Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 12
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Capítulo 12

No hay rastro de nadie más salvo los cuatro agentes de uniforme que hablan en voz baja. Guardan silencio cuando me acerco.

—No sé vosotros, pero yo me siento como un steak tartar aquí fuera. —Les ofrezco el repelente contra insectos.

—Ah, gracias. —Con una sonrisa sorprendida.

—Muchas gracias.

—Hay tantos bichos que pueden llevarte en volandas.

—También tiene protección solar —les digo—. Os lo podéis quedar.

Se embadurnan mientras yo contemplo toda una carnicería de insectos que ensucian los adoquines y flotan en charcos mugrientos.

Veo que hay lombrices de tierra por todas partes, lo que es típico después de un aguacero.

Curiosamente no están muertas. Mientras hago fotos y vídeos con el móvil, sospecho que Rachael Stanwyck murió sin duda al mismo tiempo que los pájaros y las abejas.

Después empezó a llover, y salieron los gusanos.

Lo que provocó los daños que estoy viendo, fuera lo que fuese, ya no suponía una amenaza para cuando se inició la tormenta hace un par de horas.

Regreso a la gran entrada de antaño haciendo fotos por el camino.

En cuclillas y empleando unas pinzas, recojo mariquitas, una libélula, un gorrión.

Los guardo en los recipientes, y los policías no pierden detalle de lo que hago.

Noto sus miradas mientras inspecciono el área en torno a las columnas de ladrillo donde la madreselva está marchita.

Las ramas de un árbol trompeta están despojadas de hojas y flores, y entiendo a qué se refiere Marino con el patrón de salpicaduras.

Pero es más bien como si alguien hubiera pasado por aquí con un lanzallamas.

Solo que no se aprecia ningún olor, no hay indicios de nada ennegrecido, cubierto de hollín o abrasado.

No se ha chamuscado ni quemado nada, al menos con fuego.

Tomo las tristes muestras, anoto la fecha, la hora y el lugar, señalando el tipo de espécimen guardado.

Salgo a la calzada, pero no encuentro más pequeñas víctimas, aparte de un sapo arrollado mucho antes, posiblemente hace días.

Los de la unidad canina, dentro de sus todoterrenos, observan con semblante inexpresivo lo que hago.

—¿Busca algo en concreto, señora? —pregunta por fin uno de los agentes de la policía de Alexandria, y me veo a través de sus ojos, con el traje de falda empapado y los cubrezapatos de papel, la mascarilla quirúrgica y los guantes negros, mientras sostengo las pinzas de plástico como si se tratase de unos palillos chinos.

Me agacho para inspeccionar los charcos, miro debajo de los arbustos, y registro áreas de follaje marrón y hojas marchitas.

Recojo los frágiles especímenes muertos y los guardo con cuidado en cajitas blancas que parecen ataúdes.

—Estoy comprobando los daños, nada más —explico—. Plantas resecas, bichos y pájaros muertos.

—Ajá.

—Rayos, quizá —sugiere uno de los agentes.

Vuelvo a la furgoneta con mis inútiles cubrezapatos mojados. Marino deja dos troleis de gran tamaño sobre los adoquines, y saca las asas extensibles.

—Fabian ha enviado un mensaje —dice.

—Ya era hora. —Estoy disgustada por muchos motivos.

Parece ser que tenemos un «motín a bordo» en el trabajo, y lo que ha ocurrido en la propiedad de Annie es horrible y perturbador por demás.

—Está en el control de acceso, nervioso perdido porque lo han hecho bajar de la camioneta —me dice Marino—. La han registrado con los perros y todo lo demás. Finge estar cabreado.

Acerca los maletines a la cinta da la escena del crimen que obstruye el sendero de acceso.

—A Fabian le encantan estos dramas —respondo—. Por mucho que se queje en sentido contrario.

—Le he dicho que cuando llegue van a hacerle pasar por el mismo puñetero incordio —añade Marino—. Y que luego no debe mover el culo de la camioneta a menos que le digamos otra cosa.

Abro la puerta trasera de la furgoneta y dejo la bolsa de papel de estraza con las pruebas que acabo de recoger en el asiento al lado de una caja de munición.

—Tenemos que hacerle llegar esto al doctor Allemand lo antes posible —explico.

El Tío de los Bichos, como lo llama Marino, es un entomólogo del Museo Smithsonian de Historia Natural de Washington.

Albert Allemand, una de las autoridades en insectos más destacadas del mundo, también sabe lo suyo sobre artrópodos (ciempiés y escorpiones), arácnidos, crustáceos y esos organismos acuáticos microscópicos llamados diatomeas.

Hemos tenido muchas conversaciones sobre April Tupelo durante los últimos meses, y él testificó en el juicio.

Flagler se ensañó con su testimonio y su credibilidad del mismo modo que con los míos hace apenas unas horas.

Albert y yo también formamos parte de un grupo de trabajo federal conocido como la Comisión del Juicio Final, y mucho me temo que volveré a «chincharlo», como digo yo, cuando tenga noticias mías.

—Alguien tendrá que llevar las pruebas al Smithsonian a primera hora de la mañana, cuanto antes mejor —le explico a Marino—. Quizá Fabian, si podemos confiarle el trabajo. Y ahora mismo no lo tengo nada claro.

