Capítulo 2
—¿Las había visto? —me pregunta Flagler haciéndose oír entre el barullo de disgusto circundante.
Barre el aire con la mano como el presentador de un concurso televisivo para incidir sobre las horrendas imágenes expuestas en las múltiples pantallas de gran tamaño.
—Sí —contesto.
—¿Muestran con precisión estas imágenes el estado del cadáver de April Tupelo cuando las olas lo llevaron hasta la playa?
—Sí, hasta donde yo sé —respondo—. No estuve allí, pero he revisado las fotografías y los vídeos que hicieron la policía y los investigadores forenses.
—¿Y no le parece que tiene el aspecto de haber sufrido una muerte violenta, señora?
—Lo que veo es el aspecto corriente que presenta cualquier cadáver cuando lo rescatan del agua…
—¿Corriente? ¿Le parece corriente cualquiera de las imágenes que estamos viendo?
—¡Protesto! El comentario sobre el testimonio es argumentativo.
—Se acepta.
—Adelante, señora —me dice Flagler—. Hablaba usted de lo corriente que fue la muerte de April Tupelo.
—Lo que decía es que, por lo general, un cadáver flota boca abajo y parcialmente sumergido, las extremidades y la cabeza más abajo que el torso. —Se lo explico al jurado y no a Flagler—. A menudo lo embisten barcos o lanchas.
Sigo describiendo la sangrienta estampa diciendo que los que van a bordo rara vez se dan cuenta.
O si lo hacen, no quieren verse implicados y siguen adelante.
Dejan que algún otro se las vea con el horroroso hallazgo, lo que quiere decir que no siempre tenemos un historial que se corresponda con las lesiones post mortem .
—Cuando se han cebado las criaturas marinas con los restos humanos o estos han sufrido cortes por causa de la hélice de una embarcación, es comprensible que se dé por sentado que se trata de una muerte violenta.
—Se lo resumo al jurado como si Flagler fuera invisible—.
En el caso de alguien sin preparación o que no piense de manera racional, es fácil atribuir esa clase de heridas post mortem a la tortura, la mutilación y al asesinato.
—¿No es también posible, señora, que una víctima de asesinato tenga exactamente el mismo aspecto que estamos viendo en estas fotografías y vídeos? —Señala de nuevo las perturbadoras imágenes que se exhiben con todo detalle en las enormes pantallas planas.
—Sí, es posible, pero…
—No puede mirar estas fotografías y asegurarnos solo a partir de ellas que a April Tupelo no la asesinaron, ¿no es cierto, señora?
—No, no a simple vista —respondo mientras sigue desplazándose estratégicamente.
En ese momento me veo frente a su cinturón azul oscuro de piel de cocodrilo y los ojos de diamante de la rampante águila plateada de la hebilla. Atino a distinguir los botones nacarados de su camisa de algodón azul pálido y las motas grises donde el sudor de su vientre plano se la mancha.
—Naturalmente, usted no estuvo en la escena del crimen de Wallops Island.
Eso lo ha dejado claro, ¿verdad? No… estuvo…
allí… —insiste alargando las palabras mientras camina de aquí para allá delante de mí—.
Me parece importante recordarle al jurado esa especificación.
Vivía usted en Massachusetts, inmersa en la vida que llevaba allí.
Ni siquiera se encontraba en Virginia, y nunca vio el cadáver de April Tupelo en persona, por así decirlo, ¿correcto?
—Así es. —Cada vez tengo menos claro que vaya a salir de aquí con vida.
Encerrada entre tabiques con paneles de cerezo con una puerta hasta la altura de la cintura, soy consciente de que no hay manera rápida de escapar mientras Flagler sigue alentando el frenesí de los presentes en la sala de justicia.
Miro de soslayo a Pete Marino, sentado en primera fila junto al pasillo desde donde puede llegar a mi lado en un abrir y cerrar de ojos.
Su cara grandota y curtida por el sol tiene un aspecto pétreo cuando se fija en todo lo que lo rodea sin que parezca evidente.
—¿Y qué me dice del acusado, Gilbert Hooke? —Flagler pone en marcha su siguiente táctica, y el rumor en torno a mí no augura nada bueno—. ¿Cuántas veces se ha reunido con él, señora?
—No lo he hecho —respondo.
—¿Nunca los han presentado?
—No.
—¿Nunca fue a ver al señor Hooke cuando estaba encerrado en la cárcel de Norfolk antes de que lo trasladaran a Alexandria?
—No.
—¿Quizá habló con él por teléfono? —insiste Flagler, y lo que da a entender es absurdo.
—Pues no. No sería normal que lo hiciera en este caso ni en ningún otro.
—Y eso, ¿por qué? —Deja de caminar y se me queda mirando a la vez que se encoge de hombros—. ¿Por qué no sería normal?
—Determinar si el acusado es culpable o inocente no es cosa del médico forense —respondo.
—Entonces ¿la única vez que ha estado directamente expuesta al acusado ha sido esta tarde en el interior de esta sala? ¿Es eso lo que nos está diciendo?
—Correcto. —Soy consciente de que más vale que no se me vaya la mirada hacia la mesa de la defensa.
Pero eso no quiere decir que no tenga presente que Gilbert Hooke está ahí sentado con sus abogados. Me observa con intensidad, sin apenas reaccionar; el cuaderno y el bolígrafo que tiene delante siguen intactos.
