Fuimos un error de guion 45 #2
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​ Me ha dado un vértigo inmediato, casi infantil. No porque no quisiera, sino porque no me lo había permitido aún. Mi cabeza seguía asociando «salir» con riesgo, con exposición, con perder el control… aunque aquí, precisamente, me estuvieran enseñando a salir sin perderme.

​ Hooper ha dado un golpecito suave en la mesa, como si la decisión fuera obvia.

​ — Let ’ s do it —ha dicho—. Yo voy a hablar con la directora.

​ Y se ha levantado, así, sin más.

​ Cris me ha mirado y ha sonreído, pero con ternura.

​ —Te va a venir bien, cariño —me ha dicho—. Y no estás sola.

​ —Es que… —he tragado saliva—. Yo todavía no he salido.

​ Cris me ha tomado la mano.

​ —Precisamente por eso.

​ He intentado decir algo más, algo que sonara sensato. Pero lo único que he sentido ha sido ilusión y miedo en el mismo sitio.

​ Hooper ha tardado menos de lo que yo esperaba. Ha vuelto con una hoja en la mano, como si viniera del colegio con una autorización firmada para una excursión.

​ — Ok —ha anunciado—. Paperwork .

​ He soltado una risa nerviosa.

​ —¿Qué es eso?

​ —Un permiso —ha dicho Cris, ya estirando la mano para cogerlo—. Con responsabilidad compartida.

​ Su marido ha dejado la hoja sobre la mesa. En letras claras se explicaba que era una salida terapéutica, con acompañamiento, horario, condiciones. Y al final, tres firmas: la mía, la de Cris y la de la dirección.

​ He notado que me temblaban un poco los dedos al tocar el papel.

​ —¿De verdad…? —he susurrado.

​ —De verdad —ha dicho Cris mientras leía—. Y mira… aquí pone —ha señalado—. «Todos se hacen responsables».

​ —¡Te tenemos! —ha añadido Hooper, suave.

​ Nos hemos mirado los tres un segundo, como si estuviéramos a punto de hacer algo enorme cuando, en realidad, solo íbamos a salir unas horas. Pero para mí, después de meses, era algo increíble.

​ Hemos firmado y mi vecino, con una satisfacción silenciosa, ha sido el primero en sonreír como si acabara de ganar una batalla pequeña.

​ La directora del centro se ha acercado a nuestra mesa. Nos ha saludado con educación y luego me ha mirado a mí, directamente.

​ —Siena —me ha dicho—. Puedes. Y creo que te va a venir bien.

​ He intentado responder, pero solo he podido asentir.

​ —Ese día puede ser hoy. Si te apetece —ha sonreído apenas—. Prepárate.

​ He parpadeado, descolocada.

​ —¿Hoy?

​ —Hoy —ha confirmado—. Tienes que seguir unas pautas, vuelves a tu hora y, si en cualquier momento no te ves, se para. Sin culpa. ¿De acuerdo?

​ He sentido el corazón acelerarse, pero esta vez no como una alarma, sino como algo parecido a vida.

​ —De acuerdo —he conseguido decir.

​ La directora se ha alejado y yo me he quedado mirando el papel firmado sobre la mesa y Cris me ha apretado la mano.

​ —¿Te das cuenta? —ha susurrado, emocionada—. Sales.

​ Hooper ha levantado las cejas con una sonrisa cómplice.

​ — Ready, honey?

​ Y yo, que llevaba meses creyendo que no estaba lista para nada, he sentido una cosa pequeñísima pero muy real: que quizá, ahora, sí.

​ Me he puesto una gorra y unas gafas gigantes, no por estilo, sino por supervivencia. He necesitado sentirme un poco menos intimidada por el mundo.

​ Hooper se ha despedido de nosotras en la puerta con un abrazo rápido y un « Tú puedes con esto » en un inglés suave, porque tenía que irse a trabajar y nos hemos quedado Cris y yo solas.

​ —Vale, abre la app —me ha dicho.

​ Lo he hecho y, de repente, Madrid me ha parecido una pantalla llena de puntos, de globitos diminutos que parpadeaban en cada esquina. Cris llevaba su coche; me ha hecho subir y nos hemos puesto en marcha hacia la primera parada, cerca de los estudios donde grabamos la serie.

​ Y durante el camino he flipado.

​ He mirado el móvil de vez en cuando y he visto cómo aparecían mensajes por todas partes, como si la ciudad estuviera llena de voces escondidas.

Unos eran bonitos, otros daban pena, otros eran chistes malos, otros parecían escritos por alguien que solo quería dejar constancia de que existía.

No entendía por qué aparecían tantas. Mi amiga se ha reído.

​ —Porque la gente está loca —ha dicho—. Y porque esto es Madrid: todo el mundo habla para sentirse menos solo.

​ He intentado leer varias mientras el coche avanzaba, pero me he empezado a marear. Tantas palabras me han saturado el sistema.

​ —No leas las de los demás —me ha ordenado, práctica—. Tú solo busca el globito de «More».

​ He respirado hondo. Me he concentrado solo en el mapa, en la ruta y en no convertirme en un manojo de nervios.

​ Cuando hemos llegado al primer punto, justo en una calle cercana a los estudios, ha saltado un aviso.

​ Un globito.

​ Pero no era como los otros: era de otro color, como si se hubiera reservado un espacio en la ciudad solo para mí. En la esquina de la pantalla, el avatar era More, y la imagen era una flor de color coral.

