Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 5
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Capítulo 5

Cuando atravesamos la enorme sala de audiencias, con sus paneles de madera, molduras de yeso blanco en el techo y lámparas de araña con esferas de cristal, noto que se posan sobre Marino y sobre mí miradas hostiles.

Adopta entonces una expresión feroz, se le marcan los músculos de la mandíbula sin parar y tiene perlada de sudor la parte superior de su rasurado cráneo.

Evitamos mirar a un lado u otro del pasillo, pero con la visión periférica percibo gestos desagradables, gente que se propina codazos y hace comentarios sarcásticos.

—Así pues, nada de ir a dar un paseo, por favor. Lo más probable es que se encuentren con alguien relacionado con este caso, y eso podría ser desastroso… —continúa Annie, y reparo vagamente en el hombre que me ha llamado «comunista».

Sentado hacia el final, junto al pasillo, tiene la tez colorada de un bebedor que pasa demasiado tiempo al sol, y una larga barba gris que recuerda a esos jirones de musgo español.

Un tatuaje de la bandera estadounidense le cubre el cuello y le falta parte de la nariz y el labio inferior, seguramente debido a un cáncer de piel.

—¡Vas a morder el polvo, zorra! —gruñe entre dientes al tiempo que estira, como quien no quiere la cosa, la pierna escuálida rematada en una bota.

Trabándome el talón derecho, susurra obscenidades.

Tropiezo, y surge una oleada de exclamaciones ahogadas y la sensación, por mi parte, de haber recibido un golpe seco con un palo de hockey.

Del atestado organizador de acordeón se derraman expedientes de casos confidenciales, y es posible que este sea el peor día que he pasado ante un tribunal.

—¡Eh, Doc! —Marino me sujeta, lo que no hace sino abochornarme más.

La gente susurra y ríe con disimulo, y si Annie se da cuenta de lo que ocurre, no da señal de ello.

Está firmemente concentrada en seguir dando instrucciones al jurado mientras yo, furiosa, recojo con torpeza la documentación dispersa.

Me arde la cara y estoy incómoda con la falda ceñida.

Me las he arreglado para engancharme la media y casi perder un zapato.

Mientras intento recomponerme, me encuentro sin querer con la mirada fija de Gilbert Hooke.

Tiene los ojos tan claros como los de un husky siberiano, las comisuras de los labios apenas curvadas en una sonrisa que podría ser una mueca de desprecio.

Me lanza un guiño, y es como si me hubiera alcanzado una corriente de aire fría como el hielo.

Vuelvo a meter la documentación de cualquier manera en el maletín y voy dando traspiés detrás de Marino hacia la salida.

—¡Maldita sea! —exclama él cuando la puerta de madera de doble hoja se cierra a nuestra espalda—. ¡Vaya cabrón! ¡Tendría que haberle partido la puta pierna!

Con más de uno ochenta de estatura y la constitución de un peso pesado, Peter Rocco Marino tiene más aspecto de gorila o matón que de exinspector de Homicidios metido a especialista en operaciones forenses.

Oriundo de Bayonne, New Jersey, nunca ha perdido su acento ni su impronta original.

Puede ser grosero y maleducado, el típico tipo duro de película.

Es demasiado protector por naturaleza, en especial cuando se trata de mí.

Hay quien dice que ha adoptado una actitud territorial cuando he pasado por distintos institutos de medicina forense por el país a lo largo de los años.

Se ha reubicado una y otra vez conmigo. Da igual dónde se me requiera, él está allí; nos considera cómplices, pero somos más que eso.

Siempre lo hemos sido. Ahora es de la familia, y no me refiero solo a la familia extendida. Durante la primera ola de la pandemia, se casó con mi hermana Dorothy después de estar saliendo a intervalos durante años. Marino es mi cuñado. No creo que me acostumbre nunca a la idea.

—Más le vale a ese capullo que no me lo encuentre en alguna parte… —continúa con una voz que se oye bien lejos—. ¿Te has hecho daño, Doc?

—No es nada. —Tengo un dolor punzante en el tobillo.

—Ese hijo de puta lo va a pagar…

—Es mejor no llamar la atención —le recuerdo.

El pasillo no está del todo vacío a esas horas, y estoy atenta por si veo a la madre de April Tupelo, Nadine.

No quiero tropezar con ella ni con las acompañantes que la han seguido antes, y no puedo sino imaginar lo que deben de estar sintiendo.

Nada que yo pueda hacer atenuaría su dolor y su hostilidad, y entiendo que me culpen a mí.

Detesto pensar en lo que Bose Flagler debe de decirles a mis espaldas.

Bastante malo es ya lo que dice ante el tribunal.

Seguro que las ha convencido de que estoy conchabada con la defensa.

Que Gilbert Hooke me guiñe el ojo tampoco ayuda.

Marino se apresura hacia el letrero iluminado de la salida a lo lejos.

Mis tacones repiquetean contra el suelo en damero.

Pasamos por delante de las altas ventanas venecianas con vistas al patio tres plantas más abajo; la lluvia azota los cristales.

Retumban los truenos mientras los relámpagos iluminan el cielo encapotado en un atardecer tan oscuro que las farolas empiezan a encenderse.

