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La hora del té en el centro no es una hora; es una rutina con bordes.
Tazas calientes, galletas que seguramente alguien ha contado, voces bajas en una sala donde siempre hay una luz suave y plantas que parecen más estables que nosotras.
Y, por supuesto, la hora del teléfono. Ese «un rato» que puede ser medicina o puede ser detonador; depende de cómo te pille el cuerpo.
Yo me he pasado toda la noche intentando quitarme a More de la cabeza. No lo he conseguido, evidentemente.
He intentado dormirme y, en cuanto cerraba los ojos, volvía su mensaje, su tono, la facilidad con la que me ha sacado una sonrisa sin tocarme la herida. Me ha dolido el pecho de puro nervio y he tenido miedo. No de él, de mí.
Por la mañana he tenido sesión con uno de los psicólogos del centro y menos mal…
Le he contado lo del mensaje, lo de la canción, lo del cosquilleo en el estómago como si tuviera quince años, lo de la angustia después, esa sensación de que algo bonito también puede arrastrarte si no sabes sostenerlo.
Le he dicho lo que siempre digo cuando quiero protegerme: que Matteo es inaccesible, que no le gusto, que solo se preocupa por mí, que yo no puedo permitirme eso, que me va a hacer daño, que no debería ni contestarle.
El psicólogo me ha escuchado sin prisa, como hacen aquí cuando no quieren darte una solución rápida, sino devolverte tu propia verdad con otro orden.
Y entonces me ha dicho algo que se me ha quedado clavado.
Me ha dicho que ilusionarme no es una recaída, que es una emoción, y que sentir emociones es parte de volver a estar viva.
Ha sido tan simple que me ha dado rabia, porque yo he pasado años confundiendo vida con control.
Me ha dicho también que no trabajamos para que yo no sienta, que trabajamos para que yo pueda sentir sin que eso me arrastre.
Y ahí he notado cómo se me aflojaba algo, porque yo siempre he querido la solución imposible: no sentir, apagar, poner el candado. Como si el corazón fuera un interruptor y yo pudiera sobrevivir sin luz.
Luego me ha mirado y ha seguido diciendo que mi miedo no es él, es a lo que hago yo cuando aparece algo bueno: intentar controlarlo o destruirlo antes de que me destruya.
Me he quedado callada, porque era verdad.
He sentido vergüenza y, al mismo tiempo, alivio. Porque, por fin, alguien ha puesto palabras bonitas a una estrategia fea que yo llevo años usando: convertir lo que deseo en intocable para no fracasar.
Antes de terminar, me ha hecho una pregunta que me ha dejado temblando por dentro: si esto fuera seguro, ¿qué te permitirías sentir?
No he sabido contestar.
He querido llorar, reírme y salir corriendo. Me he quedado ahí, congelada, porque lo primero que me he permitido sentir ha sido el golpe de realidad: que yo llevo tanto tiempo sobreviviendo que se me ha olvidado cómo se vive.
Y cuando ya íbamos a cerrar la sesión, me ha soltado la frase que me ha terminado de partir y de sostener a la vez: que la ilusión no es el problema, que el problema es creer que no la merezco.
He salido de esa sesión con una sensación extraña, como si me hubiera quitado una capa de ropa mojada. He llegado a la sala del té y me he sentado con Iris. Ella me ha mirado con ese radar fino que tenemos aquí.
—¿Qué tal? —me ha preguntado.
—He hablado del tema de Matteo —le he dicho, y la he puesto al día.
—Y… —ha dicho ella, bajito.
Yo he apretado la taza entre las manos, notando el calor en los dedos para mantenerme en la tierra.
—Y me ha ayudado —he admitido—. Me ha dado más seguridad para hablar con él, pero también me ha abierto los ojos.
Iris ha inclinado la cabeza.
—¿En qué sentido?
He mirado el té y he dicho la verdad con cuidado:
—En que yo… lo he usado muchas veces como ventana. Como una salida bonita cuando yo estaba hecha polvo. Y eso no es justo para nadie. Ni para él ni para mí.
—¿Entonces no vas a hablarle?
—Sí voy a hablarle —he dicho—. Pero no para escapar o para agarrarme a él como si fuera el único sitio donde puedo respirar. Eso es lo que me ha quedado claro.
He hecho una pausa, porque me ha costado decirlo sin que sonara triste.
—More puede ser un complemento… —he añadido—. Una parte más, pero no puede ser mi salvación.
—Porque si él se convierte en tu salvación, se convierte también en tu amenaza —ha dicho.
—Exacto. Y yo estoy aprendiendo a no convertirlo todo en amenaza y destruirlo antes —he tragado saliva—. Estoy aprendiendo a sostenerlo.
Iris ha sonreído.
—¿Y…?
He soltado el aire.
—Si me ha escrito, le contesto. Voy a seguir el juego, si me apetece. Voy a reírme si me sale. Y si un día me activa demasiado, voy a parar sin castigarme. —He mirado la taza—. No quiero que esto compita con mi recuperación.
He levantado la vista hacia ella y lo he dicho como una pequeña promesa:
—Tengo que buscar muchas cosas para sostenerme, y en todas ellas… la base tengo que ser yo.
Iris me ha apretado la mano un segundo.
—Eso suena a empezar a quedarte contigo.
