Fuimos un error de guion 46
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Cuando hemos llegado al portal del piso que compartimos, el mapa ha empezado a vibrar. En la pantalla han aparecido varios globitos de golpe, alineados uno tras otro, en el mismo punto exacto.

​ He sentido que el estómago se me encogía.

​ —Esto va a ser como cuando te depilas con cera, que arrancas todos los pelos de golpe —he dicho, intentando quitarle hierro a lo que en realidad me estaba dando vértigo.

​ —Pues arranca de una vez —ha dicho Cris mientras soltaba una risa breve.

​ He respirado hondo y he abierto el primero.

​ «Ya vivimos bajo el mismo techo y es un suplicio.

Un suplicio por demasiadas cosas. Porque es difícil compartir casa con alguien que, cuando la ves cruzar el pasillo, te desordena el pulso, te golpea en las sienes y no te da tregua.

Es difícil llamarla compañera de piso cuando todo lo que siento debajo de esa palabra no cabe en el contrato.

No lo es. No es solo eso. Y tampoco es solo lo que ella esconde. »

​ He notado cómo la sangre me subía al rostro. Cris no ha dicho nada, solo me ha mirado de reojo y he seguido leyendo.

​ «Se me hace insoportable verla consumirse poco a poco. Inventar excusas para no comer. Sonreír cuando está rota. Aguantar una vida que la oprime mientras finge que puede con todo. Yo lucho para no desbordarme. Pero, sobre todo, para no desbordarla a ella.»

​ El aire se me ha quedado atascado en el pecho. He tenido que tragar saliva antes de abrir el siguiente.

​ «Me oyó llorar en la habitación. Entró sin pedir permiso para consolarme, pero no estoy siendo claro con ella.

Sigo el juego. Ella cree que soy gay y no la saco de ahí.

Desde Nápoles, desde aquella llamada nocturna para que me contara un chiste, supe que era la mujer que querría tener a mi lado, pero no quiero ser una carga más en su vida.

Quiero dejarla libre. Dormir con ella ha sido como encontrar tierra firme después de meses a la deriva.

Lo daría todo por repetirlo cada noche.»

​ He cerrado los ojos un segundo.

​ —¿Te das cuenta? —ha susurrado mi amiga.

​ No he contestado, porque lo que sentía no tenía nombre claro. Rabia, ternura, dolor y algo que se parecía, quizá, a la esperanza.

​ He abierto el siguiente mensaje.

​ «Han salido noticias que la relacionan con su ex. Perfecto. Es el momento ideal para darle la vuelta a todo y empezar a alejarme. La chica de reflejos naranjas necesita centrarse. Necesita espacio. Y lo que S. y L. me han dicho supera lo que imaginaba.»

​ He fruncido el ceño.

​ —¿Qué le dijeron Sasha y Ludovica? —he murmurado, más para mí que para mi amiga.

​ Ella se ha encogido de hombros.

​ —Eso suena a despacho y estrategia.

​ Yo he vuelto a leer esa última frase. Supera lo que imaginaba. Matteo luchando en silencio contra lo que sentía. Yo luchando en silencio contra mi propio cuerpo. Dos guerras distintas bajo el mismo techo.

​ El portal me ha parecido demasiado pequeño para todo lo que no supimos decirnos.

​ He mirado a Cris antes de abrir el penúltimo globito. Me ha apretado la mano como si supiera que lo que venía no iba a ser ligero.

​ He pulsado.

​ «Es frustrante querer salvar a alguien que no pide ayuda.

Ella es imposible. Y no lo digo como reproche, lo digo con dolor.

Veo cómo se rompe delante de mí y no puedo tocar esa bomba sin que todo salte por los aires.

L me ha recordado el contrato que firmé yo solo.

Me prohibieron enamorarme, implicarme e intentar salvarla.

Pero el corazón no entiende de cláusulas. »

​ He sentido un latigazo en el pecho.

​ He seguido leyendo, casi con rabia.

​ «La chica de los reflejos naranjas no lo sabe, pero hay un contrato a sus espaldas.

Uno firmado con las dos mujeres que mueven los hilos.

Si rompo ese acuerdo, no solo caigo yo, cae ella.

Y bastante tiene ya. Me dijeron que no me desviara del guion, que no cruzara líneas y que no confundiera ficción con realidad.

Pero ¿cómo no hacerlo cuando la realidad pesa más que cualquier escena?

Ella es un juguete roto con el que siguen jugando.

Y yo quiero sacarla de ahí. Quiero llevármela lejos, pero hacerlo sería dinamitarlo todo. »

​ He dejado de respirar un segundo.

​ Cris ha soltado un « madre mía » muy bajo.

​ El mensaje continuaba.

​ «Duele mirar y no poder intervenir. Duele quedarse quieto mientras ella se consume.

Duele saber que podría abrazarla y decirle la verdad, pero que ese abrazo podría costarle el trabajo, la reputación, la estabilidad que aún conserva.

Así que hago lo único que me queda: huir.

Alejarme antes de que el daño sea mayor. Aunque irme también duela y me parta.»

​ He sentido una mezcla de traición y comprensión que me ha mareado. Yo creyendo que él era frío. Él creyendo que protegerme era desaparecer.

​ He abierto el último globito. El definitivo.

​ «Hoy me he despedido de ella. De la chica de los reflejos naranjas.

Y no sé si alguna vez entenderá que marcharme ha sido lo contrario a dejar de sentir.

