Fuimos un error de guion 39
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Han pasado dos meses desde que llegué a Italia. Dos meses que, de algún modo, se sienten como un año y como un día a la vez. Ya tengo rutinas y horarios. Ya tengo pocas horas libres, que es lo único que de verdad me da paz.

​ Aquí nadie me atosiga con la comida. Nadie me mira el plato como si fuera un parte médico.

En este país, al menos en el mundo del cine y la televisión, la belleza es un idioma común: no hay mujeres feas en los sets , ni hombres que pasen desapercibidos.

Todos parecen esculpidos por una luz que nunca falla.

Y además, me han acogido con los brazos abiertos.

​ Por fin he empezado el rodaje de mi primera película aquí.

Es la típica historia de manual que el público devora con una sonrisa: una chica española que viene de vacaciones a Italia y se enamora de un policía de allí.

Y lo gracioso —o lo cruel— es que a mí me deja respirar interpretarla porque, por fin, mi acento no es un problema; es un rasgo.

Me permiten sonar española; tiene sentido.

En escena, mi imperfección está justificada.

​ Mi compañero de reparto se llama Tommaso Mancini.

Es muy conocido en Italia y es exactamente como imaginas que debe ser un carabiniere en una película romántica: alto, atlético, el cuerpo hecho para un uniforme, ojos verdosos que parecen cambiar según la luz, piel tostada como si el sol lo siguiera por la calle, y pelo castaño oscuro, impecable incluso cuando finge desorden.

Y, lo peor, es majo. De esos guapos peligrosos que además son educados, atentos y no te hacen sentir pequeña cuando te equivocas con una palabra.

​ Sasha no deja de hacer bromas.

​ —Te lo juro, Siena, esto es ilegal —me dice entre toma y toma—. Deberían multar a ese hombre por ir así por la vida.

​ Yo me río, porque es lo que toca, porque reír aquí es parte de la supervivencia. Y porque, sinceramente, trabajar con estas vistas es más llevadero. Con estas vistas. Qué frase. Como si Tommaso fuera un paisaje romano.

​ Me ayuda con la pronunciación cuando hace falta, siempre con respeto, sin corregirme como si fuera una cría. Y como mi personaje es español, el director incluso lo celebra:

​ —No la pulas demasiado —le dijo un día a mi compañero en su idioma—. Que se note de dónde viene.

​ Hoy ha sido uno de esos días en los que el guion ha sido escrito para torturarme.

La escena era sencilla: Vespa, paseo delante del Coliseo, risas, ese tipo de romanticismo de postal que en cámara queda precioso.

Luego, helado. Nosotros dos sentados, él mirándome como si yo fuera lo mejor que le ha pasado en Roma y, en un momento «tierno», me limpiaba el helado que se me quedaba en los labios con el pulgar.

​ La primera vez fue fácil.

​ La segunda, todavía.

​ A la tercera ya empecé a notarlo: esa punzada pequeña, como una alarma que se enciende en el fondo. No por el helado en sí, sino por la repetición. Por saber que no era una vez. Que era otra, y otra, y otra… hasta que alguien quedara contento con la luz, con el enfoque, con la continuidad.

​ A la cuarta repetición, con las bolas ya demasiado blandas y el sol clavándome en la nuca, sentí cómo la ansiedad me subía por las costillas.

​ No quería seguir comiendo helado, ni que mi cabeza se fuera hacia ese otro sitio.

Ese sitio donde todo se convierte en cálculo, castigo y control.

Yo necesitaba estar dentro del papel. Necesitaba ser la chica española enamorada, no el monstruo disfrazado de actriz.

En cuanto cortaron, él se inclinó un poco hacia mí, bajó la voz y me apartó con un gesto suave.

Protegió una conversación de los oídos ajenos.

​ —¿ Tutto bene ? —preguntó.

​ Yo sonreí rápido. Demasiado rápido.

​ —Sí, sí… —me aclaré la garganta—. Es que… no me gusta este sabor.

​ Me odié por mentir. Pero era la mentira más rápida, la que no abría puertas. Él me miró un segundo, esos ojos verdosos se clavaron en mí como si le molestara no creerme del todo. Luego asintió, serio, y me hizo un juramento absurdo que me enterneció.

​ — Allora prometto che non sbaglio la prossima —dijo. (Entonces prometo que no me equivoco en la siguiente.)

​ Me reí, pequeña, agradecida.

​ —No es culpa tuya.

​ —Es culpa de la vida —soltó él, y me guiñó un ojo—. Pero no te preocupes. Lo hacemos y ya.

​ Lo hacemos y ya. Ojalá mi cabeza entendiera ese idioma.

​ No fueron cinco.

​ Fueron seis helados.

​ Seis.

​ Seis veces la misma escena, el mismo gesto del pulgar en mis labios, la misma risa falsa para cámara. Seis veces conteniendo la náusea y la rabia, intentando que mi rostro no traicionara lo que por dentro se me estaba desbordando.

​ Al terminar, dije lo que siempre digo cuando no puedo más:

​ —Estoy un poco indispuesta. Creo que me ha sentado mal.

​ El equipo lo aceptó sin drama. Italia tiene esa cosa: no te preguntan demasiado si no quieres.

​ Volví a casa por la tarde con la sonrisa todavía pegada a la cara, como una máscara húmeda. Cerré la puerta y la paz del piso me dio en la nuca. El silencio era demasiado. El Coliseo seguía ahí fuera, como si nada, pero mi cuerpo que gritaba.

