Capítulo 4
—No tengo noticia de ninguna conspiración y nunca he declarado que el doctor Carter albergara malas intenciones o tuviera un comportamiento deliberadamente fraudulento.
—Me dirijo al jurado, teniendo presente que la familia de Bailey Carter debe de estar viéndolo—.
Pero hizo suposiciones erróneas en el caso de April Tupelo que no podrían ser más engañosas…
—Me da la impresión de que hace usted muchas suposiciones para no haber estado viviendo ni trabajando en Virginia por aquel entonces, ¿no cree?
—No tenía intención de criticar al doctor Carter ni de acusarlo de nada, y sigo sin tenerla. Pero cometió errores graves —respondo—. En sus notas y esquemas escritos a mano hace referencia a la lividez, lo que se conoce como livor mortis . Y no la había, por ejemplo…
—Bien, gracias —vuelve a cortarme Flagler.
—Deje contestar a la testigo, señor Flagler. —Annie es justa conmigo, por fin.
—Después de la muerte, el corazón ya no late —explico al jurado—. Por lo tanto, la sangre no circula y se posa como sedimento.
Eso provoca que las áreas correspondientes de piel se pongan lívidas, de un color rojizo azulado similar al de los hematomas.
Habría sido lógico observarlo si el cadáver de April Tupelo hubiera seguido dentro del barco durante horas una vez muerta.
No sé qué creyó el doctor Carter que estaba viendo, pero lo que describió sencillamente no se correspondía con lo que había.
—No hay livor mortis ni mutilación deliberada para convertirla en carnaza que lanzar al agua. —Hago hincapié en ello—. Los cortes en la espalda y las nalgas de April Tupelo los causó la hélice de una lancha. No se infligieron con un cuchillo o algún otro instrumento cortante afilado.
—Sí, bueno, centrémonos en esas horrendas heridas. —Flagler se acerca a paso desafiante a la mesa de la fiscalía.
Coge una caja de cartón con tapa más o menos del tamaño de una caja de papel para impresora.
No está etiquetada como prueba ni lleva ningún rótulo de aspecto oficial porque lo que contiene es una evidencia demostrativa.
Mejor dicho, una treta. Con el movimiento oímos que algo se desliza misteriosamente en su interior, y Gallo empieza a plantear objeciones.
—Señoría, este último truco que está a punto de hacer no tiene valor probatorio —protesta.
—No es más que una demostración en aras de la claridad —le asegura Flagler.
—Lo voy a permitir, pero se me está agotando la paciencia, señor Flagler. —Annie no pone fin a lo que tengo la sensación de que va a ser su espectáculo más sonado hasta el momento.
El cuchillo que está a punto de enseñarle al jurado tiene una buena empuñadura con guarda y una hoja de acero al carbono de casi veinte centímetros de doble filo acabada en punta.
Lo sé porque lo he examinado más de una vez en presencia de Flagler.
El acusado era lanzador de cuchillos de competición adiestrado en artes marciales.
No me sorprende que tuviera un arma de combate ni que estuviera en ella el ADN de April Tupelo.
Vivían juntos. Ella le servía de ayudante en las excursiones que les contrataban para pescar.
Los dos estaban habituados a manejar herramientas y utensilios de corte, y los utilizaban de distintos tipos para tareas y quehaceres diversos.
A media tarde del 14 de octubre de 2020, un día caluroso, habían estado discutiendo mientras bebían cerveza sin haber comido apenas nada.
Empezaba a oscurecer cuando April fue al servicio, según la declaración escrita del acusado.
Al no volver después de «diez o quince minutos, quizá un poco más», Hooke fue a buscarla, y no estaba a bordo.
Empezó a alumbrar el agua con el foco «presa del pánico», según dijo.
Al final envió un mensaje de socorro por radio a la Guardia Costera.
La desaparición de April se abordó como un homicidio, y da igual que Gilbert y ella no se llevaran bien.
Sus peleas seguro que contribuyeron a lo que ocurrió, pero, legalmente, no son el motivo de su muerte.
Me baso en las pruebas que he estudiado, incluidas las fotografías y los vídeos de la embarcación.
Se encontró una de sus chanclas en popa cerca de una abrazadera metálica manchada de sangre que resultaría ser suya.
La autopsia demostró que, en torno al momento de su muerte, sufrió una profunda laceración en el empeine del pie izquierdo, y se fracturó un dedo gordo.
Su nivel de alcohol en sangre post mortem era el triple del límite legal.
En ausencia de otras lesiones o cualquier indicio evidente de forcejeo, sospecho que tropezó camino del baño estando sumamente ebria.
El mar estaba agitado, el barco no dejaba de balancearse.
La visibilidad iba deteriorándose al ponerse el sol, la barandilla de seguridad era baja, y no llevaba chaleco salvavidas.
Los detalles del informe de la autopsia describen que la víctima murió con la vejiga llena, lo que sugiere que cayó por la borda antes de llegar al lavabo, muy posiblemente cuando iba hacia allí.
