Capítulo 10
—Esta carretera está cortada.
Calculo que el agente Cagley no tiene más de treinta años, pelirrojo, con un rizo rebelde descolgado sobre la frente.
—¿Adónde quieren ir?
—Esos no van a pasar.
—¿Qué ocurre en Raven Landing? —pregunta Marino—. Hay unos cuantos agentes allí, espero. Si no, se puede acceder fácilmente desde el río. Yo paso por ese tramo del Potomac en lancha cada dos por tres. Más que nada para cabrear a los ricachones del club náutico.
—¿De qué agencia son? —Cagley no sonríe, y estoy casi segura de que se hace el tonto.
No me cabe duda de que él y sus camaradas ya saben nuestra identidad.
Por poco que sigan las noticias, para bien o para mal Marino y yo salimos en todas partes.
Seguro que han informado a la policía de Alexandria de que la jefa de Medicina forense y el jefe de investigaciones se dirigen al escenario del crimen en Chilton Farms.
La cuestión es qué se ha dicho a todo el mundo, y me inclino por pensar lo peor.
Me pregunto si los polis están al tanto de que, dependiendo de a quién se lo preguntes, se supone que yo no debo ir.
Me han ordenado mantenerme al margen y quedarme en casa.
Marino explica quiénes somos, y Cagley nos pide la documentación.
—Y la del vehículo también —dice después de que Marino le haya pasado nuestras credenciales—. Bajen de la furgoneta. Van a tener que registrarla los perros.
Las dos agentes de la unidad canina están ahí plantadas con los pastores belgas atados. Marino y yo abrimos las puertas y nos apeamos mientras los perros empiezan a rodear el vehículo.
—¡Venga, venga, venga…! —Las adiestradoras los azuzan, y al instante uno de los perros se sienta delante de la puerta del acompañante por la que me acabo de bajar.
—Llevo el arma en la guantera —hace saber Marino a todos—. Y munición en la parte de atrás, claro. Además, en la caja de la furgoneta hay maletines de material forense, herramientas y demás bártulos, incluida una caja de bengalas señalizadoras.
Uno de los agentes de uniforme de la policía de Alexandria comienza a registrar los bajos del coche con un espejo de mango largo. Una adiestradora abre la puerta de atrás.
—¿Quincy, SRL? —le dice Cagley a Marino con un deje de sarcasmo, devolviéndole la documentación de la furgoneta y nuestras credenciales mientras esperamos en la acera mojada—. Mi abuela veía esa serie, la del médico forense.
Me mira y yo no doy señal de estar familiarizada con la serie de televisión de la década de los setenta ni con su protagonista, Jack Klugman.
No me hace gracia que me mencionen en la misma frase que a la abuela del agente.
Me recuerda el aspecto tan horrendo que debo de tener con el traje mojado y arrugado, el pelo aplastado, sin medias y descalza.
—No es más que el nombre con el que inscribí la furgoneta.
—Marino nunca se había molestado en recurrir a sociedades de responsabilidad limitada ni otros trucos de contabilidad hasta que se casó con Dorothy—.
Antes tenía un perro que se llamaba Quincy, el chucho más arrastrado que haya visto en su vida.
Las agentes a cargo de los perros han terminado de registrar la camioneta y premian a los animales con un rato de ocio y elogios en voz baja.
—¡Buen chico! ¡Qué perro tan bueno estás hecho…!
—¡Buena chica, buena chica, qué perra tan buena…!
—Pueden volver a montarse en el vehículo —nos anuncia Cagley.
Marino y yo nos acomodamos en los asientos y cerramos las puertas.
Me quedo esperando lo siguiente. Sin duda la policía está a punto de informarme de que no figuro en la lista.
Les habrán dicho que no se me permita acceder.
Tengo que regresar a casa y disfrutar del fin de semana como me ha ordenado Maggie en tono amenazador.
Doug Schlaefer se ocupará de todo tal como ella ha prometido.
—Perdonen la molestia. —Cagley se inclina para mirarme por la ventanilla abierta del lado de Marino—.
Es que tenemos instrucciones estrictas de cómo conducirnos.
Está este control y dos más una vez lleguen allí, el siguiente en el sendero de acceso y el último en la casa.
Eso tengo entendido. En realidad, no hemos entrado en la propiedad.
Sigue desviando la mirada hacia las dos adiestradoras y los dos Chevrolet Tahoe blancos. Luego me mira a mí con gesto intenso.
—Encantado de conocerla, jefa. No he podido evitar fijarme en que va descalza —dice—. He visto el vídeo. Corre como la pólvora en internet. Es una vergüenza que Dana Diletti la persiguiera así por la acera.
—He tenido días mejores —respondo.
Me sostiene la mirada mientras alrededor destellan luces azules y rojas.
—Lamento tanta formalidad —asegura—. Pero como han comprobado están montando estrecha vigilancia, y se va a hacer más estrecha aún.
—¿A quién se refiere? —pregunta Marino.
—A los federales.
Estamos a unos diez metros de la barricada y los demás agentes de uniforme, que llevan auriculares y se comunican por móvil, manteniendo la vigilancia mientras hablan entre sí. No entiendo lo que dicen, y Cagley no quiere que nos oigan.
