Fuimos un error de guion 44
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He vuelto a escribir.

​ Lo hago en el cuaderno que me trajo Cris el otro día, uno de tapa dura y hojas gruesas; parece que ella sabe —sin preguntarme— que necesito que las cosas tengan peso para que no se las lleve el miedo.

Hoy toca contar algo importante: me han dejado el teléfono un rato, pero ese rato ha sido un abismo.

​ Lo he cogido con las manos sudadas y me he ido a una de las salas comunitarias del centro.

Allí todo está diseñado para que parezca fácil respirar: sofás claros, luz suave, plantas colocadas con intención, una mesa con té y galletas integrales, revistas viejas, una televisión sin volumen al fondo.

Pero lo único que yo oía era el latido en mis sienes, porque el cuerpo todavía no confía en la calma.

​ A mi lado estaba Iris. La he conocido aquí y eso ya dice mucho. Llevaba el pelo recogido con un lápiz, una sudadera enorme y una serenidad rara. En este sitio, esa armonía vale oro.

​ He abierto Instagram. El vídeo seguía arriba, como una ventana abierta de par en par, y debajo… el mundo. Se me ha cerrado el pecho cuando he visto la repercusión que ha tenido. Iris me ha mirado de reojo y ha bebido un sorbo de té.

​ —¿Qué tal? —me ha preguntado, suave—. ¿Te ha explotado?

​ Me ha salido una risa mínima que se me ha quedado a medio camino de la garganta.

​ —No sé ni por dónde empezar —le he dicho—. Es… demasiado.

​ He deslizado el dedo hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo. Los comentarios eran interminables.

​ —¿Cómo se supone que se sostiene esto? —he preguntado.

​ Iris no ha dicho «qué bonito» o «qué fuerte», solo me ha mirado con una seriedad serena.

​ —¿Te afecta leerlo?

​ He tragado saliva.

​ —Me abruma, me emociona y me da miedo —he admitido—. Siento que ahora tengo que estar bien para no fallarles.

​ Iris ha negado despacio.

​ —Eso es una trampa —ha dicho—. A mí me pasa igual con mi gente. Cuando por fin les conté mi enfermedad, me apoyaron tanto que… —se ha tocado el pecho— me dio culpa. Como si tuviera que «recuperarme rápido» para no preocuparlos más.

​ No sé si lo que he sentido ha sido sorpresa o alivio.

​ —¿También te pasa eso?

​ —Todo el rato —ha respondido, y se le ha escapado una risa amarga—. Yo he vivido años intentando que nadie se enterara. Y cuando se enteraron… me dio miedo que me mirasen distinto o demasiado.

​ He asentido, porque eso era exactamente: el terror de ser vista.

​ He seguido bajando por los comentarios y, entre tanto cariño, ha aparecido uno de esos que no son muchos, pero hacen ruido como si lo fueran. Un «lo haces por publicidad». Un «qué victimista». Veneno envuelto en moralina.

​ Iris lo ha visto antes que yo.

​ —Ahí está —ha dicho, señalándolo—. Siempre hay alguno.

​ Los he leído y he sentido un pinchazo seco.

​ —¿Te afecta? —me ha preguntado Iris, tranquilamente—. Porque aunque haya mil buenos, ese se queda.

​ Me he encogido de hombros, intentando parecer dura.

​ —He crecido con esto —le he dicho—. Con gente que te sube y te baja como si fueras un botón. Es lo normal.

​ —¿Y no te cansa?

​ Me he quedado mirando la pantalla un segundo, pero ya no veía letras. He visto el mismo patrón de siempre: aguantar, aguantar, aguantar. Sonreír. Callar. No molestar. No pedir. No parar.

​ —Sí —he admitido al fin, con la voz más baja—. Me cansa muchísimo.

​ Ella ha asentido. Estaba esperando esa verdad.

​ —A mí lo que me pasa es que me engancho a lo malo —ha confesado—.

