Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Me tiende lo que parece una tarjeta de felicitación con algo que abulta dentro. Le prometo que le echaré un vistazo en cuanto tenga la oportunidad. Guardo el sobre en el maletín, y Shannon se va con la maleta rígida cubierta de adhesivos rodando detrás.

—Mi móvil está echando humo —le digo a Marino cuando continuamos a paso ligero pasillo adelante—. Maggie, Fabian, Fruge; hace veinte minutos que intenta ponerse en contacto conmigo un montón de gente.

—La jueza tiene una hermana, Rachael Stanwyck —responde, y que la mencione en este contexto es muy mala señal—.

Cuarenta y siete años, estaba pasando por un divorcio muy desagradable de Lance Stanwyck, un multimillonario que seguramente es un capullo.

Ella trabaja en la CIA. Es espía, en otras palabras. ¿Erais amigas?

—Es secretaria de prensa de la CIA, no una espía, que yo sepa. Se alojaba temporalmente con Annie mientras encontraba una casa nueva…

—Temporalmente, desde luego. Acaban de encontrar muerta a Rachael en el suelo de la cocina.

—Ay, Dios. —Me noto hueca por dentro.

—La jueza va a enterarse enseguida —observa Marino.

—Qué horror.

—Entonces ¿qué pasa con el juicio? Imagina que todo el mundo haya de pasar otra vez por ese calvario.

—¿Quién le dará la noticia a Annie? —pregunto cuando pasamos por delante de la cafetería; las luces están atenuadas, la entrada, obstruida por una cortina metálica.

—Fruge, seguramente —dice.

—Eso le viene muy grande.

—Y que lo digas.

—Como mínimo, va a ser un lío bastante serio —le digo—. Se va a armar un buen revuelo. Menos mal que Fruge te considera su Yoda.

—Y hace bien.

La inspectora más novata de la policía de Alexandria, Blaise Fruge, tiene talento. Creo que es de fiar, pero este no es un caso para que se vaya entrenando.

—Me ha enviado un mensaje para que la llame, pero no ha dicho por qué. ¿Qué sabemos hasta el momento? —le pregunto a Marino cuando llegamos al final del pasillo.

—Fruge considera la muerte sospechosa. Eso es lo que va a anunciar la policía. Pero en los mensajes que me ha mandado insinúa que es un homicidio. —Abre la puerta de la salida de incendios que da a las escaleras.

—¿En qué se basan?

—Creen que puede haber sido un allanamiento de morada que se torció. —Su vozarrón y sus botas resuenan en la caja de la escalera.

—¿Ha entrado alguien a robar? ¿Han agredido a Rachael cuando se subía o se bajaba del coche? ¿De qué hablamos? ¿De un tiroteo? ¿Un ataque con arma blanca? ¿Hay pruebas de agresión sexual?

—No lo sé. Seguro que Fruge no quiere presentar nada por escrito que puedan reclamar como prueba. Se lo he advertido muchas veces —dice Marino cuando llegamos al descansillo del primer piso. Y cómo me duele el tobillo.

Abre de un empujón la puerta de la salida de incendios que da a la calle y el chaparrón es tan estrepitoso como un túnel de lavado de coches; la lluvia repiquetea y crepita.

Cuando cruzamos el amplio patio tapiado, que si hace buen tiempo es bastante agradable, es como si nos estuvieran echando cubos de agua encima.

Por lo general, está abarrotado, pero en estos momentos solo nosotros dos vadeamos como mejor podemos los charcos con la cabeza gacha mientras fuertes rachas de viento sacuden nuestra ropa.

Los bancos de hierro forjado y las mesas de cafetería están vacíos bajo los árboles que no dejan de zarandearse.

No hay nadie más a la vista mientras seguimos adelante bajo cortinas de lluvia hinchadas por el viento.

No había ninguna tormenta a la vista cuando Marino ha pasado a recogerme esta mañana —como viene haciendo de un tiempo a esta parte—.

Hemos venido a los juzgados a primera hora de la tarde y no había ni una sola nube en el cielo.

La predicción meteorológica era de temperaturas altas y humedad, quizá un poco de lluvia.

Pero nada parecido a esto, y Marino no es de llevar paraguas.

El coche de trabajo que me facilita el gobierno, con la ropa de lluvia y el maletín forense, lo tengo aparcado en casa.

Marino ha insistido en llevarme durante el tiempo que dure el juicio en la ciudad, como siempre haciendo las veces de guardaespaldas.

No tengo nada para cambiarme salvo el equipo de protección personal (EPP) en un arcón instalado en la parte de atrás de la furgoneta, lo que no es ideal si no me queda nada seco que llevar debajo.

—¿A qué hora y quién ha encontrado el cadáver? —Levanto la voz para que me oiga pese al estruendo de la tormenta mientras seguimos avanzando por el patio y la lluvia fría me empapa la ropa.

—Lo único que sé es que el tipo que se ocupa de la propiedad había quedado con Rachael a media tarde —dice Marino, y ya sé a quién se refiere.

Holt Willard, de poco más de setenta años, lleva trabajando casi toda su vida para la familia Chilton.

Me lo he encontrado en una serie de visitas a lo largo de los años, incluida una hace poco cuando Annie me invitó a su casa.

He estado en la misma cocina donde nos han dicho que el cadáver de su hermana está en el suelo.

Me vienen a la cabeza imágenes fugaces de Rachael Stanwyck. Era preciosa y vivaz, pero me parecía vana e indiferente, tenía la mirada tristemente distraída las pocas veces que estuve con ella.

—¿Por qué había quedado con ella? —Levanto el maletín ante mí para protegerme la cara del aguacero.

—No lo sé —contesta Marino cuando llegamos a la acera, y luego guardamos silencio.

Dana Diletti está delante del palacio de justicia de estilo georgiano, uno de los pocos edificios públicos de Old Town que es una reproducción moderna.

A estas alturas, su equipo de grabación y ella están familiarizados con la furgoneta negra Ford Raptor de Marino, que sobresale por encima de otros vehículos sobre sus enormes neumáticos, aparcada en línea delante de un parquímetro cerca del Starbucks.

—¡Ya está bien, maldita sea! —dice Marino a voz en cuello cuando se encienden los focos de la cámara—. ¡Vamos!

Se me adelanta y hace de pantalla, agitando los brazos con furia. Está echando más gasolina al fuego, y además a la vista de todo el mundo.

—Soy Dana Diletti, en directo desde el tribunal del distrito de Old Town… —comienza.

La conocida y guapa periodista de televisión, de uno ochenta de estatura, parece imponente con el cuello de la gabardina militar caqui subido. Su equipo atiende todas sus necesidades, formando un dosel de paraguas como si fuera miembro de la realeza.

—Ha sido otro día explosivo en el juicio de Gilbert Hooke, acusado de asesinato… —dice por el micrófono.

La exjugadora de baloncesto profesional es hábil, rápida y audaz. Puede perseguir a cualquiera a pie sin que le falte el aliento y hace lo que sea necesario para apuntarse tantos, lo que incluye meter codazos, por así decir, y cometer otras faltas sin que nadie la penalice, por lo visto.