Capítulo 8 #2
Retira su arsenal de entre las piernas, donde lo había tenido sujeto mientras derrapaba a toda velocidad por calles secundarias y callejuelas.
Espero que no suela hacerlo con el seguro de su pistolón quitado.
Vuelve a dejar el arma y los cargadores en la consola central.
Se apea de la furgoneta, y yo vuelvo a marcar el número de la tienda.
Sigo sin tener éxito en mi tarea. Mientras, los pies de Marino resuenan en los peldaños de madera que conducen al porche cubierto.
Pasa por delante del balancín que pende de unas cuerdas, luego de la máquina de hielo y del viejo barril de vino reconvertido en papelera.
Tira de la puerta de entrada, pero no se abre.
—¡HOLA! ¿HAY ALGUIEN? —Golpea la puerta con el puño—. ¡HOLA! ¡HOLA…!
Con las manos a los lados de la cara mira por el cristal, gritando y repitiendo la llamada. Cruza el porche hasta la otra punta, donde está la ventana de la oficina. Las persianas están echadas, el vidrio cubierto por un estor. Marino aporrea con los nudillos el marco de madera.
—¡EH, WALLY! ¿ESTÁS AHÍ?
Tras gritar y dar unos cuantos golpes más, Marino se encoge de hombros con gesto frustrado. Vuelve a la furgoneta; la ropa húmeda se le pega a la piel, pero ya no gotea.
—¡Maldita sea! —Vuelve a sentarse al volante—. No hay nadie. Lo siento, Doc.
—Agradezco el intento.
Y tampoco es que no sepa apañármelas. Aprendí hace mucho tiempo a dejarme de delicadezas si no tengo otra opción.
En los primeros tiempos de mi carrera era habitual que fuese la única mujer en la escena del crimen, aparte de la víctima.
Pero hoy ya creía haber cumplido con el cupo de humillaciones e incomodidades.
Y, obviamente, cuando lleguemos a Chilton Farms no podemos hacer uso del cuarto de baño ni nada por el estilo.
No podremos comer, beber, lavarnos ni tirar la basura.
No tiene nada que ver con ser educado o respetuoso con la propiedad privada.
Ni siquiera Annie puede darnos permiso para que nos sintamos como en casa.
No podemos. Todo guarda relación con el futuro juicio que acabará por celebrarse.
Todo aquello a lo que accedamos puede dar al traste con pruebas y cambiar la historia.
Como en una excavación arqueológica, una vez se altera algo, no hay vuelta atrás.
O si la hay, es con un montón de explicaciones.
Los Bose Flagler y los Sal Gallo del mundo están esperando a que alguien como yo dé un paso en falso.
Rezan para que haga alguna tontería como entrar en un cuarto de baño y dejar mi ADN.
Si tienen suerte, me cambiaré de ropa en un dormitorio donde había estado el asesino.
O pisaré un rastro de sangre. En los viejos tiempos, cabía la posibilidad de que dejara una colilla, así que me las guardaba en el bolsillo.
—La única opción para ir al servicio es Raven Landing, y no creo que haya suerte.
—Marino insiste en intentar resolver un problema que es más engorroso para mí que para él—.
Por lo general, sitios así cierran temprano cuando hay tormenta.
Pero si todavía hay alguien, igual puede abrir el aseo de mujeres.
—Vamos a donde tenemos que ir y ya me las ingeniaré —repongo—. Imagino que tienes papel higiénico, ¿no?
—Ya sabes lo que dicen: no hay que salir de casa sin él.
—Bien, porque me parece que voy a coger un rollo y me voy a meter detrás de un matorral bien grande. No me hace ninguna gracia, pero supongo que me las apañaré.
—Pues yo no —asegura Marino—. Paso de arañas y serpientes, y además seguro que hay hiedra venenosa. Sé que no es lo ideal, pero los botellines para orinar que llevo ahí detrás son mejor que nada.
—Depende de con quién hables —observo.
