Capítulo 4 #2
—Bueno, si no lo hace usted, yo sí voy a mostrar lo que ocurrió. Y dígame si estoy en lo cierto. —Con una violencia pasmosa, atraviesa la caja de cartón con la hoja, clavándola y cortando el material a fuerza de ruidosos desgarrones.
La gente reacciona con arranques de ira, aplausos y silbidos que se imponen a las protestas furibundas de Gallo y los martillazos de Annie sobre la mesa.
Una mujer muy flaca y de aspecto severo, que lleva una camiseta con el lema de JUSTICIA PARA APRIL , llora de manera incontrolable; ya la he visto también en las noticias.
Nadine Tupelo es la madre de la víctima.
—Soy consciente de que es insoportablemente duro. —Flagler ve cómo los que están sentados cerca retiran las piernas para dejarla pasar, dándole palmadas en la espalda y apretándole la mano.
Se unen a ella otras tres mujeres, seguro que familiares, y se apresuran a salir todas de la sala.
Van tras ellas varios periodistas, incluida Dana Diletti del Canal 5, que nunca pierde oportunidad de tenderme una emboscada.
Los murmullos de disgusto vuelven a aumentar y Annie da un martillazo de advertencia.
—¡Silencio, por favor!
—Lo que acabo de mostrar es lo que sucedió en realidad, ¿no es así, señora? —Flagler vuelve a centrarse en mí—. Eso es lo que le hizo el acusado al cadáver de April Tupelo antes de lanzarlo por la borda, ¿correcto? En lugar de su pobre afirmación de que fue cosa de la hélice de una lancha, ¿no?
—La periodicidad de las heridas no concuerda con los tajos al azar de un cuchillo ni de cualquier otra herramienta cortante —insisto sin mirarlo.
—Ya estamos con esa palabra altisonante. Periodicidad —dice en tono condescendiente a la vez que el alboroto inquieto en la sala crece de forma preocupante.
—Las incisiones en la espalda y las nalgas están exactamente a una distancia de tres centímetros y medio —informo al jurado—. El patrón es similar al que se observaría al pasar un rastrillo por la arena. Las marcas serían paralelas y estarían a la misma distancia. A eso me refiero con periodicidad.
Flagler sostiene en alto el cuchillo y la caja destrozada mientras camina de aquí para allá. Las emociones a ambos lados del pasillo se hacen eco del tiempo. Los truenos resuenan en estallidos escalonados, la lluvia golpea a rachas, el viento sopla en ráfagas y aúlla.
—Silencio, por favor —dice Annie.
—¡Usted ni siquiera estaba presente! —Flagler me señala con la punta del cuchillo, apuñala el aire para enfatizar sus palabras, cerciorándose de que las cámaras de televisión repartidas por la sala lo graben—. ¡Este caso ni se le pasó por la cabeza hasta hace unos meses!
—¡Protesto!
—Quizá por eso —continúa Flagler— le resulta tan fácil dejar que alguien quede impune del asesinato de una mujer joven y hermosa que tenía toda la vida por delante.
—¡¡Protesto!!
Más abucheos, solo que más fuertes, y la gente grita «culpable» y «noticias falsas». Otros se suman, acusándome de trabajar para la defensa, de estar comprada por políticos. Un tipo de aspecto intimidante al fondo me llama «comunista» y una joven grita que soy una «nazi ladrona de cuerpos».
—Orden. ¡Orden! ¡¡Orden!!
—Señoría, no hay más preguntas —dice Flagler cuando el alboroto empieza a remitir.
—Señoría —interviene Gallo poniéndose en pie—. La testigo ha prestado todo el testimonio que necesito, no hay más preguntas.
—No tengo más testigos, así que concluyo mi alegato. —Flagler lanza una mirada cargada de intención al reloj en la pared, que marca casi las seis menos veinticinco de la tarde—. Gracias por su paciencia —dice al jurado—. Sé que ha sido una larga jornada.
—Señoría —afirma Gallo—, la fiscalía no ha demostrado conforme a derecho todos los elementos de este caso.
Como he señalado una y otra vez, eso es porque no hay caso.
La doctora Scarpetta ha expuesto su postura bajo juramento y no veo necesidad de hacer perder el tiempo al tribunal y al jurado llamando a declarar a más testigos.
—¿Concluye la defensa su alegato, señor Gallo?
—Sí, señoría. Y debido a la falta de pruebas en la que ha incurrido la fiscalía durante casi dos semanas, solicito que se dicte un veredicto dirigido.
—Se rechaza. Hay pruebas suficientes para que el caso siga adelante. Por lo que respecta a la calidad y cantidad de las pruebas, eso es cosa del jurado.
—Gracias, señoría. Eso es todo —dice.
—Caballeros, ¿hemos terminado por hoy? —pregunta Annie. Y así es.
Cuando por fin me habla a mí directamente, lo hace sin el menor asomo de sonrisa.
Me da permiso para abandonar el estrado.
Todos los demás deben permanecer sentados hasta que se suspenda la sesión.
Annie me está dando la oportunidad de huir y ponerme a salvo.
Me ha dispensado como testigo, y no es necesario que vuelva.
Es un detalle, después de haber consentido las vergonzosas maquinaciones y el comportamiento de Flagler.
Cuando me levanto de la incómoda silla de madera, con asiento y brazos tapizados en cuero duro, anuncia que el juicio se reanudará mañana a las ocho.
Ambas partes deberán presentar sus conclusiones finales, lo que hace que sea aún más necesario que los miembros del jurado sigan respetando las estrictas instrucciones del tribunal.
—Nos acercamos ya al término de este proceso, tras lo cual tendrán que deliberar. La vida del acusado estará en sus manos —explica Annie—. Antes de que hoy nos vayamos, volveré a repasar las normas jurídicas aplicables a este caso y les recordaré que se rijan por ellas y no por las emociones…
»En unos minutos, todos se montarán en el autobús lanzadera que espera delante de la puerta de acceso vigilado en la parte de atrás de los juzgados.
Los llevará al hotel Marriott local, donde han estado aislados desde el principio.
Sin duda querrán aire fresco una vez escampe la tormenta.
Tendrán muchas tentaciones de salir, dar un paseo por la orilla, disfrutar de las vistas.
»Digan simplemente que no… —continúa Annie con las instrucciones.
Bajo del estrado de los testigos y Pete Marino se me acerca grande y amenazador con sus pantalones cargo negros, botas militares y una camiseta que hace alarde de su físico de héroe de acción. Me tiende mi maletín.
—Nada de salir a hacer recados —sigue recordándoles Annie—. Nada de salir a dar un breve paseo y comprar comida para llevar en alguno de los muchos y estupendos restaurantes de la zona; ya sé que es tentador, pero hagan el favor de quedarse en el hotel.
Recuerda a los jurados que el distrito histórico de Alexandria, Old Town, tiene menos de diez mil habitantes. No es mucho mayor que Mayberry, dice, refiriéndose al antiguo programa de televisión que protagonizaba Andy Griffith.
—Imaginen la cantidad de medios y de turistas que han venido de todas partes para la celebración de este juicio… —añade.