Capítulo 9
Recuerdo lo inquieta que me sentí cuando fui a Chilton Farms por primera vez después de acabar los estudios en Georgetown y emprender la siguiente etapa de mi vida.
Regresé a esta parte del mundo el verano pasado porque me habían ofrecido el puesto que ocupo ahora. Me dieron la oportunidad de volver adonde empecé hace mucho tiempo, para ser jefa de Medicina forense de Virginia otra vez.
—Y no acababa de decidirme. —Le cuento a Marino detalles que no había compartido—.
Annie influyó enormemente en mi decisión.
En la ocasión de la que hablo organizó una reunión confidencial con el gobernador Dare.
Mantuvimos los tres una larga conversación en Chilton Farms. Sin notas. No quedó ningún registro.
Marino no estaba conmigo. Benton, tampoco.
Fui a Alexandria sola, e irónicamente me alojé en el Marriott de Old Town, donde ahora están los miembros del jurado del juicio de Hooke.
Hacía más de tres décadas que no visitaba la plantación de la familia de Annie, y cuando seguía la misma ruta por la que vamos ahora Marino y yo, me deprimió lo que vi.
Todo parecía abandonado y hasta peligroso.
—Era distinto durante la universidad, cuando pasaba algún que otro fin de semana con la familia de Annie.
—Sigo contándole lo que sé de primera mano—.
Había toda clase de sitios divertidos por aquí, como chiringuitos donde comer marisco y restaurantes de carretera.
Recuerdo un Hardee’s, una heladería Dairy Queen, una tienda de excedentes del ejército.
—Bueno, ahora no hay gran cosa. No me gustaría que se me averiara la furgo aquí —comenta Marino.
—Por entonces no había ningún peligro en conducir por esta zona a cualquier hora del día o de la noche —le aclaro—. Y Annie tenía coche.
El adosado que compartíamos en Georgetown estaba lo bastante cerca de Chilton Farms para que nos pasáramos a menudo a cenar temprano con sus padres.
Si el tiempo lo permitía, cenábamos en el jardín geométrico, donde la arquitectura paisajista era espléndida y estaba bajo control. En aquellos tiempos se veía el río.
—Ahora está tan lleno de malas hierbas que no tendrías ni idea —añado—. No te darías cuenta de que estás al lado del Potomac, que queda prácticamente a tiro de piedra. No imaginarías que allí hubo un jardín geométrico, si a eso vamos.
Mientras sus padres seguían gozando de buena salud, Chilton Farms era un sitio imponente. El personal incluía amas de llaves y cocineros, y se organizaba toda clase de actos sociales. Los cumpleaños se celebraban con fiestas deslumbrantes; a mí me invitaron cuando Annie cumplió los veinticinco.
—Ahora que lo pienso, me extraña que Rachael no asistiera tampoco a aquello.
—Le cuento a Marino la historia—. Recuerdo las inmensas lámparas de araña de Baccarat, y una colección de arte impresionante, de la que ya no queda nada.
Supongo que estará guardada o la habrán vendido, porque Annie no quiere vivir con todo aquello, y a su hermana esas cosas le deben de importar un bledo.
—¿Sus padres se lo dejaron todo a las dos? —pregunta.
—No lo sé. Pero es Annie la que se ocupa de la propiedad. Por lo que sé, a su hermana no le interesaba en absoluto hasta hace poco, cuando le pidió quedarse allí una temporada.
—¿A qué se dedicaba el padre? —Marino se quita las gafas de espejo y las deja colgadas del reverso del retrovisor.
—Era abogado —respondo—. No sé el volumen de negocio que tenía su bufete ni cuánto tiempo pasaba allí. Como muchas antiguas familias aristócratas en esta parte del mundo, era el típico «descendiente profesional». Justo lo que Annie no quiere ser.
—Sabemos que Rachael se casó con un tipo superrico —dice Marino—. Seguro que esperaba un acuerdo de divorcio millonario. La cuestión es cuánto dinero le quedó a Annie.
—No aparenta tener mucho. O no lo gasta —contesto—.
Desde luego, no en mantenimiento o mejoras.
Ni un centavo para preservar su intimidad o en seguridad, que yo sepa.
Y ese sitio no estaba precisamente en buen estado para cuando se mudó.
Lo que te vas a encontrar no tiene nada que ver con lo que fue.
—¿Cuánto tiempo lleva viviendo allí?
—Hace al menos diez años, desde que murieron sus padres.
—Me parece que la jueza empieza a parecer un tanto excéntrica —dice—. Nadie lo diría viéndola en la sala del tribunal. Nunca habría dicho que alguien así no se preocupa por su seguridad. Especialmente, siendo de familia rica, con todo lo que conlleva.
—Es precisamente en su familia donde radica el problema, y mira que la he sermoneado sobre ese tema desde la época en que vivíamos juntas.
La de Georgetown fue mi última parada en la escuela de posgrado para cuando conocí a Annie a finales de la década de los ochenta.
Había terminado el periodo de residencia como patóloga en Johns Hopkins.
Había pasado por mi primera escuela de investigación de homicidios y por la academia forense en la oficina de medicina forense de Baltimore.
