Capítulo 7
—Se suponía que el presidente iba a visitar el cementerio de Ivy Hill para asistir a una ceremonia a las dos y media, pero han hecho dar media vuelta a la comitiva.
—Sigo mirando las últimas noticias, pero no hay casi nada reseñable—.
Ha regresado a la Casa Blanca. No encuentro mucho más, ni siquiera en sitios web del gobierno.
—Deben de querer que no trascienda —observa Marino.
—Sea lo que sea, se lo están tomando en serio.
—Apuesto a que los federales han sitiado Alexandria, quizá toda la zona del gran D. C., porque hay un sospechoso. Es posible que más de uno. —Marino tiene ambas manos tensamente aferradas al volante; las luces de freno rojas se prolongan, somnolientas, hasta donde alcanza la vista.
—Por desgracia, ya están saliendo en todas partes artículos sobre la muerte sospechosa y espeluznante de Rachael Stanwyck.
—Le cuento a Marino lo que voy encontrando a medida que avanzamos entre el horrible tráfico—.
Se están cociendo conspiraciones sobre las hermanas Chilton, y cito, «tan privilegiadas y peculiares».
Se ha publicado la dirección de Annie. Hay habladurías sobre su pasividad en el estrado durante el juicio de Gilbert Hooke.
Se la acusa de mostrar favoritismo por Bose Flagler y de tratar a Sal Gallo de una manera deplorable.
Corren rumores sobre por qué no se ha casado y vive sola en la «mansión embrujada» del siglo XVIII de la familia.
—Olvídate de nada parecido a la intimidad —le comento a Marino—. Todo esto sería horrible para cualquiera, pero es especialmente peligroso para una jueza, y por desgracia no es muy rigurosa con la seguridad, como estás a punto de descubrir.
Él no ha estado nunca en Chilton Farms, y no le hará gracia cuando lleguemos.
Quizá haya fantasmas o quizá no; eso no puedo asegurarlo, aunque he oído ruidos extraños de sobra.
He visto sombras peculiares y he atisbado de reojo imágenes extrañas al pasar en los espejos.
Lo que puedo afirmar categóricamente es que la propiedad infestada de malas hierbas es refugio seguro para gusanos, garrapatas, mosquitos y demás insectos antisociales.
Annie no quiere saber nada de pesticidas, ni siquiera de los naturales como el espray de ajo. La iluminación exterior es casi inexistente. Mientras lo describo, Marino coge el arma y se la pone en el regazo junto con los cargadores de repuesto.
—¡Prepárate, Doc! —Su atención está puesta en todas partes; los músculos de la mandíbula, tensos.
Me fijo en un muro de ladrillo a nuestra derecha entre la niebla arremolinada. Justo al otro lado hay una callejuela por la que Benton y yo solíamos pasar cuando aún era seguro dar largos paseos por Old Town.
—¡¡Agárrate bien!! —grita Marino.
Es la señal para que me aferre al reposabrazos y apoye la nuca en el respaldo del asiento para que no me golpee contra la ventanilla o me rompa el cuello durante una de sus maniobras dignas de la NASCAR.
Pisa el acelerador al tiempo que gira el volante, los neumáticos chirrían, el motor se embala y la fuerza del giro me lanza contra la portezuela.
—¡Bum! ¡Esto es otra cosa! —Repliega los retrovisores exteriores.
Serpea con la enorme furgoneta por un estrecho carril destinado en un principio a viandantes y coches de caballos.
—Ten cuidado con esa columna de piedra a la izquierda. —La señalo entre la niebla.
—Es imposible que nos esté siguiendo nadie.
Encantado consigo mismo, sigue adelante por la calle sembrada de baches, los faros antiniebla reflejados en el agua y los adoquines mojados.
Si bajase la ventanilla, alcanzaría a tocar las fachadas traseras y las verjas de hierro de las imponentes y antiguas residencias.
Pasamos a escasos centímetros de las ramas de viejísimos árboles de hoja perenne y setos de boj común.
—No está siendo un trayecto muy suave, lo siento. —Me mira de soslayo y veo mi reflejo distorsionado en sus gafas de espejo—. Pero es mejor que pasarnos toda la eternidad en King Street.
Me vuelvo en el asiento para ver si están por ahí Dana Diletti y su equipo. El estrecho pasaje detrás de nosotros se ve vacío y brumoso, sin el menor rastro de la camioneta blanca con el logo de la cadena de noticias.
—Creo que has despistado a los del Canal 5 y a todos los demás —confirmo—. Tampoco me sorprende. Me parece que aquí no están permitidos los coches, ni nada con motor o que sea mucho más grande que un carrito de golf.
—Me parece que ahora mismo te vendría bien una calada. —Marino abre lo que antes era el cenicero—. Y a mí también.
Hurga en sus reservas de chicle retro que le recuerda tiempos mejores. Los aromas familiares de las marcas Teaberry, Juicy Fruit, Bazooka y Dubble Bubble me traen intensos recuerdos de la infancia, cuando ayudaba en la tienda de barrio de mi padre.
—Gracias. —Cojo el Wrigley’s Spearmint que me ofrece Marino: los dos somos fumadores en proceso de rehabilitación.