Fue una muerte sin sentido y evitable. Es uno de esos acontecimientos trágicos que se ven con frecuencia cuando la gente añade un factor de riesgo estúpido a otro, y la ecuación resulta de pronto fatal.
Boqueando mientras intentaba mantener la cabeza fuera del intenso oleaje, debió de tragar e inhalar agua salada.
Después de eso, no habría lanzado ningún grito al ahogarse.
No se puede demostrar cuánto rato pasó antes de que Gilbert Hooke se diera cuenta de que había desaparecido.
Solo sabemos que pidió ayuda por radio casi a las ocho, más de una hora después de ponerse el sol.
—Ya que se supone que es usted toda una experta en atrocidades violentas, señora, ¿por qué no explica al jurado lo que sucedió aquella noche?
—dice Flagler—. Una imagen vale más que mil palabras, ¿no es así?
La gente tiene que ver las cosas con sus propios ojos, ¿no es eso lo que siempre dice, señora?
Me acerca la caja de cartón.
—No sé muy bien qué me está preguntando… —empiezo a contestar.
—Advierto a todos que esto puede resultar sobrecogedor. —Alza la voz de forma ostentosa para hacerse oír por encima de la tormenta instalada justo encima de nuestras cabezas.
Apoyando la caja en la barandilla de madera pulida delante de mí, calcula hasta el último movimiento mientras incontables espectadores siguen el juicio en directo por televisión.
—Sé que no será agradable de imaginar. —Lo que dice viene acompañado de susurros y del sonoro crujir de los bancos.
—Silencio, por favor —dice Annie.
Los espectadores se están recolocando, intentan ver mejor; la tensión en el aire es como una vibración grave que se intensificara hasta convertirse en un terremoto.
—Tenemos que mirar con valentía lo que le hizo Gilbert Hooke a alguien a quien se supone que amaba y con quien quería casarse. —Flagler levanta la tapa de la caja.
—¡Protesto! ¿Cuál es la pregunta? —grita Gallo.
—Cuando lo que en realidad quería era poseer y controlar a April Tupelo literalmente hasta la muerte —declara Flagler.
—¡Protesto! —Gallo está otra vez en pie.
Flagler mete la mano en la caja y coge un cuchillo de acero negro parecido a una daga que sé a ciencia cierta que adquirió en eBay. Ya se lo ha enseñado antes al jurado, pero no en mi presencia ni acompañado de una exhibición que no me cabe duda de que será turbia.
—Por supuesto, como ya he dicho en otras ocasiones, esta no es el arma que tenía el acusado en su barco de alquiler hace veintiún meses. Pero es exactamente igual, del mismo modelo y la misma marca —asegura.
—¡Señoría, insisto en la misma protesta!
—Gallo sigue objetando con insistencia mientras que Annie ni se inmuta—.
No hay pruebas de que el cuchillo que va exhibiendo tenga que ver con este caso.
Todos estamos de acuerdo en que la muerte de la víctima es un suceso terrible, pero ni Gilbert Hooke ni nadie la estranguló ni la mutiló.
—Bueno, ¿quién está declarando ahora? —replica Flagler.
—Señor Gallo, se acepta su protesta —decide Annie para sorpresa de Gallo.
—Gracias. —Vuelve a sentarse.
—Haga el favor de continuar, señor Flagler. Quizá no está usted atento al reloj, pero yo sí.
—Sí, señoría. Evidentemente, el cuchillo real que se halló en el barco del acusado se ha aceptado como prueba. Lo examinaron los laboratorios forenses aquí en Alexandria, ¿no es así, señora?
—Sí —respondo.
—¿Y usted está a cargo de esos laboratorios?
—Están en mi edificio, pero no a mi cargo…
—Pero usted tiene voz y voto en lo que ocurre en ellos.
—Si está relacionado con casos de medicina forense, sí.
—Obviamente, no quería que el auténtico cuchillo de Gilbert Hooke pasara de mano en mano por la sala porque plantearía problemas de contaminación. En ese cuchillo se descubrió el ADN de April Tupelo, ¿no es así, señora?
—¡Protesto! Señoría, la doctora Scarpetta no examinó el cuchillo.
—No ha lugar. La testigo puede responder.
—Estoy al tanto de que se observó en el arma el ADN de la víctima.
Flagler sostiene en alto la réplica del cuchillo de aspecto temible, y los miembros del jurado estiran el cuello, hipnotizados. Las protestas y los susurros que resuenan entre el público son alarmantemente más audibles.
—El acusado nunca iba a ninguna parte sin su cuchillo de combate, que tenía la hoja de acero ennegrecida, de modo que resultaba invisible en la oscuridad —dice—. Se publicita como el arma perfecta para los asesinos, ideal para mutilar y lanzar…
—¡Protesto!
Flagler me ofrece la caja y el cuchillo, pero no los toco.
—Entendida en muertes violentas como afirma usted ser, señora, ¿le importaría mostrarnos cómo acuchilló y despedazó el cadáver de April Tupelo el acusado? —Flagler sigue provocándome con la esperanza de que pierda los estribos.
—Los cortes post mortem que tenía no los infligió ese cuchillo ni ningún otro —repito mientras él vuelve la caja del revés.