Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Querrás decir en la bragueta.

—Eso no podemos demostrarlo, ni casi nada —contesto.

—Tenemos que buscar algo que achacarle, como las filtraciones a los medios, porque sabemos perfectamente que es ella. ¿Qué saca a cambio de los favores que les hace a las Dana Diletti del mundo? Nuestra oficina parece un puñetero colador.

—¿Y quién va a hacer algo al respecto? —replico, aunque es un argumento trillado a estas alturas—.

Elvin supervisa todo lo que tiene que ver con la salud pública en la mancomunidad, lo que incluye cómo muere la gente.

Yo respondo ante él. —Es una idea odiosa, y Marino no la puede aceptar—.

Elvin tiene todo el poder, y lo dispuso de este modo para que sea exactamente como es.

Seguro que se lo está pasando en grande.

Mi predecesor, Elvin Reddy, es de los que ni olvidan ni perdonan.

No deja pasar ninguna oportunidad para hacerme pagar por haberlo sacado del programa de especialización en patología forense que yo dirigía.

Fue hace décadas, cuando acababa de incorporarme al trabajo, que era un club exclusivamente masculino.

Como primera jefa de Medicina forense de Virginia, tenía ideas muy concretas acerca de no causar daño.

La muerte no se debía politizar. No era un asunto que se pudiera explotar o trivializar.

Me negué a servir de mentora a Elvin o escribirle una carta de recomendación siquiera, y hoy haría exactamente lo mismo.

Cuando accedí a sustituirlo como médica forense en jefe el año pasado, no sabía el resto de la historia.

No fue hasta que me mudé aquí cuando descubrí que su secretaria, Maggie, no iba a irse con él.

Me había correspondido en herencia. Luego a él lo nombraron comisionado de Salud.

Marino lo describe como que me hicieron caer en una trampa.

Me sujeto de nuevo al reposabrazos cuando derrapa para entrar por otra bocacalle.

No es tan estrecha como la de antes, y estamos a escasas manzanas del río.

El sol se abre paso entre las nubes y un arcoíris perfecto corona el cielo sobre la torre de la basílica de Santa María.

No voy a misa desde que empezó la pandemia.

Antes tenía otras excusas, a decir verdad.

—Vamos a ver qué dice Maggie, qué mejunje ponzoñoso ha estado removiendo esta vez. —La llamo al móvil y apenas suena antes de que se ponga.

—Ya era hora de que me devolviera la llamada. —Su voz resuena en tono áspero por los altavoces de la furgoneta.

—He estado un poco liada, como bien sabes —respondo.

—Le he dejado mensaje de que el comisionado de Salud tiene que hablar con usted. —El refinado acento británico de mi secretaria contradice su falta de cortesía elemental.

Me doy cuenta por el ruido de fondo de que ha vuelto de la oficina a casa.

Parece que está en la calle paseando al perro, y me pide que espere un momento.

La oigo coger en brazos a Emma, su perra de raza corgi, mientras Marino me mira moviendo la cabeza de lado a lado con aversión.

Entonces Maggie retoma la conversación para decirme lo frustrante que es cuando no doy señales de vida.

—Resulta imposible localizarla, como siempre, constantemente revoloteando por ahí con su socio sabueso en su furgoneta chupagasolina —dice, y derrocha resentimiento tanto como gases una bomba—. Por cierto, tenemos que hablar de los gastos que presenta ese para gasolina y demás…

—Sabes exactamente dónde he estado. —No hago el menor esfuerzo por mostrarme atenta, ni siquiera amable—. No he tenido ocasión de ocuparme de nada desde que he escapado de una situación de lo más inestable en el juzgado hace unos minutos…

—No me cabe duda de que le vendrían bien unas vacaciones, un respiro de toda esta locura. —Maggie se apresura a interrumpirme, y tengo claro con quién ha estado hablando—. Hoy en particular ha sido… Bueno, no hay otra palabra para describirlo que «deplorable».

—¿Qué quieres, Maggie?

—Creo que aún no ha llamado al doctor Reddy, ¿verdad?

—¿Llamarlo para qué?

—Si se hubiera molestado en devolverme la llamada a tiempo, lo sabría. —Tal como me habla, cualquiera diría que la jefa es ella—. Bueno, ahora no va a poder encontrarlo.

Seguro que Elvin tiene mucho que decir acerca de las salidas de tono de Marino, y de mi carrera descalza por la acera en la plaza de los Tribunales. Toda muestra de bochorno, error y desgracia en público es un regalo cuando tu rival tiene el carácter obsesivo de un acosador.

—El doctor Reddy está cenando en la mansión del gobernador, y ha esperado todo lo que ha podido. Me temo que ha perdido usted la ocasión. —La arrogante voz de Maggie resuena en el interior de la furgoneta.

—¿Qué es tan urgente? —Sigo acalorada de ira—. ¿Por qué es más importante que el asunto que estamos a punto de abordar Marino y yo…?

—Me temo que el espectáculo de hace un rato está por todas partes. —Maggie sigue interrumpiéndome—. A él y a otros tampoco les hace ninguna gracia el comportamiento de su socio. Es sencillamente vergonzoso cómo amenaza e intimida…

—¡Tienes que estar de coña, joder! —Marino se siente obligado a intervenir de la manera más soez posible.

—Vaya lengua —lo reprende ella, y me imagino su rostro, de una belleza altiva, afilado como una cuchilla.

Veo su sonrisa engreída y satisfecha mientras pasea a su perra mimada por la exclusiva urbanización de Old Town. Le digo que los del Canal 5 se han enterado de la muerte de Rachael Stanwyck más o menos en el momento en que la inspectora Fruge ha informado de la misma a nuestra oficina.

—Dana Diletti ha sido la primera en dar en directo la noticia, tendiéndome otra de sus emboscadas. —Mi acusación es evidente—. Algo que se viene repitiendo con demasiada frecuencia. Y está yendo a peor.

—Es una de las muchas cosas que preocupan al doctor Reddy —observa Maggie—. Pero aún más preocupante es su claro conflicto de intereses.

Rachael Stanwyck está vinculada con un controvertido juicio que ha sido noticia internacional. Es hermana de la jueza del caso. Por lo visto, Annie Chilton y yo nos conocemos desde hace mucho, va enumerando Maggie.

—Sabe mejor que la mayoría que hoy en día se puede averiguar casi todo.

—Su tono se vuelve insidioso como el siseo de una serpiente—.

Y, por lo visto, el comisionado de Salud ha reparado en que la jueza y usted vivieron un tiempo juntas en un sitio precioso que, diría yo, no estaba a su alcance por aquel entonces.