—Y, señora… —Flagler, cargando las tintas—, puesto que no ha hablado ni se ha reunido con el acusado, no tiene una opinión fundamentada sobre qué clase de ser humano puede ser en realidad, ¿no le parece?
—No la tengo.
—Carece de conocimiento directo de si es capaz de cometer actos de crueldad, incluidos el asesinato y la mutilación, ¿no es así? Es imposible que sepa si es el monstruo despiadado que la gente dice que es, ¿verdad?
—No tengo conocimiento directo…
—¡Protesto!
—No sabría a título personal si Gilbert Hooke padece celos patológicos, ¿verdad que no? ¿O si se había mostrado violento y había tratado con sadismo psicológico a April en otras ocasiones…?
—¡Protesto!
—No sabe a título personal que pierda el control y se vuelva vengativo cuando no se sale con la suya o no es el centro de atención, ¿verdad? En especial cuando bebe, ¿no es así?
—¡Protesto! ¡Ya ha contestado la pregunta!
—A lo que voy es a que no tiene personalmente ni la menor idea de cómo es el acusado en realidad, ¿verdad que no, señora? —me dice Flagler mientras Annie lo presencia todo en un pasmoso silencio.
—No —contesto—. No tengo conocimiento personal.
—Y no sabría decir si alguno de nosotros correría peligro en el caso de que el jurado vuelva con un veredicto de inocencia y Gilbert Hooke salga libre, ¿verdad? No tiene conocimiento directo de eso tampoco, ¿no cree?
—No lo tengo.
—Bueno, los tribunales parecen creer que el acusado es peligroso en grado sumo, a un nivel similar al de Hannibal Lecter…
—¡Protesto! —grita Gallo, y nunca lo había visto tan ofendido—. ¡Por el amor de Dios, señoría!
—No es casualidad que Gilbert Hooke lleve casi dos años en régimen de aislamiento sin derecho a libertad bajo fianza —continúa Flagler sin que nadie se lo impida—. Está claro por qué debería pasar entre rejas el resto de su odiosa y destructiva vida…
Todo el mundo tiene la mirada fija en Gilbert Hooke, sin barba ni bigote, de piel pálida y con pelo corto de un color parduzco, vestido con un traje gris barato que le viene varias tallas grande.
Podría pasar por un joven abogado de no ser por las zapatillas naranja de preso, las esposas y los grilletes en las muñecas y los tobillos.
Todo ello contrasta intensamente con el aspecto que tenía en el momento de la muerte de April Tupelo hace casi dos años, cuando estaba musculoso y bronceado.
En todas las imágenes suyas que he visto exhibidas en la sala de justicia hasta el momento lleva un cuchillo táctico de combate al cinto y una pistola de gran calibre.
Va sin camiseta, luciendo tatuajes y una sonrisa engreída, por lo general con una cerveza en la mano.
Se le ve poniendo cebos en botes con batanga, cortando pescado en filetes, con sangre y vísceras por todas partes.
O disparando contra un tiburón que ha atrapado con el bichero mientras ríe como un demente, los casquillos que expulsa el arma relucientes al sol.
Todo eso es una treta deliberada y efectiva por parte de la fiscalía.
—Una vez más, solo le recuerdo al jurado que, en el caso de Gilbert Hooke, lo que se ve no es lo que hay.
—Flagler señala con gesto agresivo la mesa del equipo de la defensa, compuesto por abogados caros, y los murmullos indignados resuenan con más fuerza—.
¡No se dejen engañar por su aspecto apacible!
—¡Protesto! —se queja Gallo.
—Señor Flagler, ya está bien —dice por fin Annie.
Este hunde las manos en los bolsillos del pantalón y se planta directamente delante de mí. Me fijo en el estampado estilo champs de fleurs de su corbata de seda azul, y vuelve a llegarme su intenso aroma.
—¿Señora? No me importa cuántos diplomas de postín tenga usted, no puede dar marcha atrás cuando se trata de una muerte, ¿verdad? —me pregunta.
—No.
—No puede devolver a los seres queridos de April Tupelo ni lo que han perdido, ¿correcto? Entonces ¿qué opción le queda a alguien como usted salvo insensibilizarse, ¿no le parece, señora?
—No, no es así…
—De hecho, sus primeros recuerdos son de la enfermedad y la muerte de su padre —dice—. Lamento tener que sacar a relucir un tema tan delicado. Porque algo así tuvo por fuerza que destrozarle los años de formación…
—¡Protesto! ¡No es pertinente!
—Y al mismo tiempo le hizo complicado tener relaciones, sintonizar con otras personas. Personas vivas, quiero decir…
—¡Protesto, señoría!
—Se acepta. ¿Cuál es su pregunta, señor Flagler?
—¿Qué clase de cáncer dijo usted? —me dirige la pregunta a mí.
—Mi padre murió de leucemia mieloide crónica.
—Por desgracia, empezó a aprender muy joven cómo blindarse desde el punto de vista emocional.
Naturalmente, creciendo en un barrio difícil de Miami, seguro que tuvo que blindarse también en otros sentidos —añade, provocando más de una risa desdeñosa a mi alrededor—.
Ninguno de sus padres nació en este país y apenas hablaba inglés, ¿no es así?