45 #4
La misma madera ligeramente desgastada.
La misma vista hacia los árboles. Me he sentado despacio, como si estuviera ocupando un recuerdo en lugar de un asiento.
Mi amiga se ha quedado de pie un segundo, mirándome y luego se ha sentado a mi lado.
He vuelto a abrir el mensaje de Matteo y lo he releído en silencio.
Le dio miedo contestarme y prefirió callar antes que decir lo que realmente pensaba.
Cris me ha mirado de reojo.
—¿Cuál era el mensaje que tú le habías enviado ese día?
He sentido un calor leve en las mejillas.
—Le pregunté algo —he admitido.
—¿El qué?
He mirado al frente, hacia los árboles.
—Después de que me mandara la canción Ob-La-Di, Ob-La-Da , le escribí: «¿Es que tú quieres tener la vida que describe la canción?»
Se ha quedado quieta un segundo.
Ella me ha quitado el teléfono de las manos con una rapidez que no he podido evitar.
—Espera, espera… —ha empezado a buscar la letra en castellano—. A ver qué dice exactamente esa canción.
Ha deslizado el dedo por la pantalla y ha leído en voz alta:
—«Han construido un hogar, dulce hogar, con un par de niños corriendo en el patio…»
Ha soltado un grito ahogado.
—¡Siena!
Yo he intentado mantener la compostura, pero la sonrisa se me ha escapado.
—No grites —le he dicho en voz baja, dándole un pequeño golpe en el brazo.
—¿Pero tú te das cuenta? —ha insistido—. Le preguntaste si quería esa vida contigo y él se quedó en shock . ¡Claro que le dio miedo contestar!
—¡No le pregunté si la quería conmigo, idiota! —he respondido, intentando sonar razonable—. Matteo viaja mucho. Vive de campaña en campaña. Luego me contestó y me dijo que algún día tendrá una vida así.
Cris ha pegado otro gritito, aún más agudo.
—¿Ves? ¡Algún día!
Me ha agarrado el antebrazo con emoción.
—Eso no es un «no». Eso es un «no ahora». Y si lo pensaba en general… también lo pensaba contigo.
He negado con la cabeza, riéndome.
—Eres insoportable.
—Y tú eres ciega —ha replicado.
Nos hemos quedado un segundo en silencio, mirando el banco, el parque lleno de gente que no sabía que, en ese mismo sitio, dos personas que guardaban secretos habían estado sentadas.
He apoyado la espalda en el respaldo y he respirado. Quizá lo que le dio miedo no fue la canción, fue la posibilidad de que yo quisiera lo mismo y, quizá, lo que me dio miedo a mí no fue su respuesta, fue imaginar que sí.
El mapa ha trazado la siguiente ruta hacia Tetuán y hasta allí hemos ido.
Mi acompañante ha levantado una ceja.
—¿Vamos a subir esa cuesta infernal?
He sonreído, nerviosa.
—Como el freno de mano no agarre bien, nos vamos cuesta abajo de culo.
—Pues hoy no estamos para accidentes simbólicos —ha respondido ella, buscando la marcha adecuada.
La calle donde vivía Matteo en aquella época siempre me pareció una metáfora involuntaria: empinada, exigente, obligándote a mantener tensión constante para no deslizarte hacia atrás.
Cris ha aparcado con cuidado y ha tirado del freno con decisión.
—Que no se mueva ni un centímetro —ha dicho.
Yo ya no estaba mirando el coche, estaba mirando el portal.
Un globito nuevo.
«Hoy he compartido una charla con la chica de reflejos naranjas.
Hemos hablado de cicatrices. Me ha contado cosas que se arrastran desde la infancia como maletas demasiado pesadas y me he reconocido.
Dos personas sentadas en un sofá, aparentemente fuertes, igual de rotas por dentro.
He pensado que a veces el amor no empieza con un beso.
Empieza cuando alguien no se asusta de tus sombras.
Ella ha sobrevivido a su pasado como quien aprende a caminar con piedras en los zapatos.
Yo también, y ha sido mágico no sentirme tan solo. »
El aire se ha vuelto más denso.
Esa noche.
La denuncia.
La conversación que no salió en ningún titular.
Yo creyendo que él me sostenía.
Y ahora descubro que él también estaba sosteniéndose.
Cris ha leído en silencio y ha apoyado la mano en mi espalda.
—Joder…
No he contestado.
Pero antes de que pudiera cerrar el mensaje, la app ha vibrado de nuevo con otro globito que se escribió horas después.
He respirado hondo y lo he abierto.
«Hoy tocaba nuestro primer beso. No sabían que lo difícil no era besarla, era fingir que no importaba.
He sentido el mundo reducido a centímetros.
Solo la chica de reflejos naranjas y un segundo en el que todo fue verdad a pesar de que después se liara la monumental.
No puedo dejar de pensar en aquel beso; fue como encender una cerilla en mitad de una tormenta.
Sabía que podía apagarse, pero durante un instante iluminó todo. »
He bajado el móvil lentamente y he recordado el calor en la boca. Cris ha exhalado despacio.
—Vale —ha dicho—. Esto ya no es coincidencia.
He mirado el portal, la cuesta, el coche perfectamente quieto gracias al freno bien puesto.
