Capítulo 3
—¿Tiene alguna pregunta para la testigo? —pregunta Annie a la jurado.
—Si no hay inconveniente, sí, por favor —dice esta con un acento que suena más a Carolina del Sur que a Virginia.
—Adelante —le indica Annie con un asentimiento.
—Supongo que todavía no entiendo muy bien por qué son tan importantes estas diatomeas. Por ejemplo, si la víctima fue a nadar ese mismo día, ¿no explicaría eso que las encontrara? —me pregunta la jurado.
—No en los pulmones —respondo—. No en el interior de órganos intactos, en otras palabras.
—Bueno, me preguntaba si le importaría explicar qué pueden decirnos esas diatomeas que venga a cuento en este juicio. Y ¿son peligrosas? Si lleno un vaso de agua del grifo, ¿las encontraría también ahí? ¿Las hay aquí?
Levanta un botellín de plástico de agua a la luz. Los demás jurados la imitan por reflejo.
—¿Cómo se puede saber? ¿Y qué pasa si las bebo? ¿Y si las bebe mi caniche? —pregunta con total sinceridad.
—Es sumamente improbable, a menos que se refiera a beber agua de un pozo, un lago, quizá un arroyo o una laguna —respondo mientras lo anota con el lápiz y el papel que les ha facilitado el tribunal—. Pero es mejor que ni usted ni sus mascotas ingieran diatomeas, porque algunas producen toxinas.
Explico entonces que los organismos microscópicos están por todas partes. Están en ríos, bahías, mares y demás masas de agua por todo el planeta. Como los distintos tipos de pólenes, las diatomeas varían enormemente dependiendo de la localización.
—Por eso son importantes en una investigación —añado, y la jurado que me ha planteado la pregunta afirma con un movimiento de la cabeza—. Pueden decirnos lo que ocurrió y dónde.
La presencia de diatomeas en el tejido pulmonar confirmaría que la víctima inhaló agua, y eso es lo que hemos descubierto.
Cuando examiné las muestras bajo el microscopio, había abundantes criaturas unicelulares, que recuerdan a minúsculos fragmentos de vidrio marino o a los motivos simétricos de un caleidoscopio.
—También disponía de muestras de agua marina del área donde se cree que la víctima cayó por la borda. —Enseño al jurado los resultados de las medidas que tomé—. Y esas diatomeas coinciden con las que se aprecian en sus pulmones…
—Vale, vale, suponiendo que esté en lo cierto, ¿no? —Flagler ya ha oído suficiente—. Eso no significaría que a April Tupelo no la asesinaron, ¿verdad? Quizá le entró agua en los pulmones mientras estuvo flotando en el mar durante tres días, ¿no cabe esa posibilidad?
—Inhaló el agua, lo que no pudo ocurrir a menos que siguiera respirando, que todavía estuviera viva cuando cayó al océano.
—Repito lo que he estado diciendo todo el rato—.
Eso significa que no podía llevar horas muerta a bordo de una embarcación para que luego la mutilaran y lanzaran como cebo al agua.
Mientras rebato las falsedades de la argumentación de la fiscalía, salta a la vista que Flagler está a punto de perder los nervios. Reconozco las señales de aviso. Se le enrojecen las mejillas y comienza a contraer la mano derecha como un pistolero a punto de desenfundar.
—¿Quiere usted que alguien quede impune de un asesinato, señora? —Atropellado, está empezando a farfullar al tiempo que se pasa los dedos por el pelo moreno y ondulado.
—¡Protesto!
—Señoría, creo que es una pregunta adecuada.
—La testigo puede contestar —dice Annie.
—Lo único que hago es prestar testimonio con la mayor sinceridad y claridad posibles —explico a los componentes del jurado, y la que me ha hecho antes una pregunta me observa con intensidad mientras toma notas—.
Mis declaraciones se basan en la ciencia médica, y si hubiera llevado yo este caso desde el principio…
—¡No le he preguntado eso! —me ataja Flagler airadamente, y yo replico con otra interrupción.
—Habría concluido que April Tupelo falleció ahogada, la causa de su muerte sin determinar, pendiente de investigación… —Las ruidosas protestas me acallan.
—Orden —advierte Annie mientras unos espectadores en la sala de justicia abuchean y otros aplauden y vocean comentarios—. Silencio, por favor.
—¡Ahora soy yo el que protesta rigurosamente, señoría! —Flagler me mira con el ceño fruncido como si yo fuera Judas.
—Es usted quien la ha llamado como testigo —le recuerda Annie.
—Sí, pero, señoría, está respondiendo a algo que yo no le he preguntado. Son meras especulaciones presentadas como hechos… —Como si nunca me hubiera oído decirlo por teléfono y en persona.
—Orden, por favor…
Los susurros y los apartes furiosos continúan.
—Silencio en la sala. Señoras y caballeros, por favor. Gracias, gracias…
Cuando empieza a remitir el alboroto, vibra en silencio el anillo «inteligente» de actividad que llevo en la mano derecha.
Me está llegando un enjambre de mensajes y llamadas al móvil, que ahora no tengo a mi alcance.