Enrolla tres láminas de chicle y se las mete en la boca. En el interior de la furgoneta hay un dulce olor mentolado mientras conduce por la callejuela, dejando atrás verjas de hierro forjado y fachadas. Miro el móvil para ver los mensajes.
—¿Te ha dicho Lucy qué iba a hacer hoy? —Marino lo pregunta con despreocupación, como si no le molestara que no estén tan unidos.
—Hemos tomado un café antes de que pasaras a recogerme esta mañana, pero no ha mencionado nada específico —respondo—. Llevaba ropa de andar en bici y la mochila, o sea que pensaba ir a alguna parte.
—Por lo menos no está encerrada en su casa las veinticuatro horas del día hablando con un avatar como si fuera una persona real —comenta en tono no muy agradable.
—Eso no es justo. Ni exacto.
—No quiero que se nos vuelva más rara aún, Doc. Va por ahí en su bici tuneada como si estuviera en un campeonato de deportes de acción, persiguiendo señales de radio y sucesos extraños en mitad de la noche.
En realidad, no le preocupa a qué dedique el tiempo mi sobrina.
Lo que le mosquea a Marino es que ella vuelve a ser agente en toda regla de un organismo policial, y él no.
Le duele no poder detener y encerrar a gente, mientras que Lucy sí puede.
Eso además de que su relación con ella se enfrió considerablemente después de que se casara con su madre.
El tráfico no es ni remotamente tan malo ahora que estamos en South Royal Street con sus inmaculadas casas individuales y adosados, muchos con la bandera estadounidense en la entrada.
Las placas históricas de bronce en las fachadas son un recordatorio de que no se puede hacer ninguna reforma en la propiedad sin permiso de un comité para la preservación.
El sol bajo asoma reluciente por entre las nubes en retirada cuando nos vamos alejando de los barrios atestados.
Nos dirigimos hacia el tramo en buena medida deshabitado a orillas del río Potomac, donde se criaron Annie y Rachael Chilton.
La bruma se está levantando y sale vapor de las aceras.
Una franja de intensa luz dorada se extiende por el horizonte; vuelvo a mirar los mensajes y le envío otro a Fabian Etienne.
—Dile que evite King Street, a menos que quiera quedarse allí hasta convertirse en un esqueleto —advierte Marino.
—No tiene sentido decirle nada si no se molesta en contestar. —Estoy a punto de hartarme.
—Joder, es justo lo que más ilusión le hace —dice Marino—. Un caso de los grandes que acapara la actualidad, y él se presenta como la Parca. Seguramente lleva media hora guapeándose delante del espejo, maquillándose y retocándose las uñas.
—Fabian nunca me contesta de inmediato a no ser que le convenga —respondo, y el problema que tengo con el investigador forense no tiene que ver con su apariencia.
No tiene que ver con su gusto a la hora de vestirse, ni siquiera con su cliché preferido.
Nuestra jornada empieza cuando acaba la tuya, serigrafiado e impreso en camisetas y tazas de café que vende en internet.
No tengo control sobre Fabian. Bastante grave era cuando llegué aquí, pero un año después es algo parecido a una causa perdida.
No me cabe duda de quién influye en él, y la cosa está yendo a peor. Pienso en encuentros recientes con el antiguo asistente médico que asegura haber soñado siempre con ser investigador forense. Ayer, tardé horas en localizarlo, y al final bajé en ascensor a la sección anatómica.
Los móviles no funcionan muy bien allí, y esa es su excusa cuando no contesta. Lo descubrí inyectando formaldehído en la arteria femoral del cadáver más reciente donado a la ciencia. Lo estaba embalsamando sin nadie más presente.
—Es la tercera vez que lo pillo —le recuerdo a Marino—. Dios sabe cuántas veces lo habrá hecho. Fabian ha decidido que no me rinde cuentas a mí, y a ti tampoco. Y no creo que sea el único que lo ha decidido.
Le envío otro mensaje de texto para advertirle sobre el tráfico.
Le doy instrucciones de que se ponga en marcha y añado que espero que haya recibido mis mensajes anteriores.
Tiene que llevar más equipos de protección personal y coger de paso un pijama sanitario y calzado de quirófano para mí.
No quiero que esté en mi despacho hurgando en mis prendas personales.
Tampoco quiero que mi secretaria toque mis pertenencias.
—Qué coñazo. —Marino mira el tráfico a nuestro alrededor.
Logra avanzar un poquito con la furgoneta, y salta a la vista que está a punto de hacer otra de las suyas.
—¡Agárrate bien, Doc!
Enciende las luces como un poli fardón. Pisa a fondo y se mete por otra bocacalle mientras yo aferro el maletín y me engancho otra vez al apoyabrazos.
—Vas a tener que hacer algo con ella. —Marino se refiere a Maggie—. Antes de que sea demasiado tarde. Aunque quizá ya lo sea.
—Ya sabes lo difícil que es despedir a alguien que trabaja para el estado —repongo—. Sobre todo, si esa persona está protegida como lo está Maggie desde hace décadas. Si fuéramos a por ella, sería una guerra sin cuartel. Y no la ganaríamos, porque Elvin la tiene en el bolsillo.