Mientras ella seguía en su torre de idealismo, yo había estado en escenarios de crímenes y hecho una buena cantidad de autopsias.
—Me sacaba de quicio cuando se dejaba ventanas abiertas o puertas sin cerrar con llave —le digo a Marino—. Y de nada servía recordárselo, y eso que se lo repetía constantemente.
—Supongo que al menos tiene un sistema de seguridad.
—Una alarma silenciosa, Dios sabe de hace cuánto —respondo—. No quiere causar más contaminación sonora.
—Si quieres impedir que entre algún gilipollas, una alarma silenciosa no lo va a disuadir.
—Y aún menos si no te molestas en activarla —señalo—. Annie se niega a hacer nada que pueda suponer una molestia para la fauna, como el ruido. O esa es la excusa que pone.
—Como los ecologistas esos que llevan Raven Landing —dice Marino en tono despectivo—. No se permiten lanchas a motor, y si tienes una, te fulminan con la mirada cuando pasas por delante de su club náutico de estirados.
—En la propiedad de Annie tampoco hay cámaras de vigilancia —le advierto cuando atravesamos un denso pinar hacia el este en dirección al río—. Ni siquiera tiene cámara de timbre.
—Es una pena. Si se trata de un homicidio, lo más probable es que el asesino estuviera en la propiedad.
Vendría bien tener un vídeo —observa Marino—.
Después de todo lo que ha visto como jueza, lo lógico sería que no viviera así.
Ha encerrado a muchos malnacidos que luego acaban saliendo de la cárcel.
Igual alguno decide volver para ajustar cuentas.
—Hace falta mucha energía para vivir preocupada por lo próximo que podría agredirte o matarte —respondo—. Ella prefiere no hacerlo.
—Pues es una estupidez siendo una jueza tan destacada. Hoy en día ningún funcionario público está a salvo de sufrir una agresión —dice Marino—. Incluso en pleno tribunal, como te ha pasado hoy a ti.
—Negación, necesidad de control —repongo—. Y Annie se centra en sus causas altruistas en lugar de en peligros sobre los que no puede ejercer ningún control. Siempre ha tenido una idea del mundo distinta de la tuya y la mía. Insiste en creer que la gente es inherentemente civilizada.
Hemos tomado la autopista George Washington Memorial, y parece que los problemas de tráfico se han resuelto. Vamos a una velocidad bastante decente, conque miro el móvil.
Benton ha enviado un mensaje de texto. Dice que va a estar en Washington unas horas más.
No sé si está en la sede del Servicio Secreto o en la Casa Blanca.
Sea donde sea, se encuentra en mitad de algo intenso, no me cabe duda.
Poniéndose en contacto conmigo me da a entender que está al tanto de lo que ocurre. Se encuentra bien y piensa en mí.
Todavía no hay noticias de Lucy, ni de Fruge ni de Fabian. Pero Maggie insiste en que la llame lo antes posible. Como por arte de magia, el comisionado de Salud tiene un momento libre para hablar conmigo después de todo; pues yo no pienso hablar con él.
—Supongo que Rachael podía permitirse alojarse donde quisiera —continúa Marino, dando a entender que es raro que se mudara con Annie—. ¿Por qué no fue a una suite presidencial en algún hotel de lujo? ¿Por qué no alquiló durante una temporada un apartamento en una urbanización exclusiva?
—Yo también me lo pregunté y no sé la respuesta —digo—. Supongo que necesitaría algo en el último momento, y regresar a Chilton Farms era lo más cómodo.
—¿Dónde estaba antes?
—En el ático de Washington donde vivía con su marido. Un piso de quince millones de dólares con terraza en la azotea y puertas macizas de palisandro. —Se lo oí mencionar a Rachael, quejándose del mal estado de la finca familiar.
—¿Por qué en el último momento? ¿Y por qué se mudó ella en vez de irse su marido? ¿De qué se acusaban mutuamente en el divorcio? —Marino masca enérgicamente el chicle Clove—. ¿Le daba miedo físicamente su esposo? ¿Por qué fue ella la que tuvo que trasladarse?
—Espero que Annie tenga algunas respuestas.
—Bueno, si a la jueza no le importaba una mierda la seguridad antes, más vale que le importe ahora —comenta Marino—. Si hablamos de un asesinato, la cuestión es a quién querían matar. No sé cómo no se lo ha planteado, porque debería.
—Todo el mundo sabía que Annie estaba presidiendo el tribunal hasta hace apenas un rato. —Sostengo que cualquiera que la acosara habría sabido que no estaba en casa—. Esa persona también debía de estar al tanto de que estas últimas semanas no ha estado viviendo sola.
—Cierto. Estaba allí Rachael, y esta tarde tenía que verse con el encargado de mantenimiento por algún motivo —dice Marino cuando pasamos por delante de una valla publicitaria de Raven Landing que debe de tener cinco pisos de altura.
Salta a la vista por las imágenes de yates navegando y la gente guapa que va a bordo que se trata de un lugar exclusivo. Me recuerda las fotografías que he visto en el despacho de Bose Flagler. Él o su familia tienen un velero de los caros en algún sitio por aquí.