46 #2
He asentido. Me he quedado sola en el pequeño hall , observando unas fotografías en blanco y negro colgadas en la pared con actores conocidos y otros no tanto.
Ha sonado la campana anunciando que era la hora de bajar y he mirado alrededor buscando a mi amiga, pero no la he visto. El grupo de espectadores ha empezado a moverse hacia la escalera estrecha que conducía a las salas. He dudado un segundo. Justo entonces he notado una mano en mi hombro.
—Ya estoy —ha dicho Cris detrás de mí.
He girado la cabeza y he asentido.
Hemos bajado juntas con otras seis personas.
La escalera era angosta y el sonido de nuestros pasos ha resonado levemente en el pasillo.
Al entrar en la sala, el espacio era pequeño, casi íntimo: paredes oscuras, luz tenue, bancos pegados a la pared dejando el centro libre para los actores. ¡Qué de recuerdos!
Nos hemos sentado una al lado de la otra. He apoyado las manos en mis rodillas para que no se notara que me temblaban y la puerta se ha cerrado.
La luz se ha encendido en un rincón y ha aparecido una actriz sentada ante un ordenador portátil; la pantalla le iluminaba el rostro en mitad de la penumbra.
Ha empezado a teclear y, mientras lo hacía, iba leyendo en voz alta lo que escribía, como si pensara sin filtro y el teclado fuera una extensión de su garganta.
Con su primera frase he sentido un vuelco, porque eso…
eso era mío. La actriz ha seguido escribiendo, hablando del cansancio de sostener una vida que no encaja, de la presión invisible que te obliga a sonreír cuando por dentro todo cruje.
Ha dicho una frase que juraría haber escrito yo una madrugada, sentada en la cocina de Roma, con el portátil abierto y los ojos llenos de rabia.
He mirado a Cris de reojo.
Estaba jugando con las manos, entrelazando los dedos, soltándolos, volviéndolos a juntar. Nerviosa. Demasiado nerviosa.
¿Sabrá ella que estas frases son mías?
La obra ha continuado. La protagonista se movía por el pequeño espacio central como si estuviera atrapada en una caja invisible.
Luego se ha vuelto a sentar y teclear y han aparecido dos actores: un chico y una chica.
Ella llevaba una peluca y el pelo era de color anaranjado.
Se ha visto su martirio comprimido en veinte minutos: la lucha con la comida, las excusas, las entrevistas donde todo era perfecto, el contrato que la ahogaba sin que nadie lo supiera.
Era mi guion; aquel que escribí para una serie.
Era mi forma de narrar el dolor. Pero era otra versión, quizá más sintética y directa.
Alguien había cogido mis páginas y las había reducido hasta dejar solo el hueso.
He notado cómo se me tensaban los hombros. No entendía nada. ¿Por qué Matteo me ha pedido que vea esta obra? ¿La habrá visto él? ¿Sabrá que habla de mí? ¿O soy yo la que está viendo fantasmas donde no los hay?
La actriz ha pronunciado una línea casi literal, una que yo escribí, y he sentido que me faltaba el aire. Todo era demasiado parecido. Demasiado exacto en la emoción. Y, sin embargo, no era exactamente lo mismo. Mi cabeza iba a mil por hora, encajando piezas que no terminaban de unirse.
Cuando la escena final ha llegado —la protagonista ha cerrado el portátil y ha mirado al público como si, por fin, hubiera decidido mirarse a sí misma—, la luz se ha apagado y ha habido un segundo de silencio; después, aplausos.
La gente se ha levantado. Cris también. Yo me he incorporado más despacio, con las manos húmedas, notando el sudor frío en las palmas, y he intentado buscar sus ojos.
Ella apenas me ha mirado; he notado que tenía la mandíbula tensa e incómoda. Como si supiera algo que yo no.
La actriz ha dado un paso al frente cuando los aplausos empezaban a apagarse y, con una sonrisa, ha dicho:
—Antes de que os vayáis… queremos decir algo más. La autora de este texto está hoy en la sala.
He sentido que el suelo se desplazaba unos centímetros bajo mis pies. Las miradas han empezado a girarse. No todas sabían quién era yo, pero algunas sí. He notado cómo la sangre me subía al rostro bajo la gorra.
—Esta historia pertenece a Siena Luján —ha continuado la actriz—. Y, desde hoy, vuelve oficialmente a sus manos.
Ha habido un murmullo breve y después, aplausos más fuertes.
No he sabido reaccionar. No sabía si levantar la mano, si negar con la cabeza o si salir corriendo.
La puerta lateral se ha abierto y alguien ha entrado con un ramo de rosas de color coral.
Del mismo color que la rosa que me regaló aquel día en el rodaje para hacer las paces, tras discutir por lo de Ringo.
Lo han puesto en mis manos como si acabaran de ponerme el corazón entre los dedos.
Había una nota prendida con un pequeño lazo, pero no la he abierto.
Cris me ha mirado, con los ojos brillantes.
—Cuando salgamos te explico —ha susurrado.
Yo apenas podía escucharla; todo estaba amortiguado.
