Capítulo 11 #2
—Los daños se aprecian en unos sitios y en otros no, por lo que hemos visto hasta ahora —añado—. Más que nada aquí, en torno a las columnas donde antes estaban las grandes verjas de entrada. No he reparado en nada por la carretera ni cuando hemos accedido.
—La tormenta eléctrica de antes es otra posibilidad.
—Marino levanta la vista hacia el cielo azul como recién lavado con el sol cada vez más bajo—.
Cuando la lluvia es lo bastante fuerte, puede matar bichos como abejas y mariposas si no se cobijan.
Sobre todo, si graniza. Lo veía cada dos por tres cuando vivía en Florida.
—Allá donde mire hay abrigo de sobra; toda una jungla.
—Vuelvo la vista hacia el bosque detrás de Marino, tan denso en algunos lugares que la luz apenas se filtra—.
¿Y aquí y ahí? —Señalo la madreselva marchita, las hojas abarquilladas de rododendro y las mustias flores rosas—. Eso no lo ha hecho la lluvia.
—Puede haber sido un rayo —apunta.
—O algo parecido de fabricación humana. —Le indico los escarabajos y abejorros muertos.
—Preferiría que lo hubiera causado la tormenta, desde luego.
—Me temo que esto es algo más turbio —digo cuando me encuentro un ruiseñor muerto.
Luego veo otros dos.
Y un jilguero.
—Joder. —Marino mira alrededor con preocupación.
—Voy a necesitar unos recipientes para muestras.
De cartón, no de plástico; una docena o así bastarán —afirmo mientras regresamos a la parte de atrás de la furgoneta—.
Además de pinzas y guantes. Y una bolsita.
De papel de estraza, no de plástico, porque todo lo que vamos a recoger está mojado.
Más vale que las pruebas no se descompongan antes de llegar al laboratorio.
Abre la cubierta de la caja trasera, que está llena de resistentes arcones negros de almacenamiento, y le digo que lo más urgente es el repelente contra insectos.
Me están acribillando, y a él no le corre la misma prisa.
Su grupo sanguíneo no es tan sabroso como el mío, y tiene la vejiga más grande.
—Marchando antimosquitos. —Empieza a abrir arcones.
Hace mucho ruido hurgando y moviendo cosas.
Cuando encuentra el frasco de plástico, se quita la camiseta, y veo a los agentes al pie del sendero de acceso mirando, igual que los guías caninos sentados en sus Tahoe.
Es difícil no mirar. Yo me veo haciéndolo si no tengo cuidado, lo que es especialmente peligroso cuando mi hermana anda cerca.
Marino está obsesionado con su «volumen», como me refiero yo a su incesante entrega a la musculación, la definición, el cincelado y a llevar ropa que le permite alardear.
En la casa adosada a orillas del río que buscó Dorothy para ellos, tiene todo el equipamiento necesario para estar bien grande y en forma como un héroe de pelis de acción.
Va a un gimnasio de boxeo, sale a correr, salta a la cuerda, se atiborra de suplementos proteínicos y tiene el cuerpo de alguien con la mitad de su edad.
Le encanta presumir de ello, marcar músculo como está haciendo ahora, pavonearse como el gallito del lugar cuando tiene público. Y no se lo reprocho, la verdad. Ya pasaron los tiempos en que tenía barriga cervecera y el interior de su coche era un vertedero de envases de comida rápida y colillas.
—Cierra los ojos y no respires. —Quita el tapón del repelente contra insectos.
De pie en el sendero, desnudo de cintura para arriba y fornido, nos envuelve en una bruma que me hace toser. Le cojo el frasco y me rocío las piernas y los pies un poco más mientras él vuelve a hurgar en los arcones del vehículo.
—¿Tienes insecticida de reserva? —Levanto el envase.
—Sí. Siempre llevo de sobra. Dorothy es igual que tú. Si hay un mosquito por alguna parte, seguro que la encuentra.
—Ponte guantes antes de tocar nada, por favor —le recuerdo—. Hay que tener cuidado de no contaminar las pruebas con el repelente contra insectos.
Me guardo el espray de reserva en un bolsillo. Él saca un par de guantes de nitrilo negros y yo hago lo propio. Luego me tiende los recipientes de cartón para pruebas, una bolsa de papel y unas pinzas de plástico.
—Una mascarilla también —añado—. Y un rotulador.
—Ten cuidado. Más te vale no pisar nada con aguijón. O con colmillos; peor aún. O toxinas como las que segregan algunas ranas y lagartos. —Marino puntúa sus advertencias con chasquidos de los cierres de plástico de los arcones—. Que algo esté muerto no quiere decir que no pueda hacerte daño.
—Si lo sabré yo —respondo, y me entrega lo que he pedido—. ¿Has traído cubrezapatos sintéticos?
—No. Pero seguro que la policía tiene de eso en la casa. Fruge debería. —Sigue hurgando en los arcones.
—Eso no me vale ahora.
—Toma. Tendrás que apañarte con esto. —Me da un par de cubrezapatos como de papel de talla única.
Son solo válidos para un escenario del crimen en un interior, y no se pueden mojar.
No es mucho mejor que llevar mallas para el pelo desechables para mis pies descalzos: esta clase de cubrezapatos no protege de cortes ni de magulladuras.
No evitarán que pise una avispa y me pique. Pero menos es nada, como suele decirse.
—Yo que tú me los pondría ya —me insta Marino—. Como te decía, deben de tener equipamiento de protección personal de sobra en la casa. Seguro que han montado una carpa y toda la pesca.
Me quedo mirando apenada mis pies mojados, sucios y desnudos.
—No te preocupes si gastas muchos, tengo toda una caja —me asegura, como si sirviera de algo.
—Recuérdame que no salga nunca de casa sin el maletín forense. —Me pongo los cubrezapatos y noto en las plantas de los pies todo lo que voy pisando.
No me hace ninguna gracia tener que llevar el traje de protección de fibra de polietileno Tyvek encima de la ropa húmeda una vez lleguemos a la supuesta carpa, que igual han habilitado o igual no, en la casa de la plantación.
Suponiendo que Marino y yo nos dirijamos hacia allí, porque seguimos esperando en el sendero de acceso cerrado con barreras sin que nadie nos haga el menor caso.