​ Cris ha apagado el motor y se ha girado hacia mí.

​ —Venga. Léelo.

​ Me ha temblado el dedo al tocar la notificación. He notado cómo se me secaba la boca. He pensado que podía cerrar la aplicación y fingir que esto no estaba pasando, pero no lo he hecho.

​ Lo he abierto y la frase de Matteo ha aparecido ahí:

​ «Hoy he conocido a una chica con reflejos naranjas en su pelo que habla con los ojos como si llevara un foco dentro. Me ha mirado dos segundos y he pensado una tontería: que hay personas que parecen un semáforo en verde incluso cuando la calle está hecha un caos.»

​ Me he quedado quieta, con el móvil en la mano. No decía mi nombre, pero he sabido que era yo. Mi vecina ha soltado un « ay, por favor » ahogado, como si le acabaran de tocar el corazón con una cuchara.

​ —Siena… —ha susurrado—. Fue dejando mensajes por la ciudad.

​ Me ha salido una sonrisa pequeña, rara, con un nudo detrás, porque era el primero y ya había empezado a dejar rastro.

​ Hemos ido a la siguiente parada.

​ Cris ha conducido con una concentración casi solemne. Parecía que no llevara un coche, sino una historia. Yo he mirado el mapa en silencio, intentando no leer los mensajes de otras personas.

​ La app nos ha llevado hasta la puerta de Tatel.

​ En cuanto he visto el nombre, se me ha apretado algo en el estómago.

He recordado aquella cena del acuerdo, el peso de las cláusulas disfrazadas de conversación, la sensación de estar firmando una parte de mí con una copa en la mano.

He recordado que el mundo parecía elegante mientras yo me estaba desmoronando por dentro.

​ Cris ha aparcado y me ha mirado.

​ —¿Lista?

​ He asentido, pero he sentido que no lo estaba. El aviso ha saltado en la pantalla casi al instante. Otro globito distinto al resto. El avatar: More.

​ He tocado y he leído.

​ «En este sitio he visto miedo en unos ojos que intentaban sonreír.

No sé cuántos demonios hacen falta para que una mujer aprenda a fingir tan bien, pero sí sé una cosa: por primera vez, hablar con alguien ha sido fácil.

Y me ha dado la impresión de que la chica de reflejos naranjas, por fin, no ha tenido que actuar para existir. »

​ He dejado de respirar un segundo. Yo he visto la escena entera, como si alguien hubiera rebobinado una película solo para mí. Cris ha soltado un suspiro largo.

​ —Joder… —ha murmurado—. Él te vio. Pero, cari, lo hizo de verdad.

​ Yo me he quedado mirando la pantalla, con el dedo apoyado en el cristal, como si pudiera tocar el pasado y he pensado: ¿Cuántas veces he creído que fingía… cuando en realidad estaba mirando?

​ Hemos ido a la tercera parada y el coche se ha detenido justo donde mi cuerpo ha sabido el camino sin mirar el mapa: la puerta de mi casa. Me he quedado mirando el portal con esa sensación extraña de estar delante de algo que es mío y, al mismo tiempo, no poder tocarlo.

​ —¿Quieres subir a ver a Ringo?

​ —No.

​ —¿Por qué no? —ha preguntado ella, suave.

​ He respirado hondo.

​ —No quiero dejarlo triste otra vez. Si subo y luego me voy… lo rompo. Y me rompo. Prefiero ponerme las pilas en el centro y volver cuanto antes. Que me vea cuando de verdad me quede.

​ Ella ha asentido sin discutir.

​ —Ringo como meta.

​ He sonreído un poco. Sí. Ringo como meta.

​ He bajado la mirada al móvil. La app ha vibrado justo cuando hemos detenido el coche frente al portal. He tocado el icono y he leído.

​ «En esta puerta he aprendido que todo puede empezar con un estornudo.

No ha sido glamuroso; ha sido torpe y con colirio.

Se ha enfadado; ha sido tu manera de plantar cara cuando han dicho que el gato no forma parte del juego.

Y he pensado que nadie defiende así algo pequeño si no tiene un corazón enorme.

Ringo me ha dado alergia y ella me ha dado el pistoletazo de salida para comenzar a asustarme mientras finjo este contrato. »

​ El ruido lejano de la calle ha seguido igual, los coches han pasado, alguien ha cerrado una puerta en el edificio de enfrente… pero yo me he quedado suspendida en esa frase.

​ Cris ha leído por encima de mi hombro. No ha dicho nada, solo ha apoyado su mano en mi rodilla.

​ Me he acordado de aquel día: las fotos preparadas, el coche, Torres mirando al frente, mi enfado cuando Ludovica dijo que el gato estaba fuera del contrato, su cara roja por la alergia intentando mantener la compostura… y he entendido que, entre tanta mentira, hubo momentos que no lo fueron.

​ Mi amiga ha dejado que yo terminara de leer y luego ha dicho:

​ —No sé tú, pero eso suena a que el italiano sintió algo ese día.

​ He negado casi por reflejo.

​ —¡No!, recuerda que era gay.

​ El coche ha avanzado unos metros. Yo he bajado la mirada al móvil, intentando que la lógica ordenara el corazón.

​ La app ha vibrado de nuevo. Otro globito distinto. He sentido el pulso en la garganta y lo he abierto.