Fuimos un error de guion 47
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Meses después…

El día del alta ha amanecido limpio; incluso me atrevo a decir que más luminoso que de costumbre. La habitación, que durante meses ha sido refugio y espejo, se ha quedado atrás cuando he cruzado la puerta con el corazón vivo y asustado a la vez.

​ Me he despedido de todas las chicas con las que he compartido este tiempo y me ha costado hacerlo de Iris. Aunque nos hemos prometido que no es un adiós …

​ Al salir a la calle, los he visto antes de que me vieran ellos. Estaban Cris y Hooper. Y en sus brazos, mi Ringo. He sentido que algo se me deshacía por dentro.

​ —Hola, bebé —le he dicho a mi peludito.

​ Lo he abrazado a él primero. ¡Qué especial ha sido su olor, su peso, su ronroneo inmediato contra mi pecho!

¡Qué maravilla de momento! Él es mi hogar y, al sentirlo tan pegado a mí, me he dado cuenta de que esta lucha ha merecido la pena.

Después los he saludado a ellos. He reído y he llorado al mismo tiempo, sin vergüenza.

He mirado a un lado, luego al otro, casi sin querer, pero no había nadie más.

No esperaba nada y, sin embargo, una parte de mí había mirado.

​ Estaba a punto de subir al coche cuando un rugido ha cortado el momento.

Un deportivo ha aparecido a toda velocidad y ha frenado en seco justo delante de nosotros.

El corazón me ha dado un vuelco. La puerta se ha abierto y ha bajado quien menos me esperaba: Sasha, con un vestido corto, piernas infinitas, tacones imposibles y gafas de sol enormes.

Como si pisara una alfombra roja y no en la puerta de un centro de rehabilitación.

​ —¡Cariño! —ha exclamado avanzando hacia mí—. Casi no llego, tenía una reunión importantísima.

​ Me ha abrazado sin medir fuerzas. He sentido su perfume caro, el mismo de siempre.

​ —Te veo estupenda —ha añadido, separándome un poco—. Además, sales en el mejor momento. He cerrado algo increíble. Un nuevo proyecto donde serás la protagonista absoluta. Vas a compartir cartel con…

​ Ha empezado a enumerar nombres de actores conocidos, actrices de moda y un director premiado.

​ Yo la escuchaba como si estuviera al otro lado de un cristal. Cris ha cambiado el peso de un pie al otro y Hooper ha tensado la mandíbula.

​ —Rodamos en tres meses. Necesito que estés lista —ha concluido, satisfecha, como si acabara de entregarme un premio.

​ He sonreído suave.

​ —Gracias por venir a verme.

​ Ella ha asentido, esperando lo que venía después.

​ —Pero de ahora en adelante no vamos a trabajar juntas.

​ Sasha ha parpadeado, como si no hubiera oído bien.

​ —¿Perdona?

​ —He dicho que no vamos a trabajar juntas nunca más.

​ La incredulidad se le ha transformado en enfado en cuestión de segundos.

​ —No puedes hablar en serio. Todo lo que eres es gracias a mí. He construido tu carrera desde cero.

​ Hooper ha dado un paso al frente.

​ —Y casi la destruyes —ha dicho en un español impecable—. Siena ha estado aquí dentro por culpa de años de presión y de explotación sin límites. No la cuidaste; la exprimiste.

​ Sasha lo ha ignorado y ha clavado los ojos en mí.

​ —Te he dado todo.

​ He respirado hondo.

​ —No, Sasha. Tú eres quien eres y tienes lo que tienes gracias a mí. A mi trabajo, a mi cuerpo, a mi imagen y a mis silencios.

​ No he alzado la voz.

​ Ella ha dado un paso atrás, herida en su orgullo más que en otra cosa.

​ —Esto no quedará así —ha soltado antes de girarse.

​ Cris se ha adelantado con una tranquilidad que imponía y le ha tendido una tarjeta.

​ —A partir de ahora, cualquier cosa que quieras hablar, lo vas a hacer conmigo. Soy su representante.

​ Sasha ha mirado el papel como si quemara. Lo ha cogido, se ha subido al coche y ha arrancado con rabia, levantando polvo y silencio a su paso.

​ El ruido del motor se ha ido apagando.

​ Yo seguía de pie, con Ringo pegado al pecho y la sensación de que algo enorme acababa de cerrarse para siempre.

​ Cris me ha mirado.

​ —Bienvenida a tu nueva vida.

​ He soltado el aire que llevaba años reteniendo.

——————————

​ Ringo no ha dejado de ronronear desde que entramos en casa.

Se ha paseado entre mis piernas como si quisiera asegurarse de que no volvía a irme; creo que ha temido que aquello fuera otro paréntesis.

Yo he ido de un lado a otro, tocándolo todo: la mesa, el sofá, la estantería.

La casa seguía siendo la misma y, sin embargo, yo ya no lo era.

​ Entonces el teléfono ha vibrado y no era una llamada; era la app . La de los globitos.

​ Se me ha acelerado el pulso, porque no me lo esperaba. Había un mensaje nuevo de More:

​ «La chica de los reflejos naranjas ha llegado a casa. Lo sé porque la luz de su lámpara de sal está encendida. Esa que decía que era obligatoria una hora antes de dormir para que el cuerpo entendiera que ya podía descansar.»

​ Me he quedado inmóvil.

​ He mirado hacia la lámpara y estaba encendida. Una corriente me ha atravesado la espalda.

