Fuimos un error de guion 47 #2
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​ —No —ha respondido con una sonrisa ladeada—. Soy el tipo que estaba abajo mirando cómo aprendías a volar sin red.

​ Lo he observado unos segundos más, absorbiendo cada palabra y cada instante.

​ —Pues déjame decirte algo, Moretti —he dicho al fin—. Puede que no haya necesitado que me rescataras… pero con esas flores, un poco de príncipe sí pareces.

​ Él ha reído suave, esa risa baja que siempre me desarmaba.

​ — Va bene . Acepto el título honorífico, pero sin caballo blanco.

​ —Sin caballo —he confirmado.

​ Se ha hecho un silencio distinto. Me atrevería a decir que maduro. Ahí estaba el rellano, la puerta abierta y el mundo reducido a nosotros dos.

​ Ha levantado ligeramente el ramo.

​ —¿Puedo entrar?

​ La pregunta no ha sido solo sobre el piso. Lo he sabido en cuanto la ha pronunciado.

​ He apoyado la mano en el marco de la puerta.

​ —¡Lo estoy deseando!

​ Sus ojos se han suavizado y yo he dado un paso hacia atrás, dejándole espacio.

​ El aire entre nosotros se ha tensado. Ha cerrado la puerta con cuidado y las flores han quedado entre los dos como un puente de tonos imposibles.

​ Ringo ha sido el primero en romper el momento. Se ha colado entre nuestras piernas, reclamando atención con ese maullido suyo tan reconocible.

​ —Hola, piccolo —ha dicho él, agachándose con cuidado, aún con la respiración algo alterada—. Tú sí que no cambias.

​ El gato se ha restregado contra su mano sin dudar, aceptándolo como si nunca se hubiera ido. He sonreído, porque ese gesto tan simple ha terminado de aterrizarlo todo.

​ —Voy a poner esto en agua —he dicho, señalando el ramo. Estaba tan nerviosa…

​ He ido a la cocina y he buscado un jarrón.

Mientras lo llenaba, notaba su presencia detrás de mí.

He colocado las flores despacio, una a una, acomodando los tonos de color coral como si fueran piezas delicadas de algo más grande.

Cuando he terminado, me he girado y Matteo estaba apoyado en la encimera, observándome con esa calma tan suya.

​ —¿Te vas a quedar ahí mirándome o vas a hablar? —he preguntado.

​ —He estado meses hablando solo —ha respondido con una media sonrisa—. Ahora prefiero escucharte.

​ Ha habido un silencio breve.

​ —¿Torres? —he preguntado.

​ Matteo ha bajado la mirada un segundo; le ha hecho gracia que le preguntara eso primero.

​ —Cuando estoy en España, es mi chófer —ha dicho—. Es de esas personas que aparecen y ya no se van.

​ Tenía sentido.

​ —Sabía que habías visto los mensajes —ha añadido después—. La app me avisó. Y… —ha dudado un segundo— me puse en contacto con Cris y con Hooper.

​ He levantado la vista hacia él.

​ —¿Todo esto…?

​ —Sabía que estabas preparada y yo ya no podía seguir escondiéndome.

​ He tragado saliva.

​ —¿Por qué te fuiste?

​ La pregunta ha salido suave, pero llevaba meses dentro y él ha respirado hondo.

​ —Porque firmé un contrato independiente —ha dicho despacio—. Cuando todo acabó, una de las cláusulas era clara: desaparecer. Nada de contacto ni de cercanía. Si no… tu carrera en Italia se cerraba en el acto. No podías tener pareja para ir a mi país. Así atraerías a más público masculino.

​ He sentido un golpe seco en el pecho.

​ —Ya estabas sosteniendo demasiado —ha continuado—. Pensé que lo mejor que podía hacer era alejarme. Que en Italia podrías empezar de nuevo y ser feliz lejos de todo esto.

​ He negado con una pequeña sonrisa triste.

​ —Italia estuvo bien… —he dicho—. Pero también fue donde más sufrí. —Él ha levantado la mirada, atento—. Ojalá no hubiera ido —he añadido—. Ojalá te hubieras saltado el contrato.

​ Matteo ha negado con suavidad.

​ —No —ha dicho—. Todo pasó como tenía que pasar. Si no hubieras ido… quizá no habrías tocado fondo, y, si no hubieras tocado fondo, no habrías salido de ahí como lo has hecho.

​ He dejado que esas palabras encajaran.

​ —Cuando estás viviendo algo así, no lo ves —he dicho despacio—. Pero cuando pasa el tiempo y miras hacia atrás… todo tiene sentido. Como si cada cosa, incluso la que más dolió, hubiera sido necesaria.

​ —Siempre lo has tenido dentro —ha murmurado—. Solo necesitabas tiempo para verlo.

​ Ha habido otro silencio más profundo.

​ —¿Cuándo te diste cuenta? —le he preguntado mientras me sentaba en uno de los taburetes de la cocina—. De que yo no estaba bien.

​ Moretti se ha frotado el cuello y no ha dudado.

​ —Tras una reunión —ha dicho—. Saliste del baño y olías a perfume… pero tus ojos… —ha hecho una pequeña pausa—. Tenían ese brillo rojizo que he visto demasiadas veces.

​ He sentido un escalofrío.

​ —Trabajo con la imagen, Siena —ha continuado—. Con cuerpos, con miradas, y hay cosas que no se pueden esconder. El miedo… se ve; está en los ojos. Y el tuyo… —me ha mirado fijamente— gritaba. He conocido a muchas compañeras de pasarela que sufrían esto.

