Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—¿Se parecían mucho Annie y Rachael? ¿Habría sido fácil confundirlas? —pregunta Marino.

—Las dos son morenas —respondo—, delgadas, aunque Annie es más alta y tiene más físico de atleta. Rachael era tres o cuatro años más joven, y llevaba el pelo largo. Annie lo tiene corto y entrecano. Conduce un Prius blanco.

—Qué sorpresa. Seguramente viejo.

—Rachael tenía un deportivo, un Mercedes rojo —añado—. Era lo que conducía cuando Lucy y yo nos encontramos con ella en la licorería. Lo he visto aparcado en el sendero de acceso de Annie. Como he dicho, a su hermana no le importaba llamar la atención.

—Siempre cabe la posibilidad de que fuera un asesinato al azar, un crimen de oportunidad, un allanamiento o robo que se torció.

—Marino enumera la lista de posibilidades aterradoras—.

Un asalto a la vivienda. Y que Rachael estuviera en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Quizá alguien se ha colado en la casa creyendo que no había nadie…

Sigue desviando la mirada hacia el retrovisor, y me vuelvo a ver qué le ha llamado la atención.

—Algún vigilante de seguridad de Raven Landing —dice Marino inexpresivo mientras una Dodge Durango blanca se acerca demasiado a nuestro vehículo—. Lleva siguiéndonos desde que nos hemos desviado de Fort Hunt Road, solo que ahora viene pegada a nosotros y me está poniendo de los nervios.

Lo dice sin fruncir el ceño ni maldecir. Apenas mueve los labios, de manera que el vigilante privado detrás de nosotros no se dé cuenta de que hablamos de él.

—Esperemos que no decida hacerte parar —respondo.

—Y una mierda. No pienso hacerlo, si es tan idiota como para intentarlo. —Marino se saca el chicle de la boca y lo tira a la basura, preparándose para la trifulca.

—¿Tú crees que va armado?

—No debería. Pero en Virginia está permitido llevar armas. Yo doy por sentado que todo el mundo va armado, y no hay nada peor que un puto aficionado.

—No vamos en vehículo oficial. —No quito ojo al retrovisor lateral para tener vigilado el todoterreno que nos sigue a un coche escaso de distancia—.

Igual te considera sospechoso por alguna razón —añado con un deje de ironía—.

Quizá porque la furgoneta es totalmente negra y llevas neumáticos antipinchazos.

Y no sé si las ventanillas tintadas o todas tus luces son legales.

—Ese no puede hacer nada al respecto. Por mucho que fuéramos Bonnie y Clyde, no sería asunto suyo. No es más que un ciudadano de a pie con uniforme elegante y preparación suficiente para ser peligroso.

—Esperemos que no quiera demostrarnos que es algo más —respondo en el momento en que nos cruzamos con dos coches patrulla de la policía estatal de Virginia con las luces azules puestas, aunque sin sirenas.

—¿Lo oyes? —Marino abre un poco la ventanilla, y detecto el zumbido rítmico de un helicóptero—. Van detrás de alguien. Tiene que ser eso. Debe de haber alguna clase de búsqueda.

—Sea lo que sea, no han informado.

—Y que lo digas. Si el escáner sonara menos, pensaría que se ha estropeado. —Sube la ventanilla—. Hay algo importante en marcha.

—En una situación así, iríamos mejor en mi coche. Con el escudo del estado y la matrícula del gobierno, resulta evidente para todos quiénes somos. —Vuelvo a mirar por el retrovisor la Durango pegada a nuestro parachoques trasero—. Si consulta tu matrícula, ¿qué descubrirá?

—No puede consultar una mierda. Tienes que ser poli de verdad para hacerlo, y ya estoy harto de tipos que se comportan como gilipollas. Bueno, ¿te decides o no, sheriff Dawg? —gruñe entre dientes a la vez que aminora la velocidad y baja la ventanilla.

Saca el brazo y hace un gesto impaciente a la Durango blanca de que nos adelante.

Las puertas muestran el distintivo de seguridad privada de Raven Landing, y el vigilante va de uniforme caqui con hombreras rojas y doradas.

Lleva barba, seguramente tiene en torno a cincuenta años, y nos mira con descaro al pasar.

Marino le sostiene la mirada a la vez que niega con la cabeza despacio para dar a entender que el tipo le parece un idiota.

El ruido de las paletas del rotor azotando el aire se ha hecho más fuerte; el helicóptero se aproxima.

Se nota que es de los grandes, sin duda de la policía o del ejército.

Vuela lento y a baja altura en la zona de Raven Landing, y el sonido se atenúa cuando Marino sube la ventanilla.

Los altos pinos destacan oscuros contra el cielo pálido, el sol cada vez más bajo a medida que vamos siguiendo un meandro del río.

Instantes después vemos luces rojas y azules destellantes en la siguiente intersección.

Aparcados en el arcén hay cuatro patrulleros de la policía de Alexandria.

Cerca se encuentran dos todoterrenos Tahoe sin distintivos, y cuando nos detenemos se abren sus puertas.

Unos caballetes y un cartel de prohibido el paso con reflectores cierran la carretera de acceso a Chilton Farms.

Hace mucho, la carretera pavimentada de kilómetro y medio de longitud era el imponente sendero de acceso a la antigua plantación de doscientas hectáreas.

Todo el terreno, salvo la parcela cubierta de malas hierbas de Annie, es ahora propiedad de Raven Landing, y llevan años presionándola para que venda lo que queda.

—Más vale que escondas el arma, ¿vale? —me dice Marino cuando se detiene.

Cuatro agentes de uniforme montan guardia en la barricada.

Vestidos con chalecos antibalas azules, vigilan desde diversas posiciones mientras dos mujeres con camisa y pantalón cargo negros abren la puerta trasera de los Tahoe.

Alcanzo a ver las relucientes jaulas de acero, y es curioso que las adiestradoras caninas vayan de paisano.

No habría sabido que son policías de no ser por los chalecos antibalas y las armas al cinto. No sé a qué organismo pertenecen, pero me parece que no es la policía de Alexandria ni la estatal. Seguramente sean de la CIA o del FBI.

Las adiestradoras sacan de los todoterrenos a los pastores belgas malinois. Guardo la pistola de Marino y los cargadores extra en la guantera. Él baja la ventanilla cuando se acerca un musculoso agente de uniforme.

—¿Cómo va eso, agente Cagley? —Marino mira expresamente la placa plateada con el nombre B. Cagley grabado en negro.