​ Lo intenté sostener. Lo intenté de verdad.

​ Me moví por el salón como un animal encerrado. Caminaba de un lado a otro sin rumbo, con Ringo mirándome desde el sofá, desconcertado.

​ Empecé con flexiones.

​ Luego burpees .

​ Luego abdominales.

​ Una y otra vez, como si pudiera sudar el pánico. Como si el ejercicio borrara el helado. Como si el músculo, mientras ardía, pudiera tapar la culpa. Y cuando ya no pude más, cuando el aire me raspaba la garganta y las manos me temblaban, fui al baño.

​ No lo pensé ni razoné; no hubo reflexión moral.

​ Solo urgencia.

​ Vomité.

​ Y vomité otra vez.

​ Y otra.

​ Hasta que el cuerpo ya no tenía nada, pero seguía intentando sacar algo. El monstruo no sabía parar. Llegó un punto en el que solo salía bilis y yo me quedé de rodillas, sudando frío, con la frente apoyada en el borde del váter, temblando.

​ ¿Ves?, me dijo la voz de siempre. Control.

​ Mentira.

​ No era control. Era esclavitud.

​ Volví al salón arrastrando los pies, pero antes me lavé la boca, me enjuagué y me puse colonia en el cuello por reflejo.

​ Ringo se acercó y se me restregó en la pierna; no entendía por qué yo era un terremoto.

​ Me dejé caer en el suelo y lo abracé.

​ Y ahora estoy aquí, escribiendo, con las manos todavía temblorosas.

​ Mañana volveré al set .

​ Mañana volveré a sonreír.

​ Mañana volveré a ser la chica española que se enamora de un carabiniere perfecto.

​ Pero esta noche, en esta libreta, tengo que dejar constancia de la verdad, aunque duela: hoy me he comido seis helados y mi monstruo ha ganado la tarde.

——————————

​ Cuando pensaba que el día por fin se había acabado —que ya podía cerrar los ojos y despedirme de esa mierda con un «mañana será otra cosa»— el timbre empezó a sonar como un animal rabioso.

​ Es un timbre antiguo, de esos que no suenan: te atraviesan.

Vibraba en la pared y en mis nervios con la misma insistencia.

Me incorporé del sofá con el cuerpo todavía tembloroso por dentro, la garganta quemada y la cabeza embotada.

No tenía ninguna gana de abrir. Me daba igual si era el mundo acabándose o un vecino pidiendo sal.

Pero el sonido me estaba poniendo muy nerviosa.

​ Caminé hasta la puerta arrastrando los pies y abrí con la cara de quien ya no tiene fuerza ni para fingir. No era una vecina; era Sasha.

​ Y venía con los ojos encendidos, el pelo perfecto, una energía que parecía no entender la palabra agotamiento. En cuanto me vio, se le abrieron los ojos como platos, pero no de compasión; de indignación.

​ —¿Qué coño haces así? —soltó, entrando sin esperar invitación—. ¡Teníamos una cena! ¡Nos están esperando!

​ Yo parpadeé, lenta.

​ —¿Cena…? —murmuré—. ¿Qué cena?

​ Se giró hacia mí como si acabara de escuchar la excusa más absurda del planeta.

​ —No me jodas. —Me señaló con el dedo—. Te lo dije. Te lo dejé escrito. Te lo repetí. Siena…

​ Yo notaba el suelo bajo mis pies, pero como si no fuera mío.

​ —No lo recuerdo —confesé, y me dio vergüenza hasta decirlo.

​ Ella soltó un bufido y fue directa hacia mi habitación como una tormenta con tacones.

​ —Siena, tienes un serio problema con la memoria, cariño —dijo desde dentro, abriendo cajones como una loca—. Estos días en el rodaje se te ha ido el texto en varias ocasiones. Háztelo mirar, bonita.

​ La frase me cayó encima como una losa.

No por el tono de Sasha —que ya lo conozco—, sino porque tenía razón.

Había momentos en los que el set se me quedaba lejos.

Tenía la sensación de que mi cabeza estaba metida en algodón y no estuviera del todo presente.

Y lo último que necesitaba era que alguien lo nombrara en voz alta.

​ —Sasha… —la seguí con la voz más débil de lo que me hubiera gustado—. No estoy bien. De verdad. Puedes disculparme. Yo… hoy…

​ Me cortó sin mirarme, mientras sacaba vestidos como si estuviera eligiendo armas.

​ —Hoy qué. Hoy estás cansada. Hoy estás intensa. Hoy estás en modo drama. Lo entiendo. —Se volvió hacia mí con un vestido en alto—. Pero esta cena es importante para asentarnos en este país. Punto.

​ Sentí el monstruo levantar la cabeza dentro de mí, atento.

​ Cena.

​ Productores.

​ Actores.

​ Platos.

​ Miradas.

​ Otra vez no. Por favor, otra vez no.

​ —Sasha… —me salió casi un ruego—. Te lo juro, no puedo.

​ Ella me miró por fin. Y por un segundo pensé que iba a aflojar. Pero Sasha nunca afloja cuando cree que algo es «clave».

​ —Va a estar Tommaso —me dijo, como si eso fuera el premio.

​ En vez de calmarme, me saltaron todas las alarmas: Tommaso. Protagonista. Cena importante. Me olió a trampa. A nuevo relato. A un contrato disfrazado de casualidad.

​ —No —dije, más firme, porque el miedo a eso me dio fuerza—. Eso sí que no.

​ Sasha se quedó quieta un segundo. Luego levantó las manos, ofendida.