45 #3
«No sé si he hecho bien o mal, pero no le he llevado la contraria.
He entendido que el miedo está haciendo más ruido que yo.
He visto algo en los ojos de la chica de reflejos naranjas que no era desinterés; era defensa.
Y cuando ha pensado que me gustaban los chicos, no lo he negado.
Si hay que actuar, se actúa. No quiero que sienta amenaza. Ni que yo sea otro motivo para huir.»
Me he quedado a cuadros.
He releído la frase varias veces. No lo he negado. Si hay que actuar, se actúa.
—¿Qué narices está diciendo? —he susurrado.
Cris ha leído por encima de mi hombro y ha levantado la vista, sorprendida.
—Siena… esto no suena a lo que tú creías.
He sentido cómo se movían piezas que yo daba por fijas.
—¿Y todos esos tíos que se lo comían con los ojos? —he murmurado, aferrándome a lo conocido.
Cris ha apoyado la espalda en el asiento.
—Que alguien le mire no significa nada. Que tú necesitaras que fuera inaccesible… eso sí significa mucho.
He cerrado los ojos un segundo. Durante meses me repetí que él era imposible, que era más seguro así. Que yo no estaba compitiendo con nadie porque nunca hubo competición.
¿Y si esa certeza había sido un escudo?
Cris ha arrancado el coche.
—Dime cuál es la siguiente parada. Esto no se queda aquí.
La siguiente parada ha sido el teatro de Gran Vía donde fuimos al estreno de aquella película. Aquel día en el que los periodistas ya comenzaban a seguirnos el rollo, en el que nos pedían miradas, gestos, química a demanda. El día en que todo empezó a parecer demasiado perfecto para ser real.
He abierto el mensaje.
«Nos han pedido que nos mirásemos, que fingiéramos algo.
Pero ¿qué es fingir cuando tienes delante a la chica de reflejos naranjas siendo pura luz?
Las calles de Madrid por la noche son como noi due : llenas de luz hacia fuera, pero con rincones en sombra donde todo es más vero, más lento, más nostro… »
He sentido una punzada de culpa.
Yo estaba convencida de que todo le resultaba fácil, de que no había nada que perder para alguien como Matteo.
Que si aquello se rompía, él simplemente seguiría caminando bajo otra luz, en otra alfombra roja, en otra ciudad.
Y mientras tanto, estaba apagando la suya.
Madrid brillaba aquella noche. Brillaban los focos, las cámaras, nuestras sonrisas, pero no sabía que alguien estaba regulando su propia luz para no deslumbrarme.
El mensaje del teatro me ha dejado movida por dentro, pero no me he podido quedar demasiado tiempo flotando en esa sensación porque el reloj ha marcado la hora pactada.
—Nos toca parar y comer algo —ha dicho Cris.
Ha aparcado y hemos entrado en un restaurante de comida casera que había por la zona. Manteles de papel, menú del día escrito en una pizarra, olor a guiso y a pan caliente. Un sitio sencillo, sin postureo. Justo lo que necesito ahora: verdad.
Me he sentado y he notado cómo el cuerpo empezaba a tensarse antes incluso de que llegara el camarero.
Yo ya sabía lo que me tocaba. Lo había trabajado en el centro. Primer plato completo, segundo con proteína y guarnición, pan y postre o lácteo, y lo más importante: nada de negociar.
He cogido la carta del menú del día y he sentido ese impulso antiguo de buscar lo más ligero, lo más invisible.
Hoy estoy removida. Hoy no debería forzar. Hoy con un primero basta.
—¿Qué te vas a pedir?
He respirado hondo.
—Lentejas de primero… —he dicho, notando la palabra en la garganta—. De segundo pollo con patatas y luego yogur.
Me ha costado más de lo que parece.
Cuando el camarero ha llegado he tenido la tentación de cambiar las patatas por ensalada. La frase estaba a punto de salir, pero no la he dicho. He pedido el menú tal cual.
Mientras esperábamos, la ansiedad ha empezado a subir, fina pero constante. He apoyado las manos sobre la mesa para sentir la madera bajo los dedos.
Cris ha empezado a hablar de su trabajo.
—Estoy hasta arriba —ha dicho, suspirando— y siento que escribo para rellenar espacio.
Yo la escuchaba mientras mi cabeza hacía ruido por anticipado.
—¿Y por qué sigues con eso? —le he preguntado.
—Porque es lo seguro, porque paga las facturas y porque cambiar da miedo —ha sonreído con ironía—. ¿Te suena?
He esbozado una media sonrisa.
Las lentejas han llegado en un plato hondo, lleno y caliente. He sentido un microsegundo de rechazo pero he cogido la cuchara.
—Escucha —he dicho antes del primer bocado—. ¿Y si trabajamos juntas?
Ella se ha quedado quieta.
—¿Cómo que juntas?
He soplado la cuchara y después me la he metido en la boca. La voz interna ha empezado a murmurar, pero yo he seguido hablando.
—Sé cómo funciona este mundo. Tengo nombre y contactos y tú tienes talento. Mucho —he notado el pulso en la garganta, pero no he dejado la cuchara—. Podrías ser mi representante.
Cris ha abierto los ojos.
—¿Yo? ¿Estás loca?
