Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—No sé por qué el agente Dogg ha creído que era conveniente seguirme pegado al parachoques —dice por si alguien no ha entendido aún que le ha parecido fatal—. Puede decirle que no vuelva a hacer ninguna chorrada por el estilo, si sabe lo que le conviene.

—Le haré llegar el mensaje, claro —asegura Cagley—. E informaré a Fruge de que han llegado usted y la jefa.

—Debería aparecer en cualquier momento una de nuestras camionetas —responde Marino—. Negra, sin ventanillas, la reconocerá cuando la vea. El investigador al volante es Fabian; que no le engañe su aspecto.

—Lo estaré esperando. —Cagley se aparta de la furgoneta.

Marino sube la ventanilla y vuelve a hacer el numerito del ventrílocuo; el rostro inexpresivo, sin mover los labios apenas mientras reacciona ante las últimas noticas.

—Por si la situación no fuera bastante jodida… —dice—, espera a que se enteren los medios. ¿Bose Flagler? La hostia.

Cagley y los demás agentes retiran las barreras y el cartel de prohibido el paso, y nos indican que avancemos.

—No hay nada como una muerte violenta para que salgan todos los trapos sucios —observa Marino—. No me gustaría ser ese fiscal del estado ahora mismo. Y tiene las elecciones a la vuelta de la esquina en noviembre.

—A mí no me gustaría estar en su pellejo por muchos motivos. En especial, si apreciaba a Rachael; en especial, si tenían algo especial —respondo mientras atravesamos bosques y humedales.

No se ve el río cuando nos acercamos, solo un cielo diferente, pálido como las perlas y de una luminosidad resplandeciente.

El sol reluce sobre las copas de los árboles mientras el helicóptero describe estrepitosos círculos sobre algún tramo del cauce del río.

Pasamos junto a otro cartel de Raven Landing, este, irónicamente, con un cuervo posado encima que grazna a placer.

—Es fácil ser cínico —le recuerdo a Marino—. Y la gente como nosotros podemos ser los peores debido a lo que vemos a diario. Por no hablar de que Flagler es un oportunista de mucho cuidado. Pero no podemos descartar que quisiera a Rachael de verdad.

—Por mucho que estuviera enamorado hasta las trancas —replica Marino—, va a poner a salvo su propio pellejo por encima de cualquier otra cosa, eso seguro.

Lo que quiero saber es cómo van a concluir el juicio él y la jueza.

Porque puedes apostar a que Flagler está haciendo cálculos en estos precisos instantes.

—Se supone que los problemas personales no deben interferir. Técnicamente no constituyen un motivo para eximirse —señalo—. A menos que uno no se considere apto para cumplir sus funciones, y Annie no hará tal cosa.

—Flagler tampoco —dice Marino.

Ya asoman las cuatro altas chimeneas de ladrillo de la casa principal de la plantación descollando sobre los árboles.

—Me pregunto si la jueza tiene la menor idea de que su hermana se acostaba con ese.

—Si no lo sabía, no tardará en descubrirlo. Eso explicaría que me haya estado rehuyendo de un tiempo a esta parte —observo.

—Y que tenga favoritismos a la hora de impartir justicia —dice Marino—. Que haga lo imposible por no apretarle las clavijas.

—Espero que no. No sería propio de Annie. Si algo no le ha faltado nunca es integridad. Jamás ha sido una vendida.

En la carretera delante de la antigua finca hay cuatro coches patrulla de la policía de Alexandria, aparcados y con las luces apagadas.

Hay dos Tahoe blancos más de la unidad canina sin distintivos.

Unos agentes de uniforme montan guardia al pie del sendero de acceso.

Se hacen a un lado y nos indican que vayamos a una amplia zona de estacionamiento de adoquines, lo que Annie llama «la rotonda».

—Ya entiendo lo que decías de este sitio —dice Marino, que aparca delante de dos altas columnas de ladrillo cubiertas de enredaderas resecas.

En lo alto de las columnas hay unos grandes búhos tallados en piedra, erosionados por el paso de los siglos, cuyos ojos ausentes miran de hito en hito.

Las placas de cobre con el nombre de Chilton Farms tienen una pátina verdosa y están veladas por la madreselva, agostada y prácticamente sin flores.

Los rododendros que atestan la entrada también parecen marchitos.

La última vez que estuve aquí, esto no se veía tan descuidado y mustio.

El sendero de acceso, largo y sinuoso, se adentra en el bosque. Más allá de las columnas de ladrillo, tendida entre unos gruesos cedros, hay una maraña de cinta amarillo chillón para acordonar la escena del crimen. Al otro lado de ese perímetro encintado hay más barreras de control.

—Pues hasta aquí hemos llegado, de momento —comenta Marino—. Y es inaceptable, joder.

Pone la palanca de cambios en posición de estacionamiento con gesto de irritación.

Abrimos las puertas en el instante en que aparecen otros dos pastores belgas con sus guías, que visten igual que sus colegas del primer control.

Nos apeamos y pasamos por la misma rutina con los perros rodeando la furgoneta.

Los animales marcan los mismos puntos del vehículo que antes, y Marino explica lo de las armas, la munición y las bengalas.

Les recuerda que fue policía, pero no les interesa.

Luego los guías, con su atuendo de trabajo sin distintivos, felicitan a los perros y juegan con ellos de regreso a los todoterrenos blancos, también genéricos, aparcados en la calle.

—De la CIA. —Marino observa a los guías—. Quizá del FBI, aunque sería raro, porque casi siempre se cercioran de que tengas claro que son ellos. Sus putos chalecos antibalas se ven desde el espacio exterior.

Estamos solos en el interior de la furgoneta sin que nadie nos haga caso ni se acerque a hablar con nosotros. Marino saca la pistola y los cargadores de reserva de la guantera. Los vuelve a dejar en la consola central y abre la puerta de su lado.

—Quédate aquí —dice, como si yo pudiera ir a alguna parte.