Me quito los guantes sucios y los meto junto con otros desechos en una bolsa residuos biológicos.

Me pongo otros cubrezapatos mientras Marino abre un arcón más y saca un polo seco con el escudo de nuestra oficina.

A continuación coge unos calzoncillos negros con el lema SIEMPRE LISTO en la cinturilla, y no me cabe duda de quién se los compró —es lo típico que escogería Dorothy para su marido trofeo, como le gusta referirse a él—.

Se pone la camiseta y luego lleva unos pantalones cargo caquis, los calzoncillos y el orinal portátil al otro lado de la furgoneta.

La pistola y la munición las deja encima de uno de los enormes neumáticos.

—No mires. —Ahora es él quien lo dice mientras intenta ser lo más discreto posible.

Me pongo de espaldas a Marino y me sorprende ver a mi sobrina Lucy, que se dirige hacia nosotros en su bici eléctrica de carreras verde con sus gruesas ruedas y sus faros integrados.

Por un instante, me pregunto si la vista me está jugando una mala pasada. Viene desde la dirección de la casa principal. Detrás de ella va pedaleando Sierra Patron, o Tron, como la conoce la mayoría de la gente; ambas son compañeras en la sección de investigación cibernética del Servicio Secreto.

—¡Virgen santa! —Marino sale de detrás de la furgoneta con las botas sin atar y la bragueta abierta—. ¿Qué coño hacen aquí?

—Estoy tan sorprendida como tú —repongo.

Ágiles y silenciosas, Lucy y Tron sortean los charcos y se cuelan entre las barreras.

Desmontan para pasar por debajo de la cinta policial y siguen a pie el resto del trayecto con un calzado deportivo que no se engancha a los pedales ni hace el menor ruido.

Apoyan con cuidado las bicicletas en la furgoneta de Marino.

—No vamos a arañar la pintura, no te preocupes —le suelta Lucy, muy seria.

—¿Qué coño…? —A Marino no le hace gracia la visita sorpresa por muchos motivos—. ¿Qué tiene que ver el Servicio Secreto con Rachael Stanwyck? ¿O pasabais por aquí sin nada mejor que hacer y habéis decidido acercaros?

—¿Qué tal va? —responde Tron con una sonrisa.

—¿Qué hacéis aquí? —Marino se comporta como si nos hubieran invadido mientras sigue vistiéndose—.

Cuando los polis se han quejado de la presencia de los puñeteros federales, no he pensado que se refirieran a vosotras.

—Es como si se tomara como algo personal que el Servicio Secreto no lo avise de antemano de todos sus planes.

—No somos los únicos puñeteros federales implicados, solo las más importantes. —Tron vuelve a sonreír.

—El Servicio Secreto, el FBI, ¿quién más? —Marino vuelve la vista hacia las cuatro oscuras chimeneas silueteadas contra el atardecer—. Hay que ver. Nos dejan aquí tirados con el calor que hace, recogiendo bichos muertos y mierda por el estilo mientras todo el mundo está allí.

—Tenemos que poneros al tanto de muchas cosas antes de acompañaros a la casa. —A su manera sutil, Tron nos está haciendo saber quién está al mando, y que no hay discusión posible.

—Me alegra que os hayáis embadurnado de antimosquitos y estéis bien preparados. —Lucy se señala los ojos con sendos dedos, y lo que quiere decir no podría estar más claro.

El Servicio Secreto ha instalado dispositivos de vigilancia ocultos a la entrada de la propiedad y quién sabe dónde más.

No me hace ninguna gracia recordar a Marino pasándome el papel higiénico hace poco, y luego vaciando el vaso de café en un matorral, antes de cambiarse de ropa mientras se ocupaba de otros asuntos íntimos.

No me cabe duda de que mi sobrina y Tron han visto todos nuestros movimientos y han escuchado todas nuestras conversaciones desde que hemos llegado.

No son médicos forenses y no trabajan para mí.

No tienen mis preocupaciones, ni tanta prisa como yo.

La policía tiene otras prioridades cuando ha muerto alguien, en especial si el cadáver está bajo techo y protegido.

—Lamentamos la necesidad de teneros al margen hasta ahora.

—Tron sigue disculpándose mientras hablamos junto a la furgoneta de Marino—.

Siento todas las molestias. —No lo dice por decir—.

Pero queríamos dejaros unos minutos para que os hicierais una idea de la situación sin el incordio de nuestra presencia.

Me da la sensación de que ya entendéis por qué.

Tron me lo dice a mí, consciente de que me fijaría en las mismas cosas que ellas, que repararía en los insectos y animales muertos, en el follaje dañado; que sacaría mi propia conclusión, la misma que ellas.

Solo que yo he llegado a la mía por mi cuenta, y de eso ha quedado constancia; cuanto he dicho y hecho ha sido observado y grabado en tiempo real.

—Esto debe quedar entre nosotros cuatro. —Tron mira de reojo a los polis que vigilan el sendero de acceso—. A esos no podemos decirles lo que os vamos a contar a vosotros.

—¿Y al FBI? —salta Marino—. ¿Qué les vais a contar a ellos?