Me puedo pasar horas dándole vueltas a un comentario horrible, aunque tenga cien mensajes bonitos.

Y luego me siento idiota. Pero es como si mi cabeza buscara confirmación de que…

—se ha encogido de hombros— de que no merezco estar bien.

​ Esa frase me ha tocado en un sitio muy profundo y he dejado el móvil sobre mis piernas, como si me hubiera dado un calambre.

​ —Es raro —le he dicho—. Porque ahora no solo me estoy recuperando de esto… —he señalado mi cuerpo sin señalarlo del todo—. Siento que me estoy recuperando de muchas otras cosas.

​ Mi compañera ha apoyado el codo en el respaldo del sofá.

​ —¿Como de qué?

​ He tragado saliva.

​ —De callarme, de tragarme todo, de fingir que soy fuerte por aguantar y —me he reído sin humor— lo que era… era una bola.

​ Iris ha inclinado la cabeza.

​ —Una bola gigante —ha añadido ella.

​ —De años —he dicho—. De cosas que no dije, de vergüenzas, miedos y exigencias. De creer que mi valor dependía de hacerlo todo perfecto.

​ —Yo he descubierto aquí que mi TCA era mi forma de no sentir otras cosas. Cuando me dicen que coma, no es el plato lo que me asusta. Es… lo que viene después, cuando ya no tengo el control y me quedo conmigo. Con lo que duele.

​ Se me ha hecho un nudo en la garganta.

​ —Sí —he susurrado—. Eso.

​ Iris ha respirado hondo.

​ —¿Y los psicólogos? —ha preguntado—. ¿Te están ayudando?

​ Y me ha sorprendido notar un calor pequeño en el pecho.

​ —Mucho —le he dicho—. Porque me obligan a ponerle palabras a lo que yo siempre intentaba convertir en control. Y cada vez que lo digo… —me he tocado el centro del pecho— se hace un poco más pequeño.

​ —A mí me da rabia —ha admitido ella—. Porque pienso: «¿En serio era esto? ¿Solo tenía que hablar?» Y luego lo intento y me cuesta horrores.

​ —Es que hablar también es trabajo —le he dicho—. Es otro tipo de músculo.

​ Luego nos hemos quedado un momento en silencio, con la sala respirando a nuestro alrededor, y yo he tenido la sensación de que mi vida, por primera vez, empezaba a caber en palabras sin ahogarme.

​ He mirado el móvil una última vez y lo he bloqueado.

​ —Ya está —le he dicho, más para mí que para ella—. Por hoy, ya está.

​ Pero el móvil me ha sonado. Yo juraría que había silenciado las notificaciones. De hecho, lo he hecho, o eso he creído, porque con tantas notificaciones llegando cada minuto, mi cabeza puede volver a ese lugar donde se enciende la ansiedad, y ya no se apaga.

​ Pero ha vibrado y he mirado la pantalla sin desbloquear.

​ ¡Dios mío!

​ Matteo Moretti.

​ Mi falso ex.

​ Me he quedado inmóvil, con el teléfono en la mano. Llevo cuatro meses ingresada y ha bastado una notificación para que el cuerpo recuerde una parte de mí que yo he intentado apagar a base de rutina, de terapia y de pasos lentos.

​ Durante estos meses me he centrado en sobrevivirme.

He luchado contra mi cuerpo, contra la voz que me decía que la salida era desaparecer.

Y poco a poco lo he ido dejando atrás. A Matteo también.

No porque lo haya olvidado —eso sería mentir—, sino porque he entendido algo que me ha dolido aceptar: él ha sido un punto luminoso en mitad de mi tormenta, un clavo ardiendo al que me he agarrado cuando yo también estaba en llamas.

Mis especialistas lo han llamado evasión.

Yo lo he llamado aire y ahora ese aire ha vuelto en forma de notificación.

​ He tenido contacto cero este tiempo. Ha sido duro, no lo puedo negar.