​ —Vale, Siena. Cuenta hasta cinco —me he dicho en voz alta.

​ He dejado a Ringo en el suelo y he caminado hacia el balcón casi sin sentir los pies. El corazón me golpeaba en las costillas como si quisiera salir primero.

​ He abierto y he sentido cómo el aire de la noche me daba en la cara.

​ ¡Dios mío!

​ Allí estaba Matteo Moretti, apoyado sobre el coche de Torres, con un ramo de flores enorme entre las manos. No eran solo rosas esta vez. Había hortensias, iris, pequeños ramilletes en distintos tonos de coral, desde el más profundo hasta el más clarito. Llevaba la primavera en sus brazos.

​ Cuando ha levantado la vista y me ha visto, ha sonreído y lo ha hecho como un niño.

Llevaba su pelo moreno bien peinado, los ojos grandes estaban iluminados por las farolas de la calle.

Vestía con camisa blanca remangada y, en el interior del dobladillo, una tela distinta, con flores diminutas.

El pantalón era oscuro y elegante pero sin esfuerzo. Tan él; tan italiano.

​ El estómago se me ha contraído. El corazón se me ha apretado tanto que dolía. Los ojos se me han humedecido de golpe y sin permiso.

​ Era demasiado.

​ Demasiado real.

​ Demasiado grande.

​ —¿En serio? —he dicho desde arriba, intentando que la voz no me temblara—. ¿Qué es esto? ¿ Pretty Woman versión barrio?

​ Él ha levantado el ramo un poco, teatral.

​ —Nuestra historia supera a las de Hollywood —ha respondido, con esa media sonrisa suya—. Y tú no eres Vivian ni vives en el último piso. Y por lo que veo no hay escaleras en la fachada para subir hasta tu casa.

​ Se me ha escapado la risa de manera espontánea.

​ —Entonces no subas por la fachada, por favor. —Me he apoyado en la barandilla—. Aquí se entra por el portal como Dios manda. Por la puerta grande.

​ Él ha fingido mirar la pared mientras valoraba la opción.

​ —Me estás quitando el momento épico.

​ —Te estoy salvando la vida, More.

​ Ha negado con la cabeza, divertido. Y cuando he dicho en voz alta su apellido, se me ha quedado rebotando en la boca.

​ — Va bene . Escaleras.

​ Se ha incorporado del coche y ha caminado hacia el portal, que estaba abierto. Antes de entrar, ha alzado la vista una vez más.

​ Yo he levantado la mano y he saludado a Torres, que seguía al volante, sonriendo como si llevara años esperando esa escena. Él ha respondido con un gesto cariñoso y ha arrancado.

​ La puerta del portal se ha cerrado y mi corazón ha vuelto a empezar a contar. He oído sus pasos por la escalera, firmes y sin prisa. No corría; no había ninguna necesidad porque yo no me iba a mover de aquí.

​ Cuando ha aparecido en el rellano, con el arreglo floral en las manos y la respiración un poco alterada, nos hemos quedado mirándonos unos segundos que han parecido más largos que todos los meses que habíamos estado separados.

Y he odiado la facilidad con la que mi cuerpo lo ha reconocido.

Porque, de repente, he vuelto a fijarme en todo.

En sus ojos oscuros, en la forma en que las luces dibujaban destellos dorados en ellos, en la sombra de barba que endurecía un poco su mandíbula.

En la camisa blanca remangada, en el detalle absurdo de aquellas pequeñas flores escondidas en el interior de los puños.

En la manera de sujetar el ramo, como si le preocupara más estropear las flores que el hecho de haberse presentado allí. Tan Matteo. Tan ridículamente Matteo.

​ Y ese era precisamente el problema, porque nada en él encajaba con la vida que yo llevaba años construyendo.

Lo he mirado y he comprendido que seguía teniendo el mismo efecto sobre mí.

Ese que me obligaba a recordar a la persona que era cuando no estaba intentando demostrarle algo al mundo.

Y no quería sentir eso, porque la vida real no funcionaba como las historias bonitas que nos contamos para dormir.

La vida real exigía otras cosas. Personas que encajaran en el plan y Matteo nunca había encajado en ninguno de mis planes.

Quizá por eso seguía mirándolo, porque una parte de mí sabía que debía dar un paso atrás y otra, mucho más peligrosa, seguía preguntándose cómo sería darlo hacia delante.

​ —Por la puerta grande como los toreros —ha dicho, levantando ligeramente las manos—. Nada de fachadas ni riesgos innecesarios.

​ —Muy poco cinematográfico por tu parte, también te lo digo —he respondido, cruzándome de brazos para que no notara cómo me temblaban.

​ Él ha sonreído mientras se acercaba un paso.

​ —En Pretty Woman , cuando él sube, le pregunta a ella qué pasó cuando el príncipe rescató a la princesa.

​ Lo he mirado con atención.

​ —Y ella responde que lo que pasó fue que lo rescató ella a él.

​ Matteo ha asentido.

​ —Exacto —ha tomado aire—. Pero aquí no ha hecho falta ningún príncipe azul ni ninguna princesa, Siena. Tú no necesitabas que nadie suba a ninguna torre. Te has rescatado tú sola, como buena guerrera.

​ He sentido cómo algo dentro de mí se aflojaba.

​ —¿Y tú, qué?

​ —Solo me limité a no estorbar… Y esto no es un rescate; es una celebración.

​ Entonces me he acercado yo un paso.

​ —Entonces no eres mi príncipe azul.