Los orinales portátiles que compra en sitios web de artículos de acampada no son compatibles con la anatomía femenina ni con su vestimenta.
—Con la de veces que llevas en tu vehículo personal… —empiezo a decirle que podría ir mejor preparado.
¿Qué le costaría llevar lo necesario en alguno de los numerosos baúles de la furgoneta? Pero quejarme de cosas así sería como decirle que no sea agresivo. Se niega a mostrarse solícito o a tener atenciones conmigo, y desde que se casó ha ido a peor.
—Pondré un kit en la parte de atrás con todo lo necesario —promete—.
Pero, de momento, tenemos opciones limitadas que incluyen un botellín para mear o un vaso de café de los grandes para llevar.
La puerta número uno o la puerta número dos, por así decirlo.
Así, al menos puedes ocuparte del problema en la intimidad del interior de la furgoneta.
—Voy a tener que ocuparme del asunto de un modo u otro en un futuro no muy lejano —le aseguro.
A medida que avanzamos, el terreno se vuelve más agreste y rural; es una de esas carreteras que transcurre por una hondonada propensa a quedar inundada y cubierta de hielo.
Cada vez nos cruzamos con menos coches, el sol asoma de tanto en tanto entre los jirones de nubes, y la luz plateada se refleja en charcos del tamaño de pequeñas lagunas.
Marino, que aminora la velocidad en algunos tramos, tiene cuidado de no patinar sobre el agua que repiquetea contra los bajos. A ratos no se distingue ni el borde de la calzada, y menos mal que a la enorme furgoneta le traen sin cuidado los baches.
—No me gustaría tener que pasar por aquí a diario. —Vuelve a hurgar en el cenicero.
—Ni a mí estar por aquí después de que oscurezca, si podemos evitarlo. —Rechazo el chicle que me ofrece.
—La jueza debe de pasar mucho tiempo en el coche, qué horror. Con tráfico y mal tiempo, tiene que ser un trayecto penoso de ida y vuelta del trabajo. —Desenvuelve varias láminas de Clove que me hacen pensar en la Navidad, de sabor popurrí.
—Tiene por costumbre ponerse en camino hacia los tribunales al amanecer, y vuelve a casa a media tarde —respondo—. Así evita lo peor de la hora punta.
—Me parece que no hace más que trabajar —comenta Marino—. Que no tiene vida.
—A Annie le cuesta mucho intimar con la gente —señalo.
Los negocios y las urbanizaciones residenciales son cada vez más escasos y aislados a medida que avanzamos hacia el sur.
Praderas infestadas de malas hierbas dejan paso a junglas de maleza sofocada por las enredaderas, y la arcilla margosa es del color ocre rojizo de la médula ósea.
Entre los bosques y los campos hay dispersas algunas iglesias modestas, la mayoría de corte conservadoras.
Llevan por aquí mucho más tiempo que yo.
El club de caballeros y la librería para adultos cerca del restaurante para camioneros han sobrevivido a las vicisitudes del tiempo.
La licorería Bunghole y la tienda de empeño Top Value no se han ido a ninguna parte, como tampoco se han ido la oficina de préstamos Carl’s Cash Express ni el estanco Colonial Smoke Shop.
Pasamos por delante de la estructura de un granero con un silo oxidado, y lo único que queda de la casa son los restos de una chimenea aislada.
Los maizales en barbecho se cosecharon hace tiempo, y luego cruzamos el viejo puente cubierto que sortea el lecho seco de un arroyo lleno de piedras y árboles.
Después hay un solar en construcción donde antes había un motel de la década de 1950.
El camping de caravanas a nuestra derecha lleva ahí desde siempre, y al otro lado está el pequeño cementerio con lápidas ladeadas y flores de plástico.
Lo que ya no está son los grandes almacenes Sears, donde compraba de vez en cuando en rebajas.
Ahora ocupa el terreno un centro industrial con un concesionario de lanchas pontón y una panadería de baratillo.
Después de los campos con calvas en la hierba están las marismas y los pantanos con tocones de ciprés todavía enraizados.