Capítulo 2 #2
—¡Voy a seguir protestando sin más! —Gallo, asqueado, niega con la cabeza, y yo estoy más furiosa que él, pero nadie lo diría.
Sacando a colación detalles sobre mi infancia y mi ascendencia italiana, Flagler, ricachón y de linaje prominente, recuerda a los miembros del jurado y a todos los demás que soy una advenediza.
Me presenta como una mujer insensible que apenas es norteamericana, y percibo la hostilidad en el ambiente como si de electricidad estática se tratara.
—Permítame decirlo de otra manera —responde mientras Annie mira sin interferir—. Desde muy joven cuidaba usted a su padre con una enfermedad terminal, ¿no es así, señora?
—Sí.
—Tuvo que aprender a no sentir, ¿no es cierto?
—No, eso no es cierto.
Se interrumpe de nuevo para hojear sus notas, y la gente está haciendo comentarios desagradables que yo preferiría no escuchar.
—Silencio en la sala —advierte Annie.
—¿Señora? —Flagler me mira—. Usted ha decidido que April Tupelo no fue asesinada porque…
Hum, que no conste en acta. Voy a empezar de nuevo…
Bien, veamos si lo he entendido bien. Su opinión se basa en esas cosillas con aspecto de copos de nieve sobre las que el jurado ha oído antes declarar a un empleado de un museo: las diatomeas. ¿Lo pronuncio bien?
—Sí —contesto.
—Y las diatomeas son en esencia algas, esa espumilla que se ve en estanques y peceras.
—Las diatomeas no se aprecian a simple vista a no ser que las haya en abundancia, formando una floración, como se denomina —respondo.
—Entonces, usted se fijó casualmente en esas cositas minúsculas llamadas diatomeas, aunque para el resto de nosotros sean invisibles a menos que formen una floración, ¿no?
—Las algas unicelulares individuales se aprecian fácilmente al microscopio. —Mantengo la atención fija en las nueve mujeres y tres hombres en el estrado del jurado, la mayoría jubilados y con educación universitaria.
—Y, señora, usted recurrió a ese microscopio con la esperanza de que le sonriera la suerte. Algo así como encontrar un premio en la caja de galletitas, ¿no?
—No, nada de eso. Que encontrara diatomeas no fue suerte ni casualidad —respondo—. Las busqué específicamente en el tejido pulmonar preservado durante el examen post mortem de April Tupelo hace veintiún meses, el 17 de octubre…
—Como he dicho, tuvo una corazonada y quería demostrarla experimentando con partes del cuerpo —asegura—. De esas que habían conservado en tarros de cristal como melocotones en lata todo este tiempo, ¿no?
—¡Protesto!
—Se acepta. Señor Flagler, deje que la testigo conteste las preguntas del todo. Tenemos que aligerar el proceso. —El comentario de Annie queda rematado por un lejano retumbo de truenos que anuncia la llegada de una tormenta vespertina.
—Durante las autopsias —continúo— es práctica habitual conservar trozos de órganos y demás tejidos biológicos en una solución incolora de formaldehído y agua llamada formalina o formol.
Mientras ofrezco al jurado unas nociones básicas de lo que se hace en el depósito de cadáveres, Flagler se desplaza constantemente. Moviendo la cabeza de un lado a otro, debo de parecer ridícula en mi intento por que me sigan viendo los que hay detrás de él.
—Es en esencia el mismo fijador que usan las funerarias para embalsamar, y no influye en absoluto en que haya o no diatomeas —explico—.
En otras palabras, la formalina no habría destruido las diatomeas.
El problema es que no las buscaron en el momento de la muerte de April Tupelo.
Tendrían que haberlo hecho, pero no lo hicieron.
No he visto nada en los informes ni me han dicho nada que me lleve a pensar que se planteara ese asunto.
Estoy convencida de que el motivo por el que no fue así es que el doctor Bailey Carter se había vuelto incompetente.
Según sus allegados, el patólogo forense de sesenta y cuatro años sufría una demencia de rápida progresión.
Se había vuelto olvidadizo y errático y no aceptaba de buen grado ninguna sugerencia.
Al realizar el examen post mortem de April Tupelo, a cargo como estaba de la investigación médico-legal, no se planteó el ahogamiento como la causa de muerte más probable ni como una posibilidad siquiera.
Murió por estrangulación manual, según lo que escribió en el informe definitivo de la autopsia y según consta en el certificado de defunción.
No tengo ni idea de por qué lo creyó, a menos que fuera una suposición.
Buena parte del tejido blando de la garganta había desaparecido, descompuesto y devorado por la fauna marina.
No había pruebas evidentes de lesiones en las estructuras del cuello, ni razón alguna para determinar que lo que acabó con su vida fue el estrangulamiento.
No fue así. Es posible que hubiera sufrido heridas que desaparecieron o no se descubrieron.
Pero se ahogó, y Bailey Carter pasó por alto indicios reveladores.
Se deshizo del contenido gástrico «marrón acuoso» sin buscar diatomeas.
De haberlo hecho, las habría encontrado del mismo modo que acabé por descubrirlas yo cuando examiné las secciones preservadas de los pulmones de la víctima, le explico al jurado.
—Debido a la acción de las olas en los ahogamientos en el mar —añado—, las víctimas suelen tragar agua además de inhalarla. Sobre todo, si hay fuerte oleaje…
Me interrumpen de nuevo, esta vez una miembro del jurado de aspecto maduro y corpulento que mueve la mano con brío.
Muy maquillada y luciendo grandes anillos, lleva unas estrafalarias gafas de estilo ojo de gato y el pelo teñido de color lavanda.
Su aspecto me recuerda a la cómica británica Dame Edna.