Sobre todo tras ver a Andrea en Italia, con esa forma suya de dejar caer cosas sin decirlas del todo y de animarme a escribirle.

No lo he hecho. He elegido el silencio como quien elige no rascarse una herida por miedo a que sangre otra vez.

​ Y de pronto, ahí estaba él.

​ Mi corazón se me ha subido a la garganta con una violencia absurda. Lo he sentido ahí, apretando tanto que me ha costado tragar. Me han sudado las manos. He notado el pulso en los oídos. Y, lo peor, ha sido esa sensación infantil de estar a punto de hacer algo prohibido.

​ A mi lado, Iris ha dejado de mover la cucharilla del té y me ha mirado con ese radar fino que aquí se aprende rápido: el de saber cuándo alguien se ha ido por dentro.

​ —¿Estás bien? —me ha preguntado, bajito.

​ Yo he forzado una sonrisa que no me ha salido del todo.

​ —Sí, perdona… —he murmurado—. Es que… tengo que contestar a un familiar que me acaba de escribir.

​ He mentido con una naturalidad que me ha dado rabia, porque todavía me sale fácil. Todavía soy buena escondiéndome, incluso en un lugar donde se supone que vengo a dejar de hacerlo.

​ —Vale —me ha dicho—. Me quedo por aquí.

​ Me he levantado con cuidado y he caminado hacia el pasillo de cristaleras que da al patio interior del centro, un patio precioso lleno de plantas y enredaderas. Parece que la naturaleza ha venido a meterse aquí dentro para recordarnos que crecer también puede ser lento.

​ Hacía sol. Me he dado cuenta de eso con una intensidad ridícula.

Como si mi mente saliera fuera para no tocar lo de dentro.

El sol, las hojas, la sombra de una enredadera, el dibujo de la luz en el suelo…

cualquier cosa a la que agarrarme un segundo más antes de enfrentarme al nombre en la pantalla.

​ He seguido andando hasta la mitad del pasillo. En una de las cristaleras había una repisa ancha, con un cojín fino colocado a propósito para sentarse. Un rincón de pausa, de esos que existen en los centros para que no te derrumbes en cualquier parte.

​ Me he sentado.

​ He apoyado la espalda en el cristal frío, como si necesitara que algo me sujetara de verdad. El móvil ha seguido en mi mano, con la notificación ahí, quieta, esperando. Yo he respirado hondo una vez. Luego otra.

​ Me he armado de valor y he abierto Instagram.

​ No había un «hola» o una explicación. Solo un enlace y una frase corta: « Te dejo esto. No hace falta que contestes. Solo… por si hoy necesitas un poco de luz. »

​ Here Comes the Sun.

​ Me ha recorrido un escalofrío tonto, porque minutos antes, yo me he quedado mirando el sol, y justo entonces me escribe él con esto.

​ He intentado no tomarlo como una señal.

He intentado decirme que es casualidad, pero me ha tocado igual.

He dudado antes de darle a play , porque hasta una canción puede ser peligrosa cuando viene firmada por un nombre que has intentado convertir en silencio.

Pero Moretti no me ha pedido nada. Ha dejado el gesto ahí y se ha apartado.

​ He pulsado.

​ La guitarra ha entrado suave y he notado que mis hombros se aflojaban un milímetro. He mirado el chat otra vez y he sentido la necesidad de devolver algo sin devolverme entera. Una frase corta.

​ «Gracias. ¡Qué bien me viene este sol! Justo estaba mirando al cielo.»

​ He dudado un segundo… y lo he enviado.

​ El móvil ha vibrado enseguida.

«Perfecto. Un día soleado aprobado por el comité Beatles. No te robo más luz entonces.»

​ Se me ha escapado una sonrisa. Me ha dado rabia que me la sacara tan fácil.

​ «¿Eres presidente o solo vocal?»

​ Él ha tardado lo justo; lo justo para que yo me imaginara su cara antes de responder, con su mezcla de ironía y ternura que siempre me ha descolocado.