He notado el nudo en la garganta otra vez, pero esta vez no me ha dado miedo.
—Sí —he susurrado—. Y lo mejor es que… no me parece una condena.
Nos han devuelto el teléfono y no he ido corriendo a ver si me había escrito.
He hecho algo que, hace unos meses, me habría parecido imposible: he respirado primero, y luego he llamado a Cris y la he puesto al día.
No podía jugar a nada —ni siquiera a una tontería bonita— sin que mi amiga estuviera al corriente.
Que bastante dolor se ha comido este tiempo.
Ella se ha puesto más nerviosa que yo con lo de los mensajes. Le ha dado un ataque de emoción absurda, como si el simple hecho de que el italiano aparezca de nuevo fuese un episodio semanal y ella ya tuviera palomitas.
—No me lo puedo creer —me ha dicho—. ¿Pero tú eres consciente? ¿Una canción, un comité Beatles, ahora esto…? Me muero.
Yo me he reído y me ha sorprendido notar que me ha salido sin culpa.
—Lo que hace el aburrimiento —le he soltado, para fastidiarla.
—Calla, calla, que a mí me das la vida —ha respondido, y luego ha bajado un poco el tono—. ¿Y tú cómo estás?
Eso ha sido Cris también: la broma primero, la verdad después, sin avisar.
Le he contado lo justo. Que estoy mejor, que sigo en ello, que hay días y días, que el centro me está ayudando. Que no quería que aquello se convirtiera en una montaña rusa emocional. Que el psicólogo me ha puesto un espejo delante y me ha gustado lo que he visto, aunque asuste.
Cris me ha escuchado y luego ha soltado su propio peso. Me ha contado que está agobiada con su trabajo, que el tema de escribir artículos para revistas culturales cada vez le gusta menos, que se está replanteando un poco todo. Que le pagan poco.
—Estoy harta —me ha dicho—. Harta de rellenar páginas y no llegar a fin de mes. Menos mal que Hooper tiene un buen trabajo.
—Entonces escribe otra cosa —le he contestado—. O vete. O muévete. Pero no te quedes ahí por inercia.
Cris se ha reído con ironía.
—Mira quién habla de moverse —ha dicho.
Cuando nos hemos despedido, me he quedado unos segundos mirando la pantalla en negro. La llamada había sido una forma de aterrizar antes de abrir otra puerta.
Y entonces sí: he entrado en Instagram.
Ahí estaba su mensaje.
Solo había un enlace a una app y d ebajo, un texto.
«Si alguna vez sales por Madrid y quieres saber mi cuarta cosa, esa que me guardo, que no he compartido verbalmente con nadie, abre esta app. Cuando te pidan el nombre del avatar pon «More» y sigue las indicaciones. Hablamos entonces. Un beso, bella .»
Me he quedado mirando aquello sin entender nada.
El corazón no se me ha disparado como ayer; me he quedado más… quieta. Mi cabeza ha aprendido, en estos meses, a no convertir cada gesto en una urgencia.
Lo que sí he entendido ha sido otra cosa: que él me estaba ofreciendo algo distinto y no era algo que me hiciera vivir pendiente del móvil. Era como si me estuviera diciendo: cuando tú quieras, cuando tú estés lista. Y esa cautela —suya— me ha gustado.
Pero otra parte, la que por fin se está haciendo mayor por dentro, ha sentido algo parecido a un clic.
No me ha molestado.
No he odiado la idea de que ya no fuera a seguir con los mensajes y con el juego de estar cada día a la espera. No me he visto cayendo en ese pozo dulce donde todo depende de una notificación. He sentido que podía sostener la ausencia sin dramatizarla, y querer algo… sin agarrarme.
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Dos días después.
Hoy Cris y Hooper han venido a verme.
Los he visto aparecer por el pasillo y me ha dado un vuelco en el pecho.
Nos hemos sentado en la sala de visitas, hemos hablado de todo y de nada: de series, de la vecina del primero que sigue quejándose por cualquier cosa, de un gato que se ha colado en un patio y nadie sabe de quién es, pero que ha hecho migas con mi Ringo y se le ve feliz.
He notado que reír ya no me pedía permiso.
En un momento, sin planearlo demasiado, les he contado lo de Matteo. Les he dicho que me ha enviado una app, q ue me la he descargado, pero que solo funciona por la ciudad. Que yo he abierto el link , he visto el avatar «More» y me he quedado igual: sin entender nada, pero con curiosidad.
Cris ha abierto los ojos como si le acabaran de anunciar un estreno de Netflix.
—¿Una app ? —ha soltado—. ¿Pero qué es esto, un escape room emocional?
—No lo sé —he admitido—. Solo sé que… está ahí. Y que no puedo usarla desde aquí.
Hooper se ha inclinado hacia delante, interesado de verdad.
—Así que… esto es como una búsqueda del tesoro —ha dicho, mezclando—, pero… romántica.
—No es romántica —he protestado por reflejo, aunque ni yo me lo he creído del todo—. Es… Matteo.
Cris ha hecho un gesto con la mano.
—Vale, pues mejor. —Se ha quedado mirándome con una seriedad nueva—. Siena, tú estás ya en un punto en el que puedes salir unas horas, vigilada y con permiso. Y si esto te hace ilusión y no te activa el mal… lo hacemos.
—¿Salir?