Fuimos un error de guion 39 #2
76%

39 #2

​ —¿Qué estás pensando? ¿Que voy a montarte otro circo? —Chasqueó la lengua—. No va por ahí la cosa, Siena. Te lo prometo. Es una cena normal. Un poco de dirección, parte del elenco, productores. Relaciones. Networking . Ya sabes. Esto se hace.

​ Yo seguía sin recordar nada. Ni un mensaje, ni una nota, ni una frase. Sentía que el día me había borrado la agenda a propósito para que yo no pudiera anticipar el golpe.

​ Sasha dejó el vestido sobre la cama y se acercó a mí con esa autoridad suya de general.

​ —Vamos. —Me agarró del brazo sin hacerme daño—. Te arreglas. Te sientas. Sonríes. Te vas pronto si hace falta; pero vas.

​ Quise discutir, gritar, decirle que mi cuerpo acababa de expulsar bilis como si fuera veneno, que me temblaban las manos, que lo único que quería era dormir y desaparecer. Pero Sasha ya estaba tirando de mí hacia el espejo.

​ —Pelo recogido. Cola alta. Repeinada —enumeró, como si me estuviera construyendo una versión llevadera—. Maquillaje justo y labios rojos.

​ Me miré en el espejo con la cara pálida, los ojos demasiado grandes y la piel tirante.

​ —¿Labios rojos? —murmuré, incrédula.

​ —Para crear potencia —sentenció Sasha, como si estuviera citando una ley universal—. Estás en Italia. Aquí la energía se lleva en la boca.

​ Yo tragué saliva. Noté la garganta seca.

Me puse la base con manos que no paraban de temblar.

Me hice la raya con una precisión mecánica, para que el maquillaje pudiera tapar el desastre interior.

Me pinté los labios de rojo y por un segundo me vi como una actriz en el peor momento de su vida, intentando parecer invencible a golpe de color.

​ No habría pensado que mi día iba a seguir torturándome de esta manera.

​ Sasha me miró desde detrás, satisfecha.

​ —Así. —Ajustó un mechón de mi coleta como si estuviera rematando una obra—. Ahora parece que controlas el mundo.

​ Yo miré mi reflejo y pensé, con un cansancio que casi dolía físicamente: Qué fácil es parecer. Qué difícil es ser .

​ Llegamos en taxi y, mientras miraba las calles de Roma desfilar por la ventanilla, pensé en Torres con nostalgia.

Echaba de menos su silencio útil, su manera de conducir, pero, claro, tenía familia, hijos pequeños y no se merecía salir del país y dejarlos por mi trabajo, por mi caos.

Así que se quedó con la productora, llevando a otros actores de aquí para allá hasta mi vuelta.

​ El restaurante estaba en una calle estrecha, sin rótulos llamativos. Por fuera parecía discreto; por dentro era exactamente lo contrario: luz tenue, ladrillos oscuros en las paredes, lámparas colgantes de estilo lujoso, metal dorado, cristal, ese tipo de sitio donde hasta el agua parece cara.

​ En cuanto entramos, vi una mesa larga —demasiado larga— con demasiada gente. Varios compañeros actores, los dos directores de la película y varios directivos —caras de decisión, manos limpias, sonrisas calculadas— ya sentados y hablando. Todos giraron la cabeza a la vez cuando nos vieron.

​ Yo quise morirme de la vergüenza. Sasha, por supuesto, no dudó ni medio segundo. Sonrió como si el mundo estuviera hecho para su voz.

​ —Perdonad el retraso —dijo en italiano impecable—. Hemos pillado atasco. Somos nuevas en la ciudad y todavía no damos las indicaciones como toca.

​ Un par de risas amables, algún «tranquilas», un «no pasa nada» dicho con esa cortesía tan italiana. Yo asentí, intentando que mi cara no delatara que me faltaba aire.

​ Nos hicieron un hueco.

​ Y, como si la vida tuviera humor negro, ese hueco era al lado de Tommaso.

​ Lo vi antes de sentarme. Llevaba una camisa verde remangada, antebrazos marcados, pantalones gris oscuro y el pelo bien puesto sin parecer demasiado arreglado.

De nuevo frente a esa belleza italiana que parece una norma y no una excepción.

Guapo. Bueno, guapísimo. De esos hombres que te hacen sentir que estás en un set incluso cuando no hay cámaras.

​ No. Otra vez no.

​ Noté la alarma encenderse. No por él exactamente, sino por la idea de que mi historia volviera a repetirse: Siena Luján «moja» en cada proyecto.

​ No estaba para esas historias.

​ Ya había tenido suficiente con el maldito Moretti.

​ Tommaso se levantó un poco de su silla para dejarme pasar y, cuando me senté, se inclinó hacia mí con voz baja.

​ —¿Estás bien? —preguntó en su idioma.

​ Sonreí con esa sonrisa profesional que se activa aunque el cuerpo esté en guerra.

​ —Sí. Solo… un poco indispuesta —dije, en español primero y luego en italiano para que no pareciera distante—. Un poco de dolor de estómago.

​ Frunció el ceño, preocupado.

​ —¿Por el helado? —dijo, y su tono tenía una mezcla de broma y culpa.

​ —Seis helados —murmuré—. Creo que mi estómago ha presentado una denuncia.

​ Él soltó una risa breve y, por suerte, me creyó.

Claro que lo hizo. Cualquiera se habría empachado con seis helados, incluso sin monstruo y siendo normal.

Me vino bien que existiera esa explicación decente, humana, porque me daba margen para sobrevivir a lo que venía: la mesa, la cena y la comida servida.

​ Los directores hablaban del rodaje con entusiasmo, los directivos sonreían con esa sonrisa de «esto va a funcionar», y yo intentaba estar presente sin que mi cabeza se fuera al mismo sitio de siempre.

​ ¿Qué van a pedir? ¿Qué van a poner? ¿Qué esperan de mí? ¿Cómo hago para que no se note?