47 #4
Y yo, todavía temblando, he sonreído sabiendo que precisamente eso era lo que más deseaba. Que no fuera a medias, que, por una vez, fuera verdad.
Yo seguía sentada sobre la mesa, pero la sensación no era la de estar quieta, sino la de estar cayendo. Cayendo dentro de él. Dentro de ese espacio mínimo y sofocante que quedaba entre nuestros cuerpos.
Le he apartado la camisa de los hombros con una impaciencia casi cruel, como si aquella tela fuera la última frontera absurda entre lo que fingíamos ser y lo que llevábamos demasiado tiempo deseando en silencio.
No quería al hombre perfecto que sabía inclinar la cabeza ante una cámara, ni al italiano educado que podía convertir cualquier gesto en una escena elegante, ni al compañero que encontraba siempre la palabra justa para salvarme sin romperme; quería al otro, al que rugía por dentro, al que llevaba demasiado tiempo apretando los dientes para no desbordarse y que ahora me miraba como si yo fuera la única razón y el único peligro.
Cuando he vuelto a atraerlo hacia mí, nuestras bocas se han encontrado con una urgencia distinta, más oscura, y él ha bajado la boca por mi mandíbula, por la línea sensible del cuello, con una lentitud tan calculada que parecía castigo, mientras yo sentía que cada roce me arrancaba una parte de la mujer que todavía intentaba mantener el control.
Mis dedos se han hundido en su nuca, en su pelo, reclamándolo más cerca, reclamándolo entero, incapaz de soportar ni un centímetro de distancia entre su respiración y la mía.
Y, cuando ha dejado escapar aquel aire roto contra mi garganta, tan poco ensayado, mi cuerpo ha respondido antes que mi cabeza, arqueándose hacia él con una sinceridad que me ha dado miedo porque no tenía nada de actriz, nada de personaje, nada de escena preparada para que otros la creyeran.
Era verdad. Eso era lo peor. Era terriblemente verdad.
Le he tomado la cara entre las manos y lo he obligado a mirarme, porque necesitaba verlo ahí, conmigo, perdido en el mismo sitio oscuro al que yo estaba cayendo, y cuando sus ojos se han clavado en los míos he entendido que ya no había vuelta atrás.
—Eso —he susurrado, casi contra su boca—. Esa parte. No la escondas.
Él se ha quedado quieto un instante, solo uno, pero ha sido suficiente para notar la última resistencia del hombre que todavía quería tratarme con cuidado cuando yo ya le estaba pidiendo otra cosa. Y cuando ha vuelto a besarme, ya no quedaba en él ni rastro de aquella vacilación.
He bajado la mano por su pecho lentamente, sintiendo cómo se estremecía bajo mis dedos, cómo el aire empezaba a faltarle a medida que yo lo recorría, cómo la serenidad italiana, esa compostura suya que tantas veces me había sacado de quicio, se rompía por fin en pequeñas señales que me volvían adicta: un músculo que se tensaba, una respiración más honda, los ojos que se le cerraban un segundo más de la cuenta, la mandíbula apretada como si estuviera librando una guerra contra sí mismo y, por primera vez, no quisiera ganarla.
Yo he comprendido que no hay nada más peligroso que un hombre que intenta contenerse por amor y empieza a perder la batalla justo delante de ti.
Matteo me ha deseado con intensidad, como si mi cuerpo fuera al mismo tiempo altar y herida, refugio y precipicio, algo que quería conquistar y proteger en el mismo movimiento, y esa contradicción me ha desarmado.
Mis piernas lo han buscado con más fuerza.
Mis manos también.
Todo en mí lo llamaba.
Allí estaba el Matteo que había imaginado en las noches en las que fingía no pensar en él; el que ardía hacia dentro.
Y ahora que por fin se permitía incendiarse, lo hacía de una manera tan absoluta, tan maravillosa y tan devastadora, que me ha dejado sin otra opción que arder con él.
——————————
—¡Corten!
La palabra ha estallado en el plató con fuerza mientras se abría paso entre el calor de los focos, el zumbido de los aparatos y ese silencio que siempre se forma justo antes de que una emoción se desborde.
Apenas un segundo después, otra voz, más alta, más jubilosa, más incapaz de contenerse, ha rematado lo que todos llevábamos días sintiendo que estaba a punto de llegar.
—¡Señores…, fin de rodaje!
Y entonces todo ha sucedido a la vez. Los aplausos han arrancado como una ola desordenada, creciendo desde un extremo del set hasta envolverlo todo; alguien ha soltado un grito de alegría, otra persona se ha echado a llorar sin ningún pudor, varios miembros del equipo se han abrazado con esa torpeza preciosa de quienes han compartido demasiadas horas, demasiado cansancio y demasiado corazón.