—¿En qué nos estamos metiendo? —Marino indica la angosta carretera de acceso que atraviesa bosques y marismas—. ¿Qué ocurre en Raven Landing?
—Lleva horas cerrado —confiesa Cagley—. No hay más que agentes de policía, unos vigilantes privados y el FBI. También un par de inspectores de policía. No sé quiénes son todos, porque los federales no nos cuentan nada.
—Ya imaginaba que sería algo así —comenta Marino—. Rachael Stanwyck trabajaba en la CIA, así que era de prever.
—He oído en las noticias que se dedicaba más bien a las relaciones públicas.
—Ninguno de esos va a decir quién era en realidad —responde Marino como si fuera vox populi y no hubiera la menor duda al respecto—. ¿Qué sucede en casa de la jueza? Hay alguno de los suyos en el lugar de los hechos, ¿verdad? ¿Qué se cuenta sobre Rachael Stanwyck?
—Está la inspectora Fruge —responde Cagley—. No sé quién más ni cuántos.
Las adiestradoras caninas recompensan a los perros con más juegos: los dejan que tiren de unas sogas y que salten por ahí. Luego regresan a los Tahoe al otro lado de la carretera bajo la atenta mirada de Cagley, que nos dice que hay zódiacs en el río.
—Además ha venido un helicóptero, como seguramente habrán oído —explica—, y he visto más de un dron dando vueltas.
—¿Tiene idea de qué o a quién pueden estar buscando? —indaga Marino—. ¿Y creen que hay alguien escondido en Raven Landing? ¿Quizá en los bosques de Chilton Farms?
—Nadie nos cuenta una mierda, como les decía. —Cagley engancha los pulgares en el reluciente cinturón negro del uniforme—. Pero se oyen rumores. Y por lo visto la víctima no ocultaba que tenía dinero. Un coche caro, joyas y ropa llamativas. Además, se daba muchos aires.
—¿Creen que el móvil es el dinero? —pregunta Marino—. ¿Que lo de Rachael Stanwyck fue un robo que se torció del todo?
—Es posible. Quizá otras cosas —responde Cagley—. No había visto nunca a la víctima. Mis rutas de patrulla no me traen por aquí a menos que nos llamen. Por lo demás, no somos bienvenidos.
—A quién se lo dice. —Marino sabe establecer sintonía con los que se sienten marginados y tratados injustamente.
—Pero he oído unas cuantas cosas —añade Cagley.
Nos cuenta que quizá a Rachael le iba la marcha. La habían visto regresar a casa a la hora de comer en más de una ocasión.
—Igual se enrollaba con alguien mientras la jueza estaba en los tribunales —dice el agente de la policía de Alexandria sin perder detalle de lo que ocurre a nuestro alrededor.
—Que vuelva a casa a la hora de comer no quiere decir que se lo esté montando con alguien —observa Marino.
Cagley mira de reojo a los camaradas que montan guardia cerca de las barreras del control, a las agentes de la unidad canina dentro de sus Tahoe con el motor al ralentí.
—Por lo que tengo entendido, se veía con alguien, sin duda —asegura.
—¿Sabe con quién? —pregunta Marino.
—No se han enterado por mí: Bose Flagler —dice Cagley, y pienso en el comportamiento de Annie en el juicio—. Lo han visto ir y venir en coche.
Si Rachael tenía una relación romántica con el fiscal del estado, tendría más sentido que hubiera querido volver a Chilton Farms una temporada.
No hay cámaras. La propiedad está cubierta de maleza, y Annie pasa fuera buena parte del día.
Los coches aparcados delante de la casa principal no se ven desde la calle.
—¿Quién va contando historias acerca de que el abogado del estado venía por aquí de tapadillo? —se interesa Marino.
—¿Y sabemos si Flagler o su prominente familia eran socios del club náutico? —indago—. He visto en su despacho fotografías de un barco de vela muy bonito, y el paisaje se parecía mucho al de Raven Landing.
—Tiene sentido —comenta Marino en tono sarcástico—. Raven Landing es el tipo de sitio donde encajaría alguien como ese.
—El vigilante de seguridad se llama Dogg, con dos ges. Ha pasado por aquí hace un rato, y hemos estado hablando —dice Cagley—. Ha venido unos minutos antes que ustedes, y seguramente ahora está en Raven Landing.
—Creo que nos ha adelantado cuando veníamos —comenta Marino—. Un tipo blanco, moreno, con barba. No lo he visto bien, pero era ancho de cuello; parecía grande.
—Ese mismo.
—Antes lo he llamado «sheriff Dawg», como el perro de los dibujos animados. Supongo que soy clarividente —dice Marino—. Lo tenía pegado al culo. Estaba jugando a policías y ladrones.
—Los que trabajan ahí en Raven Landing no están contentos precisamente —señala Cagley—. ¿Cree que a los polis locales nos miran por encima del hombro cuando llegan los peces gordos? Pues ya puede imaginarse cómo tratan a los vigilantes de seguridad privada…
—Peor que a un perro con dos ges —bromea Marino.
—Como a vigilantes de centro comercial —añade Cagley.
Marino abre la cartera de la placa y saca una de las tarjetas de visita que se hizo cuando lo contraté como especialista de operaciones forenses.