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La canción ha empezado a sonar suave, casi íntima. Me ha dado la sensación de que alguien había bajado el volumen del mundo para que solo se escuchara eso. Cris ya estaba buscando la letra en su móvil y, cuando la ha encontrado, ha leído en voz baja, primero para ella, luego para mí.
—Habla de esperar, de amar todavía y de hacerlo si la otra persona quiere —resumió Cris, con la boca entreabierta.
Se ha quedado en silencio un segundo y después se ha tapado la boca con la mano.
—¡Ostras, tía!
He sentido un escalofrío limpio, directo, nada dramático pero imposible de ignorar.
—La escribió Paul McCartney cuando estaban en la India —he dicho rápido, casi automática—. Es una canción muy sencilla. Habla del amor incondicional, pero no va dirigida a nadie en concreto; es más una idea universal que una declaración personal.
Mi amiga me ha mirado como si acabara de escuchar la mayor tontería del año.
—¿Me estás diciendo que te la ha mandado como reflexión filosófica sobre el amor en abstracto?
He intentado mantener la compostura.
—Puede ser solo eso.
Ella se ha apartado del portal con un gesto exagerado y me ha señalado con el móvil.
—Chica, abre los ojos. No te está enviando un documental sobre este grupo. Te está mandando una canción que dice que si tú quieres que espere, lo hará.
He mirado la pantalla otra vez.
« If you want me to, I will .»
Y ahí ha estado el golpe. He notado esa mezcla extraña: algo que aprieta el pecho y, al mismo tiempo, lo ensancha. Hay una parte de mí que quiere seguir explicándolo todo desde lo racional, desde lo histórico, desde lo técnico. Y otra que empieza a cansarse de esconderse detrás de datos.
He levantado la vista hacia mi vecina.
—No sé qué hacer con esto.
—Sentirlo —ha respondido ella sin dudar—. Solo sentirlo por una puta vez.
La canción seguía sonando bajito y en lugar de pensar si él siente o no siente, he entendido que la pregunta incómoda no era esa. La pregunta era si yo voy a dejar de decir «ha sido un error» cada vez que algo me importa de verdad.
He apagado la canción antes de que terminara, como si cortar la música pudiera frenar también lo que se me estaba moviendo por dentro. Me he levantado con una energía nerviosa.
—Ya está bien por hoy —he dicho, intentando sonar firme—. Es suficiente.
Cris no se ha movido.
—No.
La he mirado.
—¿Cómo que no?
Me ha quitado el teléfono de las manos con determinación y ha abierto la app otra vez.
—No vamos a dejar esto a medias —ha dicho—. Si lo dejamos aquí, mañana en el centro vas a darle vueltas. Pasado mañana también. Y dentro de una semana seguirás pensando en lo que no leíste.
He sentido el impulso de protestar.
—Cris, estoy removida. No puedo más hoy.
—Precisamente por eso —ha respondido, ya buscando el siguiente punto en el mapa—. Esto tiene que acabar. No puedes abrir heridas y luego cerrarlas a medias. No ahora que estás trabajándolo con especialistas y que por fin estás siendo honesta contigo.
El siguiente destino ha aparecido en la pantalla y era el piso que compartimos.
He dado un paso atrás.
—No voy a ir allí.
Cris ha levantado la vista despacio.
—Sí, vas a ir. Yo te voy a llevar.
—No —he repetido, notando cómo el miedo empezaba a subir como una ola vieja, conocida—. No necesito verlo. No necesito más.
—Claro que lo necesitas —ha dicho con una templanza que me ha enfadado más que cualquier grito—. Porque siempre has sido experta en salir corriendo antes de mirar de frente lo que te da miedo.
He negado con la cabeza, sintiendo cómo el pecho se me cerraba.
—No es huir. Es cuidarme.
—No —ha insistido ella, acercándose un paso—. Cuidarte no es evitar. Cuidarte es atravesar sin destruirte, y ahora puedes hacerlo.
He mirado el punto azul en el mapa. El piso. Nuestro piso. El lugar donde todo fue demasiado real y demasiado frágil a la vez.
—No quiero volver ahí —he susurrado.
—Precisamente por eso tienes que hacerlo —ha dicho Cris, y me ha cogido el brazo con firmeza, no para arrastrarme, sino para anclarme—. No puedes pretender ser mi socia y comernos el mundo si sigues dejando que los lugares te dominen.
La he mirado sorprendida.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Todo —ha respondido sin dudar—. Trabajar contigo significa apostar por la Siena valiente. No por la que se esconde. Yo solo voy a aceptar ser tu representante si tú aceptas dejar de vivir a medias.
—Eso no es justo —he dicho, pero mi voz ya no tenía fuerza.
—Es lo más justo que te han dicho en mucho tiempo —ha replicado—. O te enfrentas al miedo de una vez, o vas a seguir negociando contigo cada vez que algo importe de verdad.
He sentido ese impulso de retroceder, de elegir lo cómodo, de decir «no puedo» antes de intentarlo. Pero también he sentido cansancio de esconderme.
—No quiero que esto me rompa otra vez —he admitido.
Cris ha bajado el tono.
—No te va a romper. Te rompía antes, cuando lo evitabas. Ahora tienes herramientas. Ahora sabes respirar, sabes pedir ayuda; no eres la misma de Nápoles.
He tragado saliva.
Tenía razón. No soy la misma.
—Vale —he dicho al fin.
—Vale, ¿qué?
—Vamos.
Cris ha sonreído, no triunfal, sino orgullosa.
Hemos subido al coche. La cuesta ha vuelto a exigir que el freno estuviera bien puesto, que todo estuviera firme antes de arrancar. No estaba huyendo; estaba yendo.