Furia (Doctora Kay Scarpetta 26) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Todo esto nos preocupa a los que vivimos aquí.

El miedo a la COVID-19 y sus variantes no es la única razón de que algunos no salgamos mucho, en especial fuera de horas.

En los últimos días se han congregado manifestantes en mi Instituto de Medicina Forense.

Con sus megáfonos van de aquí para allá por el aparcamiento.

Golpean cacerolas con palos mientras gritan «Justicia para April».

Algunos de estos visitantes también se han presentado delante de mi casa.

Los micrófonos y las cámaras de vigilancia ocultos de mi sobrina Lucy captan sus comentarios mezquinos y sus gestos.

Mi marido, Benton, y yo no hemos ido a un bar o un restaurante local desde que empezó el juicio.

No hemos pedido comida a domicilio de nuestros establecimientos preferidos ni hemos salido a pasear, correr o andar en bici por aquí.

—Señora —me dice Flagler—, ¿a cuántas víctimas de actos violentos ha examinado a lo largo de los años?

—No sé el número exacto.

—¿Cinco mil? ¿Diez mil?

—Más aún.

—Bueno, me hago una idea aproximada de lo que ve a diario.

Ya estamos otra vez. Sigue presentándome como la médica de los muertos, una persona que no tiene empatía con los enfermos ni sabe tratarlos, y me recuerda desagradablemente a mi madre criticándome de manera implacable hasta su último aliento.

«No puedes arreglarlo, Kay. Si está muerto, está muerto —oigo su voz en la cabeza—. Qué manera de desperdiciar una educación tan cara» . Como si la hubiera pagado ella.

«Lo que pasa es que eres antisocial —ahora es mi hermana Dorothy la que invade mis pensamientos—, una misántropa» . Me lo dice muy a menudo.

—¿Adónde quiero ir a parar, señora? —Flagler sube el volumen—. A pesar de lo insensibilizada que está, creo coincidirá en que April Tupelo no merecía que la hicieran pedazos y la tiraran al agua, ¿verdad que no?

—¡Protesto! ¡Ya está otra vez! —Gallo se ha puesto en pie.

—Se acepta…

—Gilbert Hooke mutiló su cadáver y lo lanzó por la borda para que lo devoraran los cangrejos —clama Flagler.

—¡Arde en el infierno! —comienza a gritar alguien.

—Orden, por favor…

—¡Que lo achicharren!

—Silencio en la sala, por favor.

—¡Culpable! —se suman otros.

—¡Orden! —Annie coge el martillo mientras retumban los truenos y la lluvia repiquetea a modo de violenta percusión.

—¡CULPABLE!

—¡Justicia para April! —empieza a corear la gente.

—¡Orden!

Annie martillea contra la mesa mientras Gallo vuelve a pedir que se declare juicio nulo, y a mí me viene a la cabeza lo rápido que puede armarse una revuelta. De nuevo miro de reojo en dirección a Pete Marino porque mi anillo inteligente continúa vibrando de una manera alarmante.

—¡Orden! ¡Silencio en la sala…! —Annie sigue dale que te pego; le aletea la toga y le da aspecto como de mirlo indignado.

El jaleo remite lentamente; los vigilantes están rondando, listos para entrar en acción.

Percibo una sombra de inquietud en los ojos de Annie que no había observado nunca.

Es posible que lo que está ocurriendo sea entretenido de ver en el canal de juicios, pero para los que estamos aquí es otro cantar.

—¡Silencio todo el mundo! —ordena—. Gracias… Señor Flagler, haga el favor de continuar.

—En resumidas cuentas, no tuvo usted nada que ver con la investigación de la muerte de April Tupelo hasta hace unos meses —me dice Flagler como si fuera yo la que está siendo juzgada—. Y, sin embargo, ¿de pronto es la experta? ¿La persona a la que se supone que debemos creer?

—El patólogo forense que acudió a Wallops Island y se encargó de la autopsia de April Tupelo murió antes de que yo regresara a Virginia —señalo.

—Y lo que ha dicho en sus declaraciones es básicamente que el difunto doctor Bailey Carter incurrió en negligencia profesional y perjurio, entre otros delitos, ¿no?

—Yo nunca he dicho tal cosa ni lo he acusado de ningún delito…

—Y, como consecuencia, ha habido mucha publicidad negativa, ¿no le parece? Se han puesto en entredicho todos sus casos anteriores, ¿no es así?

—Sí, de manera injustificable e inmerecida, diría yo…

—Todos sus casos, que se remontan varias décadas, están en tela de juicio por motivos de ética y criterios cuestionables, ¿no? —El cuerpo de Flagler vuelve a ocultarme al jurado.

—El doctor Flagler era uno de los mejores médicos forenses con los que he trabajado —respondo mientras imagino a su viuda viéndolo por televisión—. Pero hacia el final de su vida estaba incapacitado.

—Especialmente, está en entredicho su gestión de los asesinatos de las parejas, los homicidios acaecidos en Colonial Parkway cuando usted estaba trabajando en Virginia la primera vez, ¿correcto?

—dice Flagler—. Esos casos son de hace veintidós años, y ahora hay serias dudas acerca de lo que ocurrió en realidad entonces…

—¡Protesto! ¡No es relevante!

—Se rechaza —dice Annie, y lo que insinúa Flagler es en buena medida cierto.

—Es correcto que el doctor Carter era subdirector de las oficinas del distrito de Tidewater cuando se produjeron los asesinatos de Parkway —respondo.

—Y usted era la jefa. Él trabajaba a sus órdenes y usted lo supervisaba.

—En aquel entonces, sí. Hasta donde yo sé, no se cometió ningún error de gestión en aquellos casos…

—Y usted lo habría sabido porque entonces estaba al mando. Como lo vuelve a estar ahora, ¿no? Lo que quiere decir que la responsable era usted, ¿no?

—Sí.

—Y no mucho después de los asesinatos de Parkway, se fue de Virginia, ¿no es así?

—Sí.

—Qué oportuno. Ahora está de vuelta, testificando que, en su ausencia, se cometieron errores en casos como este, ¿no es así? ¿Es eso lo que pretende que crea el jurado? —dice Flagler.

—¡Protesto!

—Se rechaza.

—Quizá intenta quedar en buen lugar a expensas de Bailey Carter, ¿no? Quizá es eso lo que quiere hacer en realidad —me dice Flagler mientras mira al jurado.

—Nada de eso —respondo.

—Estuvo involucrado en conspiraciones, y eso lo llevó al suicidio, ¿no es así? Por eso se ahorcó, ¿no?

—¡Protesto!

—Se rechaza —dice Annie, y las afirmaciones de Flagler son escandalosas.