Me consterna ver que King Street, la calle principal, es una franja sólida de vehículos en ambas direcciones.

Vamos a acabar empapados. No me hace ninguna gracia pasar una eternidad en un embotellamiento.

Hurgo en el maletín en busca del móvil, y no es de extrañar que el anillo inteligente esté vibrando como loco.

Mi secretaria, Maggie Cutbush, está intentando localizarme, igual que mi subdirector Doug Schlaefer, el investigador forense Fabian Etienne, y la inspectora de la policía de Alexandria Blaise Fruge, entre otros.

—¿Qué ocurre? —le pregunto a Marino—. Porque ocurre algo.

—Tenemos un problemón, quizá más de uno, y debemos salir de aquí cagando leches… —empieza a explicarme cuando nos interrumpe un golpetazo acompañado de exclamaciones impacientes.

—¡Mecachis!

La veterana periodista judicial Shannon Park sale dando tumbos del aseo de señoras.

—¡Uy!

Golpea otra vez la puerta con su tróley rígida y rosa con la larga asa metálica extendida.

—¡Caray! —dice con su cantarín acento irlandés, y entonces me ve—. ¿Kay? ¡Aquí estás, gracias a Dios!

Con poco más de sesenta años, es menuda como una niña y lleva el pelo erizado teñido de rojo con mechas fucsias que se vuelven rosas en las puntas.

Por lo general, va vestida como si un tornado hubiera pasado antes por una tienda de ropa de segunda mano, con distintas capas de prendas al azar que no combinan.

Hoy luce un gorro de pescador y unos mocasines que me recuerdan a mi infancia.

Lleva formando parte del sistema judicial de Virginia desde que Marino y yo estábamos empezando. La veíamos con regularidad y a menudo comíamos con ella. Ahora trabaja cuando quiere, elige unos casos y evita otros.

—¿Qué haces aquí tan tarde? ¿Y además en pleno monzón? —le pregunta Marino.

Ha estado cubriendo el proceso de Gilbert Hooke por las mañanas y es raro que esté aquí a estas horas.

—Tengo que entregar una cosa en persona —responde Shannon mientras retumban y crepitan más truenos y un viento feroz arroja lluvia contra los cristales de las ventanas—.

Y luego me he pasado con el café y he tenido que hacer una visita de urgencia.

—Su eufemismo anticuado para dar a entender que tenía que ir al servicio—. Temía que te hubieras marchado ya.

—Intentamos salir de aquí antes de que se levante la sesión en la sala de la jueza Chilton —explico para darle a entender que no me apetece mucho charlar—. Lo siento. ¿Qué tal si te llamo luego? ¿Qué haces este fin de semana? Igual puedes venir a casa.

—Me parece que no es buena idea, y no voy a estar por aquí. —Baja la voz en tono conspirativo.

Las ruedas de plástico resuenan con estrépito cuando acerca la maleta rígida, que está decorada con lazos rosas y adhesivos de arcoíris.

Dentro lleva su máquina de taquigrafía, grabadoras y demás utensilios.

También táperes de lo que se ha traído para comer, y la última novela de bolsillo que está leyendo, seguramente un thriller, como puedo deducir por experiencia.

—Quería deciros a los dos que he terminado aquí antes de lo que esperaba —anuncia Shannon.

—El jurado podría tardar días en emitir un veredicto —le recuerdo—. El juicio no ha acabado aún, por mucho que a todos nos gustase.

—Para mí sí —dice con rotundidad—. Lo dejo. Y no me refiero solo al caso de Gilbert Hooke. Me he hartado.

—Venga ya —responde Marino—. Eres la mejor periodista judicial que hay, los dedos más rápidos del Este.

—Me voy a Richmond a quedarme con mi hija una temporada, lo más lejos posible de esta bomba de relojería antes de que explote —contesta—.

Sea cual sea el veredicto, me da miedo que haya un brote de violencia.

Y además con el Cuatro de Julio a la vuelta de la esquina.

Pues no, gracias. Estoy harta de verme rodeada de gente horrible.

—¿Te acompañamos afuera? —Marino le guiña el ojo y me viene a la cabeza lo desagradable que ha sido que el acusado me lo guiñara a mí—. Más vale que nos larguemos antes de que la jueza Chilton deje salir a todos los gilipollas que hay ahí.

—Ah, no pasa nada. Tengo el coche a salvo en el garaje, que es donde debería estar el vuestro.

—Me gusta dejarlo justo delante, cielo. Ahí donde aparcas tú hay demasiados rincones ideales para alguien que se esconda entre las sombras o detrás de algo.

—Bueno, si alguien intenta acecharme a mí, se llevará una buena zurra.

—El paraguas con estampado de flores que lleva Shannon a modo de arma se parece a uno que tenía mi madre—.

Pero creo que voy a esperar un poco. Ya sabéis cómo son estas tormentas.

Escampan rápido. Ojalá ocurriera lo mismo con otras desgracias.

Hurga en la cartera acolchada y saca un sobre rosa que no lleva nada escrito.

—Para cuando tengas un momento, Kay. Cuando no vayas con prisa ni estés distraída.