Me voy con la sensación de haberla abandonado.

Con el vacío de quien sabe que no estuvo a la altura.

Me siento culpable de no haber sabido cómo ayudarla sin destruirlo todo. Pero también sé algo…»

​ He notado que las manos me temblaban.

​ «…Ella nunca ha dejado que nadie la salve.

Y quizá no necesita un salvador. Confío en la fuerza descomunal que tiene dentro, aunque ahora no la vea.

Confío en que un día se encontrará a sí misma sin que nadie la empuje.

Y si alguna vez vuelve a cruzarse en mi camino, quiero que sea desde ahí.

Desde su propia salvación. Porque el amor no siempre es rescatar.

A veces es confiar en que el otro sepa salir del agua solo. »

​ No sabía si lo que sentía era alivio o devastación. Cris se ha quedado en silencio, respetando ese momento en el que algo dentro de mí se recolocaba a golpes.

​ Matteo no se había ido porque no le importara. Se había ido porque creyó que quedarse podía hundirme más. Ninguno de los dos había sabido hacerlo mejor.

​ Mi amiga se ha quedado mirando el portal, como si necesitara ordenar lo que acabábamos de leer antes de ponerle palabras. Luego me ha mirado a mí.

​ —¿Sabes qué es lo más importante de todo esto? —ha dicho al fin.

​ He negado con la cabeza.

​ —Que tenía razón. No hay nadie que nos salve.

​ He fruncido el ceño.

​ —Tú me salvaste en Italia —he contestado casi sin pensar—. Te plantaste allí, abriste la puerta. Si no llegas a aparecer…

​ Cris ha sonreído con suavidad y ha negado despacio.

​ —No, Siena. Yo estuve, pero no te salvé. Te salvaste tú cuando decidiste no quedarte en la cama. Cuando aceptaste ayuda. Cuando firmaste el ingreso por voluntad propia. Cuando empezaste a hablar en vez de tragarte todo. Eso no lo hice yo; eso lo hiciste tú.

​ He bajado la mirada.

​ —Moretti confiaba en mi fuerza —he murmurado.

​ —Pero esa fuerza no nació porque él la viera. Ya estaba ahí. Lo único que pasa es que a veces necesitamos que alguien nos la recuerde.

​ Se ha acercado un poco más.

​ —Romantizamos demasiado que otro venga a salvarnos. Que el amor sea la cuerda que nos saca del pozo. Pero eso es peligroso, ¿lo sabes? Porque entonces parece que solo vale lo que hace esa persona. Y si desaparece… ¿qué? ¿Nos volvemos a caer? ¿Dejamos de existir?

​ He sentido cómo esas preguntas me atravesaban. Ella ha continuado.

​ —Nadie puede sostener tu vida por ti. Amar no es rescatar, es acompañar. Pero la puerta la abres tú. La llave la tienes tú; siempre la has tenido.

​ He respirado más hondo.

​ —Somos los únicos que podemos entrar en nuestro propio cuarto oscuro y encender la luz —ha añadido con voz más baja—. Si delegas eso en alguien, le das un poder que nadie debería tener.

​ Me he quedado en silencio.

​ Durante meses había pensado que él era el punto de apoyo. El salvavidas. Y ahora entendía que, si me había agarrado a él como a una tabla en mitad del mar, era porque no estaba mirando mis propios brazos y mi propia capacidad para nadar.

​ —Que alguien te quiera no te salva —ha concluido Cris—. Te acompaña mientras tú te salvas. Y eso es mucho más sano y real.

​ He apoyado la cabeza en su hombro un segundo.

​ No había épica en lo que decía, solo una verdad incómoda y liberadora a la vez: nadie viene a rescatarnos y, quizá, eso no sea triste. Quizá sea la forma más honesta de empezar a vivir.

​ Pero el mapa no se ha apagado. El punto azul ha vuelto a moverse y ha trazado una línea clara hacia el centro de Madrid.

​ —No puede ser… —he susurrado.

​ Cris ha sonreído sin decir nada, ha arrancado el coche y ha conducido en silencio hasta la plaza de garaje que tiene alquilada cerca de casa.

Desde allí hemos ido caminando juntas, mezcladas con la gente que llenaba las aceras, el ruido de las terrazas en pleno invierno, el olor a café recién hecho y a ciudad viva.

​ —Tiene pinta de último mensaje —ha dicho Cris—. Nos manda al Microteatro por Dinero. Aquí fue donde vinisteis aquella vez que te recogió en el portal.

​ Cuando hemos llegado a la puerta, había varias personas esperando mientras charlaban en pequeños grupos.

Risas suaves, miradas distraídas, gente que no sabía que para mí ese sitio no era solo ocio, sino historia.

Me he colocado mejor la gorra y he bajado la mirada, incómoda. No quería que nadie me reconociera.

​ Me he apartado un poco y he abierto el mensaje.

​ «Sala 3. Here, There and Everywhere … ¿o en otra vida?»

​ He sentido una sacudida.

​ Es una canción y una frase que se repite como un mantra en ese tema de los Beatles. Estar aquí, allí y en todas partes. Y «en otra vida»… lo que nos dijimos al despedirnos, como si necesitáramos creer que existía una versión alternativa donde todo salía bien.

​ —Es la sala tres —he dicho en voz baja.

​ Hemos comprado las entradas y mientras esperábamos, Cris me ha tocado el brazo.

​ —Voy al baño antes de bajar, ¿vale?