Vuelvo a mirar con disimulo a Pete Marino.
Se supone que él tampoco debería tener su móvil, pero las normas son para otros, y lo que está mirando, sea lo que sea, no le hace ninguna gracia.
Está ocupado tecleando con los pulgares, y no haría tal cosa en estos momentos si no fuera urgente. Con el entrecejo fruncido, levanta la vista como si percibiera que lo observo, y es evidente que ocurre algo. No es bueno, casi nunca lo es.
—Señora —me dice Flagler a la vez que saca de nuevo del bolsillo la tableta de pantalla táctil—, ¿me preguntaba si ha visto alguna de estas? Son lo que supongo que se dice imágenes prae mortem , tomadas antes de la muerte.
Aparecen en las pantallas vídeos de una adorable April Tupelo de niña, sobreactuando en una serie de concursos de belleza que ya ganaba con siete años. Más sollozos y murmullos en la sala, y no puedo por menos de pensar en Jon Benét Ramsey, la reina de la belleza infantil asesinada.
—¡Protesto! ¡No es pertinente e induce a prejuicio! —interviene Gallo.
—Denegada.
—¿Le resultan familiares? —me pregunta Flagler.
—No.
—Ya veo. Creía que había dicho que revisó todo el material, ¿no?
—No había ningún motivo para que echara un vistazo a estos vídeos —repongo.
—¿No la habrían ayudado en la identificación de April Tupelo?
—Era adulta cuando murió, y para cuando se recuperaron sus restos ya no era visualmente reconocible. —Afirmo lo evidente mientras se hace más intensa la conmoción a mi alrededor—. Fue identificada gracias al historial dental y al ADN.
Nuevas imágenes en los monitores son de April como reina del baile de bienvenida del instituto de secundaria Chincoteague. Es esbelta, de aspecto atlético y lo bastante bonita para aparecer en la portada de la revista Seventeen , con un vestido negro largo.
—¿Qué me dice de estas? —me pregunta Flagler—. ¿Las había visto?
—No.
—¿Y estas?
Muestra un primer plano de lo que queda de su cara sin rasgos y su cabeza sin pelo.
Las cuencas de los ojos vacías y los dientes al aire resultan intencionadamente espeluznantes en el momento en que los investigadores forenses y los agentes de policía guardan el cadáver infestado de gusanos en una bolsa negra para restos humanos.
—Sí, estoy muy familiarizada con las fotografías y los vídeos del lugar del hecho —respondo.
—April Tupelo no esperaba, no soñaba, con que su novio psicópata la convirtiera en comida para los peces, ¿verdad que no, señora? —Vuelve a señalar con el dedo al acusado.
—¡Protesto, señoría! ¿Hay una pregunta por alguna parte?
¿En cualquier sitio? —clama Gallo con furia en el momento en que estalla un trueno directamente encima de nuestras cabezas como un disparo de rifle—.
¿He dicho algo que no debía? —Levanta la vista cuando la lluvia empieza a martillear el tejado.
La súbita tormenta reverbera como si se estuviera librando una batalla, y el efecto no podría ser más apropiado. La sala está dividida justo por la mitad: los allegados de April, sentados a un lado, y los de Gilbert, al otro.
A los Tupelo y los Hooke se les considera dinastías en la costa este de Virginia, herederos de una rivalidad en la industria pesquera transmitida a lo largo de generaciones.
Durante el juicio, solo se han hecho referencias de pasada a sus hostilidades históricas.
Pero yo he visto los sórdidos detalles en informes psicológicos e investigaciones de carácter confidencial.
Las familias llevan enemistadas desde antes de la guerra de Secesión, lo que supone un añadido exponencial a los factores de riesgo para la víctima y el acusado.
Como en una tragedia shakespeariana, estaban condenados desde el principio.
Eso era parte del encanto para ambos. Es uno de los motivos de que la noticia haya tenido tanta repercusión mediática y hasta se hayan escrito libros.
Día tras día, el fondo de la sala está lleno a rebosar de periodistas de los medios más relevantes, incluidos el New York Times , Reuters, Fox y CNN.
Los equipos de televisión han acampado en hoteles cercanos y es difícil eludir sus cámaras y sus incesantes preguntas.
La publicidad sensacionalista fue un factor importante para que la ubicación del juicio se trasladara a una ciudad dormitorio de Washington, D. C.
Si Old Town Alexandria estuviera un poco más al norte, ya no nos encontraríamos en Virginia.
Esta parte del mundo es un país extranjero en comparación con el lugar de donde proceden los Tupelo y los Hooke.
En esta zona se podían encontrar jurados que no tuvieran relación con ninguna de las dos familias, pero eso no ha impedido que vengan parientes, amigos, partidarios y curiosos.
Muchos se han desplazado en autocaravanas que están aparcadas en campings locales.
Otros viven en sus barcos de pesca amarrados en el río Potomac.
Yendo y viniendo de los juzgados en grupos, estos visitantes han invadido los puertos deportivos, lavanderías, licorerías y mercados de la zona.
Algunos han tenido trifulcas por la vacunación, el control de armas, el aborto y demás temas controvertidos.