Capítulo 12 #2
—Eso no es asunto tuyo. —Tron no se deja mangonear.
Su amabilidad despreocupada es encantadora, y su atractivo de rasgos marcados puede resultar exótico si lo pretende.
En palabras de mi marido, Tron es cautivadora y puede convencerte de lo que quiera.
Pero más vale no buscarle las cosquillas.
Tampoco conviene buscárselas a Lucy, también preciosa, que se quita el casco y lo cuelga del manillar por una tira de sujeción.
Me fijo en que lleva la melena caoba seca del todo.
Su ropa de deporte no tiene restos de lluvia.
No veo indicios de que a ella y a Tron las haya sorprendido la tormenta de hace un rato.
Recuerdo los problemas de tráfico. Pienso en que han desviado la comitiva de automóviles del presidente y se han cerrado las carreteras y los puentes principales.
Puedo imaginarme lo que han estado haciendo las dos en su ropa elástica de ciclistas y esas zapatillas negras que podrían pasar por unas deportivas normales y corrientes.
Han ido a la caza de fenómenos fuera de lo normal, en busca de lo invisible, y nadie lo diría por su aspecto.
Tienen pinta de ciclistas experimentadas con material suficiente para ir de acampada.
No parecen agentes armadas, peligrosas y expertas en inteligencia artificial.
Supongo que en las carteras de las bicicletas llevan metralletas MP5 de culata plegable, cargadores de reserva y seguro que otras armas.
Ocultos bajo las grandes mochilas tienen analizadores de señales y antenas omnidireccionales que captan un amplio espectro de frecuencias de radio muchos kilómetros a la redonda por medio de satélites y cálculos matemáticos.
Esa información y otras se muestran sin cesar en las gafas deportivas que llevan puestas, ahora mismo con los cristales tintados de gris.
Estos dispositivos portátiles, incluidos nuestros anillos de actividad, están conectados al ordenador en la nube independiente del gobierno de Estados Unidos.
El Servicio Secreto lo mantiene en sus instalaciones de entrenamiento en el sur de Maryland, donde Lucy y Tron pasan mucho tiempo.
Si no están en el ciberlaboratorio, están en los campos de tiro o en las pistas de coches y bicicletas, o sometiéndose a sesiones de adiestramiento en reproducciones de ciudades, de comitivas presidenciales o del Air Force One.
—¿Qué interés tiene el Servicio Secreto en lo que ocurre aquí? —Marino recoge la pistola y la munición de la rueda de la furgoneta donde las había dejado—. No podéis venir de visita sin más porque os apetece.
—Tenemos jurisdicción —responde Lucy.
—¿Cómo es que nadie se ha molestado en contestar a nuestras llamadas mientras estabais ahí sentadas espiándonos? —Se guarda los cargadores extra con gesto desafiante—. ¿De quién ha sido la brillante idea? ¿Tuya? —Mira a Lucy con el ceño fruncido.
—Tranquilo, Marino —le advierte ella.
—¿Quién os ha invitado y por qué? ¿Para rastrear señales con vuestras varitas mágicas? —Se guarda la pistola a la espalda en la cinturilla del pantalón.
—No hace falta que nos inviten. El caso es nuestro. —Esa es la sencilla respuesta de Lucy.
—Y el FBI, ¿qué? —Sigue insistiendo, tal como suele hacer cuando se siente amenazado—. Tengo entendido que hay agentes husmeando. Supongo que las lanchas Zodiac y el helicóptero son suyos.
—La mayor parte de lo que estáis viendo ahora mismo es nuestro —dice Lucy—. Las unidades caninas, por ejemplo.
Explica que los Tahoe blancos y los uniformes no llevan distintivos porque el Servicio Secreto no quiere llamar la atención en zonas públicas como los cruces y las orillas de las carreteras.
De ahí la palabra «secreto», acostumbra a bromear Benton, solo que no tiene gracia.
Es la verdad: su objetivo consiste en proteger y prevenir en lugar de presentarse después de los hechos con un ejército de agentes con chaleco antibalas.
Para entonces casi siempre es demasiado tarde, el mal ya está hecho.
Los organismos policiales cumplen su tarea habitual de limpiar lo que no se puede arreglar, y de imponer un castigo.
Mejor sería evitar las calamidades de entrada.
Pero la ausencia de incidentes no da pie a buenas noticias o índices de audiencia televisivos.
Rara vez se oye hablar de lo que no sucedió.
—A las personas clave, los que necesitan saberlo, se les ha informado de que lo que tenemos entre manos es un asunto de seguridad nacional.
—Tron aborda el motivo de que legalmente sea jurisdicción suya—.
Esto está relacionado con el intento de atentado contra el presidente de Estados Unidos hace unas horas.
—¿Cómo es posible? —pregunta Marino—. ¿Qué demonios tienen que ver Rachael Stanwyck y Chilton Farms con algo así?
—Lo que sabemos es que ha estado implicado en ambos incidentes el mismo tipo de arma de alta energía. —Lucy verifica lo que sospecho que ha causado los daños que he estado observando y recogiendo—. De eso estamos seguros.
—De lo que no tenemos ni idea es de cómo están conectados los incidentes —explica Tron—. Solo que lo están, de algún modo.
Se ha utilizado un arma de microondas cerca del cementerio de Ivy Hill. También en esta zona, incluido Chilton Farms. Lucy y ella creen que a Rachael la han atacado deliberadamente mientras estaba sola en la cocina, con la intención de herirla de gravedad o matarla.
—Su objetivo no era destrozar una finca histórica con un arma de rayos —dice Lucy—. El tipo ha llegado con el propósito de hacerle daño a ella o a quien creyera que estaba en la casa. Se ha situado en el jardín trasero y ha abierto fuego por la ventana de la cocina.