Capítulo 8
Le pagaba a Annie un dólar al mes de alquiler, y no sé cómo Maggie lo ha averiguado.
No lo confirmo ni lo desmiento. Tengo la sensación de estar otra vez en el estrado como testigo mientras oigo sus comentarios y sus indecorosas suposiciones por los altavoces de la furgoneta.
No pienso divulgar que Annie disfrutaba de mi compañía y se beneficiaba de ella. Nos ayudábamos mutuamente.
Ella estaba encantada de vivir con alguien que cocinara, cuidara el jardín, hiciera la colada, se ocupara del patio e hiciera muchas cosas más que ella nunca había aprendido a hacer y evitaba siempre que podía.
Yo en todo momento he disfrutado cuidando de mi entorno y de quienes lo habitan.
Por lo visto, ella carece de esas tendencias en su ADN, pero lo compensa más que de sobra con su sinceridad y su honradez.
—Creo que salta a la vista que debería personarse en la propiedad de la jueza Chilton otro de nuestros forenses. Alguien que no sea usted —remata Maggie con una presunción exasperante—. Hay infinidad de razones para que no se acerque a Chilton Farms.
—Eso no te corresponde a ti decidirlo. —Noto que se me acelera el pulso; es una de las pocas personas que conozco capaces de ponerme furiosa.
—Pero sí al comisionado de Salud. Quiere que dé media vuelta. No vaya al lugar de los hechos, y eso es una orden, doctora Scarpetta. —Maggie lo dice con perfecta serenidad con su acento pijo de Londres.
Debo ir a casa y disfrutar del fin de semana del Cuatro de Julio con la familia. A partir de ahora, todas las solicitudes de los medios pasarán por la oficina de Elvin Reddy. Yo no puedo tener nada que ver con el caso de Rachael Stanwyck, punto. Marino, tampoco.
—He informado al doctor Schlaefer de que es él quien tiene que ir al escenario del crimen —continúa Maggie, con un plan que no es solo suyo—. Saldrá hacia Chilton Farms dentro de unos minutos, y también le he dicho a Fabian que se persone allí.
—Cosa que no tienes autoridad para hacer —espeta Marino.
—El doctor Schlaefer se encargará de la autopsia mañana a primera hora. —Su voz altiva suena por los altavoces de la furgoneta, y Elvin debe de estar de muy buen humor ahora mismo—. Tratará con la policía y con cualquier otra persona de interés, y todo se desarrollará como debe.
—Nada de eso, no va a ocurrir tal cosa —respondo—.
Puedes decirle a Elvin que continúo camino de Chilton Farms. Agradecería mucho poder hacer mi trabajo sin interferencias ni pejigueras.
Una vez vea lo que tenemos entre manos, daré más instrucciones sobre quién tiene que hacer cada cosa y cuándo.
Que quede bien claro, Maggie: seré yo la que lo haga.
—Le haré saber que ha contestado. —Pone fin a la llamada.
—Que le den por saco. —Marino tiene las manos aferradas al volante—. A ella y también a Elvin.
—Voy a cortar el asunto de raíz ahora mismo —repongo—. Voy a decirle a Doug que nos ocupamos del caso nosotros. Le enviaré un mensaje por escrito para que no pueda desmentirlo.
«Tengo instrucciones de personarme en el lugar de los hechos. Maggie dice que el comisionado de Salud considera problemático que vayas tú, por lo que están diciendo las noticias», me contesta en un mensaje de texto mi subdirector unos minutos después.
«Voy en camino. No salgas. De Rachael Stanwyck me ocupo yo. Si tienes alguna duda, llámame» . Me aseguro de que Doug entienda quién manda.
«No quiero ningún problema con los mandamases», contesta, y es evidente que no soy yo quien le preocupa.
—Más vale que avisemos a Fruge de lo que ocurre —decide Marino después de que le lea los textos—. Que se espere un desmadre si no se lo había figurado todavía.
Alarga la mano a la pantalla táctil del salpicadero para efectuar una llamada, pero la inspectora Blaise Fruge no contesta.
Claro que no contesta. No puede, qué duda cabe.
Alguien se está cerciorando de que así sea.
La pregunta es quién y por qué motivo. Quizá sea Maggie o Elvin. O puede que sea otra persona.
«Ha llamado a la inspectora Blaise Fruge de la policía de Alexandria. Si es una emergencia…», empieza el mensaje de su buzón de voz.
Su acento cantarín de Virginia me llama más la atención porque no la tengo delante.
Suena formal y afectada, como si se esforzara demasiado por que la tomen en serio.
Marino le deja un mensaje. Estamos teniendo problemas con filtraciones e intromisiones, dice.
Si se presenta alguien más de nuestra oficina en la escena del crimen, no autorices su acceso sin consultarnos primero.
—Da igual que sean Fabian o el doctor Schlaefer; la poli no debe dejarlos pasar sin nuestro consentimiento, y ahora mismo no lo damos —explica Marino en el mensaje—. Estamos casi en Belle Haven Market. Si sigue abierto, vamos al baño y nos vemos en unos minutos.
