Capítulo 1 #2
—La fiscalía está sermoneando y prestando testimonio —dice mientras Flagler sigue sin hacerle el menor caso y hojea sus notas enérgicamente—.
Por no hablar de que ataca a la doctora Scarpetta sin cesar y la insulta.
—Gallo está tan furioso que le tiembla la voz—. ¡No le deja acabar ni una sola frase!
El destacado abogado defensor ha estado dando la cara por mí con grandes alardes de caballerosidad porque lo que tengo que decir le resulta útil por una vez, lo que no tardará en cambiar cuando mis observaciones no le convengan en algún otro caso.
—Queda constancia de su protesta, señor Gallo. —Annie vuelve a desestimarlo—. Señor Flagler, puede continuar.
—Si me permite unos segundos, señoría. —Sonríe con aire de disculpa—. A diferencia de la testigo, no cuento con la memoria de un ordenador. Lo cierto es que tengo que consultar mis documentos para cerciorarme de no cometer ninguna equivocación.
Apoyado en el estrado, va pasando las hojas de sus anotaciones, ofreciendo una figura imponente con su traje de color vainilla y los zapatos de gamuza azul.
Está tan cerca que percibo el agua de colonia con aroma a verbena que le elaboran de encargo en una perfumería de París en la avenida de los Campos Elíseos.
Incluso alcanzo a ver el escudo grabado en su sello de oro, tan grande como un anillo de la Super Bowl.
Los orígenes de su acaudalada familia de Virginia se remontan a los tiempos de la conquista normanda.
También al Mayflower y a Ellis Island, según le he oído alardear —cosa que alterna dependiendo de qué votos busque—.
Se le han otorgado todas las ventajas imaginables mientras se le preparaba para alcanzar la grandeza, y me llega de vez en cuando su olorcillo cítrico cuando se mueve de aquí para allá.
Está alargando el asunto, se asegura de ser el centro de atención, maniobra que ha perfeccionado hasta convertirla en un arte.
—¿Señora? —Flagler vuelve a sacar la tableta de pantalla táctil del bolsillo—. ¿Quiere hacer el favor de centrar la atención en las imágenes que muestran los monitores? ¿Ya las había visto?
—Sí —respondo.
—Procure hacer memoria, por favor. —Me llama la atención sobre unas imágenes que apenas parecen humanas.
En los monitores dispuestos por toda la sala se exhiben fotografías de los restos putrefactos de April Tupelo moteados de estrellas de mar por los que corretean cangrejos.
Ya me imagino el hedor, el ruido parásito de las moscas zumbando.
Horrores así no se dan en el hermético mundo donde nacieron y se criaron ella y el acusado, a unos trescientos kilómetros al sur de aquí, en una lengua de tierra rodeada de agua.
La población de esta isla barrera de unos quince kilómetros cuadrados no alcanza los quinientos habitantes, y solo hay una carretera para llegar hasta allí desde Virginia continental.
Si no, hay que ir en avión o en barco. La ubicación es ideal para quienes se ganan la vida en el mar con la pesca y la venta de marisco, así como con la gestión de alojamientos turísticos y restaurantes.
Lo remoto de Wallops Island también hace de ella un lugar ideal para albergar un centro espacial.
Las instalaciones de la NASA en Wallops —sede de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio— dispone de cuatro plataformas de lanzamiento y otras en fase de construcción.
Los que viven y trabajan en la zona están acostumbrados al bramido atronador de los cohetes al despegar, que iluminan los cielos sobre el océano Atlántico cual gigantescas bengalas, con lanzamientos tan frecuentes que los vecinos apenas reparan en ellos.
La típica carga útil consiste en sondas espaciales y demás instrumentos científicos de la NASA y de industrias aeroespaciales privadas.
A menudo se trata de experimentos de investigación y suministros para la Estación Espacial Internacional.
En las fotografías del cadáver de April Tupelo arrastrado hasta la playa rocosa se distinguen las plataformas de lanzamiento en terreno más elevado a lo lejos.
Escuetamente esbozadas contra el horizonte se aprecian torres de supresión de rayos, grandes depósitos de agua y bloques de edificios genéricos.
Un cohete asoma de la rampa como una colosal tiza blanca con la punta ahusada, que oculta un satélite en la ojiva.
Antes de encargarme del caso de Tupelo, tenía una idea bastante precisa del trabajo que se lleva a cabo en la base de la NASA en Wallops.
En meses recientes he averiguado más cosas, y hay detalles sorprendentes.
No habría imaginado que a menudo son los habitantes de la zona los que se encargan de la recogida de los experimentos cuando caen al agua.
Y puede ser cualquier cosa: el prototipo de una cápsula de tripulación con maniquís para ensayos de choques, un coche volador con flotadores automáticos, un dron anfibio con aspecto de delfín, un pájaro robótico que vuela mientras espía.
Los pilotos de embarcación que recogen esa clase de curiosidades rara vez tienen idea de lo que transportan o remolcan de vuelta a la orilla.
La mayoría no están interesados, les trae sin cuidado, y al acusado lo contrataban de manera rutinaria para misiones así.
En el momento de la muerte de April Tupelo, Gilbert Hooke, de veinticinco años, era propietario y operador de un pesquero de arrastre de alquiler de doce metros de eslora llamado Captain Hooke, como cabría esperar.
April y él se ganaban la vida organizando cruceros de placer, excursiones de pesca y demás salidas, incluidas las de carácter oficial para el gobierno federal.
El día de su muerte habían recuperado un globo meteorológico que habían lanzado a más de treinta y seis kilómetros de altitud, hasta el filo del espacio.
Tras sufrir un fallo técnico, se precipitó a través de la atmósfera y fue a caer frente a las costas de Virginia a última hora de esa mañana.
Indirectamente, ese suceso aislado pudo ser un factor en lo que ocurrió esa noche.
En un monitor situado justo delante de la tribuna de los testigos se muestra la imagen de un agente especial del Servicio de Protección de la NASA, uniformado, joven y sumamente atractivo.
Hooke y él se sirven de bicheros para enganchar un globo plateado y reluciente de muchos metros de largo.
Su misteriosa góndola hace pensar en un lustroso satélite de metal que se meciera sobre las aguas gracias a unos flotadores hinchables.
Yuxtapuesta a esta imagen hay otra del cadáver en descomposición de April Tupelo enredado en algas y redes medio podridas en una orilla rocosa sembrada de botellines de plástico, una colchoneta hinchable decolorada y demás detritos marinos.
Hooke reconoce que se enfadó con April. Estuvieron discutiendo justo antes de que muriera.
En su declaración a la policía dejó por escrito que el agente especial de la NASA «le prestaba demasiada atención, y a ella le encantaba.
Lo alentaba». La discusión de la pareja fue subiendo de tono a medida que transcurría la tarde, y basándome en los informes psicológicos y otros materiales confidenciales que he revisado, califico su relación de volátil.
Se peleaban a menudo y de manera violenta.
Por lo visto, a April le gustaba que otros hombres se fijaran en ella y, en general, montar dramas.
En opinión de Bose Flagler, la noche de su muerte, a Hooke lo cegaron los celos.
Mientras April y él discutían en el barco bebiendo cerveza para combatir el calor, él tramó cómo cometer el crimen perfecto y salirse con la suya.
Lo más importante era deshacerse del cuerpo, explica Flagler con la cadencia de un evangelista. El acusado tenía que asegurarse de que no lo encontraran.