Durante mucho tiempo pensé que yo era la única que estaba a punto de deslizarse cuesta abajo y ahora descubro que él también estaba sujetando el coche con fuerza. Quizá no éramos dos personas intentando no caerse, quizá éramos dos personas sosteniéndose en pendiente.
Nos hemos quedado allí. Cris se ha apoyado en la pared y yo me he sentado en el escalón y he dejado que el frío de la piedra me atravesara la ropa.
—Lo fue dejando todo —ha dicho ella con suavidad—. Lo dejó aquí: en los lugares donde estuvo contigo.
No he respondido. He sentido como si el suelo se abriera apenas un centímetro y, desde esa grieta, una mano invisible me apretara el corazón. No sabía si era felicidad o miedo. Eran las dos cosas a la vez.
He mirado hacia las ventanas que fueron suyas.
—¿Por qué parecía distante? —he susurrado—. ¿Por qué me ocultó todo esto?
Cris no ha dudado.
—Porque tú dejaste muy claro lo cerrada y dolida que estabas.
La frase me ha atravesado. Yo había marcado límites. Yo había repetido que nada de enamorarse. Yo había levantado el muro.
—Vio miedo en ti —ha añadido ella—. Y pensó que lo mejor era no empujar.
He recordado mi tono tajante, mi necesidad de controlarlo todo antes de que algo pudiera dolerme. Y de repente su silencio ya no sonaba a desinterés, sino a una forma torpe de proteger.
Si hay que actuar, se actúa.
Esa frase, que antes me había dolido, ahora tenía otro peso. ¿Y si simplemente decidió no contradecir la versión que me hacía sentir a salvo?
Un vecino ha entrado en el portal sin mirarnos.
El barrio seguía igual mientras dentro de mí algo cambiaba.
He apoyado la cabeza en la pared y he cerrado los ojos un instante.
No entendía nada. Y, al mismo tiempo, empezaba a entender demasiado.
Sentía miedo, sí. Pero también la posibilidad de que lo nuestro no hubiera sido un error bonito, sino algo que crecía mientras yo fingía no mirarlo.
La app ha vibrado otra vez. Otro globito escrito en este punto.
«Llevo días sospechando algo. No sé cómo actuar frente a ello y me da pánico verla desaparecer. No quiero callarme, pero tampoco quiero romper más a la chica de reflejos naranjas. A veces el silencio parece protección y otras veces es cobardía. No sé en qué lado estoy.»
—Sabía que vomitaba —he dicho bajito.
Cris no ha dramatizado. Solo me ha mirado con una mezcla de comprensión y rabia contenida. Era un hombre viendo que algo no estaba bien y sin saber si decirlo o protegerlo con silencio.
Antes de que pudiera ordenar lo que sentía, la app ha vuelto a vibrar.
«Hemos vuelto de Nápoles. Decir adiós a Lorenzo me ha roto por dentro.
Es el hermano que no tuve. El único que sabía todo sin que yo tuviera que explicarlo.
Despedirme de él ha dolido más de lo que esperaba, pero me llevo algo bueno de esos últimos días.
Conoció a la chica de reflejos naranjas y me dio el visto bueno.
Eso, en medio de tanto ruido, me relajó el corazón. »
He respirado intentando colocar dentro de mí todo lo que estaba leyendo. Cris me ha agarrado la mano.
—La vida, cuando no hablamos claro, nos hace pensar cosas que no son —ha dicho—. Lorenzo era su amigo. Y que quisiera que te conociera antes de despedirse dice mucho.
He recordado la mirada de Lorenzo en Nápoles.
La seriedad, la media sonrisa y yo intentando descifrar algo que quizá nunca fue un enigma.
He sentido tristeza, sí, pero no era una tristeza oscura.
Es esa que aparece cuando empiezas a entender que muchas cosas dolieron porque nadie se atrevió a decirlas en voz alta.
He apretado la mano de Cris. No sabía qué hacer con todo esto, pero me he ido dando cuenta de que no estoy reconstruyendo una fantasía; estoy desmontando un malentendido enorme. Un error en este guion.
La app ha vuelto a vibrar y esta vez el sonido me ha pillado con el corazón todavía descolocado por lo anterior. He abierto el nuevo globito sin prepararme demasiado, como si hacerlo rápido fuera a doler menos.
«Nápoles. Horas después de ver a Lorenzo apagarse delante de mí, pensé que ya no podía sentir nada más fuerte ese día.
Me equivoqué. La besé. No fue un beso planeado ni elegante.
Fue torpe, urgente, casi desesperado. Supongo que cuando uno pierde algo tan grande, busca agarrarse a lo que todavía está vivo.
Y cuando dijo: «Lo siento. Ha sido un error», entendí que no era el beso lo que la asustaba; era todo lo que había por debajo.
No me dolió que me frenara. Me dolió imaginar que iba a castigarse por haberlo sentido.
Así que decidí no presionar. No añadir peso a alguien que ya caminaba con demasiado encima. »
He terminado de leer y me he quedado quieta, con el móvil en la mano y la garganta seca. No había grandes metáforas ni fuegos artificiales. Solo esa frase que lo cambiaba todo: buscar agarrarse a lo que todavía está vivo.
La app mostraba un enlace.
I Will .
He pulsado la canción de los Beatles.