A cierta distancia de la carretera, entre frondosos árboles y arbustos, el almacén rural con apariencia de granero queda un poco más adelante hacia la izquierda, con la pintura roja de la fachada descascarillada.
El tejado de estaño reluce como el peltre conforme el sol se va acercando cada vez más al horizonte, y el porche que rodea la construcción aparece con su balancín grande, ahora vacío y en sombra.
Hasta hace poco, Benton, Lucy, mi hermana… , todos éramos clientes habituales.
Los fines de semana nos sentábamos a las mesas de pícnic de la parte de atrás y nos dábamos un festín de ensaladas y sándwiches.
Nos íbamos con bolsas de productos de proximidad o de elaboración casera y demás artículos especiales, incluido dulce de azúcar para Dorothy y chicles retro para Marino.
Es uno de mis sitios preferidos donde comprar, pero estas últimas semanas no he venido ni una sola vez. No es aconsejable.
El mercado es un punto de referencia local que aparece destacado en los mapas turísticos. Se puede comprar cerveza, vino, billetes de lotería, y dispone de un cajero automático. Viene gente de todas partes y sospecho que el negocio va viento en popa desde que empezó el juicio de Gilbert Hooke.
—Aún quedan algunas cosas con las que se puede contar —le comento a Marino cuando aminora la velocidad—. Este sitio no ha cambiado desde que yo iba a la universidad, y sigue teniendo los mejores sándwiches de Alexandria.
—No me lo recuerdes. Tengo tanta hambre que mi estómago se está digiriendo a sí mismo.
Cuando lo dice, a mí me ruge el mío. Lo último que he comido es un filete de pescado y unas patatas fritas de McDonald’s a primera hora de la tarde. Ahora me comería el doble, y pagaría un dineral por un té helado, un café, o cualquier cosa con cafeína.
—Apuesto a que la jueza y su hermana venían aquí desde niñas. —Marino pone el intermitente—. Seguramente Wally las lleve atendiendo desde siempre.
—Annie es clienta habitual. De las costumbres de compra de Rachael no tengo ni idea, aparte de que iba a menudo a la licorería local.
—Esa es otra cuestión: sus costumbres —dice—. No solo la compra, sino el alcohol, por ejemplo. ¿Bebía mucho? ¿Quizá más que antes por el estrés del divorcio? ¿Qué más andaba haciendo?
Marino accede al aparcamiento del mercado, donde en un letrero de caballete bien grande está escrito a mano el menú del día. Se me hace la boca agua al imaginar el rosbif con salsa picante en pan de masa madre tostado, o el cuenco de gazpacho especiado bien fresco.
Son las seis y cuarto de la tarde, y a menudo el mercado cierra temprano cuando se avecinan fuertes tormentas.
Pero es posible que estemos de suerte. A menos que alguien haya llevado a Wally Potter a casa, parece ser que no se ha ido todavía.
Su Malibu Classic azul está aparcado en la cochera de madera a la sombra de los crespones y los jacarandás.
No puedo evitar acordarme de mi padre cuando veo la furgoneta vintage, solo que la suya era una Ford con panales laterales de imitación a madera.
Recuerdo el olor a vinilo al sol de Miami, los seguros de la puerta que parecían tees de golf, el aire caliente que entraba de golpe cuando se bajaban las ventanillas a mano.
No hay más vehículos, ni nadie a la vista cuando Marino pasa por delante de la isla con el surtidor de autoservicio.
Mientras haces recados puedes llenar el depósito y limpiar el parabrisas, comprobar el nivel de aceite e hinchar los neumáticos.
A un lado hay un enorme cobertizo sin pintar donde se guarda la leña durante los meses más fríos, así como guirnaldas frescas, calabazas y lirios en macetas, dependiendo de la festividad.
Hay un baño que no se puede usar sin pasar antes por el mostrador a por la llave, y un pipicán con bolsitas biodegradables.
Como la tienda de ultramarinos que regentaba mi padre antes de enfermar, Belle Haven tiene un poquito de algo para todo el mundo.
Marino aparca delante y me fijo en que no está puesto el cartel de cerrado. Pero no lo ponen siempre, depende de quién cierre el establecimiento, en especial si es el propietario. Wally es más bien olvidadizo, y detrás de la caja registradora veo por la ventana su silla ergonómica desocupada.
—No me da la sensación de que siga abierto —le comento a Marino.
—Igual está en la parte de atrás, seguro que trasteando un poco antes de marcharse.
—No oye muy bien, pero debería vernos por las cámaras de seguridad —añado.
—Suponiendo que funcionen y que él o quien sea las mire.
Busco el número de teléfono del establecimiento. Llamo y descubro que la línea está ocupada.
—Debe de estar hablando por teléfono —decido—. Si se ha enterado de lo de Rachael, imagino que estará llamando a alguien o lo estarán llamando a él.
—Voy a probar la puerta —dice Marino.