta—. Pero empieza a tener sentido. Suponía que los federales la estarían mangoneando, y estaba en lo cierto. Ella no tiene la culpa.

Lo alivia y le agrada que Fruge no le esté faltando al respeto. Deja la bolsa de desechos y el papel higiénico en la trasera de la furgoneta y luego cierra la puerta y la bloquea.

—¿Cómo va a funcionar el asunto a partir de ahora? —Quiero saberlo—. No puedo tener a varios grupos de diferentes organismos dándome la lata a todas horas. Y lo que estoy a punto de hacer no es un deporte de exhibición.

—Tratarás directamente con Lucy y conmigo. También con Benton y algunos otros, claro —responde Tron.

Una camioneta blanca sin distintivos aparca delante de los coches de policía.

Se abren las puertas y bajan seis agentes del Servicio Secreto con ropa de faena negra que lleva el nombre de UNIDAD CIENTÍFICA estampado en amarillo en la espalda.

Dentro de poco también habrá agentes del FBI por todas partes, según nos dicen.

—Ya sabéis, equilibrio de poderes —añade Tron—. Y cuando se trata de terrorismo, el FBI tiene que estar involucrado.

—Recoge todas las pruebas que necesites. —Lucy me mira fijamente con sus ojos verde intenso—. Nosotros lo hemos hecho y vamos a seguir haciéndolo. Porque una vez vayan a parar a los laboratorios del FBI o donde sea, pierdes el control.

Llega otro Tahoe blanco con otro guía canino del Servicio Secreto, y me suena de algo.

Es posible que lo haya visto en un vídeo de entrenamiento.

Estoy casi segura de que era el que llevaba el traje de protección, perseguido por un perro del Servicio Secreto.

Cruza la calle con un juguete de cuerda y el pastor malinois de tono pardo atado.

—Más vale que vaya a ver a las tropas —decide Tron—. Tengo que llevar a algunos a la casa para que se familiaricen con el terreno.

Coge la bici y va empujándola hasta donde están congregados sus colegas. Saluda a los agentes y le dice algo al guía canino. El perro muerde la cuerda, desesperado por jugar, lo que me recuerda a Marino y su ardorosa necesidad de que lo pongan a prueba.

—Algún día voy a agenciarme otro. —Marino no puede dejar de mirar—. Es posible que lo llame Quincy. No veo razón para no usar el mismo nombre de perro, siempre y cuando no sea a la vez.

—¿Por qué no te adelantas? —le sugiero—. Nos vemos allí enseguida.

—Buena idea. Voy a ver qué se cuentan —dice—. Te busco equipo de protección personal, unos cubrezapatos decentes. —Procura mostrarse más considerado.

Agarra las asas extensibles de los dos maletines grandes de equipo forense y se apresura detrás de Tron y sus colegas.

Los maletines rígidos ruedan con estrépito detrás de Marino, que tira de ellos con gesto incómodo.

Las gruesas ruedecitas de plástico van por libre; chocan y oscilan, se traban entre los viejos adoquines.

—¡Maldita sea!

Uno de los maletines se gira con un topetazo sordo, y Marino lo endereza.

—¡Joder!

Vuelve a pasar, los dos maletines a la vez. Lanzando una sarta de blasfemias, sigue llevándolos como si nada. Cada uno debe de pesar al menos quince kilos. Echa a trotar y alcanza a los demás.

—Es posible que tenga una solución parcial a tu problema de vestuario, tía Kay. —Lucy nunca me llama así en presencia de sus colegas.

Baja la cremallera de un compartimento de la mochila y saca unas deportivas con unos calcetines enrollados dentro.

—Son para cuando me veo atrapada en alguna parte y no quiero llevar el calzado que uso con la bici —explica—. O por si se me moja.

Por suerte, solo tiene los pies un poquito más grandes que los míos. Sentada en un estribo de la furgoneta de Marino, empiezo a ponerme los calcetines y las zapatillas.

—No hay electricidad en la casa de Annie, lo que significa que no hay aire acondicionado ni nada más.

—Qué contrariedad —respondo—. Pero no me sorprende, si alguien va por ahí disparando con un arma de microondas.

—Hemos traído generadores portátiles e instalado iluminación auxiliar dentro de la casa. Yo misma lo he hecho —confiesa.

—Annie no puede quedarse aquí, por todas las razones imaginables —le digo.

Lucy se echa la mochila a la espalda y enfilamos el sendero de acceso.

—Benton y yo creemos que puede quedarse con nosotros esta noche, quizá unos días —sugiere.

Eso mismo he estado pensando yo mientras me preocupaba por mi vieja amiga. En nuestra casa estará a salvo, explica Lucy mientras sorteamos adoquines resbaladizos y rotos.

—Hay gente muy peligrosa por ahí que querría hacerle daño. Y otros tantos que querrían hacértelo a ti, tía Kay. —Mi sobrina sigue advirtiéndome sobre los peligros.

Las sombras se alargan al tiempo que caminamos al son del piñoneo susurrante de las ruedas de la bicicleta al girar.

Le envío a Annie un mensaje de texto con la invitación, y me viene a la cabeza el encargado que ella conoce desde siempre.

Le digo a Lucy que necesitamos el ADN de Holt Willard para poder excluirlo como sospechoso.

—Aunque no haya tocado el cadáver, tiene acceso a la propiedad —explico—. Su ADN debe de estar por todas partes.

—Ya lo hemos hecho —responde—. Ha llegado a las cinco en punto, justo cuando había quedado con Rachael. Para entonces estaba muerta, evidentemente, y llevábamos aquí un rato. Uno de los agentes lo ha interceptado a la entrada. Holt Willard no ha entrado en la casa en ningún momento.

—¿Tenía alguna idea de lo que sucedía?

—Entonces, no. Pero se ha dado cuenta de que pasaba algo muy grave —dice en el instante en que un agente de la unidad científica del Servicio Secreto aparece a la vuelta de una curva, caminando a paso ligero hacia nosotras.