Capítulo 13 #2
Las amenazas más peligrosas son las que no alcanzamos a ver: virus, venenos, sustancias químicas, hackeos y demás ciberataques.
A lo que hay que añadir la intolerancia y el tipo de desinformación que deriva en violencia, guerras y genocidios.
Lo más preocupante en estos momentos es la energía electromagnética, esa que cocina la comida o nos garantiza la cobertura telefónica; también puede usarse como un arma espantosa.
Cualquiera puede agenciarse motores de microondas y diversos tipos de antenas.
Desarrollar tu propia arma de rayos de alta energía de radiofrecuencia (RF) sale barato.
Las piezas necesarias son legales, y en internet hay tutoriales de sobra al respecto.
Históricamente, armas así requerían un vehículo de transporte, pero la tecnología lo empequeñece todo cada vez más y lo hace más manejable.
Con el tiempo, estos sádicos inventos serán inalámbricos y se cargarán igual que un móvil. Se llevarán al cinto como un táser o cabrán en el bolsillo como un fáser de Star Trek . No hemos llegado a eso todavía, cosa que agradezco infinitamente, pero es solo cuestión de tiempo.
—Sospecho que las tripas del sistema de armamento caben en un maletín de tamaño normal, una mochila no muy distinta de estas que llevamos. —Lucy continúa explicando el escenario de pesadilla—. Sé que es posible construir algo así.
La fuente de energía de microondas estaría conectada a una antena de radio, probablemente una de esas direccionales que se ponen en el jardín.
La única varilla larga de metal va conectada a una serie de varillas más cortas en una configuración que recuerda al morro de un pez sierra.
La antena tipo cañón va dentro de un cono de metal o guía de ondas.
El resultado se parece a un trabuco casero, y he visto vídeos de los daños que puede ocasionar.
Pongo al tanto a Lucy y Tron de la bolsa de papel de estraza que he dejado dentro de la furgoneta de Marino.
Antes de que se lo pueda pedir, prometen que le encargarán a alguien que la lleve al Smithsonian.
Me viene a la cabeza que los dispositivos de vigilancia del Servicio Secreto deben de haber captado mi sugerencia de que llevase las pruebas Fabian.
—Si algo tiene que pasar por manos de especialistas ajenos a vuestros laboratorios o los nuestros, ya nos ocuparemos —explica Tron—. No queremos que lo haga ningún miembro de vuestro personal.
—No tengo ningún inconveniente —respondo—. Es un alivio, la verdad. Prefiero que no salga ninguna filtración más de mi oficina.
—Cualquier cosa para dejar al margen a Maggie la Feroz —conviene Marino.
Tron observa el follaje ocre, las columnas de ladrillo a las que se aferran las enredaderas.
—Hemos visto daños similares en otros lugares donde se han producido ataques, ahora que sabemos qué buscar —dice, más que nada para que lo oiga Marino.
Él no sabe gran cosa acerca de lo que hacemos en la Comisión del Juicio Final, y no le gusta que le recuerden que no puedo contarle todo lo que hago allí.
No puedo compartir todos los detalles, y de un tiempo a esta parte ha habido una racha de ataques de microondas en el área de la capital.
La mayoría se ha producido cuando miembros de la Casa Blanca u otras figuras clave viajaban en sus coches.
Pero también han recibido descargas algunos representantes del gobierno incluso a través de las paredes de sus residencias particulares.
Las víctimas dicen haber sentido un dolor extremo y que la habitación donde se hallaban daba vueltas, además de escuchar extraños chasquidos y otros ruidos.
Las luces parpadeaban y se cortaba la corriente.
Se formaron arcos eléctricos y el metal se calentó y magnetizó ligeramente.
Las víctimas acaban tiradas en el suelo o sobre el pavimento del parking. Por lo general, lo primero que piensan es que están sufriendo un ictus.
—Y dependiendo de cómo y dónde se produjera el ataque, encontramos plantas marchitas, insectos y pájaros muertos que estaban en la línea de fuego. —Tron sigue explicándole a Marino lo que se ha dado en llamar el síndrome de La Habana.
Los primeros casos conocidos datan de 2016. Personal de las embajadas canadiense y norteamericana oyeron en sus oficinas de La Habana, Cuba, fuertes estruendos y otros ruidos. Las víctimas sufrieron dolor intenso, mareo y trastornos visuales; en algunos, los daños persistieron.
Las quejas van de leves a graves e incluyen migrañas crónicas, fatiga, pitidos en los oídos, pérdida auditiva, insomnio y deterioro cognitivo.
El síndrome de La Habana ya no se considera imaginario ni se achaca a otras causas, como la histeria colectiva.
Yo mismo he visto evidencias médicas, imágenes por resonancia magnética que muestran necrosis y cambios en la estructura y la conectividad cerebrales.
Durante décadas los chinos, los rusos y otras naciones, incluida Estados Unidos, han estado desarrollando armas de alta energía dirigida.
Las microondas son una clase de onda de radio, y al igual que los rayos X pueden causar graves daños si uno no se protege debidamente.
Los disparos de dispositivos así hacen pensar en los ataques con armas de rayos de los ovnis en la ciencia ficción.
Su horrendo potencial es lo que dio pie a La guerra de los mundos de H. G. Wells, escrita hace más de un siglo.
Era inevitable que la tecnología llegara a ser real algún día y se abriera paso hasta el público en general.
Un arma casera de microondas no es algo tan distinto de la fabricación de artefactos explosivos a partir de ollas y tornillería.
Es similar a imprimir en 3D una pistola de 9 milímetros.
Antes de que te des cuenta, se están fabricando monstruosidades así en la casa de tu vecino.
Quizá incluso en tu propio sótano, dependiendo de cómo se entretengan tus hijos y sus amigos.
—Basándonos en la información de inteligencia recogida, creemos que el plan consistía en disparar esas armas de microondas durante el servicio fúnebre que se iba a celebrar hoy en el cementerio.
Los terroristas iban a atacar cuando los objetivos hubieran abandonado la comitiva presidencial —nos informa Lucy sobre la tentativa de magnicidio abortada.
Seguramente, los ejecutores estaban en diversas ubicaciones fuera del cementerio, y planeaban barrer a la concurrencia con ráfagas de intensa energía de microondas.
Algo muy parecido a efectuar múltiples disparos al mismo tiempo y esparcir cientos de perdigones.
Igual matas a alguien. Igual a algunos solo los hieres, causándoles daños cerebrales permanentes.
Pero, sobre todo, aterrorizas al público, y ese es el objetivo.
—Supongo que la gran pregunta es la distancia a la que tenían que estar los objetivos —señala Marino—. Lo bastante lejos para que las posibles víctimas no vieran que les disparaban, supongo.
—No podemos estar seguros —responde Tron—. Los rayos de calor que usan los militares para dispersar muchedumbres suelen tener un alcance de al menos mil metros, unas diez veces la longitud de un campo de fútbol. Pero es difícil precisarlo cuando no sabemos con exactitud a qué nos enfrentamos.
—Depende del sistema de energía, el tamaño de la antena —explica Lucy—. Depende de la ubicación, el tiempo; muchas cosas.