Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 11
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Capítulo 11

Abro una ranura la ventanilla para oír lo que ocurre cuando Marino se acerca a los agentes a la orilla del sendero de acceso. Vuelve a enseñarles la cartera con la placa y el lustroso escudo dorado reluce bajo la luz oblicua. Los polis de Alexandria apenas la miran.

Cagley ha dado aviso de nuestra llegada, sin duda. Si la policía no hubiera sabido quiénes somos, no nos habría dejado acceder a la propiedad. Pero Marino rara vez deja escapar la ocasión de alardear de credenciales. Cuanto menos crea que alguien va a apreciarlo, más se empeña en hacerlo.

—Tenemos que ir a la casa —informa a los agentes—.

Llevamos mucho equipo, y no tardará en llegar nuestra camioneta para trasladar el cadáver.

Necesitamos acceso hasta la puerta. —Mira hacia las cuatro chimeneas rodeadas de malas hierbas a lo lejos—.

No podemos traer en camilla el cadáver hasta aquí.

—Ya les hemos dicho que han llegado —dice uno de los agentes.

—¿A quién?

—Van a enviar a alguien.

—¿Quién? —Marino se está poniendo pendenciero—. ¿De quién demonios hablamos?

—Entretanto, deben dejar aquí la furgoneta. Lamento las molestias.

—Tú estás de coña.

—No, señor.

—Qué gilipollez. Basta con retirar la cinta de la escena del crimen y apartar las barreras. Una vez hayamos pasado, se puede volver a poner todo donde estaba, joder.

—No es posible.

—¿Por algún motivo? ¿O es solo para dar por saco un rato? —Marino exige respuestas, aunque yo preferiría que cediera un poco.

—Seguimos instrucciones, colega.

—Sí, bueno, dile a Fruge que vamos a ir de una manera u otra —amenaza Marino, alejándose a paso firme.

Vuelve a la furgoneta cuando yo subo la ventanilla. Abre la puerta de mi lado, alarga el brazo y coge el arma y la munición de la consola rozándome las piernas con el musculoso brazo.

—No sé qué hostias pasa. Espero que Maggie y Elvin no nos hayan tendido otra trampa. —Marino se mete la pistola en la cinturilla del pantalón y guarda los cargadores en un bolsillo—. Supongo que debimos haber imaginado que nos joderían vivos si no hacíamos lo que decían.

Abre la puerta trasera y cuando hurga en busca de algo en el suelo detrás de mí oigo un crujir de papel.

Se me posa un mosquito en el muslo desnudo y lo aplasto de un manotazo, dejando una manchita roja.

Busco en el maletín el paquete de pañuelos de papel, pero solo queda uno.

Marino se acerca a la ventanilla de mi lado y la abro.

—Aquí tienes. —Me tiende un vaso usado para llevar con tapa. De los más grandes, gracias a Dios. Me da un rollo de papel higiénico más que medio gastado.

—No mires —le digo como si tuviéramos doce años.

Subo la ventanilla y él se queda de espaldas al vidrio tintado. Me lleva unos minutos, teniendo en cuenta lo desfavorable de las condiciones. Cuando he terminado, abro la guantera donde guarda bolsas extra para residuos de riesgo biológico, de plástico rojo, bien dobladitas.

—Ahora, ¿qué? —pregunto a la vez que abro la puerta, porque no tengo muy claro qué se supone que debemos hacer.

—Yo me ocupo. —Coge el vaso con tapa y la bolsa para desechos de riesgo biológico—. No es ideal, pero ¿quién va a enterarse?

Va a la orilla del sendero de acceso y busca unos matorrales de zarzas espinosas y hiedra venenosa a los que no se va a acercar nadie.

Le oigo depositar los restos mientras ahuyento mosquitos a manotazos.

Si los agentes que montan guardia se han dado cuenta de lo ocurrido, no dan señal de ello. Marino vuelve a la furgoneta.

—Gracias —le digo.

—¿Para qué están los amigos? —Mete el vaso vacío y la tapa en la bolsa roja, le hace un nudo y la deja en el suelo del vehículo de momento.

Me apeo de la furgoneta descalza y me cuelgo el maletín del hombro.

El aire es húmedo y huele a lilas y jazmín.

Percibo los adoquines mojados que la lluvia ha refrescado.

Están sembrados de follaje marchito y bichos muertos, y ya tengo una sensación extraña, de esas que me dejan como vacía por dentro y con los pelos de punta.

—No me extraña que Rachael se resistiera con uñas y dientes. —Marino mira en torno con tristeza—. Yo tampoco querría quedarme aquí, viendo lo que hay hasta ahora.

Observa la maleza crecida, entreverada de hierba kudzu y parras. Casi alcanzo a leerle el pensamiento. Mis advertencias no lo han preparado del todo para lo que está contemplando.

—La verdad es que no entiendo por qué Rachael querría estar aquí, en mitad de un bosque fantasmal, todo lleno de hierbajos, a menos que fuera por lo más evidente —dice.

—Creo que vas bien encaminado. —Diviso unos saltamontes muertos flotando en un charco, como si se hubieran ahogado.

—Bose Flagler.

