Furia (Crímenes de Cornualles 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo Diecinueve

ISSY

—Es un single malt, ¿sabes? Se supone que hay que apreciarlo —dijo Issy, observando a Fergus Jennings mientras se bebía la botella de Glenmorangie de David.

—Puedes volver cuando quieras —dijo el asqueroso patán, tomando aire—, ¿qué era lo que querías saber?

—Claire McBride; ¿cómo la conoces?

—¿Claire quién? —balbuceó.

Ese hombre es claramente un cretino, pensó Issy.

—McBride, Claire McBride… estuvo aquí esta noche. Usted se reunió con ella hace aproximadamente una hora.

—Eh… ¿y usted quién es? —preguntó, tambaleándose.

—Soy su doctora, necesito saber qué hacía aquí.

—No sé de qué me habla —dijo, dando otro gran trago de la botella, que ya estaba prácticamente vacía.

—Es abogada. Pensé que quizá usted había tenido algún trato con ella.

—Odio a los putos abogados… no tanto como a los cerdos, pero casi, malditos mentirosos de mierda.

—¿Pero la conoce? Por el amor de Dios, hombre, acaba de estar aquí. Tenía un Golden Retriever con ella.

Fergie empezó a reírse incontrolablemente.

—Esa no era ninguna abogada. Era una colgada que me vendía las cosas de su madre.

Issy escuchó mientras la risa se transformaba en una tos profunda y gutural que a su vez derivó en una sucesión de estertores que sacudían sus pulmones.

Antes de tambalearse, rebuscó en su bolsillo y sacó un blíster de pastillas que Issy reconoció incluso sin el envase como la marca que ella le había recetado a Claire.

Deslizándose lentamente hasta el suelo, el hombre se dejó caer contra la pared con los ojos muy abiertos.

Issy se quedó clavada en el sitio.

Riachuelos de sudor surcaban sus mejillas grasientas como un mosaico irregular. Al dejar caer el paquetito de papel de aluminio en su regazo, sus manos se aferraron al cuello de su camiseta mugrienta mientras jadeaba en busca de aire como un pez dorado moribundo.

Issy observó hipnotizada cómo su rostro grotesco pasaba de un tono amoratado a azul.

No sentía nada más que fascinación y tuvo que resistir el impulso de meter la mano en el bolsillo para sacar el móvil y grabarlo todo, para luego poder reproducirlo y tomar notas.

Con un último espasmo violento, su cuerpo se estremeció y luego se desplomó hacia adelante.

Estaba muerto y ella sabía por qué Claire le había dado las pastillas. Pudo ver que faltaban cuatro. Esa cantidad de morfina combinada con el whisky era una mezcla letal.

Qué caja de sorpresas resultaba ser su paciente y qué emocionante formar parte de su viaje.

Se agachó para recoger el paquete que descansaba en su entrepierna y sintió un dolor agudo cuando unos dedos manchados de nicotina se cerraron sobre su muñeca.

Aún sujetando el paquete, tiró de su brazo con desesperación, aterrada de que no estuviera muerto, preocupada de haber malinterpretado las señales en su letargo.

Le dio una patada en la espinilla y, con la mano libre, le agarró el mechón de pelo sucio y tiró de su cabeza hacia atrás.

No vio el menor indicio de vida y se tranquilizó al pensar que el manotazo había sido un reflejo defensivo, algo primitivo, fruto de sus años durmiendo en la calle, siempre alerta ante la amenaza de que alguien le robara sus apestosas pertenencias.

Su perro, aterrorizado, se deslizó sobre el vientre hasta la esquina de su sucia manta. Ni una sola vez había emitido un gruñido.