Cuando hemos salido, me han llevado a un pequeño despacho contiguo y un chico me ha entregado una carpeta. Dentro, estaba el contrato con los derechos de la serie y la posibilidad de realizarla en España. Estaba mi nombre y mi firma pendiente. El inversor principal era Matteo Moretti.
He cerrado la carpeta despacio. Todo esto lo ha peleado él mientras yo creía que me había dejado caer.
Cuando hemos salido a la calle, el aire de Madrid me ha golpeado la cara y me ha devuelto al cuerpo. Caminábamos hacia el coche y yo seguía sintiendo que flotaba unos centímetros por encima del asfalto.
—¿Sabías algo? —le he preguntado a Cris.
Ella ha negado.
—Ni idea. Hasta que he ido al baño. Los actores estaban en una esquina. Me han contado lo que iba a pasar y casi me da algo. Por eso estaba nerviosa.
He recordado sus manos durante la obra. Tenía sentido.
—Ahora tienes los derechos de todo —ha añadido ella—. Es tuyo otra vez.
Mío. La palabra me daba vértigo.
—¿Vas a abrir la nota? —me ha preguntado.
He mirado el sobre pequeño entre las rosas.
—Cuando llegue al centro, a solas. Hoy ya es demasiado.
No quería que pensara que la apartaba.
No quería que se sintiera fuera de algo de lo que había sido testigo, pero ella me ha entendido sin que tuviera que explicarme.
Me ha cogido la mano libre —la otra seguía sujetando el ramo— y me la ha apretado con esa firmeza que siempre me devuelve a tierra.
—Lo entiendo —ha dicho, simplemente.
Hemos llegado al centro. El cielo ya tenía una oscuridad profunda. Todo había sido demasiado para una primera salida. Demasiadas emociones comprimidas en unas pocas horas.
La directora ha salido a recibirnos y Cris ha hablado antes que yo.
—Ha cumplido con todo. Ha comido, ha respirado. ¡Vamos, que ha sido una campeona!
La directora me ha mirado con profesionalidad y orgullo.
—Me alegro —ha dicho—. Mañana lo trabajamos.
He abrazado a Cris con cuidado, sin romper las flores y la carpeta entre nosotras.
Ha sido un abrazo largo. Cuando se ha ido, he entrado en el edificio con la cabeza a mil.
El día entero pasaba delante de mis ojos como una película acelerada.
Solo pensaba en la sesión de mañana. En sentarme frente al psicólogo y desmenuzar cada emoción.
En no dejar que el amor, la gratitud o la euforia ocuparan el lugar que antes ocupó la obsesión.
He subido a mi habitación, he dejado el ramo y la carpeta sobre la mesa, y he bajado a cenar con Iris.
Me he sentado, he escuchado conversaciones ajenas, he masticado despacio, consciente de cada gesto, de cada bocado, de cada pensamiento que intentaba asomarse.
Hoy no iba a permitir que nada me arrastrara. Ni la euforia ni el miedo.
Cuando he terminado, he subido a mi habitación y el color de las rosas parecía casi irreal bajo la luz tenue de la lámpara. Me he cambiado despacio; necesitaba ir soltando capas del día. He apagado la luz principal y me he tumbado en la cama, boca arriba, con la nota entre los dedos.
La he sostenido unos segundos sobre el pecho. El corazón iba más rápido de lo normal, pero no desbocado como me pasaba antes.
He cerrado los ojos un segundo antes de abrir el sobre y luego he empezado a leer:
«Enhorabuena. No lo digo por la obra, tampoco por los derechos ni por lo que hoy ha vuelto a llevar tu nombre. Enhorabuena por haber hecho lo más difícil: cuidarte.
Siempre supe que tenías una fuerza descomunal dentro. La vi el primer día, aunque tú te empeñaras en esconderla detrás de contratos, de sonrisas y de excusas.
No he comprado tu historia para devolvértela. La historia siempre fue tuya. Solo he quitado de en medio a quienes intentaron apropiársela. No lo he hecho para salvarte; lo he hecho para asegurarme de que nadie más volviera a silenciarte.
La chica de los reflejos naranjas no necesita que la rescaten; necesita que crean en ella cuando duda.
Y yo creo. Siempre he creído.
Si algún día decides que quieres compartir esa fuerza conmigo, aquí estoy. Sin contratos, sin guiones y sin miedo.
More.»
He terminado de leer y he dejado el papel caer sobre mi pecho. He sentido cómo algo se deshacía dentro de mí con una dulzura que dolía.
He girado la cabeza hacia las rosas corales. En otra época habría sentido vértigo, habría pensado que tanta intensidad era peligrosa, que amar así era poder perder el control. Pero hoy no, porque lo que sentía no me arrastraba; más bien me sostenía.
He llevado la nota al corazón, literalmente, y he cerrado los ojos.
No sabía qué iba a pasar mañana. No sabía cómo encajar todo aquello en terapia.
No sabía si él estaría esperando una respuesta inmediata o si simplemente confiaba en el tiempo.
Pero sí sabía algo: el amor ya no era un salvavidas lanzado al agua para impedir que me hundiera; era un suelo firme al que acercarme sin miedo.
Y esta vez, si daba el paso hacia él, sería porque yo lo elegía.