47 #3
La música ha cambiado sin que nos diéramos cuenta.
Las primeras notas de And I Love Her han empezado a deslizarse por el aire con suavidad y nos ha envuelto poco a poco.
Cuando he levantado la mirada y me he encontrado con la suya, Moretti ha tendido la mano, despacio, y yo la he tomado.
Me ha llevado hasta el salón; allí, la luz rojiza de la lámpara de sal ha caído sobre nosotros con calidez y ha dibujado sombras suaves que hacían que todo pareciera más mágico.
Me ha acercado a él con lentitud, y, cuando su cuerpo se ha pegado al mío, lo he sentido de verdad por primera vez, sin barreras, sin distancia, sin ese impulso constante de apartarme antes de perder el control.
Su pecho estaba contra el mío, su respiración ha rozado mi boca, sus manos han encontrado mi cintura como si siempre hubieran sabido dónde quedarse…
todo ha encajado tan perfecto que me ha estremecido desde dentro.
La música seguía envolviéndonos cuando ha inclinado la cabeza hacia mi oído, y su voz, baja, casi rota por la cercanía, me ha atravesado por dentro.
— And I love her … —ha repetido a la vez que la canción.
He contenido la respiración y un estremecimiento lento me ha recorrido desde la nuca hasta el pecho. Cada fibra de mi cuerpo se ha despertado de golpe.
—¿Puedo preguntarte algo? —ha preguntado en voz baja.
He asentido, sintiendo cómo el corazón volvía a latir más rápido.
—¿Me das permiso… —ha hecho una pequeña pausa— …para decirte las cosas a la cara a partir de ahora? Sin globitos. Sin esconderlas en una app .
Se me ha escapado una sonrisa, de esas que nacen solas.
—¿Y qué me dirías ahora mismo si la tuvieras abierta?
Con la mano me ha buscado la cara. Sus dedos han rozado mi mejilla con una lentitud que me ha desarmado más que cualquier impulso brusco.
Sus ojos han bajado a mis labios un segundo…
y después han vuelto a mis ojos, como pidiendo un permiso que ya no necesitaba poner en palabras. Y entonces me ha besado.
Ha sido contenido primero. Llevaba meses esperando ese momento y quería saborearlo sin romperlo. Sus labios han encontrado los míos y yo he sentido como si alguien hubiera quitado el arnés que me había mantenido sujeta tanto tiempo.
He respondido, pero no desde la necesidad; yo diría que ha sido desde el deseo.
Mis manos han subido hasta su cuello, agarrándose a él no para no caer, sino para acercarme más.
Él ha profundizado el beso de una manera perfecta.
Llevaba tiempo esperando poder hacerlo así, sin límites ni condiciones.
El beso se ha vuelto más intenso, más vivo, más lleno de todo lo que había quedado pendiente.
Su mano en mi cintura me ha acercado a él con firmeza, sin aprisionar, sosteniéndome como se sostiene algo que importa.
Y yo… he sentido que me estaba permitiendo, por fin, beberme ese momento sin medirlo, sin frenarlo, sin pensar en lo que vendría después.
El mundo ha dejado de existir fuera de ese espacio. No había pasado ni futuro, solo ese instante. He sentido cómo el corazón se me expandía en el pecho, cómo algo dentro de mí se abría sin miedo por primera vez. No me ha dolido ni me ha asustado. Era grande y bonito.
Cuando nos hemos separado apenas unos centímetros, no se ha roto el momento. Ha apoyado la frente en la mía, cerrando sus ojos un instante.
—Esto era lo que iba a escribir —ha susurrado.
He sonreído, aún con los labios cerca de los suyos.
—Pues creo que me gusta más esta versión carnal de ti que la de escritor.
—¿Crees?
Ha soltado una risa suave, casi imperceptible, y me ha acercado de nuevo, esta vez sin esperar.
Y en ese nuevo beso ya no ha habido contención. A pesar de habernos besado en otras ocasiones, esta vez ha sido diferente.
—Joder, señorita Luján… —ha susurrado después, rozando mi piel—. ¿Cómo puedes provocarme esto aquí dentro? —su mano ha presionado levemente mi espalda, acercándome más—. Me tiemblan hasta las piernas.
He sentido ese temblor en él y, al mismo tiempo, en mí.
—No tienes idea… —ha continuado, ahora más cerca, más íntimo— de lo que me hiciste con aquellos besos. Los que nos robamos… —ha soltado una exhalación suave—. Me volviste loco. No he dejado de pensarlos ni una sola noche.
He girado el rostro hacia el suyo.
—Entonces deja de recordarlos —he susurrado.
La música seguía sonando de fondo, pero ya no marcaba el ritmo. Lo ha hecho él al besarme.
Matteo no se ha separado de mí después del beso. Sus manos han seguido en mi cintura, firmes y seguras. Sus ojos han recorrido mi cara despacio, leyéndome.
—Siena… —ha dicho en voz baja.
Y solo con eso, con la forma en la que ha pronunciado mi nombre, he sentido cómo el cuerpo se me aflojaba mucho más, pero cuando sus dedos han subido por mi brazo, despacio, he notado ese pensamiento colarse, ese miedo viejo que aún no se había ido del todo.