—Cuanto más hablamos de ello, más sentido tiene —respondo mientras inspecciona las enredaderas marchitas que se aferran a las columnas de ladrillo de la entrada.

Observa las enormes bisagras herrumbrosas donde antes había unas majestuosas verjas de hierro forjado negro con el escudo de armas de los Chilton en azul y dorado.

Cuando yo venía a visitar a Annie en los viejos tiempos, había un interfono de latón pulido encima de un poste.

Se llamaba a la casa pulsando un botón. Si te esperaban, las verjas se abrían como unos brazos que te daban la bienvenida, desplazándose con una solemnidad lenta que me entusiasmaba.

Pero ahora Chilton Farms no tiene nada de acogedor o emocionante.

Las lámparas de hierro forjado no se iluminan desde que Annie vino a vivir aquí y quitó las bombillas de todos los apliques exteriores.

Las grandes lámparas encima de los postes parecen tristes caras vacías; muchos de los cristales faltan o están rotos.

Después de ponerse el sol, el sendero de acceso está oscuro como un agujero negro.

Cuando se levanta niebla procedente del río, el entorno es sumamente peligroso.

Hay que tener cuidado por dónde se anda incluso en las mejores condiciones.

Los adoquines de granito llevan años sin limpiarse con agua a presión.

Las piedras de río lisas son resbaladizas cuando están mojadas, unas recubiertas de moho y otras con algas asomando entre las grietas.

Nunca había visto la finca sumida en un silencio tan significativo.

Contemplo los matorrales perennes con flores azules y amarillas.

No se mueve nada en ellos ni en los enormes magnolios con sus hojas verde oscuro y sus flores de color blanco cerúleo que huelen como a limón.

No se oyen trinos. No hay ardillas o conejos correteando por ahí, ni ciervos u otros animales husmeando entre la maleza.

No veo los habituales halcones de cola roja o águilas calvas encaramados a las ramas más altas de los inmensos robles y árboles de hoja perenne.

Es como si la naturaleza se ocultara y guardara silencio por efecto del shock. El único sonido audible es el goteo uniforme del agua que cae de los árboles, y el agudo zumbido de los mosquitos que me acechan mientras sorteo descalza charcos, restos de plantas e insectos muertos.

—No parece que el encargado, como se llame, se esfuerce demasiado en tener en condiciones este lugar —observa Marino—. ¿A qué se dedica? Porque no es a la jardinería ni al mantenimiento, eso seguro. ¿Cómo has dicho que se llamaba?

—Holt Willard. —Veo varias mariposas muertas—. Hace lo que Annie le dice, y eso no incluye ocuparse de la jardinería y del patio, es verdad. Pero lleva con la familia desde siempre.

Me acerco a las hortensias azules y rosas, que tienen ramas peladas. La tierra a sus pies está sembrada de hojas marrones, igual que si fuera invierno.

—Como te decía, a Annie le gusta que la propiedad parezca silvestre, como ella la describe —le explico a Marino.

—Esto es peor que silvestre. —Mira hacia todas partes—. Seguramente hay un mundo perdido bajo toda esta porquería.

Marino se acerca a la cinta que delimita la escena del crimen y a los coches aparcados.

Mira hacia el sendero de acceso que serpea entre los árboles y el follaje, fijándose en los adoquines que faltan o están mojados, los charcos, el terreno desigual e inclinado.

Avanza un poco más y se concentra en la entrada con las columnas de ladrillo.

Se fija en lo que hay en los charcos y esparcido en algunas zonas pero no en otras. Deteniéndose intermitentemente, registra el terreno mientras los búhos de piedra que coronan las columnas montan guardia inexpresivos.

—¿Es cosa mía o aquí pasa algo raro? —Marino señala cientos de hormigas muertas bajo un rododendro en mal estado.

—Llevo dándole vueltas a lo mismo desde que me he bajado de la furgoneta —respondo.

Inspecciona los cadáveres que hay por ahí de arañas, avispones de cara blanca, avispas amarillas, polillas tigre y mariquitas.

Están congregados en áreas donde el follaje se ve dañado en ringleras y pedazos marrones.

No se aprecia ningún patrón uniforme, y es posible que yo sepa lo que ha ocurrido.

Quizá sepa porqué han cerrado el sendero de acceso al tráfico rodado.

—¿Estás segura de que la jueza no usa insecticida? —pregunta Marino—. ¿Es posible que el encargado o alguien más haya utilizado eso o algún otro veneno? ¿Quizá rociándolo por ahí como un exterminador?

—No creo. Annie no lo permitiría —respondo—. Pero no lo sé de primera mano.

—O quizá un potente herbicida, algún tipo de sustancia química fuerte. Es casi como las salpicaduras de acelerante que se ven en los incendios provocados. —Camina por las inmediaciones tratando de desentrañar el misterio—. Cuando alguien intenta quemar una propiedad, casi me recuerda a eso.

—No creo que nos las estemos viendo con un incendio premeditado, ni siquiera en grado de tentativa. —Busco indicios reconocibles alrededor, aunque espero equivocarme—. No creo que viniera aquí nadie a quemar Chilton Farms.

—Sí, no huelo a gasolina ni a ningún tipo de acelerante —decide Marino, cada vez más inquieto.