—No. —He masticado despacio, sosteniendo la ansiedad sin huir—. Confío en ti. Y sé que con Sasha no soy feliz. Necesito cambiar hábitos y ella es uno de ellos.
La frase me ha salido clara y sin temblor. Me he llevado otra cucharada a la boca.
Esto es demasiado.
Estás mezclando emoción y comida.
He respirado.
No estoy comiendo por ansiedad. Estoy comiendo porque quiero vivir.
—Siena… —mi amiga me miraba con algo entre miedo y ilusión—. Esto es serio.
—Lo sé. Y no hay compromiso eterno. Si en algún momento te agobias, buscamos a otra persona. Sin drama. —He apoyado la cuchara—. Pero creo que podemos ser un equipo. De verdad. Tú y yo.
Ha sonreído, nerviosa.
—¿Un equipo?
—Sí. —He cogido pan sin pensar demasiado y ese gesto tan normal, ha sido una pequeña victoria—. Podemos salir y comernos el mundo juntas.
Cris se ha reído.
—Nunca mejor dicho, viendo lo que tienes delante.
He mirado el plato y he sentido la presión habitual al pasar al segundo. Las patatas brillaban, pero ese brillo no era bonito, era un reto.
Con esto basta.
Ya has hecho suficiente.
No.
He cortado el pollo y he cogido una patata.
—Estoy orgullosa de ti —ha dicho ella de repente, bajando la voz.
He levantado la mirada.
—No lo digas como si fuera épico —he respondido, intentando quitarle peso.
—No es épico; es valiente.
He masticado las patatas. La ansiedad estaba ahí. Ha susurrado compensaciones futuras, caminatas innecesarias, restricciones imaginarias y yo he respondido mentalmente: No .
He terminado el segundo.
El yogur ha sido el último pequeño combate. Lo he abierto sin ceremonia.
—Entonces… ¿lo dices en serio? —ha preguntado Cris.
He dado la primera cucharada.
—Por supuesto.
No he sentido euforia o fuegos artificiales. He sentido estabilidad.
He terminado el yogur.
No me he levantado al baño. No he cambiado el pedido. No he negociado conmigo.
He apoyado los cubiertos.
Cris me ha mirado con una sonrisa que no era de celebración exagerada, sino de respeto profundo.
—Bien —ha dicho.
Y yo he respirado hondo. No ha sido fácil, pero ha sido mío y no he sentido que me estaba encogiendo; he sentido que estaba creciendo.
Hemos salido del restaurante y el cuerpo ha reaccionado casi antes que la cabeza con ese impulso antiguo, ese mecanismo automático. Ahora toca deshacerlo.
He notado cómo se me aceleraba el pulso. El pensamiento ha aparecido con una familiaridad insultante:
Sabes lo que haces cuando comes fuera. Sabes cómo arreglarlo.
He respirado hondo varias veces y Cris me ha mirado sin decir nada, solo ha caminado a mi lado. He sentido el nudo subir a la garganta. No era físico, era la vieja coreografía del «como y vomito».
He parado un segundo en la acera.
—Dame… dame un momento —he dicho bajito.
He apoyado las manos en las caderas, he cerrado los ojos y he dejado que el monstruo hablara.
Hazlo ahora. Es más fácil. Nadie lo notará.
He respirado otra vez.
No.
No voy a esconderme en un baño ni voy a romper lo que acabo de construir.
He abierto los ojos.
—Vamos —he dicho.
Y he comenzado a caminar.
El mapa indicaba que la siguiente parada estaba en El Retiro. Teníamos un paseo largo y ahí he notado otro impulso: el de moverme. Caminar rápido para quemar.
He mirado a mi vecina.
—¿Me acercas en coche? —le he pedido, con honestidad—. No quiero andar nada más comer. No quiero usar el paseo como excusa.
Ella lo ha entendido sin necesidad de más explicación.
—Claro.
Subir al coche ha sido un gesto pequeño pero enorme. No he castigado al cuerpo ni he convertido el trayecto en penitencia.
Cuando hemos llegado al Retiro, el parque parecía otro mundo. Verde, amplio, ajeno al ruido de la ciudad. La app ha vibrado. He abierto el mensaje mientras caminábamos despacio hacia el banco que señalaba el mapa.
«Yo había decidido que estos días libres eran para respirar…
Mientras bajaba corriendo hacia el parque, he intentado convencerme de que el silencio era lo correcto.
No le he respondido al mensaje porque me ha dado miedo.
Me he acojonado cuando he imaginado escribir lo que realmente pienso sobre esa canción.
Y entonces la he visto sentada en el banco, con la mirada perdida, como si también estuviera huyendo de algo.
No la esperaba y eso me ha acojonado todavía más.
Porque ¿cómo hemos llegado hasta aquí sin avisarnos?
¿Por qué la vida nos acerca incluso cuando decidimos alejarnos?
Madrid es grande. El mundo es grande. Y, sin embargo, cada vez que intento girar en dirección contraria, termino caminando hacia el mismo punto.
Como si el destino no gritara… pero empujara.
Quizá no son coincidencias, sino pasos que, sin saberlo, estamos dando al mismo ritmo. »
He bajado el móvil despacio y he mirado el banco.