​ «Soy el que barre después del concierto. El puesto menos glamuroso.»

​ He resoplado, divertida.

​ «Eso te pega.»

​ «Lo sé. Y ahora, como miembro del comité… te propongo un juego.»

​ He arqueado una ceja aunque él no podía verme. Matteo tirando de mí con un hilo tan fino que no me ahogaba.

​ «A ver.»

​ «Tres cosas que has visto hoy. Sin drama y sin explicaciones. Solo tres. Si lo haces, te devuelvo la luz con intereses.»

​ He mirado el patio detrás del cristal; he sentido que mi mente no corría hacia dentro.

​ He escrito:

​ «Enredaderas de un verde precioso. Un té horrible. Un calcetín sin pareja.»

​ Su respuesta me ha llegado con una rapidez que me ha hecho reír.

​ «El calcetín sin pareja es el símbolo oficial de la gente como nosotros…»

​ He sentido el calor de la risa en la garganta y no he querido seguir por ahí. Sin pareja…

​ «¿Y tú qué? ¿Qué has visto hoy, señor barreconciertos?»

​ «Mi día ha sido menos poético. Tres cosas: una maleta abierta, un café frío y una ciudad que va demasiado deprisa. Estoy en Madrid por trabajo.»

​ Me he quedado quieta. Por una fracción de segundo he visto esta ciudad como un plano: su ritmo, su ruido, su prisa y, en medio, a él. Me ha dolido un poco. Tan cerca y a la vez tan lejos, pero no me he querido ir a ese sitio.

​ He escrito lo primero que me ha salido, intentando que sonara banal.

​ «Eso suena a resaca de vida adulta.»

​ «Exacto. Yo prefiero tus enredaderas.»

​ Me ha dado una punzada de ilusión. La misma que me da miedo porque se parece demasiado a lo que fui antes de tocar fondo.

​ He escrito:

​ «El comité Beatles te está volviendo cursi.»

​ Matteo ha contestado:

​ «El comité Beatles no, tú.»

​ Me he quedado helada.

​        No. No me hagas esto.

​ He sentido la sangre subir y, por reflejo, he querido cerrar el móvil. Cortar. Huir. Porque una frase así, aunque suene a broma, abre puertas que yo llevo meses manteniendo selladas.

​ He tragado saliva. He decidido devolverle el golpe con humor para no abrir la herida.

​ «Eso es difamación. Voy a denunciarte al comité.»

​ «Denúnciame. Pero antes dime la cuarta cosa.»

​ He fruncido el ceño, divertida y nerviosa a la vez.

«¿Qué cuarta cosa?»

«La que no se dice porque prefieres guardarla. Todos nos guardamos una.»

​ Me ha apretado el pecho porque era verdad. Porque esa era la bola gigante de la que hablaba con Iris.

​ He tardado unos segundos. He escrito algo pequeño; lo único que podía sin desbordarme.

​ «He visto el sol… y no me ha dado miedo.»

​ La respuesta de Matteo no ha sido una broma esta vez. Ha sido un mensaje corto, contenido, como si él también entendiera que aquí no se puede correr.

​ «Brava.»

​ He leído esa palabra y se me ha quedado pegada, como una caricia sin mano. He querido contestar algo más para mantener el hilo, y entonces he oído pasos detrás de mí.

​ He levantado la vista y una de las especialistas del centro se ha detenido a mi lado.

​ —Siena, cielo. Se ha terminado el rato. Necesito que me devuelvas el teléfono.

​ Me he quedado con el móvil en la mano un segundo más. La pantalla seguía encendida. Matteo seguía ahí, al otro lado, sin saber que me lo iban a quitar.

​ He escrito deprisa, con el pulso torpe:

​ «Me quedo sin teléfono por hoy; me lo quitan ya. Gracias por la luz. Mañana me cuentas tu cuarta.»

​ Lo he enviado sin pensarlo y le he entregado el teléfono a la especialista con obediencia. ​