Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 6
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Capítulo 6

—Por si el caso no fuera lo bastante extraño, ha dado otro espantoso giro que plantea la posibilidad de que se declare juicio nulo. —Y ya tengo a Dana Diletti encima—. ¿Doctora Scarpetta? ¿Me concede un momento…?

—¡Ahora no! —ladra Marino mientras restallan los truenos y los relámpagos iluminan el inestable cielo encapotado.

—Seguro que están al tanto de las últimas novedades, ¿no?

—pregunta Dana con el aguacero como fondo, y tengo la sensación de que va a asestarme un golpe a traición—.

¿Es verdad que acaban de encontrar muerta a la hermana de la jueza Chilton en circunstancias sospechosas?

Rachael Stanwyck, secretaria de prensa de la CIA…

No tengo nada que decir, y nadie que le tuviera aprecio debería enterarse así. Sigo intentando huir mientras los relámpagos relumbran inquietantemente cerca y los truenos rasgan el aire.

—¿Puede confirmar que hay sospechas de que se trata de un crimen?

Me distrae notar que el tacón de mi zapato de cuero derecho parece cada vez más inestable, con el riesgo que eso conlleva.

—Debe de resultarle triste a título personal. Sé por fuentes fiables que la jueza Chilton y usted fueron compañeras de piso y siguen siendo amigas íntimas…

Uno de los paraguas de Dana está a punto de clavárseme en un ojo mientras su equipo me persigue por la acera como una jauría. Marino no puede hacer otra cosa que ir unos pasos por delante, empapado hasta los huesos y furioso.

—¿Se dirige a Chilton Farms ahora mismo? —La voz de Dana me sigue de cerca como la cola de una cometa.

Procurando apoyar bien el pie derecho para que el tacón aguante, me apresuro con un andar desmañado que no debe de quedar muy bien en cámara, como tampoco debe de dar buena imagen que me refugie detrás del maletín mientras me persiguen por la acera.

Llevo el traje de lino gris y la blusa de seda blanca pegados al cuerpo como si me hubieran envasado al vacío, y tampoco es esa la imagen que quiero ofrecer.

—¿Doctora Scarpetta? ¿Cree que la jueza se eximirá? ¿Espera que el juicio contra Gilbert Hooke se declare nulo? Y, de ser así, ¿qué supondrá…?

Dana y su equino no cejan en la persecución, y gracias a Dios que la furgoneta de Marino está cerca. La desbloquea a distancia, lo que hace que las luces destellen bajo el diluvio brumoso. Se me adelanta en el momento en que el tacón flojo del zapato derecho se desprende por completo.

—¡Jodddd…! —reniego entre dientes, casi tropezando otra vez—. ¡Maldita sea!

Me quito los zapatos de cuero, ya totalmente estropeados, y debo de tener aspecto de fugitiva o de chalada.

Echo a correr con los pies solo cubiertos por las medias, pisando charcos y losetas que, sembradas de pétalos de flores, están resbaladizas.

La lluvia me golpea la coronilla, y el tobillo lastimado me duele mucho.

—¡Vamos! —grito para hacerme oír bajo el aguacero cuando Marino abre la puerta del lado del acompañante, y no estaríamos más calados aunque nos hubiéramos caído a una piscina.

—¿Qué demonios…? —Se me queda mirando los pies sucios y las medias hechas jirones—. ¿Qué les ha pasado a tus zapatos?

—¡Da igual! —Me monto en el asiento.

Rodea el coche a toda prisa hasta el lado del conductor y se pone al volante.

Chorreamos agua sobre el tapizado de cuero, que aún huele a nuevo, mientras la lluvia repiquetea con fuerza contra el techo.

Pone en marcha la furgoneta y noto ese rugido cuando arranca en mis entrañas.

Las sirenas de emergencia que ululan a los lejos se están acercando, seguramente camino de Chilton Farms.

Annie vive a unos treinta minutos de la plaza de los Tribunales cuando el tráfico es normal, pero en las condiciones actuales, si estuviera sola tardaría una hora o más.

Por suerte, Marino no conduce un vehículo propiedad del estado, como mi Subaru del trabajo con el escudo de Virginia.

En su furgoneta personal, de aspecto tan siniestro, tiene mucho más potencial que yo para saltarse las normas.

Como profesional independiente que trabaja más que nada pro bono , no tiene tantos escrúpulos como yo cuando llama el deber.

No hay mediana, propiedad privada o carril de bicicleta o peatones que considere de acceso prohibido.

Está encantado de superar el límite de velocidad, saltarse semáforos en rojo, hacer cambios de sentido ilegales y encender los dispositivos luminosos que instaló por su cuenta.

Si la situación es lo bastante apurada, recurre a una sirena portátil capaz de despertar a los muertos.

Se apresura a enseñar su placa de investigador forense como si todavía fuera poli, pavoneándose y dejando bien claras sus opiniones mientras da órdenes.

A diferencia de él, yo no me salto los protocolos ni la ley cuando me conviene.

Más me vale no cometer ningún abuso de poder.

