Furia (Doctora Kay Scarpetta 26)
© inepub.com
Capítulo 1
Después de tres días en el océano Atlántico durante una ola de calor, April Tupelo no era reconocible para su familia.
La exreina de la belleza estaba de color verde marmóreo y abotargada de gases por efecto de la descomposición; era eso que los polis llaman un «cadáver flotante».
La capa exterior de la piel y la larga melena rubia se habían desprendido.
Los ojos, las orejas, los labios y otras partes delicadas del cuerpo habían desaparecido hasta el punto de que las imágenes que se mostraban en el interior de la sala de justicia abarrotada parecían salidas de la película Tiburón .
Yo no trabajaba en Virginia cuando sus restos fueron arrastrados hasta la orilla de Wallops Island hace veintiún meses.
No acudí al lugar de los hechos ni realicé la autopsia.
El patólogo forense que la hizo ya no está vivo para enmendar sus atroces errores.
Para cuando me vi involucrada, el prometido de April Tupelo estaba acusado de asesinato premeditado y mutilación de un cadáver.
Estaba en la cárcel pendiente de juicio, en régimen de aislamiento sin posibilidad de salir bajo fianza; la historia había sido noticia de primera plana a nivel internacional. La fiscalía era como un perro con un hueso: no soltaba su presa. No importaba lo que yo dijera.
—Una vez más, permítanme hacer hincapié en cuánto lamento la necesidad de mostrar estas imágenes tan truculentas.
—Bose Flagler, el fiscal de la mancomunidad de Alexandria sigue hablando en su melódico y cansino acento sureño, y si este caso hubiera estado en mis manos desde el inicio, ya no estaríamos aquí—.
Ver cosas así puede herirle a uno en lo más hondo del alma y la psique, ¿no cree usted, señora?
—No sé muy bien qué está preguntando —contesto.
Sigue desplazándose ante el estrado, haciendo todo lo posible para que yo no vea bien al jurado. Flagler, maestro de la coreografía, tiene en cuenta hasta el último movimiento, nunca se aleja mucho de las cámaras fijas que emiten en directo por el canal de juicios Court TV.
—Por muy difícil que resulte, tenemos que mirarlas impávidos.
¿No le parece a usted, señora, que le debemos a April Tupelo ver en toda su magnitud lo que le hicieron al final de su brevísima vida?
—Flagler se pasea con estudiada lentitud de aquí para allá delante de mí—.
Tenemos la obligación moral de hacerlo, ¿no es así, señora?
Que me llame incesantemente «señora» es cualquier cosa menos amable.
Me desdeña como si fuera una estúpida detective de salón con las hormonas y la intuición como única guía.
He estado ante un tribunal con él en varias ocasiones desde que me nombraron médica forense en jefe el año pasado.
Siempre se ha mostrado obsequiosamente amable, a veces incluso flirtea. Hasta este caso, yo no era el enemigo.
—No tengo claro cuál es la pregunta —insisto, y salta a la vista que tiene cautivados a los miembros del jurado.
Siempre los tiene así. Carismático e inteligente, el soltero de treinta y cuatro años recuerda a las esculturas de Miguel Ángel de David o de Juliano de Médici —pero con trajes de los caros—.
Saca del bolsillo una pequeña tableta táctil con la que controla la macabra exposición de diapositivas que nos rodea.
—Lamento la necesidad de someter a todos a estas imágenes tan gráficas —dice Flagler con sinceridad fingida mientras los monitores de la sala se llenan de intensos colores.
Pasa haciendo clic un sinfín de fotografías del cadáver de la víctima boca abajo sobre la mesa de autopsias del depósito de cadáveres de Norfolk. Los primeros planos de la espalda y las nalgas despellejadas muestran cuatro profundos tajos muy juntos, ampliamente abiertos y de un rojo negruzco.
—Usted ya ha visto estas fotografías, ¿correcto? —me pregunta Flagler.
—Esas y muchas más.
—Y lo que estamos viendo son los restos en descomposición de la víctima y las salvajes cuchilladas que recibió en la espalda cuando el acusado intentaba convertirla en cebo para peces…
—¡Protesto!
—¿Qué ocurre ahora, señor Gallo? —pregunta la juez Annie Chilton desde el sillón de cuero negro flanqueado por las banderas del estado y de Estados Unidos, el sello de bronce de Virginia detrás de ella.
—Las fotos son incendiarias y perjudiciales. ¡Está prestando testimonio, señoría! ¡Otra vez!
—No ha lugar. Otra vez. Haga el favor de decirlo con otras palabras y sigamos adelante.
Con poco más de cincuenta años, rostro atractivo y pelo negro corto, Annie es alta y desgarbada, más apuesta que bonita.
Si nos basáramos en su actitud hacia mí mientras he estado testificando esta tarde, nadie diría que nos conocemos desde los tiempos en los que estudiábamos Derecho en Georgetown.
Nadie supondría que fuimos compañeras de piso durante un tiempo ni que me alentó a regresar a Virginia el año pasado.
De hecho, fue un factor decisivo, ya que influyó en la gobernadora Roxane Dare a favor de mi nombramiento. Todo iba bien hasta el mes pasado, cuando Annie empezó a eludirme sin razón aparente.
