Capítulo 6 #2
Intenta de nuevo incorporarse al tráfico por las bravas, pero nadie se lo permite. La vibración del anillo me indica que mi secretaria, Maggie, está llamando de nuevo. No pienso contestar.
—¡Muchas gracias! —Maldiciendo y echando pestes, Marino sigue esforzándose en vano—. ¡Gilipollas! ¡Panda de idiotas!
Al tiempo que suelta otras lindezas por si acaso, baja la ventanilla y agita el musculoso brazo tatuado bajo la lluvia brumosa gritando a los demás conductores.
Aunque no los oímos, algunos le contestan y hacen gestos ofensivos.
Espero que no acabemos metidos en una trifulca de tráfico multitudinaria.
—¿A qué viene tanta prisa? —grita a todo el mundo y a nadie en particular, con odio en la mirada y las venas del cuello hinchadas—. ¿Vas a perder el culo? ¿No sabes lo que es una puta emergencia? Bueno, pues ya te lo voy a enseñar yo.
Enciende las luces estroboscópicas verdes y blancas, que no sé si son legales porque parpadean tan deprisa que dan vértigo.
—¡AGÁRRATE BIEN, DOC!
Coge la sirena de mano del soporte, y yo me tapo los oídos.
—¡¡Al ataque!!
Se abre paso a fuerza de pitidos para incorporarse al tráfico mientras los pitidos resuenan en una cacofonía discordante. Adelantamos a la camioneta de noticias del Canal 5, que se las apaña para situarse detrás de nosotros en una maniobra tan violenta que está a punto de causar un accidente.
—¡Joder! —grita Marino mientras avanzamos al ritmo del tráfico lento, las luces del escáner de la policía oscilantes, el volumen al mínimo—. ¡Ya está bien de tanta mierda!
Su semblante ceñudo se refleja en los espejos cuando apaga las luces de emergencia, y la lluvia sigue entrando por la ventanilla hasta que la cierra del todo.
Con gesto irritado, intenta secarse los ojos con la manga de la camiseta empapada, así que le paso unos pañuelos de papel.
Se enjuga la cara y luego el cráneo rasurado mientras empiezo a contarle lo que podemos esperar.
—Rachael Stanwyck trabajaba en la CIA. Basta con que trabajara en la CIA para que se arme un buen revuelo; no hace falta que fuera espía —explico—.
Yo no tendré control sobre buena parte de lo que ocurra ahora.
No el control que acostumbro a tener, dependiendo de las circunstancias, y a fin de cuentas es posible que nunca averigüemos toda la verdad acerca de quién era. Ni de lo que ha pasado y por qué.
—¿Qué te decía el instinto sobre ella? —Marino se pone las Ray-Ban de espejo, tintadas de ámbar para la niebla y la bruma.
—No la conocía —repito—. Cuando Annie y yo íbamos juntas Derecho en Georgetown, de vez en cuando pasaba un fin de semana en Chilton Farms. Su hermana jamás estaba. Detestaba ese lugar, y nunca me ha dado la impresión de que tuviera mucha presencia en nada relacionado con la vida de Annie.
—Rachael parece de esas personas que cabrean a la gente —observa Marino—. Podría ser un detalle importante si resulta que alguien se la cargó.
—Me da la sensación de que se le daba bastante bien ofender a los demás —respondo—. Lucy y yo nos encontramos una vez con ella en la licorería de Saint Asaph Street, donde creo que Rachael era clienta habitual.
Fue unas semanas antes del comienzo del juicio de Gilbert Hooke, cuando la vida era todavía relativamente normal en Old Town.
No había forasteros hostiles acampados ni equipos de noticias o periodistas de aquí y de fuera.
No había peligro en ir a nuestros lugares predilectos de la zona, y Lucy y yo habíamos salido a montar en bici por la ruta de Mount Vernon.
La seguimos hasta Gravelly Point, donde los aficionados a los aviones van a observar el tráfico aéreo que despega y aterriza en el Aeropuerto Nacional Ronald Reagan de Washington.
De regreso a casa, decidimos que era una buena noche para fajitas y margaritas, y paramos a comprar un par de botellas de tequila.
Estábamos guardando la compra en las mochilas cuando entró Rachael.
Llevaba un traje de falda ceñido azul marino de Dolce el moratón rojo intenso se está oscureciendo.
Hago fotografías y entretanto Marino escudriña sin cesar los espejos, lanzando resoplidos exasperados.
No hemos recorrido más que unas pocas manzanas.
La farmacia CVS queda a nuestra izquierda.
Justo después está la tienda de bicicletas preferida de Lucy y el restaurante indio que tanto le gusta a Benton.
Las luces del tráfico y la lluvia que no deja de caer distraen y confunden.
La rejilla de aspecto amenazador de la furgoneta está alarmantemente cerca del deportivo de delante, lo que conlleva soportar las estrepitosas señales sonoras.
Allí donde mire, descubro accidentes y broncas a punto de estallar, porque algunos de los conductores que vuelven del trabajo se comportan como seres primitivos.
Me viene a la cabeza que Marino y yo hemos pasado toda la tarde en una sala de vistas.
Antes hemos estado en la de autopsias. Llevo buena parte del día sin acceso al móvil.
Hemos estado en nuestra propia burbuja mórbida, y sospecho que están ocurriendo muchas cosas de las que no tenemos noticia.
—No sé si había visto nunca esto tan mal.
Tiene que estar pasando algo más. —Me pongo a revisar las alertas de emergencia y las aplicaciones de tráfico—.
Quizá un accidente grave o algún otro desastre en la zona.
No es una hora punta normal, ni siquiera con tormenta antes de un fin de semana festivo.
—Y que lo digas —se lamenta Marino—. Ahora mismo vamos a diez kilómetros por hora y la gente se comporta como si fuera el fin del mundo.
No tardamos mucho en descubrir que la causa del caos es el presidente de Estados Unidos.
Ha hecho una visita a Old Town esta tarde, y ha habido problemas de seguridad; se ha advertido un peligro inminente de resultas del cual han desviado su comitiva de automóviles.
Han tenido que cerrar tramos de King Street y la autopista George Washington Memorial durante un tiempo considerable.
No es de extrañar que no haya tenido noticias de Benton y Lucy.
Ante cualquier amenaza al presidente, se hace cargo el Servicio Secreto.
Seguro que mi marido se ve involucrado. Probablemente mi sobrina también.
Él es su máximo analista de amenazas y experto en perfiles criminales.
Ella es experta en asuntos técnicos, una categoría intencionadamente ambigua.
—Durante un rato ha estado cerrado hasta el puente Woodrow Wilson en ambas direcciones —informo a Marino.
—¿Qué problemas de seguridad? ¿Se sabe algo más? —me pregunta mientras consulto artículos de prensa y demás información.