​ —Lo sabías y no dijiste nada.

​ —Porque no sabía cómo hacerlo sin hacerte más daño —ha respondido con honestidad—. Y eso es algo de lo que me arrepiento cada día.

​ He levantado la vista.

​ —Yo tampoco me dejaba ayudar —he dicho—. Ni siquiera me ayudaba a mí misma.

​ Ringo se ha acomodado sobre mí. Matteo se ha agachado para acariciarlo y ha quedado a mi altura.

​ —Ahora es distinto —ha dicho.

​ —Ahora sí.

​ Nos hemos quedado un momento en silencio después de todo lo que ya habíamos dicho. El aire necesitaba asentarse antes de seguir abriendo más capas.

​ He jugado un segundo con el pelo del gato.

​ —Hay algo que nunca entendí —he dicho al fin—. ¿Quién era Lorenzo? —Matteo ha alzado ligeramente las cejas, atento—. ¿Por qué me dio la sensación de que… —he dudado— …de que había algo más que amistad entre vosotros?

​ Él ha soltado una pequeña exhalación, casi una sonrisa.

​ —Porque nunca me lo preguntaste.

​ He fruncido el ceño.

​ —¿Y si lo hubiera hecho?

​ —Te lo habría dicho —ha respondido sin rodeos—.

No quise añadir más ruido. Pensé que estarías más tranquila si no entrábamos ahí.

—He bajado la mirada un instante—. Lorenzo era…

—ha continuado— como un hermano. De verdad.

Crecimos juntos, me conocía mejor que nadie y para mí era muy importante que te conociera antes de irse.

​ He levantado los ojos.

​ —Estaba feliz por mí —ha añadido—. Le dije que la chica de reflejos naranjas me estaba pellizcando el corazón.

​ He sentido ese pellizco replicarse en mi pecho.

​ —Me miró como si supiera algo que yo no entendía —he murmurado.

​ —Porque lo sabía —ha dicho Matteo—. Sabía que tú no eras una más para mí.

​ Ha habido una pausa breve antes de que él continuara, con una naturalidad que me ha gustado.

​ —En mi trabajo me han utilizado como modelo con hombres y con mujeres —ha dicho—. Fotos más elegantes, otras más… provocadoras, pero nunca he cruzado esa línea. Nunca ha sido real.

​ —Y tampoco has tenido pareja «de cara al público» —he añadido.

​ —Por contrato —ha confirmado— y ser parte del juego. Seguir siendo ese misterio que engancha. Y sabes a lo que me refiero. Tú también has vivido en este circo.

​ He sonreído levemente y nos hemos mirado con complicidad.

​ —Trabajamos demasiado —he añadido después.

​ Él ha sonreído y, sin pensarlo, ha soltado:

​ — Eight days a week .

​ Se me ha escapado una risa.

​ He cogido el teléfono y he puesto la canción en los altavoces del salón. Ha empezado a sonar suave, envolviendo todo con esa energía tan bonita que tienen los Beatles. Nos hemos quedado escuchando en silencio unos segundos.

​ —Siempre hemos comentado esta canción haciendo referencia al trabajo —he dicho—. Pero en realidad no va de eso.

​ Matteo me ha mirado.

​ —Va de alguien que ama sin medida —he continuado—. Sin horarios y sin descanso. De una presencia constante. De estar en la cabeza del otro todo el tiempo… sin que pese.

​ —Hay algo que tampoco te he dicho nunca —ha murmurado.

​ He levantado la vista.

​ —Esa mirada tuya… —ha dicho, clavando los ojos en los míos— …no me la he podido quitar de la cabeza desde el primer día.

​ He sentido cómo el pecho se me abría.

​ —Cuando me dijeron que iba a trabajar con una actriz española —ha continuado—, pensé que sería otra más.

Otra chica buscando fama, ruido, foco y morbo.

—Ha negado con suavidad—. Pero llegué a aquella reunión…

y vi lo que te estaban haciendo. Vi que no sabías lo que ibas a firmar, que te habían colocado ahí con todo montado para que no pudieras decir que no.

​ He recordado ese momento como un eco lejano.

​ —Y ahí supe que eras diferente.

​ Su mano ha subido despacio hasta mi cara. La yema de sus dedos ha rozado mi mejilla con una delicadeza que me ha hecho contener la respiración y he cerrado los ojos un segundo. Era real. Cuando los he abierto, él seguía ahí, cerca y presente.

​ Y en ese instante lo he sentido con una claridad que casi asustaba: no importaba el tiempo que hubiéramos pasado sin vernos, no importaban los silencios o las decisiones equivocadas.

Entre nosotros no había que reconstruir nada porque no se había roto.

Habíamos estado conectados todos estos meses, en paralelo, esperando el momento en el que todo volviera a encajar.

No era «en otra vida», era en esta vida y cada segundo que pasaba lo tenía más claro.

​ —Es increíble… —he susurrado—. Parece que no haya pasado el tiempo.

​ Matteo ha sonreído.

​ —Porque lo importante nunca se ha movido.

​ Y tenía razón. Parece que el destino no hubiera sido un empujón dramático, sino una suma paciente de decisiones que, incluso cuando parecían equivocadas, nos estaban llevando exactamente hasta aquí.

Hasta esta cocina, hasta este silencio compartido con música de fondo y hasta esta versión de mí que ya no necesita ser salvada, pero que elige, con la serenidad de quien ha tocado fondo y ha vuelto, amar sin miedo.