Aunque no sé qué podría hacer ni siquiera Marino para mejorar nuestra situación actual, porque, a pesar de la prisa que tenemos, no estamos yendo a ninguna parte.

Encajados entre los demás coches aparcados, no podemos avanzar más de uno o dos palmos.

Hay menos sitio aún para dar marcha atrás, y a nuestra derecha están los parquímetros y la acera.

La única opción es salir por la izquierda, suponiendo que alguien nos deje, y no parece que haya buenos samaritanos o vecinos decentes siquiera.

Al cuerno con la regla de oro. Seguro que nadie se fija en nosotros. Cada cual que se las apañe como pueda.

—Me parece que ni tú vas a poder salir de esta locura. —Vuelvo la vista hacia un peligroso enjambre de luces intensas y estrepitosos motores, además de gente hostil al volante.

—¡Dios santo! ¿Tan difícil es cederle el paso a alguien? —Marino empieza a tocar la bocina—. ¿Qué le pasa a todo el mundo?

—No sé cómo vamos a llegar al lugar de los hechos o a ninguna otra parte —respondo mientras una niebla densa nos devuelve el brillo de nuestros faros antiniebla.

Hay coches y peatones por todas partes, y a estas horas de un jueves por la tarde son sobre todo jóvenes que salen.

Restaurantes, bares y tiendas están abiertos a pesar del mal tiempo.

Por lo visto, la gente empieza temprano a aprovechar el puente.

Es happy hour en plena temporada alta, y Marino sigue renegando mientras intenta en vano incorporarse al tráfico de King Street.

Busco en el interior del maletín impermeable pañuelos de papel y un tubo de crema protectora de labios.

El sobre rosa de Shannon Park está seco y a salvo, igual que mis expedientes y todo lo demás, gracias a Lucy.

Nunca pierde la oportunidad de facilitarme los últimos pertrechos tácticos.

El maletín bandolera negro que llevo a todas partes parece un accesorio normal, pero el material con aspecto de cuero es polietileno de ultra peso molecular.

Está entretejido con microfibras de cobre conductoras de electricidad y dotado de sensores que no alcanzo a ver.

El maletín se despliega como si fuera de origami para formar un escudo contra proyectiles, cuchillos y radiación mortífera.

Dispone de compartimentos secretos con paneles de kevlar flexibles y ligeros como una pluma; ahora mismo el bolsillo de acceso fácil está vacío salvo por mi móvil. Vuelvo a sacarlo.

—No sería mala idea tener unas toallas, Marino, la verdad. —Le doy el mismo consejo útil cada vez que nos pilla un chaparrón—. Sobre todo, teniendo en cuenta que tienes fobia a los paraguas porque crees que no dan buena imagen. Bueno, esto tampoco da buena imagen.

El agua comienza a formar un charco bajo mis pies, y dentro de poco estaré helándome con el aire acondicionado.

—Lo que pasa es que llevo un montón de porquería en la furgo por culpa de lo que otros creen que necesito. —Se refiere a Dorothy—. Hace unas semanas estaba convencida de que yo no podía vivir sin un extintor y una mininevera. Antes, sin un elegante estuche de herramientas de diseño que nunca uso.

Marino va poniendo excusas mientras hurga con una mano bajo nuestros asientos.

Hago lo que puedo para no estorbar, remetiendo las piernas hacia un lado u otro.

Los limpiaparabrisas no dejan de oscilar de aquí para allá con un ruido sordo barriendo agua del parabrisas; sigue lloviendo, aunque no tan fuerte como antes.

La tormenta ya se está alejando; lo típico durante los cálidos y húmedos veranos de Virginia.

—Toma, tendrás que conformarte con esto. —Marino me tiende un rollo deformado de toallitas de papel azules en el que quedan unas diez unidades.

Son de esas gruesas que usa para lustrar los neumáticos y los embellecedores, para limpiar la fibra de carbono o los cristales de la furgoneta tan cara que le compró mi hermana.

Dorothy, novelista gráfica e influencer de éxito, lo mima a más no poder, comprándole todo lo que quiere y lo que no quiere.

Extraigo toallitas para los dos mientras me paso los dedos por el pelo mojado.

Contemplo mi reflejo en el retrovisor y me desmaquillo los ojos.

Me embadurno los labios de crema protectora, con una pinta de muerta que espanta, por usar la expresión de Dorothy.

Me subo la falda de la forma más pudorosa posible para quitarme las medias, que han quedado destrozadas y que, a continuación, tiro junto con las toallitas sucias a la bolsa roja para restos de riesgo biológico que cuelga de la palanca de cambios.

—Oh-oh. —Marino lanza una mirada de odio al equipo de noticias del Canal 5 a escasos vehículos de donde estamos aparcados—. Justo lo que no queremos.

Dana Diletti y su productora se montan a toda prisa en la camioneta y cierran la puerta corredera. El intermitente empieza a destellar y las ruedas delanteras giran hacia la izquierda. Percibo el aire agresivo y desafiante que destila Marino cuando me tiende las toallitas de papel empapadas.

—Quieren llegar antes que nosotros al escenario del crimen —señala—. Para filmar nuestra llegada con todo lujo de detalle.