Las luces han seguido bañándolo todo con una claridad casi irreal, arrancando destellos al suelo pulido del decorado, a los raíles de cámara, a los monitores todavía encendidos, a los restos de ese mundo inventado que, durante meses, había sido más verdadero que muchas cosas de mi propia vida.
Yo lo miraba todo desde detrás de las cámaras, con las manos heladas y el pecho completamente lleno.
Delante de mí, bajo el chorro blanco y abrasador de los focos, una actriz con reflejos anaranjados en el cabello se llevaba ambas manos a la boca mientras alguien corría hacia ella con un ramo de flores envuelto en papel crujiente.
Tenía las mejillas empapadas y los ojos tan brillantes que parecía que la escena final aún le latía dentro.
A su lado, el actor que había compartido con ella el último plano —alto, insultantemente guapo, todavía con el pecho descubierto porque no había dado tiempo ni a cubrirlo tras la última toma— soltaba una carcajada emocionada justo antes de recibir otro ramo, que casi desaparecía entre sus brazos.
Enseguida una chica de vestuario se le ha acercado por el flanco, con urgencia, y le ha colocado una sudadera mientras todos seguían aplaudiendo, llorando, riendo, rompiéndose un poco de felicidad.
Era precioso.
Era un caos.
Y era mío.
No por posesión, sino por verdad.
Porque, aunque aquel plató estuviera lleno de cables, focos, pantallas y gente corriendo de un lado a otro, lo que yo estaba viendo no era solo el fin de un rodaje, era una herida cerrándose. Era la imagen exacta de un final que una vez me arrebataron.
Yo lo había sabido desde el principio.
Lo supe en Italia, el mismo día en que comprendí que me habían robado el guion, que habían vaciado su alma y la habían disfrazado con otra voz, con otra intención, con otro cierre que no le pertenecía.
Aquella historia que escribí tenía un final con una condena elegante.
Pero cuando lo tuve de nuevo en mi poder, lo volví a escribir y en este final ella se salvaba y no era tragada por la indiferencia ni castigada por desear demasiado.
Aquí sobrevivía, la veían, la elegían y terminaba al lado de su príncipe azul no porque necesitara que nadie la rescatara, sino porque, después de salvarse a sí misma, por fin podía permitirse ser feliz.
Era mi final.
Mi verdad.
Mi manera de decirle al mundo que algunas historias no están hechas para terminar en pérdida, sino en reparación.
He notado entonces unos brazos que me han rodeado por detrás, firmes, cálidos, completamente conocidos y, antes incluso de que su barbilla se apoyara en mi hombro, ya me había empezado a temblar la sonrisa.
Su aliento me ha rozado la piel junto al cuello y después su voz, grave, baja, cargada de esa intimidad burlona que solo existe cuando dos personas se conocen, me ha hecho soltar una risa ahogada en mitad de la emoción.
—Me he llegado a poner cachondo recordando este momento, bella mia .
He cerrado los ojos solo un segundo para saborearlo.
Porque era Matteo Moretti. Matteo de verdad.
Matteo sin contratos, sin focos manipulados, sin titulares planeados, sin pactos ridículos, sin la obligación de pertenecerme delante de nadie.
Mi Matteo porque me había elegido y porque yo, contra todos mis pronósticos, también lo había elegido a él.
He girado la cara un poco y me he encontrado con la calidez de su mejilla, con el olor limpio y envolvente de su ropa, con esa presencia suya que ya no llenaba una habitación desde la perfección estudiada, sino desde algo mucho más raro y más hermoso: la paz.
Me he vuelto entre sus brazos y entonces sí, lo he abrazado como había que abrazarlo; como Dios manda.
Con los dos brazos alrededor de su cuello, con la cara escondida un segundo junto a la suya, con el corazón que me golpeaba tan fuerte que por un momento pensé que iba a echarme a llorar allí mismo.
Y él estaba guapísimo. Madrid le ha sentado bien. Quedarse le ha sentado bien. Enamorarse de mí le ha sentado bien. Todo en él parecía más suyo: la curva de la boca, la tranquilidad de sus hombros, la chispa insolente y tierna que le bailaba en los ojos.
Ha apoyado una mano en mi cintura, la otra en mi nuca y me ha mirado como si el ruido del plató se hubiera ido muy lejos.
—Enhorabuena, A…
Y yo, riéndome entre lágrimas, he terminado la frase por él.
—…More.
Es un juego de palabras que hemos inventado con su apellido. Sus labios se han curvado despacio, con esa sonrisa suya que siempre parece esconder una caricia, y me ha besado la frente con ternura.
A nuestro alrededor, la marea humana seguía moviéndose.
Gente que se acercaba, otros que me llamaban.
Palmaditas en la espalda, brazos que me rodeaban, voces atropelladas felicitándome por la serie, por el final, por haberme atrevido, por haber sacado adelante aquella historia como si me fuera la vida en ello.
Y, de algún modo, les habría dicho que sí. Que un poco sí.
—¡Luján! ¡Ven, ven con todos!