—Gracias, señoría. Voy a probar de otro modo —dice Flagler con su irresistible voz de barítono mientras la gente a nuestro alrededor murmura con rabia contenida y solloza—. Lo que vemos son graves heridas infligidas post mortem . O en otras palabras, después de muerta, ¿correcto, señora?
—Es correcto —respondo.
—¿Este es el aspecto que tenía April Tupelo la mañana del sábado diecisiete de octubre del dos mil veinte, después de tres días en el mar? —pregunta mientras se oyen más muestras de disgusto alrededor.
—En estas fotografías el cadáver se ha limpiado, como pueden ver —respondo—. Y la descomposición continúa a un ritmo rápido. Así pues, no va a tener exactamente el mismo aspecto que cuando lo encontraron…
—Señora, ¿coincide conmigo en que esto, que para usted es mera rutina, resultaría traumático para una persona normal?
—Una vez más, no sé muy bien qué…
—Adonde quiero ir a parar es a que usted está acostumbrada a esta clase de pesadillas. Las espantosas imágenes que hemos estado viendo desde que ha subido a declarar forman parte de su rutina, su pan de cada día. Va con el sueldo, ¿no es así?
—No creo que nadie se acostumbre nunca a…
—Un cadáver detrás de otro. Un fiambre más en la mesa de autopsias. Día tras día, no se acaba nunca, a decir verdad. Vamos a llamar a las cosas por su nombre. La muerte es una porquería. No tiene nada de bonito. ¿Cómo era esa canción infantil? Los gusanos entran, los gusanos salen…
—¡Protesto! —Sal Gallo se ha puesto en pie.
— … en tus napias juegan a las cartas. O algo por el estilo, ¿no, señora? —Flagler sigue retratándome como el estereotipo antisocial y mórbidamente peculiar sin dejarme apenas decir palabra—. Entiendo que no le pagan precisamente por mostrar empatía …
—¡Señoría, voy a seguir protestando si el abogado del estado no deja de acosar a la testigo! —El rostro enrojecido de Gallo descuella de su arrugado traje de milrayas azul y su pajarita torcida—. La única razón para despotricar y hostigar tanto es predisponer al jurado.
—Se rechaza.
—Quiero que mis insistentes protestas consten en acta.
—Queda constancia.
—Una vez más, solicito la anulación del juicio. —Gallo vuelve a tomar asiento, asqueado.
—Se rechaza.
Es evidente lo que está haciendo Bose Flagler. Sus estrategias han estado astuta y minuciosamente planeadas desde el inicio. Tiene la intención de que yo cause la peor impresión imaginable a los miembros del jurado. Por eso me ha dejado como último testigo antes de acabar de presentar el caso.
El único motivo por el que me ha llamado a declarar es ese objetivo concreto: desarmarme.
Poner en tela de juicio mi credibilidad e integridad, de manera que los miembros del jurado tengan bien presentes sus impresiones negativas.
Si Flagler no plantea una duda razonable en torno a mi testimonio, no puede ganar.
—¿Señoría? —continúa cortésmente, imperturbable—.
Creo que es de justicia que el jurado sepa por qué servicios recibe compensación la testigo como jefa de Medicina forense de nuestra querida mancomunidad.
Ya sabe, en qué consiste su trabajo para que reciba a cambio un generoso sueldo de seis cifras a costa de nuestros impuestos.
—¡Protesto! ¡Ya estamos otra vez, señoría! —estalla Gallo—. ¡Creo que el señor Flagler también recibe una magnífica remuneración de esos mismos contribuyentes!
—No crea usted que tan magnífica —replica, y hay quien ríe.
—Señor Gallo, su protesta se rechaza.
El barullo inquieto en el interior de la abarrotada sala se intensifica a medida que las extravagantes payasadas de Flagler para difamarme continúan in crescendo .
Annie sigue permitiéndoselo. Ya he estado ante un tribunal presidido por ella, y no espero ningún trato especial porque seamos amigas.
Pero no me sostiene la mirada y apenas muestra la menor consideración.
Ocurre algo, y es así desde hace semanas.
—¿Adónde quiero ir a parar? —vuelve Flagler a la carga—. Queremos saber lo que se espera de la testigo en esta profesión tan poco común que ha elegido. Una profesión sobre la que muy poca gente sabe gran cosa, diría yo. O desea saberla, si a eso vamos, ¿no?
—¡Señoría! —La voz de Gallo es cada vez más ronca—.
El fiscal del estado está haciendo todo lo posible por minar la credibilidad de la doctora Scarpetta.
Esa es la única razón para que la haya llamado a declarar.
Está empeñado en que el jurado desconfíe de ella porque, simplemente, carece de argumentos.
¡Sabe que lo que ha orquestado es una caza de brujas!
—Ya está bien —decide Annie—. Y le pido al jurado que no tenga en cuenta el comentario del abogado defensor acerca de que este proceso sea una caza de brujas. Vamos a evitar cualquier otra digresión. —Mira con ferocidad desde su atalaya—. ¿A qué viene su protesta, señor Gallo?