¿Y si no le gusta?
¿Y si ve lo que yo veo?
Mi cuerpo se ha tensado un segundo, casi imperceptible, pero él lo ha notado.
—Eh… —ha susurrado—. Mírame.
He levantado la vista despacio.
Y lo que he encontrado no ha sido juicio, ha sido admiración real y profunda. Casi dolorosa de lo bonita que era.
—No sabes lo que estoy viendo, ¿verdad? —ha dicho, con la voz baja, contenida.
He negado muy despacio.
—Estoy viendo a la mujer más valiente que he conocido en mi vida. A una guerrera —ha continuado—. De las de verdad. De las que luchan contra algo que no se ve… y aun así siguen en pie.
Sus palabras no han sido un halago.
—Tú no eres tu miedo, Siena —ha añadido, apoyando su frente en la mía—. Eres todo lo que has hecho para enfrentarte a él. Capisci ?
Y en ese instante, el miedo ha perdido fuerza.
Y toda la fuerza que el miedo había dejado escapar la he absorbido yo, de golpe.
Como si me hubiera entrado en el cuerpo una corriente imposible de contener, una sacudida viva que me ha tensado el pecho hasta hacerme creer que el corazón no me latía, sino que golpeaba, desesperado, contra mis costillas para recordarme que seguía allí, que seguía siendo mío.
Había vivido demasiado, había atravesado versiones de mí misma que apenas entendía, había habitado días que parecían pertenecerle a otras mujeres y no a mí, y, sin embargo, nada, absolutamente nada, había tenido la violencia dulce de aquel instante en el que todo lo demás ha dejado de importar y lo único que ha quedado ha sido él: Matteo.
Le he acariciado la espalda despacio, con la palma abierta, sintiendo bajo la yema de los dedos la firmeza de su cuerpo.
—Déjame amarte. No tengas miedo —ha dicho.
Y algo en mí ha terminado de ceder.
—Soy toda tuya, señor Moretti —he respondido.
Mi voz ha salido rasgada, afilada, con ese temblor de quien ya no sabe si está hablando o suplicando, porque sí, lo romántico estaba siendo precioso, casi insoportablemente precioso, pero debajo de toda aquella ternura había otra cosa mucho más feroz y salvaje: un hambre que me subía por la garganta y me encendía la sangre.
Quería probarlo. Quería atravesar de una vez la distancia mínima que aún quedaba entre nosotros.
Quería arrancarle la compostura a besos, deshacer con las manos todo lo que en él seguía empeñado en permanecer perfecto.
Me he aferrado a su cuello y me ha levantado sin dejar de besarme.
Mis piernas se han enroscado en su cintura casi por instinto y él me ha atraído todavía más contra sí, con tal necesidad que me ha hecho turbarme entera, hasta que ya no ha habido espacio para nada entre los dos, salvo el calor, el pulso, la respiración entrecortada y aquel vértigo delicioso de sentirme suspendida en sus brazos.
—Dios, Siena… no me creo que esté pasando esto —ha murmurado contra mi boca, casi sin aire, mientras me regalaba las palabras a pedazos entre un beso y otro—. Estoy tan nervioso que parezco primerizo.
Y aquella confesión tan poco blindada ha terminado de volverlo irresistible.
Le he atrapado el labio con una rabia pequeña, juguetona, sin hacerle daño, pero dejando claro que la mujer que temblaba entre sus brazos ya no era la misma que unos minutos antes había estado a punto de dejarse vencer por el miedo.
Poco a poco, casi con devoción, he ido dejando salir a esa parte de mí que tantas veces había dormido por supervivencia.
Pero con el italiano no quería medias tintas, y a mí no me bastaba el roce de su lengua, la forma en la que su boca parecía descubrirme incluso por dentro.
Todo era calor. Más y más calor. Un incendio lento, precioso, peligrosísimo.
Me ha llevado hasta la mesa sin soltarme y me ha dejado sentada sobre ella con delicadeza.
Entonces se ha separado unos centímetros; los justos para mirarme bien, de verdad, y aquel gesto me ha desnudado mucho más que cualquier caricia.
Sus ojos me han recorrido como si temiera despertarse y descubrir que aquello no había ocurrido nunca, y yo, ardiendo bajo su mirada, he alzado las manos hacia su pecho y he empezado a desabrocharle los botones de la camisa.
Los dedos me temblaban de impaciencia, de deseo, de emoción, de incredulidad y él lo ha notado. Por supuesto que lo ha hecho.
—Joder, More… —he susurrado, mirándolo a la boca, incapaz de decidir si quería besarlo o discutir con él por resultar tan condenadamente impecable—. Deja de ser tan perfecto. Enséñame esa parte tuya más sucia.
La frase ha caído como una chispa. He visto el momento exacto en que su respiración ha cambiado y su mirada también.
Y mientras se desabrochaba el último botón de la camisa, también ha empezado a soltarse por dentro, a desprenderse de la contención, de la disciplina feroz con la que se había sostenido hasta entonces.
—Ten cuidado con lo que me pides, bella —ha dicho en voz baja—. Porque contigo no sé hacer las cosas a medias.